Se dice que Bolonia es una ciudad ambiciosa, un lugar donde se han desarrollado peleas de todo tipo y que ponen de manifiesto el carácter orgulloso de sus gentes. Se dice que “tan pronto abres una botella de champán, ya hay gente obligándote a cerrarla”. Cuna de la que se cree la universidad más antigua del mundo, la capital de la Emilia-Romaña ha albergado durante los últimos 50 años una de las peleas deportivas más reconocidas del Viejo Continente, pelea que pareció tener su punto final hace casi ocho años pero que, como salida de algún callejón oscuro, volvió a fraguarse hace apenas un par de meses. Como las dos torres que se alzan en pleno centro de la ciudad, dos ilustres del pallacanestro italiano volvieron a verse las caras después de mucho tiempo, soñando por volver a recuperar los años dorados en que eran símbolos tanto en Italia como en Europa. La Virtus frente a la Fortitudo. La clase burguesa frente a la clase obrera. Los “Forever Boys” frente los “Fossa di Leoni”. Los que se mudaron a jugar a Casalecchio di Reno frente a los que aún juegan en Piazza Azzarita. El blanco y el negro frente al blanco y azul. La virtud frente a la fuerza.

Cada vez que Virtus y Fortitudo se ven las caras, los cerca de 400.000 boloñeses se dividen para seguir a cada uno de estos gigantes en el Derby, una rivalidad deportiva que no entiende si se está dando en un playoff de Euroliga o en un partido de liga regular de la Serie A2 italiana. Da igual. Ambos contendientes siguen combatiendo con odio pero, al mismo tiempo, sabiendo que se necesitan mutuamente para prolongar esta rivalidad. Bolonia llegó a albergar en su día cerca de 200 torres, cada una de ellas levantada por una familia diferente para mostrar su poder. Entre las pocas que sobreviven, hay dos que continúan juntas. La Torre Asinelli, delgada, con una leve inclinación y símbolo de la aristocracia, se dice que representa a la Virtus. Junto a ella, la Torre Garisenda, corta, sólida y con una mayor inclinación, se dice que representa a la Fortitudo. Un viajero francés del siglo XIX las describió como dos viejos amigos que se habían aventurado fuera de la ciudad en busca de diversión y que habían vuelto tiempo después borrachos. Se puede decir que el centro de Bolonia ha sido siempre más de la Virtus, mientras que la periferia de la ciudad y la provincia sienten más simpatía por la Fortitudo. Sin embargo, la diferencia más llamativa siempre se ha visto en la apariencia y en la manera de animar de ambas aficiones. Vestidos con trajes de etiqueta y más comedidos los burgueses de la Virtus; con el torso al aire y más entusiastas los trabajadores de la Fortitudo.

Hoy en día la rivalidad se ve de una manera diferente a la que acontecía en los 90 o en la primera década del siglo XXI, cuando el derby dejaba insultos en las calles y alguna que otra pelea entre ambas aficiones, porque los dos equipos viven momentos difíciles.

El mito de la Virtus comenzó a forjarse en 1871, cuando se fundó en la ciudad la Sociedad de Gimnasia bajo la iniciativa de Emilio Baumann, considerado el padre de la gimnasia moderna italiana. Albergando a diferentes modalidades deportivas como atletismo, ciclismo, esgrima o natación, el baloncesto comenzó a practicarse en la década de los 20, en los muros de la Iglesia de Santa Lucía para, en 1929, fundarse la sección de baloncesto. La década de los 30 y principios de los 40, sirvieron a la Virtus para posicionarse entre los equipos punteros del país, consiguiendo cuatro subcampeonatos nacionales, siempre a la sombra de los equipos de Milán, Roma y Venecia. El final de la II Guerra Mundial trajo consigo el traslado a la mítica Sala Borsa, lugar donde se hacían negocios y se instalaba el mercado durante el día, para pasar a albergar los partidos de la Virtus por la noche. Jugando en su primitivo suelo de azulejos en forma de rombos, la escuadra comenzó a lograr sus primeros éxitos, alzándose con cuatro títulos consecutivos entre 1946 y 1949. Con jugadores como Canna, Gambini, Calebotta o Lamberti, nadie pudo hacerles frente en esos años, comenzando “El mito de la Virtus”.

