La limusina impresionaba todavía más por dentro. Con espacio suficiente como para tumbarse holgadamente en ella, el perfecto acabado en cuero de los asientos era solo el comienzo de un vehículo que parecía de otro planeta. Teléfono portátil, un enorme televisor incrustado al fondo y varias neveras pequeñas hasta arriba de chocolatinas de marcas que nunca había visto antes.

Alberto se puso cómodo y sonrió a sus anfitriones, entre los que destacaba la figura del director de ojeadores de los Pacers, Mel Daniels, la única persona del entorno de la franquicia con la que había hablado cara a cara, y su principal valedor en una aventura que había arrancado varios meses atrás, en los primeros días de marzo de 1994.

El sueño americano de Alberto Herreros comenzó en una habitación del Hotel Príncipe de Asturias de Sevilla. Allí se alojaba el Estudiantes para disputar la fase final de la Copa del Rey, y pocas horas antes de la semifinal ante el Taugrés sonó el teléfono. Era una conferencia desde Estados Unidos.

– Hola, Alberto. Soy Mel. Mel Daniels. De los Pacers de Indiana. ¿Recuerdas que hablamos hace unos meses en Madrid?

– Mmm… Sí, por supuesto. Hola, Mel. ¿Qué tal todo?
– Bien, bien. Todo perfecto. Te llamo para desearte suerte. Me hubiese gustado estar allí esta noche, pero ha sido imposible.
– Perfecto, no te preocupes. Lo entiendo.
– Ya sabes de nuestro interés. Creemos que eres un tipo de jugador que podría encajar muy bien con nosotros. Estamos en contacto pronto, ¿de acuerdo?

Esa pregunta se convertiría en promesa, y en un brevísimo lapso de tiempo, en certeza. Estudiantes acabó perdiendo en semifinales ante el Taugrés en un partido que se recordaría por el momento de terrorífico suspense que dejó estupefacto al público sevillano, cuando Marcelo Nicola se desequilibró y cayó al parquet con tal fuerza que acabaría siendo trasladado a un hospital hispalense. Herreros acabó frustrado tras ser superado una y otra vez por el croata Velimir Perasovic, aunque su humor cambió a las pocas horas de regresar a Madrid. De nuevo tenía otra llamada con un prefijo extraño, pero que le empezaría a resultar familiar muy pronto.

En ese segundo acercamiento, Daniels pudo explayarse mucho más de los dos minutos escasos de unos días antes. Tras unas pocas preguntas rutinarias, Mel se olvidó de ambages y le hizo llegar a Herreros su deseo, y por extensión de los Pacers, para que viajase pronto a Estados Unidos y pudieran verle en directo. Pese a que le aseguraba que todo el cuerpo técnico tenía constancia de qué tipo de jugador era, y de lo mucho que podía aportar allí, en la NBA era una práctica habitual ese tipo de entrenamientos privados, y muy conveniente de cara a un posible salto. Alberto dudó unos instantes, y le pidió unos días para pensarlo. Daniels aceptó esa demora, y acabó colgando el teléfono con un humor excelente justo cuando el español se despidió con la frase que quería escuchar: “La NBA es un sueño para cualquier jugador que ame este deporte”.

El primer paso ya estaba dado y la imparable burocracia de la NBA, en marcha. Herreros tardó poco en aceptar de formal la invitación -al fin y al cabo, era un gran oportunidad de conocer otro baloncesto y vivir una experiencia enriquecedora, no solo en lo profesional- y era el turno de que hablasen los clubes. Estudiantes, por aquel entonces patrocinado por Caja Postal, vivía en una posición muy distinta a la que nos tiene acostumbrado en la actualidad. Nutrido de un grupo de canteranos de primer nivel, soñaba con formar un grupo que se convirtiera realmente en una alternativa duradera a Real Madrid y Barcelona. González Varona, vicepresidente por aquel entonces, acababa de cerrar la contratación del internacional ruso Mikhail Mikhailov, un pívot sólido destinado a subir el nivel interior de un equipo que tenía a Herreros como referente, algo que ni la NBA iba a poder cambiar.

Quizá por esa certeza, en las oficinas de la calle Serrano nunca vieron demasiadas posibilidades de que su perla se marchase al otro lado del Atlántico. Tras la espantada de Petrovic a la NBA pocos años antes, y la posterior compensación que tuvo que abonar Portland al Real Madrid, era obligatorio la existencia de un acuerdo entre el jugador y el club de origen, siempre que hubiese un contrato en vigor. Stern había impulsado esta norma por miedo a que la NBA se empezara a considerar como una especie de ente colonialista, sobre todo en un momento en que la cantidad de jugadores europeos que llegaban a América aumentaba cada verano de forma exponencial.

Por este motivo, el fax de los Pacers solicitando autorización para que Herreros fuese a entrenar con ellos, no causó excesivo pánico. La respuesta que dio el club madrileño fue rápida y taxativa, mostrando su posición desde el primer momento: El jugador podría hacer el viaje, pero en ningún momento se le consideraba transferible. Con las formalidades ya cumplidas, era el momento de completar el alunizaje. Los Pacers propusieron una fecha, el 1 de junio, para que el escolta hiciera un pequeño entrenamiento privado y conociera el Market Square Arena de Indiana. Sin embargo, Herreros ya tenía comprometida esa fecha con la selección -realmente era un compromiso con la ABP que no quería suprimir-, por lo que se acordó retrasarlo al día 5 de junio. Todo parecía listo y la puerta para tener un sucesor de Fernando Martín en la mejor liga del mundo se abría ligeramente. Sin embargo, la inesperada clasificación de los Pacers en la final de la Conferencia Oeste tras eliminar a los Hawks de Danny Manning y Kevin Willis variaría los planes de nuevo.

