Érase una vez un ogro grande, grande, grande hasta el cielo que se llamaba Ralph, se apellidaba Sampson y vivía en una hermosa universidad llamada Virginia. Su omnímodo (qué rayos significará omnímodo) poder había quedado bien patente tras haber sido proclamado sin discusión jugador del año en las dos temporadas precedentes, y aún más patente habría de quedar en aquella 1982/1983 dado que sus Cavaliers virginianos eran considerados los favoritos indiscutibles para alzarse con el título desde su privilegiado número 1 de la nación. Cuentan que aquel inmenso ogro lo tenía todo, que poseía la fama, el futuro, el respeto de sus enemigos y la devota admiración de sus gentes, todo lo que podía tener, todo excepto riqueza porque así lo impedían las estrictas normas del reino NCAA pero ello a nadie importaba, todos sabían que esa riqueza habría de llegar a espuertas en cuanto accediera al reino NBA en apenas unos meses. Nadie osaba desafiarle, nadie osaba enfrentarse a él, nadie osaba mirarle siquiera a los ojos entre otras cosas porque estaban tan arriba que quedaban fuera del alcance de cualquiera que cometiera el atrevimiento de intentarlo.

Y érase una vez un equipo pequeño, pequeño, pequeño, sito en una no menos pequeña universidad ubicada casi en los confines de la Tierra, en el remoto a la par que paradisiaco archipiélago de las islas Hawaii. Aquella universidad no es ya que no sonara sino que casi ni la conocían en su casa siquiera, no estaba entre los cientos de universidades que componen la sacrosanta Primera División de la NCAA sino que formaba parte de otra extraña cosa llamada NAIA, National Association of Intercollegiate Athletics por si les queda la curiosidad. Aquella ínfima universidad por no tener casi no tenía ni nombre de universidad siquiera, su denominación más bien sonaba a colegio mayor o a juego de química para niños: Chaminade.

Cuenta la leyenda que en aquellas postrimerías de 1982 la incomparable e inmarcesible (qué rayos significará inmarcesible) Virginia decidió recorrer esos mismos confines de la Tierra para que incluso en los lugares más remotos pudieran apreciar las dimensiones de su grandeza. Cuentan que llegaron a Japón (que está muy lejos Japón) y allí ganaron a las universidades de Utah y Houston (otra de las grandes, con Olajuwon, Drexler y demás miembros de aquel mítico Phi Slama Jama), victorias ambas de muchísimo mérito ya que no pudieron contar con su ogro Ralph que se hubo de quedar en el hotel aquejado de achaques varios. Y cuentan que en su camino de vuelta a casa hicieron escala en Hawaii con la sana intención de enfrentarse al más prestigioso college local antes de regresar para las minivacaciones navideñas, pero que aquellos Rainbow Warriors de la Hawaii University no estuvieron por la labor y hubieron de conformarse (a ver qué iban a hacer, si al fin y al cabo ya estaban allí) con vérselas con ese otro centro de segunda o tercera fila del que jamás habían oído hablar, ése que apenas tenía siete años de historia y novecientos estudiantes censados, ése que ni sabían muy bien dónde estaba ni cómo se llamaba, Chami…¿qué?

Ralph Sampson

Lo has adivinado, esta imagen no tiene nada que ver con aquel partido Foto: uvamagazine.org

Cuenta la leyenda (y por eso precisamente es leyenda) que aquel 23 de diciembre casi nadie vio aquel partido. Que no se televisó ni en directo ni en diferido ni en enlatado ni en nada que se le pareciera, que hoy los confines de la Tierra están a un clic pero en aquel entonces estaban aún a miles de kilómetros, que el único testimonio gráfico que se conserva de aquel evento (más allá de alguna foto) es un vídeo de apenas dos minutos que se difundió en las noticias del día siguiente. Que apenas poco más de tres mil almas lo presenciaron en vivo, tres mil seres humanos que obviamente no lo olvidarán mientras vivan (quienes aún vivan) o mientras el señor Alzheimer se lo permita.

La leyenda incluso (como toda buena leyenda) difiere en algún aspecto fundamental: según qué fuente consultes resultará que (el ogro) Sampson llegaba aquejado de un virus estomacal o de una pulmonía, que anda que se parecen como un huevo a una castaña una cosa y la otra. Y según qué fuente consultes resultará que el partido se jugó en el Blaisdell Arena o en el Honolulu International Center, que dado que mis conocimientos de la isla en aquellos años no iban mucho más allá de algún capítulo aislado de Hawaii 5.0 (la original) no sé muy bien si son dos pabellones distintos o un mismo pabellón al que en un momento dado le cambiaron el nombre. No obstante si a alguien le pareciera fundamental verificar ese dato no tiene más que sufragarme un viaje a aquel archipiélago con todos los gastos pagados y ni que decir tiene que estaré encantado de realizar todas las averiguaciones que sean necesarias, aunque ello me suponga tener que permanecer allí durante varios meses hasta acabar de confirmarlo con exactitud. De nada.

