“Me siento bendecido por las cualidades atléticas que tuve para jugar baloncesto profesional, un deporte al que siempre quise y respeté, por lo que ahora creo que es el momento perfecto para dar este paso”. Con estas palabras, tal día como hoy hace exactamente cinco años, ponía punto y final a su carrera uno de los mejores jugadores europeos que han paseado su nombre por las diversas canchas que componen la geografía NBA.

Predrag Stojakovic, nombre que reflejó su partida de nacimiento allá por el mes de junio de 1977 y que tantos cambios sufrió a lo largo de su carrera, fruto de una larga odisea, forzada en un principio y menos hostil con el paso sucesivo de los años, pertenece, y representa mejor que nadie, a ese reducido y selecto grupo de ‘pieles pálidas’ acuñados por el singular e inolvidable Andrés Montes como ‘raza blanca tirador’.

Una virtuosa muñeca y mortal estoque de belleza inusitada que se convertía en la gran amenaza de este tipo jugadores, capaces de quebrantar las leyes del espacio y el tiempo mediante una relación perfecta entre fuerza y precisión, balón y canasta.

“American Graffiti”, en otra sublime demostración de notación por parte del propio Montes, tuvo que superar una cantidad nada desdeñable de escollos y obstáculos para alcanzar el éxito pese a lo evidente de sus capacidades y su precocidad en el deporte de la canasta.

La Guerra de los Balcanes, conflicto que se cobró la vida de más de 100.000 personas durante la última década del siglo XX, irrumpió con fuerza en tierras yugoslavas en 1991, haciendo de la pequeña localidad de Pozega, muy cerca de la actual frontera entre Croacia y Serbia, un lugar poco seguro para la familia Stojakovic.

Así, Predrag, inmerso en una temprana pubertad, tuvo que abandonar su diminuta zona de confort y único lugar que había conocido hasta entonces. ¿Destino? La cuna del baloncesto balcánico.

En Belgrado, capital de la actual Serbia, el baloncesto era, y es, el deporte rey. Los entrenadores locales no pudieron hacer más que relamerse cuando presenciaron las sobresalientes aptitudes de aquel espigado chaval. Después de un año de exigente y duro trabajo, durante el cual se forjó gran parte de la base de su exquisito y letal lanzamiento exterior, la noticia de la existencia de una joya deportiva nacida de una Yugoslavia destrozada por la guerra se empezó a extender como la pólvora por todo el continente.

Mientras, Peja, gran seguidor de la NBA desde sus primeros contactos con el deporte de la canasta, se torturaba a sí mismo diariamente con preguntas dirigidas a su capacidad para abrazar el baloncesto profesional. Unas dudas que fueron disipadas velozmente cuando el Estrella Roja, uno de los buques insignia del baloncesto yugoslavo, llamó a sus puertas.

Un año de fogueo en el equipo junior fue suficiente para que, con apenas 15 años, Stojakovic estuviera listo para medirse con las grandes estrellas del baloncesto internacional. Su mecánica de tiro y efectividad exterior ya estaba a la altura de los mejores a este lado del Atlántico, aportando un plus ofensivo devastador a un equipo en el que despuntaban jugadores de la talla de Dejan Tomasevic, Nebojsa Ilic -quien jugaría apenas un año después en el C.B. Cáceres-, y Sasa Obradovic.

Meses después, la temporada llegaría a su fin con la consecución del campeonato doméstico para el Estrella Roja tras 21 años de sequía después de imponerse en la final al Partizan por un contundente 4-1. El futuro abría sus puertas a pares ante él, pero de nuevo los horrores de la guerra se entrometieron en su camino.

Pese a la suculenta oferta de renovación por parte de los dirigentes del club, el conflicto bélico se encontraba en su punto álgido y amenazaba con trasformar la mismísima ciudad de Belgrado en el inerte y devastador terreno en el que había convertido gran parte del país. Así, la respuesta fue “no, gracias”, recogió todas sus pertenencias y marchó con su familia, a excepción de su padre, militante del Ejército de la República de Serbia Krajina, rumbo sur dirección a Grecia.

