“Hoy tienes que correr más rápido para permanecer en el mismo lugar”. Si bien esta frase tiene la firma del economista estadounidense Philip Kotler y no enfoca sus percepciones hacia un balón, cierto es que podría salir de la boca de cualquier analista de deportes al examinar la llamada “Era de la superioridad física”: más músculos, mayor fuerza. Mayor fuerza, más velocidad. Más velocidad, mejores resultados. En ese bucle de parcialidades residen el baloncesto y tantos otros deportes en la actualidad. Por eso es tan necesaria una presencia que, con la pelota en sus manos, les recuerde a todos cuál es el músculo más importante. Y en la NBA hace 15 años que es Manu Ginóbili quien se ocupa de eso.

Y es que el argentino que acaba de cumplir 40 años permanece en los altares de este juego con una premisa que contradice cualquier imposición del momento: ahora más que nunca, es su inteligencia la que hará posible que compita con las jóvenes potencias. Sabe que la carne cede y, aunque se entrene con un cuidado y un profesionalismo dignos del más aplicado, desde que llegó a San Antonio Spurs comprendió que el baloncesto pasa por la cabeza antes que por las piernas. Desde allí, Manu imagina como nadie. Esa lucidez le permite ser una parte fundamental de un perpetuo contendiente al título y el fetiche de Gregg Popovich, un entrenador que no se caracteriza por casarse con las emociones, sino con la productividad.

“Voy a usarlo como una pastilla de jabón, hasta que no quede nada de él”, bromeó una vez Pop, aunque todo chiste tiene algo de verdad. La filosofía que pregona el mandamás de los Spurs se nutre de pensadores, especie en extinción en el zoo del alto rendimiento deportivo. Y aunque pocos carguen en su espalda más años que él en la liga, menos aún piensan con la claridad y a la velocidad que propone Ginóbili. Hasta Stephen Curry, uno de los más creativos sobre el parqué, se rinde ante la frescura del 20: “Quiero saber dónde está esa fuente de la juventud, así puedo ver si la consigo yo también para el resto de mi carrera”. Quizás la neurociencia ayude al único MVP unánime en la historia.

No son pocos los grandes que han dejado el barco mucho antes que Manu al ver que el vehículo no responde como lo hacía previamente ante las órdenes del piloto. Hay una fuerza que empuja al cuatro veces campeón de la NBA a mantenerse en la guerra tras 14 largas temporadas. Algo inmaterial que opaca a todo el desgaste y las horas fuera de casa y que trae consigo desde la niñez en su Bahía Blanca natal, siempre frente a un aro. La pasión por el baloncesto es la que aviva ese fuego interior. La que lo impulsa a ser un competidor “al nivel de Kobe Bryant y Michael Jordan”, en palabras de Charles Barkley, otro deleitado por la vigencia del escolta: “Estoy seguro de que Manu Ginóbili no es humano”. Aunque el elogio del exjugador y actual comentarista embellezca la figura del bahiense, la concepción de su grandeza es errónea: Ginóbili es lo que es por ser el más humano de todos. Y como aquel, exprime su inteligencia al adaptarse a los constantes cambios del baloncesto. El paso de los años y los logros obtenidos no lo obnubilaron y su ego nunca creció más de lo debido. Tal vez eso le facilitó entender que debía ser una rueda de auxilio en San Antonio luego de llenarse de laureles en Europa. Y no lo confundió cuando alternó entre ser el encargado de cerrar juegos y ajustarse a un rol secundario. Porque la meta siempre fue el bien colectivo.

Incluso cuando hay que dirigir a la manada desde otra posición: corre el año 2010. La Ciudad de México como escenario para los típicos juegos de pretemporada de la NBA. San Antonio Spurs contra Los Ángeles Clippers, el plato principal del día. El partido se desarrolla como cualquier otro amistoso, en forma de espectáculo ameno para los fanáticos de turno. Pero para Ginóbili no hay tregua mientras pica un balón. Anotó siete puntos necesarios para que su equipo llegue al final con chances de llevarse la victoria. 97-99 marca el tablero electrónico y los Spurs piden tiempo muerto, a falta de ocho segundos. Algo peculiar sucede en la banca. No es Popovich quien dibuja la posible jugada ganadora. Con pizarra en mano, Manu se desdobla como entrenador y comienza: habla especialmente con Gary Neal, gesticula efusivamente. Parece ver lo que sus compañeros no perciben. En su cabeza idea lo que luego sucederá en el campo. Una charla final y a la acción. Todo ocurre de manera amigable, casi en chiste. En sintonía con el carácter del encuentro. O al menos para las demás personas, ajenas al cerebro del 20. Más tarde Pop disiparía las dudas, al aclarar que “hace tiempo que Manu me dice lo que tengo que hacer”. Cuando se reanuda el juego, Neal conduce, pasa la pelota y recibe tras un amague para posteriormente encestar el tiro ganador. Y todas las miradas se posan en el nuevo coach.

Agradecido debe estar el deporte ante la noticia de que un jugador de su talla seguirá enseñando, al menos por un año más, desde adentro de las canchas. Por eso resuena la palabra de Óscar Sánchez, entrenador de la infancia de Manu. ‘Huevo’ sostiene que este era el momento del retiro, principalmente porque el “baloncesto es otra cosa”. Lo grafica en la temporada avasallante de Golden State, algo cierto pero que acusa un reducido espectro de visión. La NBA es “otra cosa” desde hace ya mucho tiempo. La condición atlética, la resiliencia y la velocidad que los jugadores le imprimen al juego, aspectos en los que Sánchez cimienta su parecer, se apoderaron de la escena mucho antes que el éxito de los Warriors. Y allí estuvo Ginóbili, como de costumbre, luchando contra el tiempo y empeñado en hacer valer su faceta camaleónica para habituarse al panorama que se le presente ante los ojos. Lo demuestran sus números y, esencialmente, su gravedad en el funcionamiento de San Antonio.

La edad puede ser el velo en los ojos de los descreídos. Ciertamente será ella o el cansancio lo que aleje a Manu de la actividad. No obstante, el ex de la Kinder de Bolonia no ha dado muestras de que ninguno de los dos le impidan influir sustancialmente en el desarrollo de un partido. Ocurrió totalmente lo contrario en la pasada postemporada. El veterano protegió la casa cuando Kawhi Leonard, el presente y futuro de la franquicia, se ausentó por lesión. Tampoco estuvo Tony Parker. En ese estado, logró cerrar por su cuenta una serie. Tapó un tiro de James Harden y las bocas de los pocos que lo quieren del otro lado de la raya.

En el reino de la prontitud, las enseñanzas de Ginóbili se tornan aún más imprescindibles. Instalado como un gurú entre los recién iniciados, será vital en la NBA mientras se lo proponga. Su presencia trae al presente esa parsimonia del sabio que viene del pasado a enseñar que siempre hay tiempo para meditar antes de accionar. El deporte lo necesita tanto como al cambio. Y lo disfrutará mientras las ganas empujen. Porque la cabeza de Manu no cesará de aprender y de enseñar.