Paralelamente, la Fortitudo había sido fundada en 1901 por sacerdotes católicos con el objetivo de proporcionar un lugar de ocio y deporte a las juventudes de las clases trabajadoras afincadas en la parte oeste de la ciudad. La sección de baloncesto nacería en 1932, con unas cestas improvisadas que colgaban de las paredes del Gimnasio Canetoli, en la Vía de San Felice. El equipo viviría años muy lejos del profesionalismo hasta que, a comienzos de la década de los 60, consiguió el ascenso a la Serie B tras derrotar al Libertas Forli después de una dura batalla en la cancha y en las gradas. De esta época cabe destacar la figura de Gianni Paolucci, speaker del equipo durante muchos años después, y Beppe Lamberti, posterior entrenador durante más de una década. El 12 de agosto de 1966 la Fortitudo pasaría a formar parte de la máxima categoría del baloncesto italiano tras comprar los derechos de otra escuadra boloñesa, el Sant’Agostino. La transacción, llevada a cabo a medianoche en un restaurante de la ciudad, tendría un coste de 20 millones de liras.

Foto: Archivo SEF Virtus

Así, el 15 de diciembre de 1966, en la cancha de Piazza Azzarita nace el primero de los 104 derbis disputados hasta la fecha por ambas escuadras, medio siglo de feroces batallas y rivalidades entre dos equipos opuestos. Anteriormente solo se habían visto las caras en algunos amistosos o torneos de verano, pero aquel jueves de diciembre fue el primero en la máxima categoría. Virtus acabaría ganando (73-66) un apretado partido que tuvo poca repercusión en las gradas y en los medios de comunicación de la época. Tres meses después, Dewey Andrew, primer americano de la historia de la Fortitudo, se desquitaba de su mala actuación en la primera vuelta anotando 26 puntos para dar la victoria a la Fortitudo en el segundo derby (78-63). Estaba comenzando la historia pero nadie lo sabía.

No fueron años de éxitos para los dos equipos boloñeses. La Virtus no lograba alzar más títulos, siempre a la sombra de los grandes dominadores de la época, Varese y Milán, mientras que Fortitudo trataba de aguantar a duras penas en la máxima categoría del baloncesto italiano. Sin embargo, fueron años donde se empezó a forjar y endurecer la rivalidad entre ambas escuadras. Quizá el primer gran derby que se recuerda fue el de las navidades de 1969, “el derby de la sangre”, disputado ante 9.000 espectadores, y donde la Fortitudo se impuso por un escueto 69-66. De aquel partido ha quedado para el recuerdo la actuación de Gary Schull, “El Barón” como le llamaban los aficionados de la Fortitudo, la primera gran estrella en la historia del club, cuya fotografía al final del choque con los brazos en alto y la camiseta empapada de sangre es parte ya de la historia de esta rivalidad.

La llegada de Gianluigi Porelli a la presidencia de la Virtus en 1968 sirvió para relanzar al equipo dentro de la competición nacional. Apodado “Robespierre” por sus tajantes medidas a la hora de gestionar el club, apostó por un, hasta entonces, desconocido Dan Peterson como entrenador y firmó un acuerdo de patrocinio con la marca electrónica Sinudyne. Los resultados deportivos no tardarían en llegar, alcanzando la Copa de 1974 y las Ligas de 1976, 1979 y 1980 con jugadores como Terry Driscoll, Marco Bonamico, Renato Villalta, Gianni Bertolotti o Kresimir Cosic.

Al otro lado de la ciudad, Fortitudo vivía una década oscura, con apuros económicos, viéndose obligada a desprenderse de sus jóvenes promesas y sufriendo varios descensos a la segunda categoría. Aún así, tuvo un breve momento de gloria cuando alcanzó la Final de la Copa Korac en 1977 en su primera participación en una competición europea. Disputada en Génova ante la Jugoplastika, el partido estuvo marcado por la decisión de la FIBA de inhabilitar a Carlos Raffaelli, estrella italo-argentina del equipo, tras negarse a jugar con Argentina en el anterior Campeonato Sudamericano. La decisión se interpretó como una maniobra de Borislav Stankovic para favorecer a los yugoslavos, con lo que se vivió un ambiente muy tenso durante toda la Final. Los italianos sufrieron la eliminación de varios de sus jugadores por faltas y el partido se vio interrumpido varias veces por lanzamientos de objetos, concluyendo con un apurado 87-84 a favor de los balcánicos, quienes tuvieron que recoger el trofeo en el vestuario tras la irrupción de los tifossi en la pista y la agresión al árbitro principal Mainini.

Como anécdota, unos meses después, en septiembre de 1977, aterrizó en el club una leyenda como Connie Hawkins, como fichaje estrella de la entidad. Sorprendiendo a todos en la pretemporada por sus movimientos y recursos, finalmente fue cortado antes de iniciarse la temporada debido a las dudas sobre su estado físico. Hawkins había aterrizado solo y, lejos de volverse a EE.UU, se quedó en Bolonia hasta primavera, disfrutando de la vida y contándole a su mujer por teléfono historias ficticias sobre partidos en Italia en los cuales nunca llegó a participar.

