En mayor o menor medida, la vida de cualquier jugador que ha llegado a la ACB está manchada de sacrificio, esfuerzo y trabajo. En definitiva, las incógnitas esenciales de una ecuación, en la que, sin ellas, no podría entenderse el resultado de alcanzar el primer nivel. Jaycee Carroll no ha dejado de resolverlas a lo largo de su vida, a pesar de sufrir momentos en lo que todo eso ya no importaba.

La historia de Jaycee Don Carroll comienza en una pequeña ciudad estadounidense situada en el condado de Albany, dentro del estado de Wyoming. Típica ciudad propia del Medio Oeste, con escasa población, calles rectas e interminables, edificios dispersos, una estación con más vías de las necesarias, polvo y gasolineras por doquier. Allí creció nuestro protagonista, quien desde bien pequeñito apostaba por un futuro deportivo. Practicaba natación, lucha, béisbol, fútbol americano y atletismo. Sin embargo, el baloncesto era su deporte. Desde el primer día le encandiló: “me ofrecía el mayor reto, el más emocionante de todos ellos. Es un deporte donde jugador ha de construir un tiro, inventar un pase, combinar ataque y defensa. Es lo mejor que hay”.

Criado en el mormonismo o el Movimiento de los Santos de los Últimos Días, el bueno de Jaycee dedicó los pocos ratos libres de su agotadora educación mormona en perfeccionar una mecánica de tiro mortal propia de un francotirador de redes de canasta. Gracias a ello, y a su pasión por este deporte, el primer gran boom llega en el instituto de Evaston, en donde aún mantiene los récords de anotación del equipo. Allí no pasó desapercibido. Sus 27’4 puntos por choque parecían complicados de superar, pero en su último año se fue hasta los 39’4, además de 9’1 rebotes y 3’6 asistencias por partido. En declaraciones suyas, “recibía mucho balón y trabajé muy duro”.

Su andadura en el mundo de la pelota naranja no empezaba de mala manera y las grandes fábricas universitarias de jugadores NBA llamaban a su puerta. La NCAA era el siguiente paso lógico que dar tras batir todas las marcas a nivel estatal en high school, pero su religión le necesitaba. Sus creencias y sus valores tomaban el mando de su vida. El baloncesto quedaba renegado a un segundo plano. En aquel momento, y con apenas 18 años de edad, hacía las maletas rumbo a Chile para dar comienzo a una “experiencia vital muy interesante”.

Jaycee Carroll Utah State

Foto: Utah State

Dos años que desaparecieron de su historial deportivo y que dieron paso a un proceso evangelizador del que habla con orgullo y que, pese a su dureza, le sirvió como aprendizaje para el futuro. Las misiones a las que se dedicó en cuerpo y alma en el país sudamericano le llevaron a recorrer ciudades como Rancagua o Graneros, urbes con barrios peligrosos en los que la palabra de Dios no tenía demasiada cabida. A pesar de ello, Carroll difundió el mensaje de su religión por todas aquellas zonas de la Patagonia, además de predicar y colaborar con obras benéficas. Se levantaba a las 6:30 cada mañana para estudiar durante una hora las escrituras y, posteriormente, salir con su compañero a enseñar y compartir sus creencias con la gente. Durante ese lapso de tiempo de dos años, el de Wyoming no experimentó las sensaciones propias de un jugador de basket, salvo alguna ‘pachanga’ con sus amigos para evadirse de todo lo meramente evangélico. 24 meses que se hicieron más duros aún si vienen acompañados de la ausencia de la familia. Carroll tan sólo podía ponerse en contacto con ella a través del envío de un e-mail semanal, con la limitación añadida de dos llamadas al año a su madre, repartidas entre Navidad y su cumpleaños. A pesar de ello, el jugador cuenta que hicieron un gran trabajo y que consiguieron muchos adeptos, además de aprender castellano (cosa que no le iba a venir nada mal de cara a su futuro). Su vida continuaba.

Con tres semanas de descanso tras su periplo como evangelista mormón en Chile, Carroll se incorporó en agosto de 2004 a la Universidad de Utah State. Como si no hubiera pasado el tiempo para él, sorprendió con números deslumbrantes en su primera temporada allí. Así, y cogiendo confianza con el paso de los meses, consiguió recuperar su fama de hombre récord del instituto para alcanzar la cumbre el 18 de enero de 2008. Ese día, Jaycee Carroll se convertía en el máximo anotador en su universidad de todos los tiempos con un total de 2.473 puntos a sus espaldas. Sin duda, la guinda de un pastel que fue devorando récord tras récord, tales como el de tiros de campo convertidos, triples anotados, porcentaje de tres puntos, partidos totales, encuentros como titular y minutos jugados, entre otros. Cifras que quedaron en la retina de los aficionados de los Aggies, como los 118 partidos con dobles figuras, los 53 encuentros seguidos con al menos un triple anotado o los 44 puntos casi sin fallo que le endosó a Nuevo México (el tope de su carrera).

Como hasta entonces, la constancia y el trabajo fueron los pilares básicos de Carroll y en base a ellos se preparó a conciencia para su último curso baloncestístico en la universidad. El verano podía esperar. Su único sino eran las sesiones de tiro con repeticiones infinitas durante los siete días de la semana. Para mejorar, se apuntaba todo. Resultado: 20.010 canastas acertadas de 23.963. Una auténtica locura. Como la que rozó en esa última campaña. Y es que, si no llega a ‘flaquear’ un poco en el lanzamiento exterior en la recta final del campeonato, se hubiera convertido en el segundo jugador en toda la historia de la NCAA en firmar, en un mismo año, porcentajes superiores al 50% en tiros de campo y triples (52’6% y 49’8% respectivamente), además de alcanzar el 90% (91’9% hizo) en tiros libres, al mismo estilo ‘Club del 50-40-90’ de su hermana mayor, la NBA.

El Draft de la NBA de ese año le negó la cara y, a pesar de tener ofertas de varios equipos americanos como Orlando o Phoenix, decidió dar el salto a Europa. Primero vino Italia, luego Gran Canaria y luego Madrid. Historia auténtica, de superación y de grandes convicciones que le llevaron a elegir entre el baloncesto y la religión. Al fin y al cabo, la misión era la misma: ser feliz.

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