El momento favorito de la temporada de miles de aficionados al baloncesto alrededor del mundo está cada vez más cerca. Este sábado 1 de abril dará comienzo la Final Four más abierta de las últimas temporadas en la NCAA. Y en el cóctel hay de todo: la cenicienta que ha dejado de serlo, otra de verdad, el tapado y el claro favorito.

Gonzaga

Matt Santangelo, Casey Calvary, Richie Frahm, Dan Dickau, Zach Gourde, Cory Violette, Blake Stepp, Derek Raivio, J.P. Batista, Ronny Turiaf, Adam Morrison (desconsolado, tirado en medio de la pista, que no lo podían sacar de allí ni con una grúa tras su eliminación en Elite 8), Jeremy Pargo, Josh Heytvelt, Matt Bouldin, Austin Daye, Robert Sacre, Elias Harris, Kelly Olynyk, David Stockton, Kevin Pangos, Gary Bell, Kyle Wiltjer, Domas Sabonis… No, no he querido engordar la lista más allá de lo razonable, no he querido remontarme a los lejanos tiempos de don John Stockton sino que me he limitado a señalar a algunos de los más destacados hijos de Mark Few, todos aquellos que un día soñaron más o menos legítimamente con las mieles de la Final Four y luego se quedaron más o menos a las puertas. En ese complicado tránsito Gonzaga pasó de cenicienta (cenicienta oficial del certamen, de hecho) a princesa, pero una cosa es cambiar trapos viejos por sedas y encajes y otra ya muy distinta es llevarte al huerto al príncipe. Hicieron falta dieciocho interminables años para que por fin le encajaran como un guante los zapatos de cristal. No sé si me explico.

Gonzaga es Final Four, lo cual en sí mismo es una gran noticia -no ya por el mero hecho de serlo- sino porque por fin dejarán de pitarle los oídos. Por fin dejará de escuchar aquello de que un equipo como Gonzaga jamás puede ser Final Four, que una (ex) modesta universidad de una no menos modesta conferencia no puede aspirar a las más altas cotas del baloncesto universitario. Su trabajo les ha costado, claro. Tuvieron que equilibrar por fin su juego interior y exterior en una amalgama perfecta, tuvieron que rodear a su armario polaco de tres cuerpos (pero ojo, que cuántos semiarmarios de un solo cuerpo querrían tener su movilidad, sus fundamentos y su visión de juego) con tres lujosos transfers recién llegados desde los más recónditos confines del Oeste americano; y tuvieron que marcarse una temporada (casi) perfecta, hasta el punto de que su única imperfección (esa derrota postrera ante BYU) fue quizá su mayor perfección, aún por paradójico que ello resulte: la que les permitió quitarse esa pesada losa de la imbatibilidad, la que les permitió entrar en marzo sin otra preocupación que no fuera la inherente al Madness, la de jugar y ganar todos y cada uno de sus partidos; que bastante presión es ya en sí misma como para procurarse además otra presión adicional.

Y jugar y ganar saben hacerlo como los ángeles, de hecho llevan haciéndolo todo el año. Cuando Nigel Williams-Goss (temporadón el suyo, oigan) está un poco bajo emerge la muñeca de seda de Jordan Matthews, cuando no la de Perkins o Melson; cuando el gran Karnowski necesita un descanso emerge el muy prometedor Zach Collins, cuando aún hace falta alguna pieza más Few se saca de la manga a Killian Tillie (de los Tillie de toda la vida) y hasta al insospechado japonés Hachimura. Y cuando se trata de darle sentido a toda esa mezcla exterior/interior emerge como por encanto un jugador por el que confieso sentir cierta debilidad personal, aquel JWill III que me enamoró en una Mizzou que se desmoronaba y que ahora ya (sin abreviaturas, sin ordinales, sin aditivos ni conservantes ni colorantes, sin otra denominación que no sea Johnathan Williams) es la verdadera piedra angular que da sentido al juego de estos Bulldogs (también llamados Zags), Karnowski aparte. Suele alertarse de los peligros de un equipo acostumbrado a perder, pero cabría también darle la vuelta a la tortilla y hablar de los inmensos beneficios de un equipo acostumbrado a ganar y para el que la derrota no es ni siquiera una opción; y miren que lo pasaron mal ante Northwestern, que sufrieron como perros ante West Virginia y que aún habrán de sufrir (y aún más si cabe) ante South Carolina, pero aún así no descarten que prolonguen esa sana costumbre hasta el final. Hasta la Final.