La década de los 80 comenzó con la Virtus disputando su primera final europea, la de la Copa de Europa de 1981 ante el Maccabi. Jugando sin Jim Mcmillan, lesionado en una de sus rodillas, aguantaron el marcador hasta el final, pero una inexistente falta en ataque señalizada a Bonamico en los últimos segundos le privaron de la gloria, cayendo por 80-79. El equipo alcanzaría Liga y Copa en 1984, ya con Brunamonti, Van Breda Kolff o Binelli, y la Recopa ante el Real Madrid en 1990, con Micheal Ray Richardson en la plantilla. En el otro barrio de la ciudad, la Fortitudo vivía unos 80 amargos, sufriendo varios descensos de categoría, estando muy lejos de los equipos punteros del país. Las temporadas se salvaban dependiendo de si se lograba la victoria en el derby de la ciudad. Dentro de la rivalidad entre ambos, destacó para siempre el recibimiento que los ultras de la Fortitudo hicieron a la Virtus en el último derby de aquella década, formando una “V” en la grada con los pantalones bajados. Roberto Brunamonti, mito de la Virtus, recordaba que “la dimensión económica era importante, pero había una mayor espontaneidad y sinceridad. Un apretón de manos valía la pena. Luego todo fue diferente. El interés económico estuvo por encima de todo y el baloncesto se convirtió en una especie de compromiso”.

Los 90 fueron el inicio de la máxima rivalidad entre ambos clubes, derbis que dividían la ciudad y que marcaron una época en el baloncesto trasalpino. La Fortitudo pasó de ser un equipo del montón gracias a la llegada de Giorgio Seragnoli, dotando al club de un poder económico que nunca antes en su historia había conocido. Eso le permitió incorporar jugadores de prestigio que posibilitaron el salto de calidad que el club andaba buscando para luchar por éxitos mayores. Vincenzo Esposito, Djordjevic, Carlton Myers, Scariolo, hacen que el equipo alcance las Finales de Liga en 1996 y 1997, pero no logra alzarse con el título ante Milán y Treviso, Antes, la Virtus ha empezado ya su propio camino, consiguiendo tres títulos entre 1993 y 1995, con Messina en el banquillo, Danilovic en pista y las míticas Knorr y Buckler en las camisetas. Nino Pellacani, ilustre jugador en la historia de la Fortitudo, recordaba que “la semana anterior al derby las familias se dividían dependiendo de a quien animases. Los hermanos se peleaban y los padres e hijos iban a los partidos separados. Para nosotros era el partido del año, el pico de la temporada. Éramos un equipo joven  que sentía la atmósfera que se respiraba, por lo que sabíamos muy bien lo que significaba para el aficionado ganar o perder”. Eran los años en los que los aficionados de la Fortitudo acudían a los partidos con camisetas en las que se leía “No me gusta la sopa”, en alusión a la mítica Knorr, sponsor del rival.

Foto: Roberto Serra / Iguana Press

En el verano de 1998 se vive un espectáculo de fuegos artificiales en la ciudad, con los dos equipos tratando de conseguir los mejores jugadores del país y del continente a base de liras. A la Virtus vuelve Danilovic después de su experiencia en la NBA, mientras que la Fortitudo apuesta por David Rivers, Dominique Wilkins y Gregor Fucka. Posiblemente sean los dos mejores equipos de Europa y van a acabar chocando en todas las competiciones.

La Fortitudo alcanza el primer título de su historia el 1 de febrero de 1998, alzándose con la Copa ante Treviso en un Palamalaguti lleno. La imagen de Carlton Myers levantando el trofeo en el centro del campo con miles de aficionados enloquecidos a su alrededor representa la alegría de un club que ha esperado más de 30 años para vivir un momento como ese.

Ambos vecinos se ven las caras de nuevo un mes después en los cuartos de final de la Euroliga. En una serie a cara de perro, es la Virtus la que se alza con la victoria final después de una pelea memorable, consiguiendo su billete a la Final Four de Barcelona donde conseguirá su primer entorchado europeo ante el AEK de Atenas. Es la Virtus de Rigadeau, Danilovic, Sconochini, Binelli, Nesterovic,…

El acto final y quizá el que más se recuerda entre ambos clubes, se da en el quinto partido de la Final de Liga. Fortitudo domina todo el choque, aunque con ventajas mínimas, y llega a los últimos segundos con 4 puntos arriba en lo que parece ser el primer Scudetto de su historia. Sin embargo, Danilovic se eleva más allá de siete metros para anotar un triple con falta adicional de un Dominique Wilkins que firma el peor partido de su vida. La Virtus fuerza la prórroga en la que consigue su 14º campeonato, mientras que la Fortitudo empieza a pensar en una maldición después de perder su tercera Final consecutiva.