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Foto: TrendBasket

En tierras helenas, Stojakovic y su familia fueron recibidos con los brazos abiertos por la ciudad de Salónica y los dirigentes del PAOK, con quien firmó un contrato por cinco años. Con los horrores de la guerra a un lado, Peja -Predrag Kinis, como fue rebautizado desde su llegada tras acogerse a la nacionalidad griega-, se liberó de cualquier tipo de carga y conquistó el baloncesto europeo con su talento.

Un primer año en blanco a la espera de un permiso de juego por parte del gobierno griego no repercutió lo más mínimo ni en las habilidades ni en la seguridad mental del jugador. A base de exhibiciones ofensivas que habitualmente superaban los 20 puntos, Peja conquistó el corazón de los aficionados locales que se agolpaban en el Alexandreio Metathon para quedar hipnotizados con la elegancia y la finura de sus movimientos en la cancha, y se conviritió, por el contrario, en la viva imagen del horror y la resignación de sus rivales cada fin de semana.

Paradójicamente, la bendición de su fulgurante explosión deportiva también le llevó a sentir en sus propias carnes el lado más infernal del siempre caldeado baloncesto heleno.

Llevado casi al status de los mismos dioses griegos que habitan el Monte Olimpo y recibiendo el amor y respaldo incondicional tanto de los aficionados del PAOK como de sus dirigentes, su relación con estos últimos fueron los encargados de enturbiar la última experiencia de Stojakovic con el baloncesto europeo.

Con unos promedios de 17 puntos, 5 rebotes y 39% de acierto en triples por partido tras su primer año, el alero abrió la caja de los truenos al presentarse al Draft de la NBA de 1996 sin el consentimiento de su equipo, poseedor de su derechos hasta 1998.

Después de sorprender a diversas franquicias en los entrenamientos previos –recordemos que por aquel entonces el baloncesto europeo era todavía una vía marginal para reclutar jugadores en la NBA-, Peja fue seleccionado por Sacramento Kings en la 14ª posición de la cita estival de aquel año, en una decisión por la que el Vicepresidente de Operaciones de la franquicia, Geoff Petrie, fue abucheado por la afición californiana, a la que no gustaba su apuesta por un extranjero desconocido en vez de por la promesa de Syracuse John Wallace. Una situación que no hizo más que empeorar para el directivo cuando se descubrió la naturaleza del acuerdo que unía a Stojakovic con el PAOK. El alero, a espaldas de su club, había confiado su futuro a un agente italiano, Luciano Capicchioni, quien a su vez trabajaba para un representante estadounidense llamado Herb Rudoy. En algún momento, la traducción de las conversaciones entre agentes y franquicia hizo llevar a esta última a entender que la rescisión del contrato con el club griego iba a ser una mera formalidad sin complicación alguna.

No fue así. La directiva helena se negó rotundamente a dejar escapar a su emergente estrella, la cual ya se había comprometido con los Kings, aún con remuneración financiera por su partida de por medio. En Sacramento iniciaron acciones legales para defender sus intereses y hacer efectivo el compromiso del jugador con la franquicia, pero el posicionamiento de la FIBA a favor del PAOK, unido a la fuerte presión recibida por el jugador, echaron por tierra la operación.

La decepción de no poder dar el salto a la mejor liga de baloncesto del planeta y quedar atrapado en Grecia, una situación que le hizo recordar la opresión de los años bélicos dejados relativamente atrás, fue agravada esa misma temporada cuando una fractura en la pierna le mantuvo en el dique seco varios meses, limitando su aportación a 20 partidos.

Nuevamente, este contratiempo no hizo más que espolear la garra del jugador yugoslavo, quien regresó la siguiente campaña por la puerta grande y unos números de escándalo: 24 puntos por partido, el MVP de la liga griega y un triple en el último segundo en el quinto partido de las semifinales por el título con el que ponía fin a una hegemonía por parte del Olympiacos, desaventurado rival, que duraba ya cinco años.

Sin embargo, Stojakovic no podría poner el broche de oro a su espectacular temporada al caer en la gran final ante el Panathinaikos, pero, con sus obligaciones cumplidas, fue libre para unirse a los Kings, cuyos aficionados se habían olvidado de él. Casi dos décadas después, su legado continúa intacto como uno de los jugadores más importantes en la historia de la franquicia.