No, aquel 23 de febrero de 1985 no podía ser un día cualquiera, no podría serlo ya nunca más en nuestras vidas. Demasiados fantasmas, demasiadas pesadillas se nos venían apareciendo cada 23-F desde hacía cuatro años, se nos seguirían apareciendo aún durante muchos años después, incluso puede que aún se nos sigan apareciendo a día de hoy a quienes vivimos todo aquello… pero no teman, ésa es otra historia. Y no es para ser contada en esta ocasión.

Nada que ver con USA, claro. En USA aquel sábado 23 de febrero de 1985 no pasaba de ser un día como tantos otros, al menos en principio. Con su recién reelegido presidente Reagan jugando a la guerra de las galaxias, con sus ciudadanos empezando el finde con la compra semanal y volviendo raudos a casa para reintegrarse a sus quehaceres y sus ocios cotidianos. Entre estos últimos la contemplación deportiva jugaba ya un papel fundamental, por supuesto: NBA, NHL… y cómo no, baloncesto universitario, esa NCAA que empezaba ya a adueñarse del calendario a las puertas de marzo. Entre los múltiples partidos de aquel sábado destacaba especialmente el que habría de jugarse en el Assembly Hall de Bloomington, Indiana, con los míticos Hoosiers recibiendo en su feudo a sus eternos rivales de la Big Ten, los Boilermakers de Purdue. Bobby Knight versus Gene Keady, nada más y nada menos. No, aquél tampoco iba a ser un partido cualquiera. Aunque nadie pudiera imaginar hasta qué punto.

No estará de más ponerles en antecedentes. No estará de más recordar que Bobby Knight había llegado sumamente crecido a aquella temporada 1984/1985. Acababa de reconquistar para su país el oro olímpico de Los Ángeles sin encontrar la menor resistencia (la URSS no compareció, Yugoslavia murió en semis y nosotros en la Final no les duramos ni medio asalto, con estar en ella ya tuvimos más que suficiente) y se disponía ahora a afrontar un curso en el que albergaba fundadas esperanzas de éxito. Tras campeonar en 1976 (invicto, lo que no ha vuelto a repetirse desde entonces) y 1981 (Isiah Thomas mediante), ésta de 1985 se presentaba como una magnífica oportunidad para ganar su tercer título: un equipo sumamente equilibrado, con un magnífico base como Steve Alford (sí, el prestigioso a la par que controvertido coach de UCLA) y una enorme referencia interior gracias al incomparable a la par que interminable alemán Uwe Blab. Y por el medio algún que otro nombre que nos resulta extrañamente familiar, como el hoy analista de la ESPN Dan Dakich o el hoy brillante técnico de Evansville Marty Simmons. En los rankings de pretemporada muchos los situaban en el top 5 y no faltaban quienes los elevaban incluso hasta el 3, a las puertas del favoritismo absoluto. Palabras mayores.

Pero la realidad se empeñó en ir por otro lado, como tantas otras veces. Un a priori asequible calendario de non-conference terminó con un balance de ocho victorias y dos derrotas, un buen comienzo en la Big Ten lo elevó hasta un 11-3 que no es que fuera para tirar cohetes pero tampoco para rasgarse las vestiduras. Y a partir de ahí el caos. Cuatro derrotas consecutivas, cuatro, las dos primeras fuera (en Ohio State y Purdue), las otras dos en casa, en su propio infierno del Assembly Hall ante Illinois y Iowa. 11-7, Indiana fuera de los rankings para nunca más volver (durante esa temporada, me refiero) y el nerviosismo que se adueña del campus de Bloomington. Porque si en cualquier otro lugar cuatro derrotas consecutivas representaban una dosis extra de presión, en la hegemónica Indiana de aquellos años representaban poco menos que el fin del mundo. Y un fin del mundo con Bobby Knight no es un fin del mundo cualquiera.

