Polonia. 2009.

Finalizada la primera fase del Eurobasket 2017, la selección española se postula como la principal favorita al título y con el inamovible objetivo en mente de revalidar el conseguido hace dos años en Lille. Hoy, el combinado español campa a sus anchas por las canchas de toda Europa, donde pocos equipos pueden hacerle frente. Pero esto no siempre fue así y, hasta 2009, España no consiguió su primer campeonato continental. Antes, seis derrotas en sendas finales desde 1935, año en el que por primera vez los mejores jugadores nacionales se juntaron para participar en el primer Eurobasket. España perdió entonces su primera final ante Letonia por un pírrico 24 a 18. A partir de ahí, el cetro se resistió hasta en cinco ocasiones más: 1973, 1983, 1999, 2003 y 2007. Y por fin, en 2009 en Polonia, España consiguió el ansiado oro.

Tres años antes, en 2006, la selección se proclamó campeona del mundo en Japón tras vapulear a la Grecia de Diamantidis, Papaloukas y Spanoulis, y en 2008 puso contra las cuerdas en una final olímpica inolvidable a una de las mejores selecciones estadounidenses de la historia. Las expectativas en esta etapa comandada por la generación del 80 estaban por todo lo alto, y por supuesto, España ya paseaba su marchamo de favorita por el viejo continente. En 2007, decepción en el Eurobasket disputado en casa. El oro se escapó en los instantes finales ante Rusia. Habría que esperar dos años más.

Hoy, el destino ha querido que escriba estas líneas desde Polonia. Un país en obras, indicativo de su crecimiento económico. Las grandes empresas se fijan en este país del corazón de Europa y sus principales ciudades están de moda entre estudiantes, turistas y trabajadores extranjeros. Todavía siguen pagando en zlotys, una de las reminiscencias de un pasado comunista cada vez más lejano. Cuando subo al tren en dirección a Katowice desde Cracovia, es poco probable que alguien recuerde ya, que hace 8 años un grupo de españoles vestidos de rojo conquistaron Polonia por la vía pacífica, desde el talento y la superación, desde la atalaya de un equipo marcado por el gen de la victoria.

El camino hacia el oro no fue ni mucho menos tarea fácil. Desde su comienzo, el Eurobasket envenenado puso patas arriba la confianza de la selección dirigida por Sergio Scariolo. Los buenos resultados anteriores (mundial y plata olímpica) saltaron por los aires. Aparecieron las dudas y las sospechas del fin de algo. En los dos primeros envites, derrota contra Serbia en uno de los peores partidos en ataque que se le recuerdan al combinado nacional y victoria agónica contra Gran Bretaña.

Primer ‘match’ ball

España contra las cuerdas. Presión después de la derrota contra Serbia. A pocos minutos para la conclusión del choque los de Scariolo están fuera del campeonato. Lenzly ponía a Gran Bretaña por delante. Los jugadores británicos lo metían todo. La situación se volvió dramática cuando Hart anotó un triple que colocó cuatro puntos arriba a los británicos a falta de cuatro minutos y medio para el final (69-73). Pau Gasol salió al rescate de sus compañeros con un triple y un tiro libre incluidos en un parcial  de 9 a 0 que certificó la agónica victoria. España tuvo que recurrir demasiado pronto a un Pau Gasol convaleciente de una operación en uno de sus dedos.

Segundo ‘match’ ball

La falta de confianza propiciada por los dos primeros partidos se vio reflejada de nuevo en el partido contra Eslovenia. Aunque el equipo español dominó durante la mayor parte del partido gracias a los arreones de Juan Carlos Navarro,  nunca supo rematar a los eslovenos, quienes se aferraron al encuentro hasta forzar la prórroga. España se complicaba mucho sus opciones de estar en la fase final de Katowice. Felipe Reyes se echó el equipo a sus espaldas en el tiempo extra y contagió al resto de compañeros para certificar así el pase ‘in extremis’ a la segunda fase. Demasiado sufrimiento hasta el momento para los, por aquel entonces, campeones del mundo.

De la nada al todo

Los equipos de Scariolo siempre se han caracterizado por ir de menos a más, y no iba a ser diferente en esta ocasión. Así, la versión de la selección española no mejoró con el cambio de fase.  Primer partido y primera derrota desesperanzadora contra Turquía.

Con el equipo y su entrenador cuestionados y el ambiente enrarecido hasta límites complicados de manejar, aparece Lituania en el horizonte. Otro mal partido de una España nerviosa. Acechaba el miedo al fracaso y Lituania controlaba el encuentro. Pero de repente todo cambió. Un parcial brutal de 23-0 no solo decidió el partido, si no el campeonato. Desde ese momento España comenzó a oler el oro. Y todo parecía volver a tener sentido. Defensa feroz y el ataque vuelve a fluir.  España pasa por encima de los anfitriones también. Magia.

Da igual el rival. Ellos rezan para que vuelva la España de la primera fase. Que vuelvan las dudas y el desacierto. España ha decidido de verdad ganar el oro. Sin hacer prisioneros. Los temibles cuartos no son tan temibles con esta selección. El orgullo herido de un equipo cuestionado que saca a sus brillantes armas. Todos los jugadores aportan y el nivel de juego ahora roza la perfección. Las estrellas rivales se asoman al abismo de la defensa española y claudican. El ataque fluye como el Wisla, los triples entran por fin. Francia reducida a cenizas (+20). La semifinal contra Grecia un paseo (+18).

La final

Sin historia, un trámite más contra Serbia (+22). 20 a 7 de inicio y unos primeros 20 minutos escandalosos dictaron sentencia. Una oda al baloncesto inalcanzable hasta para la pretérita y añorada Yugoslavia.  España por fin reina en Europa y Polonia se rinde con rotundidad y entrega el oro sin condiciones.

Desde 2009, el palmarés de la selección española ha seguido engordando. En el horizonte un oro más.  Hasta el momento parece que solo la Eslovenia de Dragic, Doncic o Randolph puede inquietar a los hombres de Scariolo. Pero, pase lo que pase, quedará la leyenda indeleble de una generación irrepetible, una “familia”  que sin más armas que el talento y la ambición han conseguido conquistar Europa y los corazones de muchos de sus habitantes.

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