Estaba completamente fuera de sí. Tanto que no dudó ni un solo segundo en recorrer los más de cien kilómetros del trayecto de ida y vuelta que le separaban de su lugar de residencia con tal de satisfacer sus terribles e irreprimibles ansias de venganza. Su inestable y explosivo temperamento lo habían cegado por completo. Entró en su habitación y extrajo de su mesilla de noche una Parabellum de nueve milímetros, dispuesto a todo. Aquello no quedaría así.

Varias horas después, nuestro misterioso desconocido era detenido, junto a su novia, por la Guardia Civil en la localidad de Candelaria, Tenerife, después de haber disparado su pistola en el exterior de la discoteca en la que había decidido celebrar su vigésimo-sexto cumpleaños con su compañero de equipo, el también estadounidense Mike Harper.

“Todo surgió porque Mike y yo nos pusimos a hablar con unas chicas que había en el local. Uno de sus dueños se puso celoso porque, imagino, a ellas les llamó la atención nuestra altura y tamaño. Así que alguien nos tiró un vaso y empezó la pelea. Intentamos defendernos, pero los vigilantes del local nos golpearon la cabeza con bates de béisbol. Llegué a pensar que nos iban a matar”, explicaría el controvertido protagonista de los hechos casi tres décadas más tarde en una entrevista para la ACB. Un relato que serviría para contradecir la versión oficial dada por el club aquel 30 de septiembre de 1987, un discurso que alegaba motivos racistas por parte de los dueños de la discoteca, quienes se habrían negado a servirles una copa.

Nadie resultaría herido –los disparos tan solo se cobraron una serie de pequeños arañazos superficiales en una mujer inglesa a causa de los cristales quebrados-, mientras que el pistolero abandonaría el calabozo tres días después –previo pago de dos millones de las antiguas pesetas procedentes de las arcas del equipo– al no existir denuncia alguna, pero aquel desafortunado y violento incidente supuso el principio del fin de la carrera de uno de los mayores talentos de origen estadounidense que ha pisado las canchas de la geografía ACB.

Tal vez fue toda la ira y el rencor acumulados a lo largo de su dura infancia en Alabama, uno de los estados donde el racismo golpeó con más fuerza a la sociedad afroamericana y que se encontraba en plena lucha segregacionista por los derechos del colectivo. O la frustración por no haber podido luchar por ningún logro colectivo importante con los Crimson Tade –con el Sweet 16 de 1982 como tope- pese a haber concluido su periplo universitario como el segundo máximo anotador y quinto máximo reboteador en la historia de la Universidad de Alabama y haber sido nombrado All-SEC durante sus últimos tres años. O quizás el ostracismo al que le tuvo relegado Larry Brown durante su breve estancia en Nueva Jersey –tan solo una temporada, tras ser elegido en la 21ª posición del Draft de 1982 por los Nets–, con unos residuales 8.7 minutos por partido, en un equipo en el que brillaban Buck Williams –rookie del Año una temporada atrás-, Albert King o el, hasta entonces, tres veces All-Star Otis Birdsong.

Lo cierto, es que los escándalos deportivos –y extradeportivos- fueron una constante durante la estancia de Eddie Phillips en España. Incluso antes, en una infructuosa campaña en Italia en las filas del Latini Forli que se limitó a apenas nueve partidos, tras lo cual sería cortado como consecuencia de ‘ligeras’ desavenencias con el entrenador.

Pepe Cabrera, principal arquitecto en la evolución y el desarrollo del baloncesto canario, no obstante, no dudó en ofrecer una oportunidad a aquella bomba de relojería, quien lo había sorprendido gratamente en el tradicional –y tristemente ya desaparecido– Torneo de Navidad del Real Madrid, donde, pese a la derrota de su equipo –un combinado de jugadores estadounidenses– firmó un duelo memorable ante Fernando Martín, el gran coloso blanco.