Foto: Sports Illustrated

South Carolina

¿Queríamos cenicienta? Pues toma cenicienta. Si nos hubieran dicho hace dos semanas que en la región de Villanova y Duke (y Baylor, y Florida, y…) el elegido para la gloria iba a ser South Carolina no es ya que no nos lo hubiésemos creído, es que habríamos enviado directamente al psiquiatra a nuestro interlocutor. Nos pasamos media temporada pontificando acerca de que la SEC no estaba ni de lejos al nivel de otras majors, hasta nos atrevimos a anticipar una especie de efecto Gonzaga para Kentucky porque esa supuesta debilidad de sus rivales en enero y febrero habría de pasarles factura en marzo… y sin embargo ninguna otra conferencia fue tan exitosa en este Madness, repasen a los Ocho de la Élite si les queda alguna duda: encontrar ahí a Kentucky parecía lo normal, encontrar también a Florida no chirriaba demasiado pero encontrar además a estos Gamecocks (gallos de pelea, como si dijéramos) resultaba ya una anomalía digna de estudio. ¡¿Qué pintan ahí estos tíos?! Y sin embargo estos tíos se cargaron a Florida como antes se habían cargado a Baylor y aún antes a Duke, el seed 2, el 3 y el 4 de una tacada, al 1 (Villanova) no se lo cargaron porque se lo quitó del medio Wisconsin que si no ya habríamos visto. La repentina irrupción de estas criaturas puede resultar sorprendente, pero no por ello es menos justa. Bien que se lo han ganado.

Vale, pero… ¿quiénes son estos tíos? Estos tíos son los interesantísimos Notice y Dozier por fuera, son el tosco (pero sumamente efectivo) Silva y el prometedor freshman estonio Kotsar por dentro, son unos cuantos satélites girando alrededor de un planeta principal llamado Sindarius Thornwell. Sí, Sindarius, suena casi más a profesor de Hogwarts que a jugador de baloncesto, probablemente sus padres cuando escogieron ese nombre ya pensaron que su retoño estaba predestinado a ser alguien singular, si no ya me dirán a santo de qué semejante ocurrencia. Sindarius es alma, corazón y vida de estos Gamecocks, Sindarius es un todocampista que rara vez anota menos de veinte puntos pero que además rebotea, distribuye y hace equipo desde su puesto de alero, Sindarius es una joya que ha ido a brillar en el mejor escaparate posible, una joya que tiene también sus aristas por lo que conviene manejarla con el mayor cuidado posible no te vayas a cortar. Algún pisotón a destiempo nos regaló en este Madness, alguna indisciplina le costó hace un par de meses varios partidos de sanción. Pero Frank Martin y él se necesitan mutuamente, y son ambos lo suficientemente inteligentes como para atemperar sus tempestuosos caracteres en pos de un objetivo común.

Y es que el amigo Frank Martin es el otro gran protagonista de esta historia maravillosa. Le conocí (de lejos, obviamente) hace unos años, cuando aún entrenaba a Kansas State, y habré de confesarles que así de entrada se me atragantó. Que era un buen técnico se veía a la legua, que era absolutamente insoportable también. Aquellas broncas crepusculares con los ojos casi inyectados en sangre eran las más feroces que haya visto a entrenador alguno durante estos últimos años, si me acojonaban a mí cómodamente arrellanado en mi sofá no quiero pensar lo que sentiría el Jacob Pullen de turno cada vez que se le arrebataba en pleno tiempo muerto. Salió abruptamente de Manhattan (Kansas), fue a parar a Columbia (South Carolina) y en ese trayecto algo debió romperse en su interior, algo debió decirle que suavizar un poco su carácter de ahí en adelante quizá no le vendría del todo mal. Frank Martin sigue echando broncas pero éstas no son ya tan apocalípticas y hasta dejan traslucir una evidente humanidad, esa misma que le hizo emocionarse hasta las lágrimas tras clasificarse para Final Four y ser abrazado y hasta zarandeado por todos y cada uno de sus jugadores. Estos Gamecocks son obra suya, y su pegajosa y asfixiante defensa (que a menudo empieza en zona y acaba en individual, ajustes mediante) es la imagen de marca de un equipo cuyo sueño no tiene por qué acabarse necesariamente aquí.

