Foto Octubre 2 Superbasket CHEMA PIZARRO

En mi casa hoy es domingo. El día de la semana que el Dios de los cristianos eligió para descansar hay mortales que no descansan, no. Los vecinos hacendosos, esos que todos quisiéramos tener como cuñados (pero escondidos en un zulo), desempolvan sus taladros para agujerear tabiques colindantes a tu casa a esa hora en que los agujeros quedan mejor: a las 8 de la mañana. Vecinos con tendencias suicidas que quieren conocer el cielo a costa de regalarnos infiernos sonoros capaces de despertar resacas a los abstemios.

Es domingo, llueve y no he ido a misa (otra vez). Con el purgatorio cerrado y el infierno colgando el cartel de ‘completo’ , no hay miedo de blasfemar con fuerza, nivel ‘Muresan en un 600 acompañado de su suegra y amigas en viaje de 12 horas’. Las horas y la borrasca consumen el día y empiezo a creer que este domingo es una (extremadamente) dolorosa cuenta atrás hacia el lunes.

Pero hasta en los peores diluvios tenemos un Noé cargado de tablas al que agarrarnos. Hasta los peores domingos tienen una hora mágica en la que una pantalla de plasma se puebla de dioses en tirantes y la mesa camilla plasma las bondades de una cerveza con pistachos (mezclados, no agitados). Hasta los domingos más borrascosos tienen una parcela de cielo donde llueven triples, mates y canastas en el último segundo. Incluso este domingo infernal tiene su PARTIDO TELEVISADO.

A los que comemos clara de huevo frito día sí, día no, guardando la yema para el día que hay pan, nos cuelga esa espada de Damocles que avisa, ojo, de que el año que viene los derechos de retransmisión de la Liga Endesa serán en exclusiva de una plataforma de pago. Horror, terror, desconsuelo… PÁNICO.

(Nota: escribo estas letras tras hacer la declaración trimestral del IVA y todavía sangra la herida).

Hablemos seriamente. Que las penas con pan son menos lo dicen los que tienen pan, y en un país en crisis (con la mejor liga y la mejor selección de Europa) resulta indignante y provocador que el deporte emperador quede relegado a simple producto de lujo. Como el fútbol, qué vergüenza.

¿Qué opciones de ver baloncesto televisado nos dejan a los desamparados? ¿Dónde y cómo disfrutar del baloncesto? ¿Por qué no le hacen control de alcoholemia a los perros lazarillo si siempre van con un buen ciego? Para las dos primeras preguntas creo tener posibles respuestas. Ahí vamos:

Contratar los servicios de una plataforma de TV digital, no sin antes atracar un banco. Si el atraco sale bien, misión cumplida. Si sale mal, no hay problema: en la cárcel se ven todos los canales.

Ver los partidos ‘ilegalmente’, para lo que necesitas un smartphone cualquiera, un vecino con wifi, falta de escrúpulos con la calidad de imagen y una vista prodigiosa para no confundir al Chacho Rodríguez con James Harden.

Nada recomendable si el vecino se dedica a arrastrar autobuses con el cuello y tiene un detector de ‘robawifis’.

Quedar en casa de un amigo con TV de pago, para lo cual es imprescindible tener amigos cuya pareja sea poco atractiva. En caso contrario, pasamos al siguiente punto.

Quedar con la pareja de un amigo con TV de pago, y olvidarse del baloncesto.

¿Qué hacer? Lo veo claro. De aquí a un año me veo ahogando las penas en la barra de un bar, intentando olvidar las letras que quedan por pagar. Y cuando las haya olvidado, ahogadas en alcohol, llegará el camarero a recordármelas: c-u-b-a-t-a. De aquí a un año me veo discutiendo con el típico cuñado ‘sé mucho de cualquier deporte y te lo voy a gritar’ sobre por qué los goles desde fuera del área no son triples. De aquí a un año me veo cerveza en mano, amigos en lontananza y partido en televisor, esperando que el locutor grite todos los ‘ratatatatatatatatatataaaaaa’ que caben en seis años.

Que el hígado me aguante. Nos vemos en los bares.