Phillips aterrizó en Tenerife totalmente fuera de forma, superando los 120 kilos de peso. Pero sus numerosas virtudes y su entrega en la cancha le valieron un puesto en la plantilla en lugar de Jeff Jenkins, un interior saltarín y cumplidor –pero poco más– que sufrió en sus propias carnes las primeras ‘demostraciones de afecto’ de su compatriota, muchas de ellas saldadas con sus doloridos huesos sobre el parqué y diversas magulladuras por todo el cuerpo.

Eddie Phillips

Foto: Roll Tide

Incluso todo un bonachón como Manolo de las Casas, uno de los mejores jugadores de baloncesto que ha dado la isla de La Palma, no pudo librarse de los repentinos e inesperados cortocircuitos del férreo pívot estadounidense. Durante uno de dichos entrenamientos, Manolo, como se convertiría en costumbre durante los siguientes años, fue el encargado de cubrir a Eddie Phillips en un cinco contra cinco. En plena batalla por ganar la posición en la zona, el de Birmingham se desembarazó de su par con fuerte empujón con el que lo envío directamente contra la valla publicitaria, cayendo fulminado. Tan solo los gritos de sus compañeros, entre ellos los del magnífico Carmelo Cabrera, evitaron que el suceso alcanzara un matiz drástico. “Stop, Eddie! Stop!”, le gritaban a Phillips, quien corría con el puño alto en su intención de terminar de ajusticiar a su víctima.

Pese a su carácter polémico, el impacto de Eddie Phillips en Tenerife fue tremendo y su conexión con la afición lagunera, entregada totalmente a su nuevo ídolo, inmediato. En su primer año, lideró el ascenso del Canarias a la máxima división española con una retahíla de exhibiciones que sobrepasaban, normalmente, los 30 puntos, 10 rebotes, y quién sabe cuántas narices rotas, por velada.

En la élite del baloncesto nacional, Phillips no solo no mantuvo los promedios firmados en Primera B, sino que los incrementó hasta el punto de registrar la tercera máxima marca anotadora de la actual ACB, con 33.1 puntos partidos en la temporada 1986-87. Aquel extraordinario quinteto formado por Salva Díez, Germán González, Manolo de las Casas, Eddie Phillips y Mike Harper –fichaje estelar del CajaCanarias en su regreso a la ACB, recomendado por el propio Phillips– escribió un nuevo capítulo –el mejor, hasta la presente temporada del, ahora, Iberostar Tenerife– en las páginas doradas del club, quien lograría dos históricos sextos puestos consecutivos y una aparición en los octavos de final de la Copa Korac.

Sin embargo, el conflictivo temperamento de nuestro protagonista no solo no se calmó, si no que se mostró aún más implacable, si cabe, tras la llegada de ‘Helicóptero’ Harper, compañero de correrías durante su breve estancia en Italia. Los atroces e irracionales episodios violentos se repetían uno tras otro y tan solo los buenos resultados obtenidos por el equipo y el cariño de la afición habían evitado su fulminante despido por parte de la directiva lagunera.

En un partido en la capital española ante el todopoderoso Real Madrid, Eddie Phillips protagonizó uno de sus incidentes más recordados. Previamente, los periodistas locales se habían encargado de calentar el duelo con un amplio y cuidadosamente elegido repertorio de lindezas varias que el interior estadounidense interpretó como todo un reto a sus capacidades explosivas. Y no defraudó.

El encuentro hacía tiempo ya que se había decantado del lado de los locales, por lo que Phillips se ocupó, tenaz y cuidadosamente, de ofrecer espectáculo en un nuevo emparejamiento con Fernando Martín. Las primeras asperezas entre ambos dieron paso a hostilidades cada vez más salvajes que amenazaban con incendiar completamente el encuentro, en un duelo entre dos jugadores a los que las palabras “ceder” y “amedrentarse” no les sugería nada en absoluto. Así, y a sabiendas de que aquello no podía acabar bien, Lolo Sainz optó por mandar al pívot al banquillo y sacar, en su lugar, a Alberto Martín, hermano del primero.

Lejos de calmar su ira, la primera reacción de Phillips fue la de enviar al pequeño de los Martín al suelo en el primer encontronazo entre ambos. Inmediatamente, el técnico local pediría tiempo muerto y, ante el asombro de todos, Eddie se dirigió velozmente al banquillo del Real Madrid. “Aquel ser maricón. Yo quiero a ese”, le espetó a Lolo Sainz mientras señalaba de manera amenazadora a Fernando Martín.