Foto: Getty Images

Oregon

Hace ahora un año, más o menos por estas fechas, consolaba yo (consuelo virtual, en todo caso) a un aficionado oregoniano particularmente desolado tras ver caer a su equipo ante Oklahoma en la Final Regional de 2016: no te preocupes, ya sabes lo que dicen, para ganar finales hay que perderlas primero, seguramente lo que han hecho hoy tus Ducks quedándose a la puertas de la Final Four de 2016 es poner la primera piedra para meterse en la Final Four de 2017, ya verás como sí, ten en cuenta que además volverán todos menos Cook, tendrán el mismo equipazo que ahora solo que con un año más de experiencia, al tiempo. Ya se sabe, esto de consolar es así, hermosas palabras que a menudo no se cree ni el que las dice, no digamos ya el que las escucha. Y sin embargo puedo asegurarles que yo esta vez no lo decía por decir: y como tal aposté por Oregon en Final Four a comienzos de temporada, y como tal mantuve mi apuesta en cada momento de la Regular Season, y como tal metí sin dudarlo a los Ducks entre los cuatro de Phoenix cuando a mediados de marzo rellené mi bracket. Claro está, nadie es perfecto, y habré de confesar que mi fe flaqueó hace apenas una semana, en las horas previas al Sweet Sixteen: no tanto por los deméritos de una Oregon que parecía haber perdido frescura como por los méritos de una Kansas que llegaba de arrollar a Michigan State, se disponía a aplastar a Purdue y parecía en trance de arrasar con todo. Reculé, me dejé llevar por las apariencias, dejé de lado a los Ducks y entregué a los Jayhawks mi pronóstico de la Midwest. En qué hora.

Lo que parecía pérdida de frescura no lo era, en absoluto. Era simplemente la asunción de que no todo puede ser jijí jajá, de que para presumir hay que sufrir como decían nuestras madres. Si vieron su Final Regional ante Kansas comprobarían el extraordinario trabajo defensivo de los Ducks, amargando la vida a los Jayhawks hasta el punto de que cada vez que éstos querían sacar el contraataque se los encontraban ya allí, bajando mucho más rápido los de verde de lo que subían los de blanco. Apúntenle un positivo (otro más) a Dana Altman, un técnico que me fascina ya desde sus lejanos tiempos de Creighton, un técnico que en nada se parece en sus maneras al susodicho Frank Martin o a tantos otros apóstoles de la desmesura. No, Altman es sobrio y contenido a más no poder: rara vez le veremos sonreír, jamás le veremos abroncar de manera desproporcionada a sus jugadores en público. Las televisiones no hacen negocio con él y enfocan siempre más al coach rival, lo cual no debería preocuparnos en absoluto porque basta ver el desempeño de su equipo sobre la cancha para confirmar su existencia, así en las vacas gordas como en las flacas. Cuando hace tres años graves problemas extradeportivos le privaron de sus puntales básicos antes de empezar la temporada supo crear un equipo casi de la nada, y hacerlo competitivo además; y cuando reunió luego por fin a un grupo maravilloso supo optimizarlo hasta llevarlo a las puertas de la Final Four primero, y hasta meterlo en ella exactamente un año después.

Cómo será de bueno este equipo de Oregon, que está en Final Four con la (quizá) peor versión de Dillon Brooks de estas últimas temporadas. Otros entrarían en crisis tras el bajón de su estrella pero estos Ducks tienen tantas y tan variopintas opciones que a donde no llega el canadiense llegan todos los demás: llega por ejemplo el desatado heleno Tyler Dorsey, triple tras triple tras triple en este Torneo. Llega el ex villanovense (de Villanova, quiero decir) Dylan Ennis, que a sus 25 años cumplidos (dos transfers y una lesión, total tres años en blanco) aún anda el hombre labrándose una carrera desde la universidad. Llegan el base freshman Payton Pritchard y su socio Casey Benson, y llega, cómo no, Jordan Bell. Aquella criatura que en su año de novato era una máquina de taponar pero apenas sabía hacer nada más, ha evolucionado hasta seguir siendo esa misma máquina de taponar (aún más si cabe), ser además una máquina de rebotear (y cómo) y haberse convertido también en un jugador interesantísimo a nivel ofensivo: no es un prodigio técnico pero hace sus cositas, y tiene la suficiente visión de juego y capacidad de pase (lo que vale eso, dios) para ponérsela al compañero abierto cada vez que le sobremarcan. No es que sea el principal baluarte del juego interior, es que tras la lesión de Boucher él es el juego interior, punto. Capaz de hacer lo suyo y lo de Boucher y lo de algún otro si se tercia, todo a la vez. Pueden estar seguros de que el pívot de Kansas Landen Lucas tendrá pesadillas con él durante toda su vida tras su portentoso despliegue en la Final Regional; veremos si Kennedy Meeks no las tendrá también tras la semifinal nacional.