Pero el ogro Ralph (o sea Sampson) sí iba a jugar aquel partido, bien porque ya estuviera plenamente recuperado o bien porque aún anduviera convaleciente pero su coach Terry Holland decidiera que un compromiso tan (presuntamente) fácil era la oportunidad perfecta para ir recuperando ritmo de competición. Nada que arredrara al entrenador de Chaminade Merv Lopes, que diseñó contra el ogro una sutil estrategia adelantada a su tiempo: sacarle de su casa. Encomendó a su presunto pívot de apenas dos metros pelaos Tony Randolph (que curiosamente ya conocía a Sampson por haberse enfrentado a él durante su etapa de instituto) atacarle desde fuera, lanzar tiros de media distancia que le obligaran a abandonar sus dominios para defenderle. Dicho y hecho. Claro está, si el susodicho Randolph no hubiera dado una a derechas aquella sutil estrategia habría caído en saco roto, pero como quiera que empezó enchufando seis de siete al ogro no le quedó más remedio que salir a buscarle al exterior, liberando así un inmenso territorio para que el resto de Silverswords (que así se hacían llamar los de Chaminade) pudieran penetrar a sus anchas. Spacing, lo llamamos ahora.

Cuenta la leyenda que al descanso se llegó con empate a 43, lo que llevó a Michael Wilbon a abalanzarse sobre el primer teléfono que encontró a mano (no, móviles aún no había ni se les esperaba, ni se les soñaba siquiera) y llamar de inmediato a su redacción del Washington Post. Pero antes de continuar hagamos las debidas presentaciones: Wilbon fue el único periodista del continente americano (es decir, el único periodista no hawaiano) que asistió a aquel encuentro. Y obviamente no acudió como enviado especial al mismo, sino que más bien fue un yake: había llegado a Hawaii para cubrir la participación del equipo de fútbol americano de la Universidad de Maryland en el Aloha Bowl, y ya que estaba allí decidió (en un alarde de celo profesional que siempre le agradeceremos) no tomarse la noche libre que su jefe le había ofrecido y aprovechar que el equipo (y el jugador) número 1 de la nación pasaba por la ciudad para acercarse a verlo antes de volver al continente. Quién le iba a decir que aquel (presuntamente) inocuo evento acabaría marcando su carrera.

Habíamos dejado al susodicho Wilbon llamando en el descanso a su redacción del Washington Post, para hacer lo que hoy llamaríamos upset alert: oye, que Virginia y estos otros que no sé ni quiénes son van empate a 43, que el invicto número 1 de la nación puede perder contra una panda de amigos que no conoce ni su padre, probablemente no ocurra pero por si ocurre no vayáis a imprenta todavía, que sí, que ya sé que allí es ya la una y pico de la madrugada pero por favor hacedme caso, aguantad un rato la edición, no os preocupéis que yo en cuanto acabe os llamo… Probablemente lo pidiera sin demasiada convicción, quizá ni él mismo se creyera lo que estaba diciendo tanto más cuando antes de que acabara aquella conversación se había iniciado ya la segunda mitad con un parcial de 7-0 para los Cavaliers. Pero ahí quedó su llamada para la posteridad.

Y sin embargo a ese parcial de 7-0 respondieron los Silverswords con otro idéntico para forzar el empate a 50, y así continuó la segunda mitad con la incredulidad reflejada en los rostros de los allí presentes hasta que tuvo lugar aquella jugada, la jugada, la que supuso un definitivo punto de inflexión: el base de Chaminade Mark Rodrigues le puso un fantástico alley-oop a su escolta Tim Dunham, que consiguió culminarlo por encima de aquel ogro (acaso un tanto achacoso, pero ogro al fin y al cabo) cuarenta y tantos centímetros más alto que él. Fue el despertar, fue el 64-62 a pocos minutos para el final, fue la definitiva confirmación de que algo muy grande estaba a punto de pasar. Fue la locura.

Y pasó, vaya que si pasó. Chaminade entró 2 arriba al último minuto, Virginia tuvo hasta tres tiros para empatar (no, aún no había triples) pero los falló y no le quedó más remedio que recurrir a las faltas para parar el reloj. Cualquiera en su sano juicio habría podido imaginar que a los Silverswords les temblaría el pulso en semejante trance pero contra todo pronóstico sucedió todo lo contrario, acertaron desde la línea de tiros libres, abrieron aún más la brecha, sonó finalmente la bocina con el marcador en 77-72 para el equipo local. Y cuenta la leyenda (lo cuenta Wilbon, más bien) que la catarsis fue de tal calibre que ni siquiera hubo invasión de pista como hemos visto en tantas otras ocasiones, que los aficionados se miraban unos a otros alucinados e incapaces de dar crédito a lo que acababan de presenciar, sin saber muy bien qué hacer ni cómo celebrar todo aquello. Por increíble que resulte, su inmensa alegría no fue tan grande como su estupor.