Lolo no mordió el anzuelo y, en un nuevo intento por apaciguar los ánimos –y asegurar la integridad física de sus jugadores–, dio salida a Fernando Romay. Pero el incendio ya había sido declarado. Dos tapones consecutivos por parte del pívot gallego dieron paso a un brutal codazo en los genitales de su homónimo, fulminando instantáneamente a Romay y obligando a detener el partido durante cinco minutos.

CB Canarias Eddie Phillips 12

Foto: CB Canarias

Otras muchas historias continúan, más de treinta años después, merodeando entre la hemeroteca personal de los más veteranos del lugar. Algunos recuerdan aquella vez que Eddie Phillips logró acallar de forma instantánea, corriendo hacia la grada con cara de asesino, a más de cien aficionados rivales en un duelo ante el Náutico después que éstos le dedicaran una sonora pitada e improperios varios cada vez que tocaba el balón. Otros prefieren destacar la ocasión en la que decidió que, previa petición –y mal recibida, por supuesto- de su entrenador, bajar el volumen de su walkman del ‘diez’ al ‘ocho’ era suficiente –no lo era, obviamente– para escuchar las instrucciones previas al comienzo de un encuentro de liga. Unos pocos, incluso, relatan aquel episodio en el que el estadounidense, quien había llegado veinte minutos tarde, decidió que en el entrenamiento se disputaría “un partidillo”, como el mismo dijo, en vez de la sesión defensiva que había planificado el técnico. Cómo para llevarle la contraria.

Un cúmulo de situaciones que terminó por agotar la paciencia de los dirigentes y que desencadenó en el ultimátum que recibiría el verano de 1987 por parte de la directiva del CB Canarias: “o cambias o a la calle.” La concluyente y resolutiva amenaza procedente del club pareció surtir efecto. Al menos en un primer momento. Al menos hasta la noche de aquel 29 de septiembre. Aquellos dos disparos firmaron su carta de sentencia y escribieron sus últimas líneas como jugador del CB Canarias.

“Con rabia y estupidez, lo único que hice fue disparar hacia las ventanas, aunque fue de una forma imprudente. Gracias a Dios, no le di a nadie, pero fue un incidente que nos ocasionó a mi novia y a mí mucha pena. También le fastidié a él [a Mike Harper], a mis compañeros, entrenadores, directivos, al presidente, a los aficionados y a toda la isla de Tenerife con aquello”, explicaría en 2016 en unas palabras que recogió el periódico insular ‘El Día’, buscando el perdón de una afición a la que había abandonado súbitamente y que quedó completamente conmocionada ante el suceso. “Estoy muy arrepentido por un acto violento e irracional. Mirando atrás, la gravedad de lo que pasó me ayudó a ser más calmado a partir de entonces. Canarias es uno de los sitios más hermosos de la Tierra. El clima era casi perfecto y la gente, muy amable. Los aficionados eran apasionados y siempre me animaban chillando. Me gustaría volver algún día”.

Su grado de indisciplina fue tan alto como su enorme calidad. Durante su etapa en el CB Canarias promedió un total de 30.2 puntos por partido, antes de continuar su carrera en el Hapoel Holon de la liga de Israel, equipo en el que se retiraría en 1995.

Desterrado su nombre de la historia del baloncesto europeo, su particular redención tuvo lugar en 2014, cuando recibió los honores SEC Legend como homenaje a su exitoso paso por la Universidad de Alabama, en una ceremonia en la que también estuvieron presentes ex-NBA como Mahmoud Abdul-Rauf, Tony Delk o Erick Dampier.

Ahora, el Iberostar Tenerife está a pocas semanas de firmar la primera aparición de su historia en una Final Four. Una larga travesía por el desierto –y divisiones inferiores del baloncesto español– que tendría su antesala en aquella lejana década de los años 80 y que no se entendería sin jugadores como Eddie Phillips. El pistolero desterrado.