En los albores de la liga ACB, y hasta mediados de los años 90, era habitual ver cómo llegaban a España jugadores extranjeros que jugaban casi 40 minutos y tenían licencia para tirarse hasta las zapatillas. Figuras que marcaban notablemente la diferencia y en cuyas manos, los clubes, cedían la responsabilidad ofensiva de sus equipos.

Hoy en día, en el baloncesto globalizado y tendente a la especialización y a un reparto de minutos casi milimétrico, es casi imposible que se dé la aparición de esa clase de “monstruos”. Jugadores letales, con un talento ofensivo descomunal o con cuerpos insultantemente musculados para dominar con autoridad bajo los tableros. La lista es larga e ilustre. Desde Nate Davis, el primer gran anotador de la era ACB, pasando por Mike y Eddie Phillips, Kenny Simpson, Jeff Lamp, Drazen Petrovic, Ray Smith, Oscar Schmidt o Walter Berry, para terminar con John Morton, el penúltimo jugador en alcanzar una media superior a los 25 puntos por partido en la competición doméstica española, en la temporada 1994/95.

Desde Morton y hasta hoy, más de 20 años después, solo un jugador ha logrado equipararse a esos fenómenos de otra época: Charlie Bell. Habitual era el verle romper la barrera de los 30 o 40 puntos anotados. Y no es necesario retroceder hasta las décadas de los 80 o los 90 para encontrarnos con él, sino hasta la temporada 2004/05.

Aunque procedía de un equipo humilde de la Lega, Charlie Bell no era ningún desconocido. Ya había hecho sus pinitos en Europa de la mano de Mike D’Antoni. Tras no haber sido elegido en el Draft de 2001 después de su exitosa etapa universitaria en Michigan State, recaló en la Benetton de Treviso, donde ganó una Lega y llegó a una Final Four acompañado de jugadores como Jorge Garbajosa y Tyus Edney. Un equipo de estrellas en el que Charlie fue ganando en protagonismo desde las trincheras. Era un especialista defensivo que acabó haciendo un poco de todo. Después de Treviso llegaría a Bolonia en 2003, para jugar en la histórica Virtus poscampeonato y subcampeonato de Europa y justo antes de su desaparición por problemas económicos. Pero una inoportuna lesión le alejaba momentáneamente del estrellato al que parecía destinado. Tras una temporada en el dique seco, Charlie firmó por el Mabo Livorno con la intención de recuperar su nivel. Sus 24 puntos por partido llamaron la atención de los dirigentes de un modesto equipo situado al noroeste de España.

Lugo. Una ciudad tranquila de apenas 100.000 habitantes. La más antigua de Galicia. Rodeada de parajes naturales y con una universidad especializada en ciencias agrarias. Buena gastronomía. Flint, Michigan. Como Lugo, 100.000 habitantes. Ciudad gris, industrial y decadente. Nada que ver con la urbe gallega. En crisis permanente desde finales de los 80, tiene el triste ‘reconocimiento’ de ser una de las ciudades más peligrosas de los Estados Unidos. Allí nació y creció Charlie Bell. Jugaba al baloncesto para atenuar la realidad. En el instituto donde fue una estrella y posteriormente en la Universidad del estado, del que decidió no salir por su carácter familiar a pesar de contar con ofertas de otras universidades del país. En Michigan State se forja la leyenda de un grupo de jugadores de Flint. Eran los Flintstones. Tres finales a cuatro consecutivas y un campeonato de la NCAA en cuatro años maravillosos para Charlie en los que se convirtió en todo un especialista defensivo, no exento de calidad en ataque y facilidad para anotar. Como curiosidad, el siguiente dato: solo dos jugadores en la historia de los Spartans habían conseguido hasta entonces firmar un triple-doble. Charlie Bell y, por otro lado, un tal Magic Johnson.

El golpe de realidad llegaría con la lotería del Draft. Charlie no fue elegido y tras un discreto paso por Phoenix y Dallas decidía cruzar el charco. Treviso, Bolonia, Livorno y, por fin, Lugo.

Charlie Bell Marca

Foto: Marca

 

El año de Charlie Bell

Una lesión de tobillo impidió ver la mejor versión del escolta de Flint a principios de temporada. Llegó a jugar incluso lesionado, dando, a pesar de no estar al cien por cien, muestras de su potencial anotador, endosándole 37 puntos al Real Madrid o 30 al Baskonia. Después de la lesión fue, simplemente, imparable. Exhibición tras exhibición. 40 tantos al Valencia o 41 al Valladolid. Logró mantener sin problemas a su equipo en la categoría con promedios de 27 puntos por partido. Fue elegido en el quinteto ideal y le otorgaron el premio “Gigante del año” como mejor jugador de la temporada por la revista Gigantes del Basket. Desde John Morton y todos aquellos predecesores no se veía algo parecido. Bell conquistó los corazones de la ciudad de Lugo y se convirtió en todo un fenómeno social. Héroe de carácter afable y sonrisa eterna, se transformaba cuando ponía los pies en una pista de baloncesto. Sacrificado en defensa, gran penetrador y tirador de buenos porcentajes. Jugador completo que rayaba la excelencia en los dos lados de la cancha. Ese era Charlie Bell, al que, al año siguiente de conquistar Lugo, le llegaría la oportunidad de jugar en la NBA.

En Milwaukee se ganaría el respeto de los aficionados gracias a su entrega. Se convirtió en un jugador importante en los cinco años que duró su aventura en la mejor liga de baloncesto del planeta. Incluso disfrutó de su propio programa televisivo en la web de los Bucks, en el que ayudaba a los aficionados a buscar trabajo. Fue de más a menos en su trayectoria deportiva hasta sus últimos partidos ya residuales en los Warriors. Volvió a Europa en 2012 para despedirse del baloncesto en Caserta.

Tras su retirada, Bell ha tenido algunos problemas con la justicia (tres arrestos por conducir bajo los efectos del alcohol) y alguna que otra discusión subida de tono con la que fue su mujer hasta 2012. Desde 2016, un Charlie Bell más centrado inició su carrera como entrenador en la liga de desarrollo como asistente en los Texas Legend.

Nosotros, no obstante, nos quedamos con “O xenio de Flint” (el genio de Flint). Un jugador inolvidable, último heredero de una estirpe de anotadores que probablemente no volveremos a ver por estos lares.