Al igual que la canción de Barón Rojo que da nombre a este humilde intenso de ensayo, hoy arrojamos luz sobre una de las estirpes más maltratadas en el ámbito deportivo español, el aficionado al baloncesto. “Perseguido por quebrantar una ley, que no entiende y que no cuenta con él” es una de las frases de la mencionada canción que mejor refleja lo que he sentido en primera persona, desde que comencé a amar este bello deporte.

Quiero dejar claro que cualquier analogía o paralelismo entre deporte y política que podáis encontrar en el texto es una mera coincidencia sin intencionalidad alguna.

Los años 80 fueron el marco perfecto para que se gestase mi idilio con el deporte de la cesta de melocotones a diez pies de altura. Larry Bird, Magic Johnson, Abdul-Jabbar, Michael Jordan, los “Bad Boys” y un largo etcétera de baloncestistas fueron nuestros celestinos de lujo, pero nuestro amor, al igual que el de Romeo y Julieta, iba a tener por delante más impedimentos que una licencia de obra del ayuntamiento.

En cuanto a la televisión se refiere, solo había un efímero momento de la semana en el que podía disfrutar de aquel fascinante deporte que provenía del otro lado del charco. Era una retransmisión que ofrecía La 2 (por aquel entonces la segunda cadena de toda la vida) en un maravilloso programa que se llamaba “Cerca de las Estrellas” y que contaba con el maestro Ramón Trecet. En el programa solían retransmitir un partido pero no podríamos decir que era en diferido, más bien era en caducado, pues el partido podía tener varios días o incluso semanas. Realmente me daba igual, hubiese visto partidos de la temporada anterior con tal de posar mi vista en aquel baloncesto trepidante y espectacular, que sólo se parecía al que se jugaba en España porque la pelota de ambos era naranja. También nos obsequiaban con atractivos highlights y las mejores jugadas de vete tú a saber qué semana, que hacían las delicias de todos los que madrugábamos las mañanas del sábado para verlo.

Me hubiese gustado muchísimo poder ver más baloncesto NBA, pero la férrea dictadura deportiva en la que se encontraba inmerso el país tenía otros planes. Prensa y televisión concedían al “deporte rey” la casi totalidad de espacios deportivos del panorama mediático español. Hablamos por supuesto del maldito fútbol, un rey que nos fue impuesto de antaño sin ni siquiera preguntarnos si lo queríamos, un rey sin corona que monopolizaba todo nuestro entorno diario, desde el patio del colegio hasta el salón de mi casa, un rey desalmado que ejercía una monarquía demasiado autoritaria para el supuesto entorno de libertad deportiva que nos querían vender. Más que rey era un señor feudal que nos permitía subsistir alimentándonos de las migajas que él no consumía. El rey era intocable porque movía a las masas y producía dinero. La dictadura encubierta gobernaba en la sombra detrás de aquel injusto reinado.

Es muy duro pensar que en aquellos tiempos era mucho más fácil ver a un hombre matando a un toro, que un partido de la NBA.

Entonces comencé a entender lo dura que sería mi vida como aficionado al baloncesto, pues la propia sociedad española, totalmente intoxicada por el balompié, comenzaba a discriminarme por ser fiel seguidor de un deporte “minoritario” no demasiado aceptado por el pueblo, pese a la reciente gesta de la selección española en los JJ.OO. de Los Ángeles 84, donde se consiguió la plata midiéndose a los Estados Unidos en la final. Si dicha hazaña hubiese tenido lugar en cualquier otro país desarrollado, hubiese supuesto una revolución deportiva y social sin precedentes.  Dicha revolución hubiese cambiado la mentalidad de los jóvenes, motivándoles a querer ser como sus nuevos ídolos Epi, Corbalán, Solozábal o Fernando Martín, pero la alargada sombra del deporte de las patadas pronto difuminó el logro español, y la prensa deportiva afín al sistema no tardó ni dos días en volver a contaminar el ambiente, rellenando el 95% de sus páginas con contenido futbolístico para así distraer la atención de un pueblo que amenazaba con interesarse por otro deporte. Ahí reside la base de mi teoría sobre “La generación perdida” que otro día os contaré, porque corro peligro de salirme totalmente del hilo de la cuestión.

Foto: YouTube

Con la década de los noventa llegó a España algo parecido a una transición, y de nuevo unos JJ.OO. iban a tener un papel protagonista. En los inicios del acontecimiento social que supuso la aparición de tres canales más de televisión, para completar un total de cinco (cuatro y medio si no pagabas el de las rayitas), aterrizaban en España los Juegos de Barcelona 92, y con ellos la mayor diversidad deportiva vista hasta la fecha en el país. El españolito medio comenzó a descubrir que había vida después de la portería, y surgieron intereses varios por otros deportes menos conocidos por aquel entonces; pero había una circunstancia deportiva que brillaba con luz propia por encima de las demás: el “Dream Team”.

