Los aficionados, jugadores, y seguidores del baloncesto tendemos siempre a presumir de nuestro deporte y de los valores que asocian o asociamos al baloncesto. Un buen nivel cultural de los jugadores, (profesionales incluidos) un mayor entendimiento del juego por parte de los citados, y sobre todo se enfatiza e incluso se presume de una mayor deportividad general en comparación con otros deportes. Esta afirmación, o corriente de pensamiento, al igual que otras entelequias que, oídas en boca del acompañante de turno, pueden parecer sentencias inapelables del Tribunal Supremo, son, sin embargo, como la mayoría en esta vida, objeto de debate. No es mi intención alimentar más la generalidad de lo cotidiano, o el pensamiento correcto, sino incidir en un caso concreto de excepción. En un capítulo concreto, que contiene varias escenas a la vez de lo que puede llamarse puntos negros en cuanto a falta de deportividad, intimidación y finalmente, vergüenza propia y ajena ante los actos de unos pocos… que no eran pocos.

Para ello tenemos que retroceder unas décadas en el tiempo, concretamente la recta final de la temporada 1978-1979. Aquel año la vieja Copa de Europa afrontaba la liguilla final, donde seis equipos, Olympiacos, Real Madrid, Varese, Joventut, Maccabi y Bosna Sarajevo, se jugarían a ida y vuelta el jugar la gran final, a la cual llegarían los dos primeros clasificados de dicha liguilla.

No hace falta recordar -o sí, pero de todas maneras, lo hago- que en aquella época la NBA todavía no tenía sus garras incrustadas en el baloncesto FIBA, por lo que todo el talento baloncestístico a nivel de clubes se encontraba intacto en el viejo continente. Personalmente, y pese al cierto “olvido” actual a aquella época, aquel era un baloncesto de nivel altísimo, tanto técnico como táctico. No se puede afirmar lo mismo si hablamos de nivel físico.

Y si ya nos adentramos en el plano emotivo, visceral, tanto de aficionados como jugadores, se puede observar no sólo la evolución normal deportiva de un juego colectivo, sino que, también como sociedad, la vieja Europa ha cambiado. Quiero pensar que en algunos aspectos a mejor, como el que relatamos hoy. Aunque quizá se echa en falta el punto de mala leche, ese codazo a destiempo, esa mirada desafiante y esa intimidación verbal, que ciertamente hoy existe también, pero a un nivel mucho menor y condenado sistemáticamente por todo el entorno. Un Meneghin criado deportivamente en la actualidad sería un tira triples políticamente correcto. Pero me desvío de lo que son las intenciones de este escrito.

Volviendo al plano deportivo, tenemos que fijar nuestra atención en el doble enfrentamiento que mantuvieron los italianos del Varese, aquel año denominados como Emerson, contra el Maccabi de Tel Aviv, el equipo israelí. ¿Por qué este enfrentamiento? Si ya de por sí un partido de liguilla de la copa de Europa era de una intensidad de grado alto, al haber muy poco margen de recuperación ante una derrota, en éste caso concreto traía recuerdos no gratos para los italianos, ya que en la final de 1977, disputada en Belgrado, habían clavado la rodilla ante los macabeos, en un intenso partido dónde los amarillos lograban su primer entorchado continental por sólo un punto de diferencia. Ésto dolió -y mucho- a los grandes dominadores del baloncesto europeo en los setenta. No solo habían perdido, sino que además lo hacían ante alguien que no era su gran rival, el Real Madrid, sino contra un equipo emergente que no tenía una copa de Europa… hasta ese partido.

