La NBA vive, esencialmente, por las rivalidades. Las necesita como el aire. Las extralimita y se nutre de ellas cada vez que las encuentra. Es así que tanto la lucha entre jugadores, franquicias o incluso razas hicieron y hacen que la liga no tenga parangón con otras. Cada década ha tenido sus enfrentamientos históricos y cada uno ha dejado su huella en la memoria de los amantes del baloncesto. Desde los inicios, con Bill Russell y los New York Knicks de Walt Frazier, hasta los tiempos recientes, en el que San Antonio Spurs y su trío colisionaban con LeBron James y su equipo de turno. Entre tantas miradas desafiantes que se renuevan año a año, hay una que parece surgir como la dominante en esta época. Comenzó tres temporadas atrás y a partir del primer roce entre ambas partes, se han añadido condimentos a una mezcla que, mientras más explosiva, mejor para la NBA. Así es como Golden State Warriors y Cleveland Cavaliers son los protagonistas de la nueva gran rivalidad. Azules y rojos. Ambos tan virtuosos como necesarios. Una disputa que tiene su predecesora en el hito más preponderante en la liga estadounidense.

Porque si de grandes rivalidades se trata, la mayor de la historia de este juego se ha dado en los años ochenta, plagada de contrastes, llena de escenas dignas de una película de Hollywood: Larry Bird contra Earving Magic Johnson, que es decir Boston Celtics contra Los Angeles Lakers, que también es decir el clásico más encarnizado de todos los existentes. Como si los encargados de reflotar a una NBA naufragante lo hubieran diseñado artificialmente en un laboratorio, un blanco de un recóndito pueblo de Indiana, con el baloncesto como lengua madre, aparecía en las portadas de los diarios al mismo tiempo que un negro de Michigan se transformaba en el alcalde cultural de California. Desde ahí, cualquier diferencia fue motivo de polémica y, cuándo no, de negocio televisivo: lucha de razas, de personalidades, de filosofía de vida. Ni los comerciales de televisión se permitieron estar al margen. Todo era verde o dorado y púrpura. Dentro de la cancha, el juego se dividía entre el pragmatismo sólido y contundente de los Celtics y el lirismo genial y efectivo que los Lakers pregonaban, el famoso showtime. Algo que los hizo reflotar a la liga durante aquella década, en la que las emociones más vibrantes se vivieron durante las tres definiciones por el título que los involucró. Fueron dos para Magic y Los Angeles, en 1985 y 1987, y una para Larry y Boston, en 1984. Pero la gran ganadora terminó siendo la competición. Las drogas y los conflictos raciales la hundían en la mediocridad a niveles estrepitosos y encontró en ese duelo el antídoto para la destrucción. Luego, todo fue en subida.

Lakers Celtics NBA

Foto: Corbis

Aunque James lo niegue, las declaraciones de Draymond Green caen como una definición justa a lo que representan. “Un equipo que te gana, al cual tú ganas, es muy divertido. Si ves el ultimo par de años y el actual, ambos hemos sido los dos equipos principales en la NBA cada año, por lo cual lo veo como una rivalidad, y es definitivamente un juego muy entretenido”. Entretenido y redituable. Como aquellos dos estilos emblemáticos, tanto Warriors como Cavaliers han definido sus cómo a partir de lo ensayado por el otro. El primero, conformado como un equipo temible que trascendió a sus figuras, al punto tal de permitirse prescindir de una de ellas sin que el funcionamiento se resiente en absoluto. Cada integrante del plantel toca sus notas y la del compañero. La melodía siempre sigue sonando. Cierto es que Stephen Curry y Kevin Durant son los intérpretes que más camisetas venden y más disgustos provocan en sus rivales. Sin embargo, el mismo ex Oklahoma se ha perdido gran parte de la temporada regular y, una vez más, el todo demostró ser más importante que las partes.  El segundo, mucho más dependiente de LeBron, su líder y figura excluyente. El tres veces campeón de la NBA es la piedra angular de Cleveland: si se quiebra, toda la estructura se derrumba inevitablemente. Cuenta con laderos de calidad indiscutida, como Kyrie Irving y Kevin Love. Pero en el campeón defensor todo empieza y termina con el ex Miami Heat. Él ha sido el artífice principal de esta rivalidad y su nivel de importancia aumenta a medida que los de la vereda de enfrente crecen.

Pero la llegada de Durant a Golden State le agregó más capítulos a esta serie, que tiene rodaje para rato. Ya no se trata de razas. Aunque las grietas aún surcan a la sociedad, aquel tema que parece lejano (y es presente puro) es poco vendible en un torneo que pretende demostrar valores superiores. Ahora, la lucha es catalogada por parte del mundo del baloncesto como la entablada entre los villanos de San Francisco y el superhéroe de Ohio. La del traidor que eligió el bien personal y dejó en la ruina a su equipo para venderse al mejor postor por un campeonato, contra el que volvió a su tierra de origen para regarla con gloria por primera vez. Todos títulos y calificativos rimbombantes que no hacen más que ayudar a mantener a la NBA como uno de los productos más vendibles del planeta. En esta ocasión sin la urgencia de atraer al público que apremiaba en otras épocas. Los tiempos actuales, amparados en la cultura de los flashes y de los clicks, se encargan de poner en cartelera a estos gigantes, sobre el parqué o fuera de los estadios.

Hay una realidad ineludible: el mayor sostén de este mano a mano radica en la sobrada diferencia que ambos equipos presentan en relación a los demás. La brecha se alarga cada vez más. Se enfrentaron en las últimas dos Finales de la NBA y repartieron los anillos, uno por lado. Si alguno preveía que las fuerzas emergentes debilitarían el poderío de las potencias, los Playoffs de esta temporada se encargaron de tapar esos supuestos con tierra. Golden State y Cleveland llegaron a sus respectivas Finales de Conferencia sin sufrir un traspié. Ningún rival de turno, en los papeles y en las canchas, parece capaz de eclipsarlos, por más colosal que sea su historia. Y el halo de superioridad que los caracteriza puede mantenerse intacto. Hasta que colisionen entre ellos nuevamente. Y la NBA se llene de su combustible predilecto: el impacto de las rivalidades.