El impacto global que generaba la presencia del mejor equipo de la historia  en nuestro país hizo que muchas nuevas miradas se fijasen en el baloncesto, pues aunque no te gustase demasiado dicho deporte, parecía cosa de juzgado de guardia tener en casa a Jordan, Magic y compañía y no echarles un ojo cuanto menos. No tardó en darse la circunstancia de ver a gente a la que nunca antes oí hablar de baloncesto, preguntarme cosas como si había visto el mate de Barkley, el tapón de Robinson o el brazo de Malone. Había pasado muy poco tiempo y la gente se había implicado al 200% con el equipo americano, no tardando mucho en surgir las figura de los “expertos repentinos” y de los “nuevos fans acérrimos” (al más puro estilo de los nuevo fans de los Warriors), como si fuese un pecado confesar que te gustaba el baloncesto desde hacía días. El caso era que parecía que el básquet había llegado para quedarse y parecía que el “cuñadismo” también.

Los juegos terminaron, los americanos se alzaron con su más que merecida medalla de oro, dejando para la posteridad un legado que trascendía más allá de la victoria en sí, habían presentado la NBA al mundo y el mundo estaba encantado.

Después del impulso mediático que supuso el Dream Team para el baloncesto NBA en España, solo podían llegar tiempos mejores, o al menos eso me repetía yo mientras miraba durante horas el entrañable teletexto a la espera de que un sencillo cambio de un número me dijese quién había ganado las Finales Bulls – Suns de 1993. Aquella era la máxima emoción que podía experimentar en vivo sobre el deporte que me quitaba el sueño, un número en una pantalla. No pretendo faltarle al respeto al pobre teletexto, pues en aquel momento no lo hubiese cambiado por nada,  pero la verdad es que si los de la generación de hoy en día lo intentáis visualizar, os resultaría poco menos que grotesco. Los programas resumen sobre NBA comenzaron a tener más periodicidad e incluso se proyectaban dos veces por semana, pero lamentablemente era el mismo resumen puesto dos veces, sé que también parece irrisorio pero es cierto como la vida misma.

A pesar de todo, la prensa escrita había visto la luz y en el quiosco se podían encontrar joyas como la Superbasket, la Basket 16, nuestra querida Gigantes o la carísima y difícil de conseguir Revista Oficial de la NBA. Cualquier avance hacia la libertad deportiva era recibido con alegría incontrolable, y no me avergüenza decir que me enfundaba mi camiseta de Michael Jordan para ver los resúmenes, porque amaba y amo este deporte desde lo más profundo de mi ser. Había luz al final del túnel pero quedaba mucho trabajo por hacer.

La llegada del nuevo milenio vino acompañada de dos factores importantísimos que contribuyeron a la libertad de la que gozamos hoy en día. Por una parte, el lento pero aplastante avance de la red de redes facilitaba cada vez más la obtención de información. Por otro lado, una nueva generación de jugadores asombraba al mundo del baloncesto y enamoraba a otra generación paralela de jóvenes seguidores. Tim Duncan, Kevin Garnett, Kobe Bryant, Allen Iverson, Vince Carter, Tracy McGrady, Paul Pierce y un larguísimo etcétera de superestrellas hacían comprender a muchos españoles que la NBA era un deporte maravilloso y además rentable. Recordemos que para que un deporte gozase del beneplácito del régimen, tenía que ser rentable. Los artículos derivados de la NBA eran de precios prohibitivos, pero hacían las delicias de jóvenes fans que harían lo que fuera por conseguirlos en las exclusivas tiendas que los ofertaban. Una explosión de complementos deportivos americanos invadió el merchandising nacional, dándole a mi querido deporte la ayuda definitiva que necesitaba para ser relativamente importante en la sociedad española.

La red de redes siguió creciendo e hizo posible la tan ansiada paridad de oportunidades que yo añoré de niño, relegando al fútbol a una posición en la que solamente era deporte rey del que lo quisiera ver, pues el resto podíamos visionar lo que nos viniera en gana. Un rey que reinaba (pues aún es el más rentable aquí) pero que no asfixiaba a los demás. Un rey al que después de todos los años de pleitesía que le habían ofrecido, continuaba cobrando a sus súbditos por verle, pero como dice mi amigo Rubén: “A mí ese zapato no me aprieta”.

Hoy, miro a mi alrededor, y disfruto con una amplia sonrisa de toda la información de la que dispongo sobre NBA en Twitter, Facebook y demás plataformas. Mucha más información de la que puedo consumir, casi en tiempo real, algo impensable en los tiempos de oscuridad de los que provengo, en los que la sola idea de pensar en poder ver partidos todos los días hubiese sido tildada de utopía. Soy feliz porque el tiempo me ha dado la razón, me la ha dado porque nunca cesé en mi empeño de luchar por mi derecho a disfrutar de este apasionante deporte, incluso cuando todo estaba en nuestra contra. Como dice la estrofa final de la canción: “El destino no está marcado al nacer, yo he elegido ser lo que siempre seré: ¡Hijo de Caín!”.

Yo elegí mi camino igual que Caín escogió el suyo y por supuesto que jamás me arrepentiré.

¡Disfrutad de la merecida libertad, amigos!

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