“¿Adónde vas, papá?”, preguntó Carlos Italo, uno de los mellizos de la pareja Delfino. “A jugar al básquet”, respondió Carlos, el padre. “¿Vos jugás al básquet?”, retrucó incrédulo el pequeño. Lo que parece un diálogo de alguna película de Woody Allen fue un capítulo trascendental en la vida de Carlos Delfino. Para alguien que es un virtuoso de este deporte, que tiene colgados en su cuello un oro y un bronce olímpicos y que no solo tocó el cielo de la NBA, sino que lo apresó entre sus manos por ocho temporadas, ese nivel de desconocimiento resulta fulminante. Incluso si proviene de la inocencia y la juventud de un hijo. Incluso si el contexto de esa charla está plagado de lesiones y operaciones truncadas. Ocho en total, para ser exactos. E incluso si el retiro es una posibilidad más real que volver a jugar en una cancha por los puntos. Pero Delfino es una oda a la tenacidad y al amor por sus pasiones. Y cada obstáculo, por más doloroso que haya sido, le sirvió para demostrar que está hecho de algo diferente. A 35 años de su nacimiento, la voluntad y el valor para conseguir lo que se propone siguen latiendo en su cuerpo. Quizás, ahora más que nunca.

Ninguna historia que se presuma interesante prescinde de momentos oscuros. La de ‘Cabeza’, como ya todos lo conocen, se internó en la oscuridad tras esa primera mala noticia. “Fractura del hueso escafoides”, decía el parte médico. Había ocurrido tras el quinto partido de la primera ronda de Playoffs de 2013 entre Oklahoma City Thunder y Houston Rockets, en donde jugaba Delfino. Al realizar una volcada, Kevin Durant le cometió una falta en el aire y cayó sin poder afirmarse. Se perdería el resto de la postemporada. Existen dos tipos de tratamientos para ese tipo de lesión. Uno se basa en la cirugía inmediata para luego adentrarse en una recuperación definitiva. El otro demanda más paciencia y se trata de esperar a que el hueso se suelde por su cuenta. Pero en la NBA el tiempo es dinero. Y esa afinidad con la prontitud hizo que la primera opción fuera la elegida. Grave error. Una nueva recaída hizo que los plazos de rehabilitación se demoraran. Demora. Una palabra que Delfino escucharía muy seguido a partir de ese momento.

El 7 de julio firmaba un vínculo con Milwaukee Bucks, franquicia a la que le había regalado sus mejores años en la NBA. Sin embargo, las esperanzas de un nuevo comienzo se desvanecían con la noticia de que debía volver al quirófano. “Vas a estar fuera toda la temporada, Carlos”, le comentó Michael Gordon, traumatólogo del equipo. “Estoy frustrado porque hice todos los deberes, pero mi cuerpo no respondió como lo esperaba… sigo siendo optimista”. Palabras de un luchador. Delfino no es tonto ni lo era en ese entonces. Sabía que el problema se había transformado en una bola muy difícil de frenar. Aun así, poco le importaba. El fracaso está en abandonar.

Libros de medicina. Kinesiología, reiki, tratamientos alternativos. La habitación de Delfino durante esos meses de inactividad parecía un estudio médico. Quería interiorizarse, buscar soluciones. Algo se le estaba pasando por alto y necesitaba saber qué era. La espera se hacía eterna. Los días sin jugar se acumulaban inevitablemente. Un año y dos meses sin pisar el parqué. Pero todos los males se esfumaban con la posibilidad latente de volver a vestir su camiseta más amada: la de la selección argentina, en la Copa del Mundo de España 2014. Una caricia al alma de un jugador que siente como pocos los colores. Suficiente para seguir entrenando y no perder la cabeza. Delfino sentía que podía estar. Las semanas previas al inicio del certamen le demostraron lo contrario. “Traté de jugar y sentí dolores muy fuertes. Había venido el jefe de Milwaukee Bucks para verme y darme el OK para el Mundial o no, y terminamos hablando con los médicos de que necesitaba otro tipo de cirugía, más tornillos. Yo estaba rengueando. No quería ponerme más metales al pie, porque había sufrido mucho por las operaciones.”

Cómo hacer para seguir después de chocar tantas veces contra la pared, es algo que solo quien lo vivió puede contestar. ‘Cabeza’ llegó a declarar que se sintió un jugador retirado, pero sus acciones lo rectifican. Volvió a su Santa Fe natal en 2014, ya sin equipo, responsabilidades ni nadie que le dijera lo que tenía que hacer con su pie. Relacionarse con sus orígenes le revitalizó. Acudió a un médico de confiaza, Raúl Theaux, el profesional de cabecera de la familia. Le habló de injertos, de colocar tejido óseo de su cadera en su tobillo. Delfino accedió. El procedimiento se haría en los inicios del 2015. “Raúl, lo único que te pido es jugar con mis mellizos, correr en una plaza y hacer una vida normal, no quedar rengo”. Fue más que eso, o al menos eso sintió cuando salió de la sala operatoria. “Me di cuenta de que esta cirugía había sido diferente a todas las otras”. Las sensaciones se reafirmaron cuando empezó a caminar, a moverse mejor.

