Había dejado de ser divertido. Pisar el parqué, dar los primeros botes del entrenamiento y lanzar a canasta seguían teniendo el mismo encanto que de niño, pero ahora era diferente. No se podía quitar de la cabeza las dos o tres veces que había desconectado el despertador para quedarse unos minutos más en la cama. No por pereza, sino por dolor. Cuando no era la espalda, era la rodilla. Cuando no, el tobillo. Había días que lo único que no le dolía era la nariz.

Pero todo tiene un final, y el de Martynas Pocius con el baloncesto ha llegado poco después de cumplir 31 años, una edad muy temprana en una época en la que los jugadores de hoy día estiran sus carreras hasta prácticamente los 40. Las lesiones le habían hecho perder explosividad, su punto fuerte, una capacidad atlética que, ya en época de instituto, le permitía machacar desde el tiro libre o saltando compañeros. Dicen que su mejor mate no está grabado, que fue en el instituto, cuando capturó el balón en el aire en un ‘alley-oop’ que culminó machacando de espaldas y sobre un rival.

Era un jugador único, diferente. Y no porque deteste la cerveza pese a haber nacido en el quinto país de Europa con mayor consumo por habitante, sino porque estaba dotado de una plasticidad nada fácil de encontrar en el caucásico europeo medio. Ningún otro jugador de su generación podía llegar tan alto por medio nada más que de sus piernas.

Conocida de sobra en el baloncesto profesional su calidad humana, Pocius siempre aportó más allá de las estadísticas. El último año de servicio del lituano estuvo dedicado al vestuario del UCAM Murcia, erigiéndose como pilar esencial para mantener al grupo unido y centrado en lo puramente baloncestístico en una temporada que, si bien terminó con buen sabor de boca para los murcianos, que rozaron el Playoff y con su noveno puesto se ganaron el privilegio de elegir qué competición europea disputarían a la campaña siguiente (Champions League), pasó por momentos muy difíciles.

Cuando más obstáculos se presentaron en el frente –destitución de Óscar Quintana, despido de su ayudante Francis Sánchez y su equipo coqueteando con los puestos de descenso- fue precisamente cuando peor lo estaba pasando él. Marty, como cariñosamente se le conoce, debía tomarse un respiro. Aquel dolor en la rodilla iba demasiado en serio como para seguir ignorándolo y vestirse de ‘infiltrado’. Su cuerpo mandaba señales que no quería oír, y la carga psicológica pesaba demasiado, con una delicada situación familiar en un trasfondo que estuvo presente en su cabeza desde su mismo aterrizaje en Murcia.

Pero, ¿qué le pasaba? Su nueva afición no hacía más que preguntarse qué había sido de aquel jugador por el que se pegaba media Europa, que había vestido las camisetas de algunos de los clubes más poderosos del continente. La excusa estaba ahí, en la misma palma de su mano, pero prefirió callar. No quería ser una distracción para el grupo, y su sentido de la responsabilidad prefería cargar con la etiqueta de decepción, que salir a poner excusas en un equipo al que las críticas le venían dadas por todos lados.

Llegada la última jornada, la decisión estaba tomada. Y el equipo lo sabía. Por eso fue el hombre a quien todos querían abrazar una vez terminado el último partido, con victoria murciana en pista del Valencia Basket. También por Fotis Katsikaris, que suele dejar el corro final para la intimidad de los jugadores, pero que en esta ocasión quiso ser partícipe de las muestras de cariño a uno de los miembros más respetados del grupo. Además, días más tarde le arrebató a Sadiel Rojas la condición de anfitrión para la comida de despedida; en su caso, no solo de la temporada.

Martynas Pocius

Foto: Lokomotiv Kuban

Sin excusas

Es uno de los principios básicos que Mike Krzyzewski, seleccionador de Estados Unidos entre 2006 y 2016, hizo firmar a sus jugadores en la preparación americana para los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. Estrellas NBA que abrazaban la filosofía de este entrenador que dirigió a Martynas Pocius durante cuatro años en la Universidad de Duke, donde impone con mano de hierro su ‘sin excusas’. Pese a no contar demasiado en la rotación de Krzyzewski, el lituano forjó una relación especial con quien define como “el mejor entrenador, profesor y psicólogo”, y de quien recibe cada año una felicitación manuscrita el día de su cumpleaños.

