Dejemos volar nuestra imaginación hacia los albores de la NBA, un período de incertidumbre y transición. Tenía poca semejanza a lo que conocemos hoy en día. Todo ha evolucionado mucho, pero aún se ha conservado lo más importante, el deseo de ganar.

La sabiduría popular aplicada al deporte nos dice claramente que la mejor estrategia que un individuo o un equipo puede emplear para ganar es tratar de llevar los partidos a su propio terreno, sobre todo cuando la diferencia de calidad es tan significativa que el resultado parece más que obvio cuando se disputa un choque en circunstancias digamos normales. El catenaccio del fútbol italiano nos viene al pelo para ilustrar esta explicación; la táctica ultradefensiva que propugnaba la búsqueda del empate a 0 por definición, y si sonaba la flauta alzarse con la victoria por la mínima en un lance aislado. De todas formas, en baloncesto estas estratagemas resultan imposibles de utilizar, al fin y al cabo es imposible jugar al empate a cero. ¿O no? Sí, en la actualidad es imposible, tenemos bien presente un reloj que inexorablemente va descontando los segundos desde los 24. Pero no siempre fue de esta manera.

1950, si existe un Dios en el baloncesto profesional americano por entonces ese es George Mikan, campeón tres veces seguidas con sus Minneapolis Lakers (una en la NBL, otra en la BAA y la tercera en la NBA), y elegido el mejor jugador del mundo de la primera mitad de siglo. Pero Mikan no estaba solo en Minneapolis, respaldando su figura surgían las de dos fenómenos de la época: el ala-pívot Vern Mikkelsen y el alero All-America de Stanford Jim Pollard. Los tres formaban el núcleo de una escuadra que se completaba en su quinteto inicial habitual con la presencia de un par de bases efectivos aunque poco espectaculares: Slater Martin y Bob Harrison. El 22 de noviembre recibían la visita de los Fort Wayne Pistons, un equipo menor que no podía anteponer en condiciones normales ninguna resistencia a la máquina ofensiva de los Lakers. De hecho, estos tan sólo habían sido batidos en una ocasión en casa a lo largo de toda la temporada anterior. Pero el técnico de los Pistons, Murray Mendenhall, no quería dar su brazo a torcer a pesar de sentir una profunda admiración por Mikan:

“Sólo existe un Mikan. He estado tres años intentando encontrar algo que usar contra él, pero nada funciona”.

Sin embargo, Mendenhall llevaba varios días dándole vueltas a la cabeza pergeñando una idea extraña que podía ser efectiva. Definitivamente la iba a poner en práctica aquella noche.

Fort Wayne controló la pelota en el salto inicial y Mikan, Mikkelsen y Pollard bajaban hacia posiciones defensivas, pero cuando se dieron la vuelta observaron algo extraño, el pívot Larry Foust se quedaba literalmente congelado sujetando el balón contra la cadera. Nadie daba crédito a lo que estaba pasando en la cancha. Los espectadores del Minneapolis Auditorium empezaron a abuchear y a patalear en el suelo en señal de protesta, mientras que los árbitros chillaban a Mendenhall que hiciera algo para reactivar un poco a las estatuas humanas que había puesto en liza aquella noche. Cuando un jugador se cansaba de tener la pelota simplemente se la pasaba a un compañero para que hiciera lo propio. Pero es que aquella situación no era ilegal, más bien alegal, no existía ningún reglamento que la prohibiera expresamente. En las escasas ocasiones en las que los Lakers presionaban y forzaban una pérdida de balón ejecutaban su juego estándar, pases rápidos, acabando inevitablemente en el interior hacia Mikan para un lanzamiento cercano. Pero de momento la táctica iba funcionando razonablemente, el resultado en el primer cuarto era de 8-7 para los visitantes y los Lakers estaban literalmente fuera de sus casillas.

El desarrollo del juego siguió de forma muy similar en los siguientes doce minutos, donde los Pistons anotaron la friolera de dos puntos. El 13-11 para los Lakers en el descanso (con 12 de Mikan) no iba para nada a alterar el guión en la segunda mitad. De hecho, acrecentó aún más el signo de lo ocurrido hasta ese momento. Como dijo Mikkelsen:

“¿Para qué ir a por ellos y presionarlos? Al fin y al cabo íbamos ganando. Mientras fuésemos arriba y ellos siguieran manteniendo el balón, qué necesidad teníamos de crear nada?”

Al finalizar el tercer cuarto el marcador señalaba un 17-16 para los locales, y con menos de un minuto para el final del partido cada equipo había anotado un tiro libre más. La sensación de ridículo flotaba en el ambiente, cualquier parecido entre esta mascarada y un partido real de baloncesto no pasaba de mera coincidencia. La cosa se tornó trágica para los Lakers cuando la presión visitante forzó una pérdida a nueve segundos del final. En ese momento ya no había lugar para especular. El pase de Paul “Curly” Armstrong para Larry Foust dio paso a un gancho forzado de éste sobre los estirados brazos de Mikan. El balón entró llorando y el desesperado lanzamiento final de Slater Martin rebotó en el aro. 18-19 para Fort Wayne, una sorpresa de las mayúsculas, y por supuesto no exenta de polémica.

Los espectadores se fueron a casa echando humo, y por partida doble, ya no sólo por la derrota de su equipo, sino por la sensación de haber sido estafados inmisericordemente. Las declaraciones de los protagonistas y testigos no se hicieron esperar. John Kundla, el entrenador de los Lakers, espetaba:  “Si esto es baloncesto yo no quiero estar involucrado ni formar parte de ello”.

Pero Mendenhall respondía: “¿Qué tiene de malo? Ganamos, ¿no es cierto? Queríamos sacar del partido a esos gigantes mientras tuviéramos la oportunidad de jugar al baloncesto, no que nos patearan nuestras cabezas”.

En la prensa las opiniones no convergían hacia un punto común. Mientras el analista Charlie Johnson denominaba la exhibición como una “tragedia deportiva”, el columnista del Tribune Dick Cullum escribía: “No podemos criticar a nadie por utilizar esta estrategia. Es un concepto muy bajo en el deporte decir que el principal deber de un equipo es ofrecer dosis de acción a veces sin sentido en lugar de la más fiera competitividad”.

Jim Pollard: “Quizás Mendenhall fue listo en no desear disputar el tipo de partido normal. Cada vez que nos enfrentábamos y jugábamos el típico partido, siempre ganábamos al tener mucho más talento que ellos. Por eso decidió que quería hacer algo diferente con el objetivo de aumentar la competitividad, y ciertamente lo consiguió”.

Vern Mikkelsen: “De lo que se trata es de ganar, particularmente cuando juegas como visitante. Esa pudo haber sido la clave. El partido era en Minneapolis y Mendenhall no tenía nada que perder. Después de todo, no estaba en frente de sus propios fans”.

El entonces comisionado Maurice Podoloff mostró una gran preocupación en lo sucedido aquella noche e instó a los protagonistas públicamente a que no volviera a suceder, pero curiosamente no se hizo nada de forma inmediata en lo tocante al reglamento. Casi cuatro años después fue implantada la posesión de 24 segundos y el baloncesto cambiaría para siempre.

George Mikan

Foto: NBA