Foto: Sporting News

Inciso: doy por supuesto que una inmensa mayoría de lectores conocerán de sobra las andanzas de El General, pero aún así me permitirán unas breves líneas al respecto. Bobby Knight tuvo (y aún hoy tiene) partidarios y detractores, tan a muerte los unos como los otros, con tanta razón los unos como los otros. Los unos reivindican a alguien a quien (como suele decirse) le cabe todo el baloncesto en la cabeza, acaso una de las mentes más preclaras que haya conocido este juego. Los otros denuestan su (tiremos de eufemismo) carácter controvertido. Insoportable, malhumorado, eternamente peleado con media humanidad (y media es decir poco): colegas, árbitros, periodistas, autoridades varias, jugadores propios y extraños. Especialmente los propios, a quienes en demasiadas ocasiones trataba como a una mierda. Fiel a su formación en West Point, su actitud no difería mucho de la de aquel sargento de La Chaqueta Metálica, de la de tantos otros sargentos de tantas otras películas, de tantas otras realidades americanas (de USA). Abusos verbales (y cuentan que en algún caso incluso físicos) de todas clases que hoy probablemente le habrían costado el cargo de inmediato, algún que otro caso hemos conocido recientemente al respecto. Pero entonces aún estábamos en los Ochenta, aún la letra entraba con sangre (entiéndase en sentido figurado), aún la disciplina (tanto más cuanto más férrea) estaba considerada por muchos como la única vía posible para meter a los chicos en vereda y encauzar su proceso educativo (recuérdese que hablamos de baloncesto universitario, que los entrenadores son también –y sobre todo- formadores; entiendan como entiendan esa formación). No pocos cuestionaban su ética, apenas nadie osaba aún cuestionar su legitimidad. Fin del inciso.

A aquella racha de derrotas le sucedieron tres victorias (Minnesota en casa, Wisconsin y Northwestern fuera) que parecieron tener un efecto balsámico pero que en realidad fueron poco más que la mejoría que precede a la muerte del enfermo. Llegaban ahora tres partidos consecutivos en su otrora inexpugnable Assembly Hall que parecían la oportunidad perfecta para volver a encauzar el rumbo, se las prometían muy felices pero el primero de ellos se saldó con estrepitosa derrota ante Ohio State y el segundo con no menos estrepitosa derrota ante Illinois. El balance era ya 14-9 (6-7 en lo que corresponde a la Big Ten) y el agua empezaba a estar al cuello. Apenas quedaba ya margen de error de cara a ese tercer partido consecutivo en casa, esa visita del eterno rival Purdue prevista para el sábado 23 de febrero de 1985. No iba a ser un partido cualquiera, por supuesto que no. Aunque nadie alcanzara a imaginar por qué.

Ya desde el primer instante los Hoosiers parecieron ir a remolque de unos Boilermakers mucho más equilibrados. No tenían un tallo alemán de casi 2,20 como su rival pero aún así su superioridad interior era manifiesta gracias a los buenos fundamentos de James Bullock, a las estupendas asistencias que le ponía su base Steve Reid y a las puntuales aportaciones de Mark Atkinson y Todd Mitchell (que muchos años después llegó a pasar sin pena ni gloria por Salamanca, durante la efímera estancia de este equipo en ACB). Purdue traslucía orden e Indiana en cambio improvisación: Knight había alineado de partida a su decimoséptimo quinteto inicial diferente del año, el cual tampoco debió de convencerle demasiado porque antes de que hubieran transcurrido tres minutos ya estaba rotando y reinsertando en cancha a Marty Simmons. Un 9-2 de partida que luego fue 11-4, que más tarde fue 11-6 cuando apenas se llevaban jugados cinco minutos… Y entonces sucedió.

Sí, justo entonces. Reconozco que eso fue lo que más me sorprendió cuando vi por primera vez entero este partido, obviamente muchos años después de que se jugara. Siempre pensé que un ataque de cólera de tal calibre habría de venir necesariamente propiciado por una sucesión de agravios (reales o imaginarios), por una acumulación de presuntas afrentas arbitrales a lo largo de todo el partido que ya casi al final (y ante la lógica tensión del resultado) le hicieran reaccionar de esta manera… Pues no. Nada más lejos de la realidad. Casi ni tiempo de empezar a sudar habían tenido siquiera.

La cosa empezó con una buena defensa de Indiana, un dos contra uno que acabó con tres tíos en el suelo, Atkinson por Purdue y Alford y Simmons por Indiana. Pareció lucha, pero ya se sabe que en este tipo de refriegas la línea que separa la falta del (supuesto) salto entre dos es extremadamente fina. Los árbitros apreciaron falta de Alford, Knight montó en cólera y la grada se le sumó de inmediato, con un nivel de irritación difícilmente concebible a estas alturas de partido. Un árbitro se acercó a Knight y le dijo algo al oído, que obviamente no sabemos lo que fue pero que tampoco resulta demasiado difícil imaginarlo, desde el típico no me eches al público encima al no menos típico sé lo que estás buscando pero por más que lo intentes no te la voy a pitar. O eso creía él, acaso infravalorando la innata capacidad del técnico hoosier para sacar a cualquiera de sus casillas. No iba a tardar en comprobarlo.

