“No temáis a la grandeza. Algunos nacen grandes, algunos logran grandeza, a otros la grandeza les es impuesta y a muchos la grandeza les queda grande”. Tras esta breve síntesis de vida, digna de un genio literario como William Shakespeare, se pueden encolumnar tantas historias que ni el mismo dramaturgo londinense sería capaz de eternizarlas a todas en el papel. Permitirse modelar tal clara expresión de inteligencia muy probablemente descubre las ínfulas de grandeza de quien lo intente. Pero es preferible correr ese riesgo y no el que supone dejar tanto espacio en blanco al contar una historia como esta.

Cuando uno habla de Derrick Rose puede aseverar que su vida ha transitado directa o indirectamente cada uno de los estadios descritos por aquella frase de Shakespeare. Las calles de Englewood, el suburbio de Chicago en donde hace exactamente 29 años nació el MVP más joven de la historia, pueden dar mejor cuenta que quien escribe de que Rose llegó a este mundo para ser alguien. Nadie sin al menos una pizca de grandeza logra sobreponerse a años tan duros como los de su infancia. Atestado de los peligros del vecindario y los problemas familiares, tan solo bastaba con poner un balón en sus manos y todo el que dudara de que ese chico iba a salir adelante comenzaba a mirar hacia abajo.

Sin un padre como ejemplo y con una madre todopoderosa, Rose se engrandeció aún más en su adolescencia. Criado en uno de los barrios más peligrosos de Estados Unidos, era más común ver en un joven de su edad cortes de navaja que raspones de rodillas producto del baloncesto. La familia primero, como reza uno de sus tatuajes. Amparado en las enseñanzas de sus hermanos, Poohdini, como le decía su abuela, se mantuvo alejado de las podredumbres que pueden derrumbar a cualquier adolescente. “Yo solía tener ese sexto sentido. Me daba cuenta de cuándo había problemas. Puedes sentirlo en los huesos. ‘Oh, llegó el momento de irse’. Y corría a casa tan rápido como podía”. A casa o al playground al lado de ella, en donde Rose solía pasar horas picando el balón. El desarrollo de su historia hizo que todos entendieran que ese chico introvertido y de tono gentil iba a ser irremediablemente grande. Pero a los dones se los cobija con disciplina y allí es donde muchos tambalean. Él no. A la grandeza hay que alimentarla con trabajo duro y dedicación, porque como cualquier don no es más que un préstamo. Y ese muchacho lo entendió a la perfección. La NBA fue solo un paso más para alguien que desde pequeño descifró las barreras entre el éxito y el fracaso.

Foto: USA TODAY Sports

Ser MVP no es fácil. Conseguirlo en una liga en la que ser brillante es casi ordinario resulta infinitamente meritorio. Pero los elogios pesan y ciertamente se vuelven en contra cuando el foco ya no te ilumina como antes. El MVP más joven de la historia resonaba en Chicago como el sucesor de Michael Jordan. El United Center estaba tan cansado de los baldazos de agua fría que al fin vio una esperanza y se aferró a ella más de la cuenta. A pocos le han impuesto la grandeza como a Rose. Y bastante lejos de escaparle, él la embistió de frente. “¿Por qué? ¿Por qué no puedo ser el MVP? No veo por qué no”. A esa altura nadie veía más que escalones hacia arriba en la carrera de Rose. Pero solo basta un infortunio para que el mundo deje de girar a tu alrededor. Y la vida decidió cortarle las alas a quien todos creían imparable.

“Lo recuerdo todo. Recuerdo saltar, caer y justo entonces escuchar aquel sonido. Me sentía roto cuando abandoné la pista. No podía creerlo, fue la cosa más cercana a la muerte que he vivido. Parecía que me lo habían quitado todo”.

Lo supiera o no, Rose estaba en lo cierto. En esa lesión ante Philadelphia en el primer partido de los Playoffs de 2012 había muerto. Todo lo que cosechó, las expectativas, el dominio de una liga tan indomable como la NBA comenzaría a escurrírsele de las manos. Y cuando eso sucede no hace falta esperar mucho para ver cómo aquellos que te alzaban en sus hombros se pelean para despedazarte. Desde aquella caída al infierno hasta hace poco tiempo, Rose ha deambulado en busca de un lugar en donde tengan memoria. Oscuridad plena era todo lo que podía percibir. Inconexo con un mundo que le veía distinto, se sumergió en una crisis que le llevó a pensar en el retiro. Y finalmente, acorralado en las penurias que azotaron su carrera, fue cuando Rose ganó a todos. Porque entendió que quien cae y se levanta es más grande que el que jamás ha caído, a pesar de todo el ruido que el exterior pueda provocar. Dejó de buscar un lugar en el mundo que lo viera como aquel diamante en bruto y se encontró a sí mismo como alguien más fuerte.

“Todavía puedo jugar”. No es algo que se dice para tapar baches. Poco le importaba eso al base y ya nada le interesa en estos tiempos. Esa simple afirmación es una declaración de guerra de quien viene tragando barro para salir a la superficie. No desaparecerán tan fácilmente aquellos que desean retirarlo y cometen el error de ningunearlo ferozmente. Para ellos fue insuficiente la pasada temporada, en la que se vio al mejor Rose desde su año MVP y lo será cualquier actuación inferior a aquel pasado. Simplemente porque no entienden el valor supremo de reinventarse una y otra vez ante las adversidades. Aunque son solo murmullos sin sentido para un Rose lleno de vida, conectado con sus admiradores y más dispuesto que nunca a aceptarse.

Solo faltaba un llamado de alguien tan claro en sus pensamientos como adentro de la cancha. “¿Deseas ganar? Pues unamos nuestras fuerzas”. Y aunque su pregunta seguramente esté apenas empapada en la esperanza de ver en Cleveland esa potencia salvaje de otros tiempos, es LeBron James quien logró entender lo que a muchos todavía se les escapa del radar: que Derrick Rose ya no le teme a las espinas.

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