Wilbon se fue de inmediato a por Holland, el atribulado técnico de Virginia que no dudó en reconocer (demacrado el rostro, demudada la color) que aquella efectivamente era sin lugar a dudas la mayor sorpresa en toda la historia del baloncesto universitario (de hecho aún sigue siéndolo a día de hoy). Y seguidamente miró su reloj (Wilbon, me refiero), vio que en Washington eran ya más de las tres de la mañana y recordó por fin que aún tenía una llamada pendiente. Se abalanzó sobre el primer teléfono que encontró a mano temiéndose lo peor, y ni que decir tiene que sus peores temores se hicieron realidad apenas un instante después: ya era demasiado tarde, ya no había nada que hacer, ya la edición del Post estaba en la imprenta. Acababa de ser testigo de la sorpresa más grande de todos los tiempos pero ya no podría contarla, ya nadie la encontraría en su periódico (ni en ningún otro, obviamente) cuando lo abriera aquel 24 de diciembre. Wilbon se tiró de los pelos, se agarró (según confesión propia) el mayor cabreo de su vida. Un cabreo que probablemente aún le dure a día de hoy.

Ralph Sampson

Exacto, esta imagen tampoco es de aquella Navidad del 82. Foto: SI.COM

La magia de la Navidad había hecho estragos en los confines de la Tierra pero aún tardó unas cuantas horas en llegar al continente. Claro que lo peor no fue eso, lo peor fue que cuando llegó no se la creyó nadie. No fueron pocos los que al entrar a la mañana siguiente en su redacción y encontrarse el teletipo dieron por supuesto que se trataba de un error, cómo iba a haber perdido la imponente e imbatible e insuperable Virginia ante esa tal Chamiloquefuera, cómo podría ser eso posible, el resultado tendría que estar mal, habrían bailado las cifras, no sería 77-72 sino 72-77, a ver qué otra cosa podría ser. Como no fueron pocos tampoco los que se creyeron el resultado pero no el equipo, no señor, de ninguna manera, esa Virginia que al parecer había perdido ante Chamietcétera no podía ser la única e incomparable e irrepetible Virginia del ogro Ralph (rechace imitaciones), sería en todo caso otra Virginia, qué sé yo, Virginia Tech, Virginia State, Virginia Leches. Necesitaron aún unas pocas horas y unas cuantas llamadas telefónicas para confirmar que era verdad, para entender por fin lo que había pasado y procesar debidamente todo aquello: que Santa Claus, en su viaje anual desde Laponia, había preferido esta vez dar un rodeo y hacer escala en los remotos confines de la Tierra en la madrugada del 23 al 24 de diciembre de 1982.

Y colorín colorado, este cuento que no es cuento se ha acabado. Y ahora es cuando tocaría decir que todos fueron felices y comieron perdices (o más bien pavo, dadas la fechas) pero no estará de más hacer alguna matización: el ogro Ralph fue de nuevo jugador del año por tercer ídem consecutivo y pocos meses más tarde encontró por fin en el reino NBA la riqueza que aún le faltaba, y por si todo ello fuera poco hasta se unió con su viejo enemigo el ogro Akeem (aún sin hache) para juntos componer la pareja de ogros más temida que recordarse pueda sobre la faz de la Tierra. Pero esa dicha le duró apenas un lustro, lo que tardaron los achaques en adueñarse de él y así arruinar lo que quedaba de su carrera. Y en cuanto a su incomparable y ex invicta Virginia, las cosas tampoco les salieron mucho mejor en aquella temporada 1982/1983 en la que parecían predestinados a arrasar con todo: perdieron la Final de la ACC ante North Carolina State y dos semanas más tarde perdieron también en su Final Regional del Madness… justo ante esa misma North Carolina State de Jim Valvano, auténtica bestia negra que (no contenta con hacer la gracia) se alzó pocos días más tarde con el título nacional en otra de las mayores sorpresas que se recuerdan. Dado que fue a finales de marzo no parece que esta vez Santa Claus tuviera nada que ver.

Y en Chaminade tampoco es que comieran demasiadas perdices (¿habrá perdices en Hawaii?), pero al menos su victoria tuvo un par de efectos colaterales dignos de mención: el primero fue el de paralizar el avanzado proyecto de cambiar de nombre a la universidad, que iba a llamarse Saint Louis-Honolulu o simplemente Honolulu University pero que tras este partido se siguió llamando Chaminade por los siglos de los siglos para que la popularidad repentinamente adquirida por dicha denominación no cayera en saco roto. Y el segundo fue que alguien pensó en sembrar a partir de aquella semilla del baloncesto universitario que acababa de germinar en Hawaii, razón por la cual un par de años después nació el Maui Invitational Tournament, imprescindible evento anual que allá por Acción de Gracias enfrenta a la propia Chaminade (que a día de hoy ya no está en la NAIA, sino en la 2ª división NCAA) con siete de los más floridos y granados colleges de la nación. Y a veces (raras veces) hasta se da el gusto de ganar a la Texas de turno y encaramarse a semifinales, siquiera sea para confirmarnos una vez más que todo es posible. Para recordarnos una vez más aquella mágica noche del 23 de diciembre de 1982, cuando a la utopía le dio por convertirse en realidad.

Ralph Sampson

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