Un año después, ambos equipos se ven las caras en las semifinales de la Final Four, con victoria de nuevo para la Virtus, aunque el título se lo acabará llevando Zalgiris. Es el preludio del éxito de la Fortitudo, el cual llega, por fin, en 2000, bajo las órdenes de Recalcati: “Era el mejor equipo que he entrenado nunca”. Los Myers, Karnisovas, Vrankovic, Fucka, Basile, Galanda o Jaric se imponen a Treviso 3-1 en el que es el primer Scudetto de su historia. Con el Palaverde invadido por los aficionados boloñeses, Fabrizio Pungetti, voz de los partidos de la Fortitudo lanza sus repetidos gritos estrangulados cuando empieza la cuenta atrás: ¡Campeones de Italia, campeones de Italia, la Fortitudo es campeona de Italia!

El año siguiente será el año de la Virtus, la cual se hace con unos jóvenes Ginóbili, Smodis y Jaric. Los de Messina lo ganan todo, en la que es la mejor temporada de su historia. Desde el primer momento mostraron una gran determinación para ganar, encadenando 33 victorias consecutivas entre Liga y Euroliga. El primer título llegó en Forli, con la Final de Copa ante Pésaro. Tras batir a sus vecinos en las semifinales de la Euroliga por un contundente 3-0, el segundo título llega con la victoria en la Final ante el TAU Vitoria. Finalmente, el triplete llega con la Liga número 15 en junio, tras derrotar en el tercer choque otra vez a la Fortitudo por 83-79. Es la última Liga de su historia hasta ahora.

El último Scudetto para la ciudad lo logra la Fortitudo en 2005, después de perder tres Ligas consecutivas y de alcanzar la Final de la Suproliga en 2004, cayendo de manera contundente ante el Maccabi de Jasikevicius. El título llega quizá cuando nadie lo esperaba ya que el equipo era bueno pero no el principal favorito en la carrera hacia el título. Con Repesa en el banquillo, Basile como capitán y jugadores como Bagaric, Rubén Douglas, Smodis y los jóvenes Mancinelli y Bellinelli, el equipo se caracteriza por una gran defensa e intensidad en su juego, alcanzando la final de Liga ante Milán, liderado por Djordjevic. En el cuarto partido de la serie, la Fortitudo acabó con sus fantasmas y con su leyenda de ser un equipo perdedor tras imponerse en la Final gracias a un triple sobre la bocina de Douglas que necesitó del instant replay.

A partir de ahí, los tiempos de las grandes inversiones y de los costes desmesurados en las gestiones desaparecieron, viéndose ambos clubes avocados a un progresivo descenso en su poder deportivo y económico dentro del baloncesto italiano, al igual que el sufrido por otros ilustres como Treviso, Siena o Roma. El último derby en la máxima categoría, el 103 en la historia, se disputó el 29 de marzo de 2009, con triunfo final de la Virtus por un solo punto gracias a un triple de Dusan Vukcevic. Nadie podía imaginar que habrían de pasar casi ocho años para presenciar el derby 104 y que éste se jugaría en la Serie 2, después de la grave crisis financiera arrastrada por ambos clubes. Ya no estaban los Danilovic, Myers, Ginóbili, Basile, Messina o Recalcati, pero sí la atmósfera que ha rodeado siempre este derby en Bolonia. Con la ciudad engalanada, las entradas vendidas en pocas horas y unos 9.000 espectadores en la grada, el derby número 104 tuvo idéntico desenlace que su predecesor, la victoria de la Virtus en la prórroga por un solo punto de diferencia.

Volver a la Serie A y a Europa es ahora el objetivo de ambos clubes en una ciudad donde el fútbol no es el deporte rey. Nunca lo ha sido. Marco Belinelli, formado en la Virtus pero jugando sus mejores años en Europa en la Fortitudo, veía el derby al otro lado del Atlántico antes de que sus Hornets se enfrentaran a los Spurs de Messina y Ginóbili. “Ocho años sin un derby han sido largos, pero nadie en la ciudad ha dejado nunca de hablar de él. Lo dice todo sobre el valor de esta rivalidad: los grandes jugadores, las aficiones, las burlas… No importa si ahora el derby es en la A2, pronto volverá a ser en finales como en los 90”. Derbis que marcaron la identidad de una ciudad entera. “Cuando aquí en EE.UU. la gente me pregunta qué hay en Bolonia, yo siempre contesto lo mismo: las dos torres, los tortellini y el derby”. Porque, después de medio siglo, la ‘V’ y la ‘F’ no son simples letras. Son mucho más.