Foto: Harry How / Getty Images

North Carolina

Algo tendrá el agua cuando la bendicen (dicen). Algo tendrán Roy Williams, Hubert Davis y demás miembros del cuerpo técnico si han sido capaces de meter a sus Tar Heels dos años seguidos en la Final Four. Que el año pasado apenas le dimos importancia porque nos pareció como si lo llevaran de serie, con el plantillón que tenían pues a ver qué iban a hacer (más allá de su irregular temporada), pues llegar a lo más alto, qué si no. Pero este año (ya sin el anotador compulsivo Marcus Paige, ya sin el reboteador compulsivo Brice Johnson) las perspectivas parecían bastante menos halagüeñas, tanto más con ese estigma de equipo un tanto blando, un tanto irregular, un tanto inconsistente, un tanto… leches. Quienes pensamos ingenuamente que sin Brice perderían poder en los tableros nos equivocamos de medio a medio, como pudimos comprobar ya desde comienzos de temporada: su porcentaje de rebote ofensivo anduvo siempre por encima del cuarenta por ciento (y hasta llegó a rondar el cincuenta) o dicho de otra manera, recuperaban casi la mitad de lo que fallaban, lo que les garantizaba (obviedad) un número de posesiones significativamente superior al del rival. Kennedy Culo Gordo Meeks hizo del rebote un arte pero no estuvo solo ya que contó siempre con la solidaridad de Isaiah Hicks, del imponente freshman Tony Bradley (futuro de los Tar Heels, siempre y cuando no huya precipitadamente a la NBA) y de ese alero del que les hablaré (y no pararé) a la vuelta del punto y aparte, que el amigo Justin Jackson bien merece un párrafo para él solo.

Justin Jackson es el antidivo por antonomasia. Ese aire tímido, esa cara de no haber roto nunca un plato, ese look desgarbado, incluso esa camiseta con mangas por debajo de la de tirantes para potenciar aún más su apariencia de pedir perdón por estar donde está. Nadie (que no lo conozca, obviamente) lo señalaría jamás como la estrella de este equipo, cualquiera no avisado atribuiría esa condición a Berry o Pinson, o quizás a Hicks o Meeks, jamás a Justin simplemente a la vista de su aspecto… hasta que lo vieran jugar, claro. Comprobarían entonces su sabiduría en cada momento del juego, su extraordinaria muñeca y su carácter que (en contra de lo que pudiera parecer) no se esconde en los momentos crujientes, más bien al contrario. Todo lo cual de manera discreta, sin llamar ni un poquito la atención, que a otros en tales circunstancias tienes que decirles tío, suelta el balón ya que tenemos que jugar todos, a él no, a él más bien tienes que decirle tío, no la sueltes, tírate alguna más que con lo bueno que eres no podemos permitirnos el lujo de que no asumas más protagonismo. Una joya, Justin. Y una delicia de jugador.

Pero necesitará que sus socios exteriores aporten, necesitará que Joel Berry emerja de su postración de estas últimas semanas (mitad baja forma, mitad achaques varios), necesitará que Pinson vuelva a ser Pinson, necesitará que Britt ponga cabeza fría desde el banquillo, necesitará sobre todo que siga en estado de gracia ese meritorio ex walk-on repentinamente reconvertido en suplente de lujo llamado Luke Maye, ese cuya delirante canasta (tras el no menos delirante triple de Monk) les abrió de par en par las puertas de esta Final Four. Y necesitará que se haga realidad también ese viejo axioma que utilizábamos con Oregon (sólo que esta vez no referido a la Final Regional sino a la Nacional), para ganar finales hay que perderlas primero. La experiencia es un grado, miren si no a los cuatro finalistas y comprobarán que esta vez no habrá jugadores de alquiler (Bo Ryan dixit), que no hablaremos de freshmen (salvo excepciones que confirman la regla) sino de jugadores hechos y derechos, que por no ver no veremos ni a uno solo de los yogurines que habrán de acaparar la lotería del próximo draft. La experiencia es un grado, y en ese sentido no estará de más recordar que Gonzaga y South Carolina jamás anduvieron por estas alturas, que Oregon sí que anduvo pero eso fue en 1939 (que algunos ni habíamos nacido siquiera) y que entretanto North Carolina ha pasado por semejante trance no menos de veinte veces, la última hace apenas doce meses. Y que de no haber sido por aquella ocurrencia postrera de Chris Jenkins quizás hoy estaríamos hablando del vigente campeón. Sí, estos Tar Heels saben mejor que nadie cómo es esto de la Final Four, lo cual obviamente no garantiza nada pero es un buen punto de partida. A ver quién puede decir lo mismo.

Foto: Evan Pike / USA Today Sports