Siempre se ha dicho que el baloncesto es un deporte de contacto. En la cancha se dan cita las cualidades físicas y técnicas que hacen mejores o peores a los jugadores, aunque el liderazgo y la inteligencia suelen ser dos factores que diferencian a los buenos de los más grandes. También se libra una batalla táctica que enaltece el juego en equipo. Y cuando todo esto se mezcla, el baloncesto es ese deporte elegantemente plástico y competitivo, elevado a veces a la categoría de arte que tanto nos gusta. Sin embargo, existen ocasiones en las que la tensión, la lucha contra el reloj y ese contacto se confabulan para hacer saltar unas chispas que provocan incendios que han jalonado la historia de este noble juego. Peleas que han pasado a los anales de la memoria colectiva de la vergüenza de un deporte que suele rechazar la violencia y a los violentos, tanto en la pista como en las gradas.

La mejor liga del mundo, la NBA, se ha visto salpicada ocasionalmente por estas bochornosas peleas. Una de las más graves fue sin duda la acontecida hace ya trece años en el Palace de Auburn Hills de Detroit. El choque entre los Pistons y los Pacers acabó en una batalla campal en la que participaron incluso los aficionados presentes.

Larry Bird y Julius Erving, Reggie Miller y Michael Jordan o Shaquille O’Neal y Charles Barkley son algunas de las estrellas de la NBA que zanjaron sus enfrentamientos deportivos a mamporros.

De hecho, ni Europa ni el baloncesto patrio se libran de estos vergonzantes momentos. La última gran pelea en la Liga Endesa se dio en marzo de 2015 en un derbi vasco. Una peligrosa falta de Dejan Todorovic a Tornike Shengelia provocó la reacción de este, desatando una ‘buena’ y deplorable tangana. El partido acabó con cuatro jugadores expulsados por bando.

Una de las imágenes más tristes del baloncesto moderno pudo verse durante un partido ‘amistoso’ entre las selecciones de Grecia y Serbia en el año 2010. Mientras que los jugadores serbios huían despavoridos de un desbocado Schortsanitis, Nenad Krstic decidió lanza un sillazo contra la cabeza de Ioannis Bourousis. Lamentable.

Nos remontamos, ahora, a los años 80. Pasamos de la silla de Krstic a las tijeras de Grvobic. Un elemento poco habitual en el contexto de un partido de baloncesto que acabó simbolizando una de las noches más oscuras de los campeonatos de Europa.

El baloncesto en los 80 y el Eurobasket de Francia del 83

Los 80, una de las épocas más románticas del baloncesto. La fuerza de las grandes potencias soviéticas, unida a la edad de oro de este deporte en países como Yugoslavia, Grecia o Italia contribuyó a que el talento en Europa fluyera a raudales. Las canchas del viejo continente vieron aparecer a una pléyade de relucientes estrellas como Arvydas Sabonis, Drazen Petrovic, Toni Kukoc, Nikos Gallis o Fernando Martín, que llegarían a ser leyenda.

Además, el clima de Guerra Fría y la tensión política acumulada conferían un ambiente enrarecido a la Europa de la URSS y Yugoslavia. Y esto se trasladaba al parqué.

En el Europeo disputado en Francia en 1983, España se plantó en la final ante Italia. Era el primer ‘boom’ del baloncesto español antecedente de la plata de Los Ángeles 84. La selección de Díaz Miguel había llegado lejos tras derrotar a la todopoderosa URSS (con una inmortal canasta de Epi) y, por primera vez en su historia, a Yugoslavia. La selección balcánica no llegaba en su mejor momento al campeonato, y la primera fase se le atravesó. Fue un equipo temible en los últimos torneos, habitual en el pódium, que llegó a aquella cita en plena transición. Los Cosic y Slavnic iban dando paso a jóvenes emergentes como Petrovic, que más adelante conformarían un auténtico ‘Dream Team’ antes de la desmembración del país.

El partido fatídico. La pelea de las tijeras

Con el agua al cuello, Yugoslavia se jugaba la eliminación contra la imbatida (y así seguiría hasta el final) Italia. Eran dos selecciones de carácter, de jugadores temperamentales.

Yugoslavia se mantuvo más de la mitad del encuentro arriba en el marcador. La defensa dura de los italianos hizo que se esfumara la ventaja y todo hacía prever un final de partido dramático. La desconexión ofensiva de hombres como Drazen Dalipagic y Ratko Radovanovic fue surtiendo efecto a favor del correoso combinado transalpino. A cinco minutos de la conclusión, el partido saltó por los aires.

Cuando los italianos habían puesto tierra de por medio definitivamente en el marcador, el maltrecho orgullo yugoslavo cayó en la provocación azzurra. Así, y a cinco minutos para el final con un 74-62 en el marcador, Petrovic le propinó un codazo a Gilardi que inició la ronda de agarrones y golpes, incluyendo una patada de Kikanovic a Villalta en los testículos (in the middle). La refriega se trasladó a la tribuna de prensa.

Por su parte, Goran Grbovic le asestaba un puñetazo a Meneghin por la espalda. El italiano reaccionó y, ante la superioridad física de éste, el alero yugoslavo no se lo pensó dos veces y rescató unas tijeras de la bolsa de los masajistas del equipo con las que amenazó a un incrédulo Dino Meneghin. La situación rozaba ya lo absurdo y lo peligroso. Ante tales hechos, la policía intervino para zanjar la violencia. Yugoslavia quedó excluida momentáneamente de la élite europea e Italia se coronaría tras ganar a España en la final. Un campeonato que será recordado para siempre por ‘el episodio de las tijeras’.

P.D.: El hecho fue desagradable en su momento, icónico después y, finalmente, anecdótico. Años después, en un homenaje a Sasha Djordjevic, Grbovic le regaló unas tijeras a Meneghin; las tijeras de la paz.

“Lo gracioso es lo que pasó años más tarde, en los noventa. Hubo un partido de veteranos en Belgrado con Sasha Djordjevic, también estaban Corbalán y Kukoc. Antes del inicio aparece un tipo calvo, gordo, que viene hacia mí sonriendo con unas tijeras grandes de madera. Yo no entendía nada y Djordjevic me dice: «¿Pero no sabes quién es? ¡Es el de las tijeras!”, relataría Meneghin en una entrevista para Jot Down.