Ni un segundo siquiera: fue sacar de banda Purdue, recibir de espaldas al aro Bullock, sacar un brazo el defensor hoosier Deryl Thomas para intentar impedir la recepción y pitarse otra falta, acaso un tanto rigurosa. Nuevo clamor, nuevas protestas de Knight, nuevamente el mismo árbitro que lo mira de reojo pero que ahora ya, tras dejar transcurrir unos breves segundos (no sé si para esperar a que se calmara o para esperar a que le soltara otra barbaridad mayor), se vio obligado a pitarle finalmente la técnica. Knight enfurecido le gritó de todo (aún más si cabe), el susodicho árbitro optó por alejarse de allí para no complicar aún más las cosas pero ahora ya era demasiado tarde, ahora ya Knight se sabía el centro de toda la atención. Al ver que esos últimos gritos no surtían el efecto deseado decidió (o acaso no lo decidiera, acaso simplemente se dejara llevar) dar otra vuelta de tuerca para dejar aún más patente su frustración. Se giró hacia su banquillo (que en aquel entonces ya no era tal banquillo sino una mera sucesión de asientos independientes), vio su silla vacía, la agarró, la levantó y con toda su reconcentrada malahostia rebosándosele por los poros la lanzó de inmediato contra el parquet; pero eso sí, no de arriba a abajo sino de medio lado, no estampándola contra el suelo sino haciéndola deslizarse hasta el otro lado de la pista. El pobre Steve Reid, preparado como estaba ya el hombre para lanzar los tiros libres, la vio pasar por delante de él y en un alarde de urbanidad soltó el balón y se fue raudo a la esquina, a recogerla; finalmente no lo hizo, se le adelantó un probo operario del Assembly Hall que probablemente le diría, deja chaval, tú preocúpate de lo tuyo que de estas cosas ya me encargo yo

Acotación al margen: Sobre esta escena hay muchas teorías, y no falta quien sostiene (no hace mucho lo leí en un artículo al respecto) que Knight se dio la vuelta y miró a su silla buscando tal vez su sempiterno jersey rojo, con la insana intención de estamparlo de rabia contra el suelo al igual que otros estampan su chaqueta en similares circunstancias. Pero contrariamente a sus costumbres Knight aquel día no había sacado jersey alguno, de tal manera que (según estas teorías) al no encontrarlo no lo quedó más remedio que tirar la silla, a ver qué iba a hacer si no tenía nada más a mano. Es más, hay incluso quien sostiene (de hecho algún jugador de su equipo lo sostuvo clandestinamente) que el hecho de que aquel día acudiera vestido como para jugar al golf (polo de manga corta blanco con finas listas horizontales) indicaría que efectivamente se iba a jugar al golf, y que si montó todo este numerito fue para precipitar los acontecimientos y poderse escapar de allí cuanto antes. Ambas teorías me resultan sumamente peregrinas pero dejo aquí constancia, para que tengan todas las versiones.

Aquello se convirtió en un manicomio, aún más si cabe. Knight en trance de expulsión soltando exabruptos a diestro y siniestro, sus jugadores estupefactos (aunque en realidad eran los menos sorprendidos, porque estaban acostumbrados a verle estampar sillas contra las paredes de la cancha de entrenamiento cada vez que se cabreaba), los tres árbitros tragando quina sin saber donde meterse, las más altas autoridades de la Universidad bajando a parlamentar a la pista y la multitud gritando enfervorizada ¡¡¡Bobby!!! ¡¡¡Bobby!!! ¡¡¡Bobby!!! como si su héroe hubiese realizado una hazaña digna de elogio. Knight finalmente abandonó la cancha (no sin antes dar rienda suelta a otra buena sarta de improperios), los gritos de la multitud se recrudecieron (sazonados además con el lanzamiento a la pista de alguna moneda, acaso porque interpretaran que si su coach podía lanzar sillas ellos no tenían por qué ser menos), los árbitros decretaron tiempo muerto (o lo pidió alguien, no sé), las cheerleaders emergieron para ejecutar alguna coreografía y las aguas parecieron volver finalmente a su cauce.

Pero aún estaba pendiente el lanzamiento de aquellos tiros libres, que ya no eran dos sino seis, fruto de las tres técnicas sucesivas que le habían sido señaladas. Steve Reid, segurísimo lanzador que a esas alturas llevaba 20 de 21 en la Big Ten, se encaminó finalmente a la línea para dejar constancia del estado de nervios en que le había puesto (a él y a todo dios) toda aquella situación: anotó el primero y el segundo, falló de una tacada el tercero, el cuarto y el quinto ante la algarabía del respetable, y convirtió finalmente el sexto. Es decir, en un suspiro falló más tiros libres que en casi toda su carrera universitaria, en un suspiro rebajó su porcentaje del 95 al 85 por ciento. Así estaban las cosas.

