“Una máquina puede hacer el trabajo de 50 hombres corrientes, pero no existe ninguna máquina que pueda hacer el trabajo de un hombre extraordinario”. – Elbert Hubbard, ensayista estadounidense.

En un mundo tecnológico donde todo queda atado a la electrónica, nada queda fuera de estudio. Incluso las personas son sospechosas de no ser del todo personas, sobre todo cuando se trata de gigantes con habilidades difíciles de encontrar. Que se lo digan al griego Giannis Antetokoumpo y sus brazos infinitos. Que se lo digan a Kyrie Irving y sus tobillos de goma. Que se lo digan a Stephen Curry y su puntería exquisita, al que algunos ven incluso de otro planeta. Que se lo digan al LeBron James al que… bueno, al que nadie puede parar porque quizás no sea de la Tierra realmente. Que se lo digan a Kawhi Leonard, cuya progresión y trabajo son únicos de un jugador extraordinario, pues solo así se puede explicar que sea tan mortal como el resto de la humanidad.

Ética de trabajo inigualable. Condiciones físicas legítimas. Cabeza de sabio y cuerpo de guerrero. Que Kawhi tiene todo esto y más es ya sabido por todos, pero si quedaban dudas sobre su estancia en las élites del baloncesto mundial, las ha despejado por completo con un año a la altura de muy pocos. Leonard siempre ha sido especial pero ahora todos ven su luz con mayor claridad que nunca. Desde pequeño ha sido un luchador y, aunque no lo ha tenido fácil, su enorme esfuerzo ha dado cada vez más frutos.

La canasta de su instituto en Riverside, lugar donde creció junto a su madre, Kim, era el escenario de uno de los momentos más amargos en la vida de la hoy radiante estrella. Un llanto desconsolado e incontrolable invadía los ojos de Kawhi. Acababa de anotar 17 puntos pero su mente estaba en otro lado, junto  a su padre, Mark, fallecido 24 horas antes.

En uno de los barrios más inseguros de toda California, Compton, Leonard había pasado horas y horas ayudando a su padre en el lavadero de coches que este regentaba, pero ese mismo lugar de días y conversaciones compartidas se tornó en un recuerdo fatal. Una noche de enero de 2008 supuso un punto de inflexión en la vida de Kawhi. El hombre que quiso dar a su hijo un nombre que sonara a hawaiano era asesinado. Un disparo acabaría con su tiempo y abriría en el joven Kawhi una de esas heridas que nunca terminan por cicatrizar.

El daño era evidente pero, ¿cómo reaccionaría Kawhi? Como siempre, encontró refugio en el trabajo diario, llevando cada actividad al máximo. Los niveles de autoexigencia que alcanzaba en sus mejoras constantes no eran normales. Sus entrenadores fueron sucediéndose pero todos quedaban sorprendidos ante tal afán de entrega y superación. El hambre de títulos la tienen todos pero pocos se embarcan en su búsqueda con tal ferocidad.

Steve Fischer, su entrenador en San Diego State, reflejaba esta labor extrema de superación con una anécdota muy peculiar. El que fuera técnico de la famosa generación de Michigan conocida como los ‘Fab Five’, escuchaba atento una queja insólita. Kawhi se había colado en el gimnasio para entrenar, como ya había hecho en ocasiones anteriores, solo que esta vez eran las 6:30 de la mañana y se había llevado consigo dos lámparas de su habitación para poder tener luz. Inaudito. En algún punto intermedio entre la locura y el fanatismo por un deporte.

La progresión con tal empeño era ascendente y en la universidad de San Diego State pronto encandiló a los ojeadores de la NBA. Sus números el segundo y último año en la NCAA demostraron que rendía en el apartado estadístico pero su gran valía residía en su afán por crecer. Nunca era suficiente para Kawhi y eso hacía de él un jugador único.

Si quieres jugar en la NBA tienes que ser bueno, pero para ser el mejor hace falta mucho más. El primer paso lo cumplió al ser seleccionado por Indiana Pacers en el puesto número 15 del Draft de 2011, aunque inmediatamente sería traspasado a San Antonio en un movimiento fantástico de la directiva tejana viendo la situación actual del alero. El segundo objetivo no lo tiene todavía en sus gigantescas manos, con 29 centímetros de longitud desde el pulgar al meñique, pero no va por mal camino para conseguirlo.

Tapado por las sombras de reyes coronados en la mejor  liga del mundo como Tim Duncan, Manu Giníbili o Tony Parker, siguió trabajando sin hablar demasiado. Su timidez le mantenía en silencio y provocaría que su explosión no siguiese el patrón habitual de revuelo en torno a su figura. La cancha y el gimnasio eran su casa tanto como su propio hogar y Popovich enseguida se dio cuenta del fenómeno que albergaba en su plantilla. Tenía en Kawhi al líder que comandase a los Spurs cuando ya no quedase rastro de sus glorias pasadas.

Foto: AP Photo / Darren Abate

Novatadas las justas para hacerse con un hueco en la rotación de San Antonio desde su primera campaña en la franquicia al sur de los Estados Unidos. Entró sin hacer ruido pero fue ganando minutos y su papel cada vez era de mayor importancia dentro de los esquemas del técnico. Su rol, siempre al servicio del equipo, era capital en las aspiraciones de un conjunto que pelea cada temporada por el campeonato, y con solo 22 años, Kawhi cubrió su dedo con el anillo de campeón  a la vez que alzaba el trofeo a MVP de las finales. El más joven desde un tal Magic Johnson.

Incrementó sus registros en ataque y secó a LeBron como pocos jugadores han logrado hacer. En aquel momento quedó claro que era muy diferente a pesar de que no ocupase portadas ni concediese demasiadas entrevistas. Era una supernova voraz a punto de estallar definitivamente.

Desde entonces hasta hoy en día Kawhi ha ido evolucionando. No ha dejado de experimentar un desarrollo en su juego, tan descomunal algunos bromean poniendo en duda su procedencia humana. Pero sí, Leonard es uno de nosotros. ‘The Claw’ (La Garra) sigue siendo un chaval que nunca perdió las ganas por mejorar, pero más importante, tuvo y tiene la capacidad y fortaleza, tanto mental como física, de no desfallecer en una carrera de fondo, un maratón no apto para cualquiera. Hace falta tener muchas agallas para enfrentarte cada mañana a tus propios límites.

Ofensivamente hablando puede dejar puntos desde cualquier parte de la pista. No le tiembla el pulso desde el perímetro y dentro encuentra huecos en la pintura. Le gustan las bandejas pero si tiene una oportunidad hundirá el balón en el aro para salir en el póster. Pero su base reside atrás. La clave que lo sustenta es una defensa intensa, sin descanso que valga.

Es el alter ego del jugador completo con sus movimientos laterales, su intuición, su predilección por agotar al rival, su cadencia constante, sus infinitos brazos y sus enormes manos, su corazón y su aliento sin respiro en la frente enemiga. Ni el mejor perro de presa está a la altura de Kawhi cuando se pone sus zapatillas y salta al parqué de noche.

Su hora ha llegado y aunque no lo eleve su voz es el heredero de la nobleza en los Spurs. San Antonio mira el ocaso de una época dorada y su futuro no podría estar en mejores manos (ni más grandes): las de Kawhi Leonard.

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