Plantilla de la Emerson de Varese correspondiente a la temporada 79-80

Con estos antecedentes, es comprensible que el primer partido de liguilla entre ambos, disputado el  25 de enero de 1979 en “La mano de Eías”, tuviese un interés añadido al meramente deportivo. Y a eso le sumamos una igualdad enorme, en el juego y en el marcador. Hasta que se llega a un momento que parece como otro más en un partido de baloncesto. En el minuto 9 de la segunda parte, se anota una canasta, del gran Meneghin, pero ocurre algo inesperado. La mesa no la consigna. Hay protestas, momentos de un cierto caos, pero el partido sigue. Ni el comisario FIBA ni los oficiales de mesa rectifican. Los italianos aprovechan para protestar aún más y caldear el ambiente, porque sí, era posible aumentarlo. Y llega el final. El electrónico señala un 72-71 favorable al Maccabi. Que gana el partido, aunque en realidad lo ha perdido. El Emerson en realidad ha anotado 73 puntos. A los italianos les han tangado una canasta.

La mesa finalmente reconoce su error. Se considera que es un error equiparable a un fallo arbitral y darla ahora por válida y cambiar el resultado sería un “rearbitraje” del partido, algo que a la FIBA le suena a todo, menos algo asumible. La FIBA de aquella época,  y también la de años después, ciertamente, tenía esa manera tan peculiar de “funcionar”.

Estaba más que claro y cristalino que el partido de vuelta en tierras italianas no iba a ser un partido cualquiera más. Pero la cuestión es que nadie imaginaba hasta qué punto se iban a observar y sentir detalles negrísimos en la cancha varesina. Unos detalles que pasarían a la historia negra del baloncesto europeo.

Y llegó el 7 de marzo de 1979, los israelís acudían al pabellón de Varese. Las cosas estaban ajustadas al máximo, ambos con el objetivo de llegar a la final de Grenoble.  Los orgullosos seguidores italianos clamaban por la venganza tras las últimas afrentas con los macabeos, la mayoría se limitaba a venganza deportiva…

Una hora antes del partido, el pabellón se encontraba prácticamente lleno. Y llega el momento, los de Tel Aviv salen a calentar, como es de recibo, una sonora bronca y pitada les acompaña. Pero eso no es todo. En la curva norte del pabellón, sitio de los fans más acérrimos, empiezan a observarse movimiento. Varias cruces empiezan a ondearse, junto con pancartas. Hay una que destaca sobre las demás. Con una gigantesca esvástica, se puede leer:

“Mathausen, la reggia degli Ebrei”, (Mathause, el palacio de los judíos) en alusión al campo de concentración nazi. Al mismo tiempo, y durante todo el partido, cánticos sobre Hitler, (“Hitler nos enseñó que no es delito matar judíos“) y el ensalzamiento del semitismo, se recalcan durante todo el tiempo de juego. Los jugadores macabeos, entren asombrados y asqueados, no compiten durante el partido, que termina ganando la Emerson por un cómodo 71-53. La reacción del público ha sido dispar. Algunos se han unido a los cánticos de la curva norte. Otros han expresado su repugnancia ante éstas acciones, otros simplemente, han callado y observado. Los periodistas allí presentes, tras unos momentos de incredulidad, se prestan a dejar constancia escrita y gráfica de lo que allí está aconteciendo.

Terminado el encuentro, sólo queda esperar las reacciones. Y estas, a diferencia de lo ocurrido entre el público, son unánimes. Condena y crítica contra la “salvajada” perpetrada en Varese, también, por supuesto, desde medios italianos. Hasta el parlamento de Israel sacó una nota condenando el acto. Pero al igual que en el primer partido, eran otros tiempos, y la FIBA corrió un tupido velo. No hubo sanciones ni disciplinarias ni deportivas para la Emerson, que continuó la liguilla y logró clasificarse para su décima final seguida, fruto de otro partido mítico contra el Real Madrid, que afortunadamente se recuerda por el ámbito deportivo exclusivamente. Llama muchísimo la atención el silencio que ha acompañado históricamente a este hecho, y que no sea recordado, y que mucho menos haya testimonios para el recuerdo de los Dino Meneghin, Ossola o Bob Morse. A veces parece que es mejor pasar desapercibido para lograr el olvido.