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Granger Hall: tres botes y una época inolvidable de fondo

¿Ustedes recuerdan la primera película porno que vieron en su vida? Probablemente sí. Y quizá sepan decirnos con quién la vieron, cómo la consiguieron, y hasta podrían recordar levemente alguna escena. Si hoy día volvieran a toparse con esa misma obra, probablemente la pasarían por alto. Pensarían que es otra sórdida cinta vintage con demasiado pelo y música de ascensores de fondo. Una obra de museo en la era de Internet.

Pues con los jugadores de los ochenta pasa algo parecido. Aquellos tipos eran nuestros particulares héroes. Figuras de acción de más de dos metros que lucían una pinta en muchos casos estrafalaria –gafas de culo de vaso, coderas ortopédicas, camisetas de manga corta por debajo de la de mangas- y que en muchos casos tenían superpoderes. El extraño tiro de Epi, la fuerza sobrehumana de Audie Norris, la altura caricaturesca de Romay, la antipática perfección de Villacampa… Si lo viésemos hoy en día, con los estúpidos ojos de un adulto, nos fijaríamos mucho más en sus defectos que en las maravillosas virtudes que nos hacían emocionarnos cuando todo era más sencillo.

Granger Errol Hall (Newark, Nueva Jersey, 18 de junio de 1962) era uno de esos X-Men que nos divirtieron durante años en la ACB. Era el clásico americano que siempre estaba. Nunca jugó en un grande, ni falta que le hizo para destacar. Ni para ser el extranjero con más partidos en la historia de nuestra liga. Si necesitabas un pívot fiable, de los que te iban a aportar puntos y rebotes garantizados, Granger era la opción segura. Con él jamás ganarías una liga. Ni siquiera estarías en Europa. Pero disfrutarías de sus superpoderes.

Sí, Granger Hall también tenía superpoderes. Uno además maravilloso, porque sabías exactamente el momento en el que se iba a producir. Cuando Hall se acercaba a la línea, el ritual más famoso a la hora de efectuar el lanzamiento libre era propiedad del pívot. La afición del pabellón coreaba los tres marcadísimos botes que daba con la pelota y el posterior y legendario reclamo de OEEEE justo en el momento de lanzar. Una técnica que usaba desde su época universitaria en Temple para mejorar la concentración, y que parecía funcionarle. Mientras Jason Kidd lanzaba besitos antes de tirar a canasta, en España nos hacíamos un poco el burro gracias al bueno de Granger.

Y lo hicimos mucho. Llegó primero a Valladolid en sustitución de Bruce Kuczenski  -suplente del suplente de Moses Malone en los Sixers- y se ganó la reputación de americano cumplidor y solvente. Pero fue en Huesca donde el nombre de Granger Hall empezó a sonar como clásico. Allí estuvo seis temporadas en las que formó tándem varios años con otro mitiquérrimo como Brian Jackson. Tan distintos como complementarios, pusieron al Peñas en el mapa baloncestístico nacional. A cambio se casó con una chica de allí –aclaración, no iba incluido en el contrato-  y consolidó su imagen la del americano de perfil bajo pero efectivo.

Nunca sonó para dar un paso más arriba en su carrera ni en España –era, y probablemente con razón, demasiado bajo para ocupar la plaza de extranjero en un grande- ni por supuesto en la NBA, con la que solo tuvo un ligero acercamiento en 1985 cuando fue seleccionado en cuarta ronda por los Suns.

Tras abandonar Huesca –o mejor dicho, Huesca nos abandonase a todos- siguió acumulando partidos, puntos y rebotes. Manresa, Sevilla, Salamanca, Huelva… Lugares en los que siempre sumaba. Tanto, que un día se convirtió, de golpe, sorpresa, y sin tributo, en el mayor reboteador de la historia de la ACB.

De acuerdo, la Liga Endesa no es la NBA, pero quizá un poco más de reconocimiento a un señor con estos números no hubiese estado de más. Un mal endémico que se ha repetido demasiadas veces –y demasiado cruelmente- con las pocas figuras legendarias de nuestro baloncesto. Tesoros desaprovechados y una reivindicación que lo mismo tampoco viene a cuento. Sigamos.

Se retiró a la edad de 36 años. Cosechó, además de ingentes cantidades de estadística, una gran reputación y mucho cariño de los aficionados de la época, algo normal por otro lado. Si no eras del Barça o el Madrid, tenías muchas papeletas para que Granger Hall  alguna temporada jugara en tu equipo.

En su debe, y según cuentan los que lo conocen, está que nunca nunca terminó de aprender a conjugar bien los verbos en castellano. Aunque viendo cómo otros tampoco lo han conseguido, y trabajan para medios de comunicación, creo que se lo vamos a perdonar.

Ahora vive en su Nueva Jersey natal, y probablemente estará al tanto del récord reboteador que va a perder cuando lo supere Felipe Reyes este fin de semana. O quizá no. Si en España no vemos baloncesto nacional, lo de abonarse al plus allende los mares debe ser cosa de héroes…

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