Era 1977 y 27.500 dólares representaba toda una fortuna. Por eso, cuando la ciudad de Milwaukee decidió pagarle esa cantidad a Robert Indiana para pintar el parquet de su pista de baloncesto, más de un periodista local se llevó las manos a la cabeza. ¿Acaso iba a pintar allí abajo una nueva Gioconda?

De acuerdo, era una forma extravagante de renovar aquel vetusto MECCA Arena. Pero es que ese polifacético artista no era un don nadie, ni mucho menos. Se había hecho mundialmente famoso con su icónico LOVE, símbolo del pop art y de la identidad estadounidense de aquellos dorados años sesenta. Sacar a un tipo así de la cosmopolita Nueva York, un reconocido gay acostumbrado a codearse con otros genios de su generación como Ellsworth Kelly o Jack Youngerman, para que decorara el suelo del pabellón de un equipo de baloncesto , que además jugaba en la remota Wisconsin, tenía un precio.

El propósito de Indiana -o mejor dicho, de quienes lo contrataron- era revitalizar parte de ilusión por un equipo que había ido perdiendo gradualmente a las piezas más importantes del equipo campeón de 1971. Ni Oscar Robertson, ni Lucius Allen, ni Abdul Jabbar continuaban ya vistiendo de verde. Aquel equipo, destinado a reinar durante años, se había roto cuando Kareem hizo las maletas rumbó a la enorme California. Sin embargo, aquel MECCA (llamado así por las siglas de Milwaukee Exposition Convention Center Arena) seguía emanando un aroma especial, a la altura de las otras moradas míticas de la NBA. Y por supuesto, estaba la música. Que The Beatles, Elvis Presley, Led Zeppelin o Frank Sinatra ofrecieran alguno de sus conciertos en aquel escenario solo incrementaba la percepción de estar en un marco histórico. Una sensación que el artista captó nada más poner sus pies sobre la tarima, minutos antes de soñar su idea.

La otra gran M de América

Durante años, el MECCA Arena fue considerado como una instalación adelantada a su tiempo en cuanto a la concepción de deporte espectáculo. Por su especial arquitectura, las retransmisiones televisivas podían elevar su calidad, siendo similares a las que en los años después se situarían como estandard de la NBA. Basta con ver cualquier retransimisión de los Bucks en aquella época, y compararla con la que se ofrecía en otro escenario por entonces, para distinguir unos ángulos de retransmisión más amplios y modernos. Robert California conocía esta gran ventaja y la emplearía en su obra. Si ya tenía la forma, tan solo tenía que añadir el color.

Así, vistió el círculo central con la palabra Mecca, que se repetía de forma paralela en direcciones opuestas. El tamaño y la tipografía que utilizó, exagerandamente grande, serviría para que el nombre del recinto luciera radiante en aquellos nuevos televisores de color. Aquel color blanco con una sombra en azul oscuro se convertirían en una seña de identidad. Ése sería el primer detalle, pero sería con el segundo cuando aquel parquet pasaría a la historia del baloncesto… y del arte contemporaneo.

Don Nelson no pudo contenerse. Se asomó aquella mañana y distinguió las dos enormes figuras. Como siempre, no dudó en soltar uno de sus clásicos chascarrillos “pensé que tendríamos que usar gafas de sol para poder jugar”. Por una vez, Donnie no había pecado de exagerado. Indiana había pintado dos enormes emes, la inicial de la ciudad y del MECCA, que invadían media pista cada una, hasta enfrentarse en una con la otra justo en el centro. No solo eran enormes, eran amarillas. Un amarillo que brillaba tanto que realmente cegaba la visión. No fue hasta pasados unos días, cuando la pintura adquirió su color definitivo, cuando se pudo admirar la visión definitiva de la obra. Y el resultado no decepcionó a nadie. “Teníamos la pista de baloncesto más cool de la liga, pintada por un artista famoso. Y eso no sucedió en Nueva York o en Los Ángeles. Fue en Milwaukee”

Foto: Grantland

Once años después los Bucks se mudarían al Bradley Center, y la historia de la obra de Robert Indiana tendría nuevo capítulo, en la que incluso estuvo en peligro de desaparecer para siempre, hasta que un empresario de la ciudad, Gregory Koller, la compró por algo menos de 50.000 dólares. Al fallecer éste, sus hijos decidieron -apoyados por el propio artista- que sería una gran idea que una nueva generación conociera este icono de un baloncesto perdido para siempre. Aquel majestuoso suelo, que fue recorrido por alguno de los mejores jugadores de la historia de la liga durante los setenta y los ochenta, se convertía ahora en una obra de arte con todas las de la ley, en una exposición celebrada en 2013, en la que la pieza se podía admirar de forma vertical. El recorrido de esta odisea está maginificamente relatado en uno de los célebres documentales de la ESPN 30 for 30, del que por supuesto recomendamos su visionado.

Pero la cosa no ha quedado ahí. Aprovechando el 50 aniversario de la franquicia, los Bucks regresarán al MECCA Arena esta temporada, el 26 de octubre de 2017, para jugar un partido ante, por supuesto, los Boston Celtics. Un viaje al antiguo hogar para el que previsiblemente no sobrará ninguna de las 10.500 localidades que se pongan a la venta. Casi treinta años después de la última ocasión, unos jugadores que no habían nacido cuando California pintó su obra, pasearán su talento sobre dos emes gigantes que una vez fueron testigos de una época a la que nunca le faltó el color.

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