Pero fue allí donde empezó su particular vía crucis con unas lesiones que nunca le abandonaron. En su tercer año en Duke, y tras solo cuatro partidos, un chasquido en el tobillo le obligó a pasar por el quirófano y decir adiós hasta la próxima temporada. Una vez completada su cuarta campaña y así el ciclo universitario, recibió permiso de la NCAA para disputar una quinta extra, pero las ofertas de Europa para ser profesional llevaban tiempo insistiendo y volvió a Lituania. Aquel año los Blue Devils serían campeones nacionales.

Algo parecido le ocurrió en el Real Madrid. En su segunda campaña en la casa blanca el tobillo volvió a dar problemas y era preciso operar de nuevo. Era marzo de 2013 y no volvió a vestir la elástica merengue, quedándose así sin un título ACB que sus compañeros lograron meses después.

Pero qué le van a decir sobre capacidad de superación a un hombre que, con 13 años, vio accidentalmente cercenados tres dedos de su mano izquierda en clase de Tecnología. La rápida intervención médica permitió salvar dos de ellos, no así el corazón. El dedo, porque el órgano seguía pidiendo baloncesto. No le importó a un chaval dotado con unas condiciones físicas espectaculares para un deporte que es toda una religión en Lituania, donde uno de cada 120.000 habitantes juega en la Euroliga, y uno de cada 300.000 lo ha hecho en la NBA.

De la retirada a la NBA

Desde luego, no ha perdido el tiempo. Pocius, licenciado por la Universidad de Duke en Estudios Comparativos Internacionales, ejerce desde este pasado agosto como adjunto a la dirección de operaciones baloncestísticas de Denver Nuggets, un puesto asistente al del nuevo general manager, el también lituano Arturas Karnisovas, exjugador del F.C. Barcelona en dos etapas diferentes y que ha tenido en la contratación de Martynas Pocius uno de sus primeros movimientos.

Allí se ha encontrado con otro lituano más, por si ya eran pocos, el analista en estadística avanzada aplicada al baloncesto Tommy Balcetis, que lleva en la franquicia de Colorado junto a Karnisovas desde 2013, quien antes de su cargo de general manager estuvo trabajando en la front-office encargada de dirigir una de las reconstrucciones más envidiadas de la NBA, con un núcleo joven en el que destacan descubrimientos como Nikola Jokic, Juancho Hernangómez y apuestas menos arriesgadas pero igualmente efectivas como Gary Harris o Jamal Murray.

Ver a Martynas Pocius ligando su futuro como jugador retirado al baloncesto no es ninguna sorpresa, tal vez sí el rol desempeñado. Aunque cuenta con un negocio de artículos fabricados a partir del ámbar en Lituania, este hijo de entrenador, tras unos días de desconexión después de su última temporada, ya estaba de vuelta a finales de mayo en Duke para participar como entrenador en la ‘K Academy’, un campus para jugadores aficionados mayores de 35 años –y con 10.000 dólares en el bolsillo- que Krzyzewski aprovecha para formar a sus más aventajados alumnos en la parte táctica.

La oportunidad de continuar ligado al baloncesto ha llegado en forma de carpeta y portátil y vestida con traje y corbata en vez de pizarra técnica y polo de entrenamiento, pero que nadie descarte ver a Martynas Pocius más pronto que tarde en la línea de banda.

Solo disputó tres temporadas en la ACB en las que el infortunio se cebó sobre él, especialmente en esta última. Pero sobró para que el aluvión de mensaje de cariño y admiración recibidos en el momento de hacer oficial su retirada a través de Instagram estuviese sobradamente plagado de jugadores de equipos españoles. Porque no. No solo se retira Andrés Nocioni.

Martynas Pocius

Foto: FIBA