Si hay algo que diferencia las competiciones deportivas americanas de las del resto del mundo es su naturaleza igualadora, al menos, en la teoría. La práctica dicta que no todas las franquicias pueden sobrepagar a sus agentes libres como los Knicks, que el pedigrí campeón de Celtics y Lakers no se compra con dinero o que el jugador que quiera ser entrenado por Gregg Popovich no podrá fichar por los Nuggets. La igualdad no es total, se ve atenuada por las razones deportivas, económicas, geográficas, familiares, etc., de sus agentes. Pero el sistema del Draft sí permite, en la mayoría de los casos, que prácticamente todas las franquicias de la NBA atraviesen procesos cíclicos de ganar y perder.

Es por eso que, a lo largo de una década, una franquicia cualquiera puede ganar un campeonato y mostrarlo en sus vitrinas, creando una estampa perfecta para presentar allí a su flamante elección Top 3 del Draft poco después. Temporadas de 60 victorias y otras en las que a duras penas se superan las 20 (si es que se superan). Tres etapas cuya duración depende de quién esté al mando: construir, destruir, reconstruir. Ya sean jugadores, entrenadores, ejecutivos, hasta el logo del equipo y el pabellón en algunos casos más extremos. Pocos sobreviven a estas tres etapas.

En Miami, sin embargo, encontramos un pequeño matiz a este proceso. La personalidad de Pat Riley, general manager de los Heat desde 1995 es de sobra conocida por todos, con una alergia a cualquier tipo de destrucción como uno de los rasgos más característico. En la psique de Riley solo existen dos tipos de ciclos: los de ganar y los de ganar un poco menos. De ahí que de las últimas nueve temporadas, tanto con LeBron como con Luke Babbitt o Quentin Richardson en el puesto de alero, los Heat hayan superado las 40 victorias en ocho de ellas.

Una mentalidad en la que encaja a las mil maravillas el que se ha convertido en el hijo pródigo de Riley, el único nativo de Miami en la plantilla que acaba de completar dos temporadas en una, la cara menos visible de la trinidad que no ha cambiado de asiento desde 2008. Aquel año Pat Riley pasó a ocupar el de presidente de la franquicia, dejando a su alumno aventajado, Erik Spoelstra, las riendas del banquillo. Un banquillo desde el que observar de cerca e impregnarse de la naturaleza competitiva de Udonis Haslem. Así será por décima temporada consecutiva.

Nadie daba un duro por ello en el año 2003, cuando después de una buena Summer League los Heat anunciaban el fichaje de una leyenda de la Universidad de Florida, en una operación que bien pudo ser vista como un guiño a los aficionados de los Gators, tratando de hacer de los Heat el equipo NBA de los aficionados al baloncesto de Florida. Pero esa condición de ‘cebo’ duró hasta el arranque de la pretemporada, donde quedó claro que el recién llegado tenía más ganas de pelea que nadie. Le daba igual que sus competidores se llamaran Lamar Odom o Brian Grant. Erik Spoelstra aún recuerda esos primeros entrenamientos.

“Pensábamos que iba a lesionar a alguien, estaba desesperado por impresionarnos. (…) Cada vez que varios jugadores peleaban por un balón solo veías una nube de polvo y a UD apareciendo con él”.

A base de esfuerzo, contundencia en defensa y una capacidad sorprendentemente adquirida para dominar los tableros (nunca había sido un gran reboteador, hasta que unos entrenamientos veraniegos con David Thorpe obraron el milagro), lo que el día de la firma pudo parecer una limosna a un jugador local se convirtió en una de las mejores inversiones de la temporada. Haslem era el jugador peor pagado de la liga, con un contrato mínimo de un año que no alcanzaba los 370.000 dólares, pero a cambio ofrecía un rendimiento máximo, con un depurado tiro de 5 metros que le convertía también en una amenaza en el apartado ofensivo. De puertas para fuera, la imagen de los Heat era otro rookie llamado Dwyane Wade. Pero Miami también disfrutaba de tener a uno de sus hijos sobre la pista, empezando la temporada como titular y subiendo la temperatura cuando le tocaba salir desde el banquillo. Haslem había llegado para quedarse.

Le renovaron. Cómo no iban a hacerlo. Pero no fue lo único que hicieron. En julio, llegó el traspaso con los Lakers, probablemente el más significativo de la historia de los Heat. Enviaban a Butler, Grant y Odom para recibir al hombre más poderoso del mundo NBA. Aterrizaba en Miami Shaquille O’Neal, que desde bien pronto disfrutaría de la compañía de Haslem en la pintura. El mejor pívot del mundo agradecía el trabajo de un tipo que, tan solo dos años antes, trataba de ganarse el pan en Francia. Sin mucho éxito, por cierto. Y es que durante esa temporada en el Chalon, Haslem perdió 30 kilos.

