Foto: Euroleague

Foto: Euroleague

El baloncesto europeo a nivel de clubes está en guerra.

Y es que el alto el fuego decretado por los dos principales estamentos europeos del baloncesto allá por 2.001, parece haber llegado a su fin. La tensa calma en la que convivían bajo un aparente (a la vez que muy fino) marco de cordialidad, ha dado paso a una nueva batalla por el control y el destino del baloncesto en el viejo continente. De Aquellos polvos, estos lodos.

De todos es sabido que no es la primera vez que la FIBA, en su afán de control máximo sobre el mundo de la canasta, quiere ser participe en la organización de la principal competición de clubes en Europa. Esa “inocente” petición de voz y voto ha sido nuevamente desestimada tanto por Euroliga como por los principales clubs, negación que lejos de contentar y callar a la Federación Internacional la ha irritado hasta el punto de romper la paz establecida tiempo atrás, y ha decidido (volver) a crear sí o sí una competición propia: la Champions League. La guerra ha comenzado, otra vez.

Dicen los libros de historia que la Guerra Fría fue un enfrentamiento político, económico, social, militar, informativo e incluso deportivo, y voy a intentar diseccionar este nuevo conflicto Euroliga-FIBA siguiendo ese mismo esquema.

Analizaré primero los aspectos meramente deportivos.

Por un lado la Euroliga se mantiene como principal competición a nivel de clubes (más vale bueno conocido que menos bueno por conocer) aunque con algunos cambios. Tanto dicha competición como su hermana pequeña, la Eurocup, cambian su sistema de competición para la temporada 2.016/2.1017.

En la primera de ellas se pasa de 24 a 16 equipos, de los cuales once son fijos, es decir: Real Madrid, Barcelona Lassa, Baskonia, CSKA, Olympiacos, Panathinaikos, Maccabi Tel Aviv, Analdou Efes, Fenerbahce, Emporio Armani y Zalguiris Kaunas (equipos con antiguas licencias A), y cinco variables a saber: el campeón de la Eurocup, tres equipos provenientes de la VTB League, Liga Adriática y Bundesliga respectivamente, así como una última plaza sobre la que se han barajado y oído varias opciones que van desde una fase de clasificación previa hasta una más que posible inclusión de otro equipo ACB (para 2.017), pasando por una ya parece que descartada wild card (para la que sonaba con fuerza el actual patrocinador Darussafaka Dogus). El formato también varía pasando a ser el propio de una liga, con treinta jornadas de todos contra todos a doble partido (ida y vuelta), un play off entre los ocho primeros al mejor de cinco partidos, y por último una inamovible Final Four.

En la segunda se pasa de 36 a 24 equipos, de los que 21 acceden a través de las ligas nacionales, y los tres restantes mediante invitación, divididos en 4 grupos de 6 equipos cada uno, y un formato de 10 jornadas de temporada regular, Top 16, cuartos, semifinales y final.

Por otro lado la Champions League de FIBA, que aspira a convertirse en competición de referencia a partir del próximo mes de octubre, pero que se presenta con escasos seguidores, cogida con pinzas y con la brújula estropeada.

Esta nueva competición estaría formada por 32 equipos participantes, aun por determinar, de 30 países (Alemania, Francia, España, Polonia, Bélgica, Grecia, Israel, Italia, Turquía, Lituania, República Checa, Letonia y Polonia tendrían representantes directos en la liga regular), en formato de liga regular, Top 16, cuartos y Final Four.

Paso a analizar ahora con los factores extradeportivos, algunos de los cuales en muchas ocasiones, llegan a ser más importantes que los meramente deportivos.

En primer lugar está el enfrentamiento político. Aquí se enfrentan la política elitista de la Euroliga contra la política populista de la FIBA. Los méritos adquiridos frente a los méritos deportivos. El capitalismo contra el comunismo. Lo privado contra lo público. ¿Cuál es mejor? ¿Quién lleva razón? Les invito a que lean, valoren y voten.

En segundo lugar nos encontramos con el enfrentamiento económico. Por un lado la Euroliga ha firmado un cuantioso (se habla de una inversión mínima de 630 millones) y longevo acuerdo (10 años con opción de ampliación) con la empresa IMG, especialista en gestión de eventos deportivos, con el que dicha competición se asegura un presupuesto mínimo a repartir de 36 millones de euros anuales. Por el otro, los cerca de 30 millones de euros anuales con los que se había especulado iba a contar la nueva Champions League de la FIBA, se han visto finalmente reducidos a poco más de 4 millones de euros anuales. No hace falta ser un experto en matemáticas para darse cuenta de quién gana esta batalla. Como reza la sabiduría popular: poderoso caballero es Don Dinero.

En tercer lugar el enfrentamiento social. Y con enfrentamiento social me quiero referir al interés que dichas competiciones puedan despertar a nivel de masa social (afición que pueda arrastrar), la atracción de miradas (derechos televisivos) tanto dentro como fuera de las fronteras europeas, así como de la repercusión en posibles nuevos afiliados a la causa (futuros equipos participantes). Tener once de los mejores equipos europeos en nómina y un acuerdo televisivo con el emergente gigante chino para la difusión y promoción de tu “liga europea” sumado a los acuerdos televisivos vigentes, le asegura a la Euroliga un nivel de expectación e interés muy difícil de contra restar por parte de FIBA.

Foto: Euroleague

Foto: Euroleague

La FIBA sabedora de que no puede competir contra el nivel mediático de su rival, apela al orgullo de los “no aptos” e intenta desesperadamente atraer a todos aquellos “equipos menores” de grandes ligas y “grandes equipos” de pequeñas ligas a los que la Euroliga les ha cerrado la puerta (de momento), con el fin de acaparar focos ya que la ausencia de éstos es lastre demasiado pesado a corto/largo plazo.

En cuarto y quinto lugar estarían el enfrentamiento militar y el informativo.

Respecto del enfrentamiento “militar” la Euroliga tiene una estrategia clara y muy bien definida: menos cantidad, más calidad, mayores ingresos. Bertomeu es un maestro en el arte de la guerra y con sus movimientos ha conseguido poner de su lado a las principales ligas europeas (excepto la francesa), ya sea bien para su competición por excelencia bien para la segunda en discordia, la Eurocup. La FIBA carece de estrategia por lo que en esta batalla vuelve a estar en clara desventaja frente a su enemigo.

Respecto al enfrentamiento “informativo” la FIBA herida y acorralada, ataca primero acusando a la Euroliga de presiones a ligas y clubes (se rumorea que habría “amenazado” a varios equipos con no poder acceder en un futuro cercano ni lejano a ese selecto club de dieciséis elegidos si rendían pleitesía a la nueva Champions), y deja caer la idea de posibles sanciones a las selecciones nacionales de los equipos “disidentes” para las próximas competiciones continentales. Un ataque por lo menos arriesgado viendo y conociendo el peso de las Federaciones de los equipos señalados y su dependencia de los mismos. El divide y vencerás que no siempre funciona.

La Euroliga por su parte, herida en su orgullo defiende su honor (lógica y rápidamente) mediante una Carta Abierta en la que acusa a la FIBA de “causar deliberadamente una división en el baloncesto europeo”, de “actitud discriminatoria” y de “una abusiva falta de respeto con los clubes y con los valores de transparencia, coherencia y unidad que dicen defender”. Leer para creer.

En fin, dicen que en el amor y en la guerra todo vale, y ésta no ha hecho más que comenzar.

Si te ha gustado, suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada del mejor baloncesto para leer. Kwame Brown no lo hizo y mira en que quedó su carrera.