Herreros recibió otra llamada de la franquicia, esta vez a través de Ed Badger, mano derecha del propietario Donnie Walsh, para solicitar un nuevo aplazamiento. Querían poner todo su interés en esa eliminatoria, y pensaban que un futuro jugador revoloteando cerca del corazón del equipo durante esos días podía ser una fuente de distracción innecesaria. Finalmente, y tras caer los Pacers en una ajustada serie frente a los Knicks, se acordó que el encuentro sería una semana más tarde de lo previsto, fecha en la que por fin Herreros tomó un vuelo a Indiana, con escala previa en Nueva York, destino a su primera aventura en suelo yankee.

La historia del entrenamiento privado de Alberto Herreros en Indiana no destaca por su originalidad. Los Pacers tenían muy visto al jugador en Estudiantes y con la selección, y tan solo querían confirmar pequeños detalles y una cierta disposición. Apenas cuarenta minutos de ejercicios de fintas, tiro y salidas de bloqueo, bajo la atenta mirada del staff técnico, fueron suficientes. Sí es conveniente destacar la presencia del técnico jefe Larry Brown, que pese a estar todavía convaleciente de una operación de cadera, no quiso perder detalle de las evoluciones del español, en un gesto que pretendía reafirmar el interés de la franquicia de cara a la expedición española.

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Ningún jugador de los Pacers hizo acto de presencia directa en la sesión, y Herreros solo tuvo la ocasión de saludar al pívot suplente LaSalle Thompson cuando se lo cruzó en los pasillos del complejo. Tras el trabajo de campo, llegó el momento de poner las cartas sobre el tapete de forma definitiva. Daniels y Barger se apresuraron en tomar la iniciativa, y le hablaron de la importancia de dar el salto cuanto antes, de que pondrían toda la carne en el asador para solucionar su situación con Estudiantes, y de las posibilidades de un equipo joven que había caído en el último momento en las Finales de Conferencia ante los Knicks, pese a tener mucho margen de mejora. En ningún momento hablaron claramente del rol de Alberto en los Pacers, ni de una estimación de minutos. Sabían que con Larry Brown de por medio era una temeridad prometer un espacio amplio de minutos a un rookie, que además era europeo, y no quisieron jugar esa carta, confiados en que los brillantes focos de la NBA fueran suficientes para cegar al escolta.

Nunca sabremos si esos focos no brillaban lo necesario para Herreros, pero en España lo hacían y sobradamente, además. La prensa especializada hizo un especial seguimiento al viaje de Alberto, y Estudiantes tuvo que salir a la palestra antes los rumores de un inminente fichaje. “Solo traspasaríamos a Alberto por una oferta totalmente irrechazable. Y estamos hablando de millones… de dólares”.

También de dinero hablaron los Pacers mucho ese verano, pero con un interlocutor bastante más cercano para ellos. La renovación de Reggie Miller estaba congelada desde hacía varios meses, y no hay que ser demasiado malo para pensar que las prisas por traer a Alberto justo delante de las narices de Miller podrían estar motivadas, al menos en parte, como una medida de presión. Es terreno de la especulación calibrar hasta qué punto un novato español podría ejercer como preocupación para uno de los mejores escoltas de la liga. Y como es un terreno repleto de arenas movedizas, permítanme que no entremos más en él.

La ola informativa de la excursión por Indiana duró unos días, justo lo que tardó en comenzar la fase preparatoria para el Mundial de 1994, que se celebraría en Canadá. Herreros, un indiscutible en la selección de Lolo Sáinz, viajó a ese campeonato todavía pensando en lo que había vivido unas pocas semanas atrás. Por un lado era una experiencia que sin duda le apetecía, y mucho, pero también tenía varios reversos negativos. Conocía los problemas que habían tenido jugadores que él consideraba con más nivel en ese momento, como Petrovic en los Blazers, para
hacerse un hueco en las rotaciones. Además, había renovado con Estudiantes hacía no mucho, y no veía con buenos ojos abandonar de repente un proyecto que se había formado en torno a él. Lo que cambian las cosas un par de años y un decreto 1.006 bien usado.

Aquel Mundial de Toronto estaría asociado históricamente al “chinazo”, otro de esos momentos tan bajos a la que nos acostumbraría esta selección de entre épocas, de la que Herreros fue principal referente, y que solo tuvo un momento brillante en ese campeonato, el partido en el que España jugó de forma alegre y vistosa ante el “Dream Team II”, la segunda versión de profesionales jugando para Estados Unidos y que había formado un bloque temible con jugadores del nivel de Mark Price, Dominique Wilkins, Kevin Johnson, Shaquille O’Neal… y Reggie Miller.

El futuro posible compañero de Alberto, la estrella de los Pacers, tuvo ocasión de comprobar el nivel del escolta español después de que éste le anotase un triple en la cara, en un partido en el que, como decimos, España dio un gran nivel para perder de una renta muy honorable (115-100). Sin embargo, ese tímido brillo fue una excepción de un verano con la selección oscuro, en el que además se habían enfriado las cosas con los Pacers. La prensa parecía haberse olvidado del asunto, y prestaban más atención a otro rumor, el presunto acercamiento de Ferrán Martinez a los Wolves, toda vez que el pívot fue visitado por el general manager de los de Minnesota, Jack McCloskey.

Además, la negativa absoluta de la directiva de Estudiantes -que sería el germen de lo que sucedería años después en su traumática salida al Madrid- terminaría de cerrar esa puerta que se había abierto ligeramente, y que volvería a ser golpeada tres años después por los Vancouver Grizzlies, con idéntico resultado: Herreros volvería a hacer oídos sordos a los cantos de sirena americanos y seguiría toda su carrera en la ACB.