Cuando todo parecía encaminarse, la familia recibió un duro revés. En enero, y tras una dura lucha contra el cáncer, la abuela del ‘Lancha’ perdía la vida. Tedy era como su segunda madre. “La vieja me decía que íbamos a caminar juntos, mientras ella estaba mal, en la cama. Yo le prometí que iba a volver a jugar. Cuando nos fue, quedé con la responsabilidad eterna de cumplir con mi promesa”. Y la vida le daba un escenario perfecto para hacerlo: el Preolímpico de 2015, que clasificaba a los finalistas a los Juegos Olímpicos de Río 2016. Delfino puso sus ojos en él y comenzó a entrenar a un ritmo que le devolvía la fe en el tan ansiado regreso. Sergio Hernández, entrenador de Argentina, lo incluyó en una preselección. “Estoy nadando en la orilla, espero que nada me pase. Toco madera”. Pero el drama del escolta iba a tener un capítulo más. Un quiste en el tobillo le arrastraba nuevamente al quirófano y quedaba marginado del torneo. La sexta operación y todo seguía igual. Nada había mejorado y el tiempo corre para todos. 31 meses separaban a aquel Delfino que enterraba la pelota en la cara de Durant de este que se encontraba en un callejón sin aparente salida. Hay que ser de hierro para no doblarse ante tantos golpes.

Foto: CABB

La vida suele ser así. Los milagros, ciertas veces, ocurren. Y lo hacen en el lugar y el momento menos esperado. Carlitos fue a simplemente cortarse las uñas a un podólogo, viejo amigo de Bolonia, y recibió la mejor noticia en años. “¿Ya lo viste a Giannini? – ¿Quién es Giannini? – Es una eminencia en Italia. Da clases en la Universidad de Bolonia, un crack”. ¿Quién era Sandro Giannini y por qué iba a ser diferente a los demás? El ‘Lancha’ comenzó a investigar. Se trataba de un veterano de 78, especialista en pie, que ya no oficiaba como cirujano. Delfino logró reunirse con el hombre, más por inercia que por convicción. “Acá no hay que poner huesos, hay que sacar”, le dijo. Y la situación se puso patas para arriba. Era un método distinto, contrario a todos los anteriores. Lo convenció de que volviera a ejercer, que hiciera una excepción con él. Y Giannini aceptó. “Me desperté en el medio de la operación. Vi cómo el tipo sacaba huesos que eran como ceniza, estaban muertos”.

Estuvo tres semanas con yeso y, al reencontrarse con el médico, éste se lo sacó y le dijo que se fuera caminando. Al ex de Detroit Pistons no se le ocurrió otra cosa que reírse. Ni siquiera había llevado la zapatilla del pie derecho. Volvió al consultorio cuatro días antes de Nochebuena con muletas. Giannini le retó. “Te dije que caminaras, sin nada”. Pero el paciente comenzaba a pensar que estaba en manos de un loco. Algo que ratificó cuando en sus vacaciones en Punta del Este recibió un mensaje del doctor: “¿Ya has empezado a correr?, me mandó. Yo no entendía nada. Recién me animé a caminar largas distancias a mediado de febrero y en abril comencé a correr”.

Todo llegó de repente, como un premio a quien se hunde en el lodo pero sale a fuerza de voluntad. Y claro que Delfino lo merecía. Volver a sentirse competitivo era ya una retribución enorme, pero a una vida tan sacrificada le corresponde algo más. Pese a entrenarse en silencio en Bolonia y Santa Fe, un vídeo le llegó a Hernández. “No me avisaste, quedamos en que lo harías… Vení a la preselección, aunque no te voy a regalar nada. Vas a Río si le servís al equipo”. El ‘Oveja’, parte fundamental de la carrera del ‘Lancha’, entendía más que nadie lo que significaba para el escolta el simple hecho de ser tenido en cuenta.  Y allí fue, lleno de cicatrices y dolores, emocionó a todos y pisó profesionalmente una cancha tras tres años y medio en los Juegos Olímpicos. Luego, la llegada a la Liga Nacional, más precisamente a Boca Juniors, para salvar del descenso al equipo en el que juega Lucio, su hermano. Y finalmente -hasta ahora-, la contratación del Baskonia, temporalmente para la pretemporada, dirigido por su amigo Pablo Prigioni.

La carrera de Delfino es una película que ha pasado por todos los géneros. Ha sido épica, con logros gloriosos y momentos de brillantez. Se transformó en un drama, llena de problemas que atentaron contra su pasión. Fue suspense, en cada posoperatorio, tras cada recaída que lo alejaba de las canchas. Pero, más que todo, es la historia de alguien que siempre tuvo la fuerza para volver a escribir el guión.

Foto: Saski Baskonia

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