De desconocido a indiscutible y, en 2006, a campeón. Pat Riley se deshizo por el camino de Stan Van Gundy, el primer entrenador que Haslem tuvo en la NBA, y los Heat, ya con el Padre de nuevo a la cabeza, dejaron por el camino a Chicago, New Jersey y Detroit, lo que provocaba un choque inédito en unas Finales con los Dallas Mavericks. Una vez ahí y con 2-0 abajo, es imposible hablar de esas Finales sin hacerlo de Dwyane Wade, que aseguró con 39 puntos por partido la victoria en los cuatro siguientes. En el último, Haslem contribuyó con un doble-doble (17+10) a llevar el primer anillo a casa.

Foto: Steve Mitchell / USA Today

Pero no sería hasta los años siguientes donde la naturaleza de UD quedaría demostrada. El ascenso vertiginoso hasta lo más alto de sus tres primeros años quedaría ensombrecido por la sequía de los cuatro siguientes, en los que los Heat no pasarían ninguna ronda de Playoffs, tocando fondo con las 15 victorias en la 2007-08. Tras eso Riley volvió a su despacho y el “premio”, Michael Beasley, se quedaría a medio camino. En verano de 2010 Haslem acababa contrato y los rumores le situaban lejos de Miami, más aún cuando LeBron James y Chris Bosh limitaban el margen de maniobra económico de los Heat. Mark Cuban llevaba prendado de él desde las Finales de 2006 y ponía más dinero encima de la mesa. Haslem dijo no pese a cobrar la mitad que el año anterior. Para él, la opción de ganar otro anillo en casa pesaba más que cualquier cheque.

Lo conseguiría en 2012 y defendería el título en 2013, pero su papel cada vez era más testimonial. Superada la treintena, el físico le respetaba menos que antes. Su tiro de 5 metros era ya cosa del pasado, un arma enterrada entre la lluvia de triples a la que el perfil de ‘4’ abierto tanto contribuía. Mike Miller le pasó por la derecha como lo haría después Shane Battier, incluso Rashard Lewis durante su breve resurrección en los Playoffs de 2014. Su minutaje se redujo, hasta el punto de no pisar la cancha en casi la mitad de los partidos. Haslem empezaba a ser visto como un dinosaurio baloncestístico para el que la retirada era la única opción.

Fue entonces cuando LeBron James abandonó Miami, volviendo así los Heat a la posición de “clase media” que tanto habían ocupado en años anteriores. Tampoco eso convenció a Haslem, que ya contaba con 34 años, de abandonar la nave, ni la llegada de jóvenes como Justise Winslow o Hassan Whiteside, aun sabiendo que le iban a quitar minutos. Ni siquiera la marcha de su íntimo amigo Dwyane Wade en 2016, junto al que había llegado a Miami en 2003 y con el que aún tiene la esperanza de retirarse. Pese a solo haber jugado 17 partidos en la 2016-17, todos señalan su influencia en la proeza de los Heat en la segunda mitad de la temporada, pasando del famoso 11-30 en enero al 41-41 acabada la temporada con una plantilla escasa de talento, pero sobrada del trabajo y el esfuerzo que predica su capitán. Precisamente por eso, Riley ha decidido renovar su contrato. Ya le conocemos. Para Haslem, la llamada de los Heat es su cheque en blanco.

Máximo reboteador de la historia de la franquicia tras superar a Alonzo Mourning, siendo el único jugador no drafteado que lidera dicha clasificación en una franquicia NBA. Solo 25 partidos le separan del récord de partidos con la franquicia, aún en manos de Wade, el único con el que ha compartido los tres campeonatos que Miami tiene en su haber. 15 años después de su llegada, es difícil negar que Haslem es algo más que un nombre habitual en los registros estadísticos de la franquicia. Del mismo modo que Jerry West es el logo de la NBA, el de Miami, compuesto por la fusión del balón y la llama atravesando un aro, recrea una estampa a la que Haslem nos acostumbró durante muchos años, cuando aún se permitía el lujo de unir rebote ofensivo y canasta a base de lo que conocemos como putback dunks. 

Haslem sumará su decimoquinta temporada siendo la chispa que origina todo, la llama del equipo más caliente de la NBA. Algún día, la camiseta número #40 colgará del techo del pabellón. Pero para eso tendrán que dejar de llamarle.

Foto: Miami Herald

“Venía a trabajar todos los días, hacía todo lo que la organización pedía de él. Incluso perdonó dinero en un par de ocasiones para seguir en los Heat. Deberían retirarle la camiseta. Es mi héroe”. – Shaquille O’Neal

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