No les aburriré con lo que ocurrió después, más que nada porque todo lo que sucedió en los 35 minutos que aún quedaban por jugarse fue un mero partido de baloncesto, nada más (nada menos) que eso. Quédense con que el encuentro continuó por los mismos derroteros (Purdue por delante, Indiana a remolque) hasta su desenlace con el previsible triunfo final de los Boilermakers, 72-63. Aquella fue la victoria número 100 en la exitosa carrera de Gene Keady, aquella fue la primera vez que los Hoosiers enlazaban tres derrotas consecutivas en su feudo en toda la legendaria historia del Assembly Hall. Y por si les quedara la curiosidad sepan también que el MVP del partido resultó ser el freshman Todd Mitchell, que aprovechó la primera titularidad de su carrera para marcarse 21 puntos y 12 rebotes en lo que fue sólo el comienzo de una más que interesante carrera colegial.

Quédense también con que la broma le costó a Knight un partido de sanción (sí, sólo uno), curiosamente saldado con victoria en la visita a Minnesota. Otro mero espejismo al que sucedieron tres nuevas derrotas (Iowa fuera, Michigan State y Michigan en casa) para acabar así la temporada regular con un escalofriante balance de 15-13 que era aún más escalofriante en lo referido a la Big Ten, un 7-11 que contrastaba sobremanera con aquel ya lejano 8-2 inicial. Aquello no se podía salvar por ningún lado, aquellos Hoosiers eran irremisiblemente carne de NIT, el torneo de consolación (o de desolación, en este caso) para quienes no caben en el Madness. No hicieron un mal NIT después de todo, superando cuatro rondas para acabar cayendo en la Final del Madison ante UCLA. Año fallido donde los haya, al que ni ese consuelo postrero le quedó siquiera.

Knight ganó finalmente su tercer título, si bien hubo de esperar un par de años más para lograrlo: 1987, mítica Final contra Syracuse culminada con una no menos mítica canasta sobre la bocina de Keith Smart. Pocos días después un nuevamente crecido Knight acudió al show televisivo de David Letterman, donde fue preguntado por (entre otras muchas cosas) aquel viejo episodio de la silla. Y ahí ya nuestro hombre se vino definitivamente arriba, adaptándose a los requerimientos del choubisnes y haciendo gala de una inusual creatividad: yo oía que me llamaban, ¡¡¡Coach Knight!!!, ¡¡¡Coach Knight!!!, así hasta que vi por fin al otro lado de la pista a una anciana que me recordaba a mi abuela; le pregunté qué me quería y me dijo ¡si no se va usted a sentar más en lo que queda de partido, me podía pasar su silla! Y claro, pues a ver qué iba a hacer yo… Algo así (mi inglés es manifiestamente mejorable, pero ésa era la idea). Ya ven, todo un gesto de caballerosidad por su parte, raro es que nadie reparara en ello. Qué crack.

Aquel título de 1987 en cierto modo fue el canto del cisne, ya que su figura comenzó paulatinamente a declinar. Ya las victorias no llegaban con tanta facilidad, ya tampoco reclutaba como antes, ya cada vez más chavales se resistían a someterse a su régimen espartano y preferían buscar otras opciones. No teman, no les pondré la cabeza mala con los acontecimientos que precipitaron su salida de Indiana en el 2000 ni con su crepúsculo posterior en Texas Tech, como tampoco se la puse con sus andanzas previas en los Hoosiers. La figura de Bobby Knight no da para uno sino para muchísimos artículos, infinitas historias que (éstas sí) habrán de ser contadas en otra ocasión.

Genio y figura hasta la sepultura, hasta que (según sus propios deseos) le entierren boca abajo para que sus críticos puedan besarle el culo. Y sin embargo, el Knight que conocimos durante estos últimos años (hasta su retirada definitiva en 2015) como analista de la ESPN muy poco tenía que ver con aquel otro volcánico Knight de los banquillos, más allá de su rechazo al traje y corbata (que comparto) y su querencia definitiva por los jerseys: sosegado, apacible, sumamente brillante, muy rico en matices y hasta un puntito travieso y socarrón en ocasiones. Resultaba difícil encajar a este Knight con aquel otro Knight, resultaba difícil imaginar que este hombre tranquilo fuese aquel mismo borde impulsivo de veinte, treinta o cuarenta años atrás, ése para el que el fin siempre justificaba los medios aún por crueles o aberrantes que éstos fueran. El mismo Knight que un lejano día de 1985 dio también al baloncesto americano su propio 23-F. Aunque nada tuviera que ver con el nuestro.

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