La vida es cambio y muchas veces el cambio provoca nostalgia. Nostalgia por lo que fuiste, por lo que no sabes si volverás a ser alguna vez. Esto lo conocen bien en algunos equipos de nuestro baloncesto, sobre todo aquellos que se habían distinguido por alimentarse de la cantera y que ahora lidian con el modelo general de deporte-negocio donde pocos clubes acaparan todo y el resto sobrevive como bien puede. Un ejemplo dramático lo encontramos en el Estudiantes, otrora un equipo que jugaba de tú a tú a los grandes de Europa, siendo, junto con el Joventut, el paradigma de club que sabía tratar al baloncesto con el cariño y respeto que merece este deporte. Y aunque sigue haciéndolo, antes este buen trato venía acompañado de resultados para mayor alegría de su afición y admiración de sus rivales. Los pequeños dementes solo pueden imaginar aquello por boca de sus padres.

Así pues vamos a volver la vista atrás para detenernos un ratito en aquel Estudiantes de finales de los 80 y principios de los 90. Repasando las plantillas de esos años cuesta trabajo elegir entre tantos míticos (Azofra, Pinone, Herreros…), pero hay quien, aun habiendo recorrido media Europa, como finalmente haría, vivió sus mejores años al lado de la afición del Ramiro: Rickie Winslow.

Alero de dos metros, se hizo un espacio en esto del baloncesto jugando para la Universidad de Houston junto a un tal Hakeem Olajuwon. Llegó a disputar la final de la NCAA, en 1984, ante otro pívot que tal vez os suene: Patrick Ewing. Tras ser drafteado por los Bulls en 1987, llegando a completar la pretemporada con el equipo de Michael Jordan, jugó algunos partidos con los Bucks, pero no acabó por hacerse un hueco en la liga y puso fin al sueño americano.

Aterrizó por primera vez en España en 1987 para jugar en el Caja Canarias, con unos promedios más que aceptables. Su buena actuación durante esos primeros meses le valió para llamar la atención de Estudiantes, equipo ilustre por aquel entonces, quien le fichó para la siguiente temporada. Y ahí empezaron los mejores años de su carrera. El Estudiantes era un equipo de juego vistoso, potente en el contraataque, que, sin embargo, había perdido al atlético David Russell. En Winslow encontraron a un ‘3’ atlético, plástico, un matador espectacular que además aportaba tiro exterior, un tiro exterior de mecánica elegante, con un estilo muy similar al que, salvando las distancia, firma hoy en día Kevin Durant. Eficiencia, espectáculo y una buena dosis de carisma que se dejaba entrever en una media sonrisa perenne antes de los partidos. ¿Qué más se podía pedir?

Estudiantes alcanzó con él sus mejores logros, llegando a ganar una Copa del Rey, en el 92, (en la que Pinone fue designado MVP, premio que se podría haber llevado Winslow sin problema alguno) y alcanzando la semifinal de la Euroliga, ni más ni menos. Una semifinale en la que Winslow, jugando de tres, fue el máximo reboteador con diez rechaces. El club madrileño fue eliminado en ese partido por el Montigalà Joventut, siendo este choque un exponente claro de un tipo de cultura baloncestística que probablemente sea imposible de recuperar.

Sea como fuere, la Demencia disfrutaba en esa época de uno de los mejores equipos de Europa, y uno de los artífices de ese éxito fue el bueno de Rickie. No en vano, al final de su carrera ACB promedió 34 minutos, 19 puntos y 7 rebotes. Para el recuerdo queda también un partido contra el Joventut en el que metió nueve mates. Cierto que era un gran especialista, de hecho ganó el concurso del All-Star de la ACB en 1990, pero son nueve mates en un partido y contra uno de los mejores equipos de Europa.

Winslow no era solo un ídolo por su comportamiento en cancha (aunque hay que abrazarse un poco a la realidad y admitir que era un pelín irregular) sino por su carácter a medio camino entre el pasotismo y la alegría. No parecía nunca muy preocupado y era, ante todo, honesto. Si se veía mal en cancha pedía no tirar más y jugaba para el equipo. Si se veía bien, en cambio, ese sería un mal día para el rival.

Para muestra, un botón. En un derbi madrileño de la época, a 45 minutos del inicio, el entrenador Miguel Ángel Martín Fernández se encontraba ya dando la charla prepartido y en el ambiente flotaba una incógnita en forma de tensión creciente: “¿Dónde está Rickie?”. El entrenador ya había hablado con Pinone para que le transmitiera al ausente Winslow (su español no era su punto fuerte) que aquella actitud era una “falta de profesionalidad acojonante, y tomaré medidas serias”. Al poco apareció el alero y después de un perdón al ‘coach’ y echarle la culpa al tráfico, se fue al baño. Al volver, se le advirtió de las palabras pronunciadas antes por Martín en cuanto a su actitud. Winslow se levantó y le espetó al entrenador (Pinone mediante): “Lo siento entrenador, pero esté tranquilo. Hoy meto 25 puntos y ganamos”. Huelga decir el resultado del partido. Gana Estudiantes con Winslow por encima de 25 puntos. Quizás se le pueda perdonar su pequeño asuntillo con el tráfico madrileño, ¿no? Por este tipo de cosas se ganó un sitio en la memoria demente.

Tras su paso por Estudiantes Winslow se dejará ver por Italia, Francia, un breve regreso a España (a Zaragoza, donde tuvo buenas actuaciones pero no llegó a ser su casa) y, finalmente, parada en Turquía. Allí adopta la nacionalidad turca y tal como suelen hacer los nacionalizados en Turquía y en Grecia, opta por un nombre del lugar. El nuevo Rickie Winslow es ahora Resat Firincioglu. Llamativo, sí, pero con mucho menos gancho. Finalmente, Resat se retirará en el Efes Pilsen en el 2000.

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Foto: Club Estudiantes

La última aportación realizada por Winslow al baloncesto lleva su mismo apellido. Justise, su hijo, un alero de casi dos metros que actualmente juega en Miami tras un buen periplo universitario en el que llegó a proclamarse campeón con la Univesidad de Duke. Drafteado en décimo lugar, se encuentra luchando por hacerse un sitio en Florida y es una incógnita cómo va a desempeñarse en el futuro. Por el momento tiene una ventaja con la que otros no cuentan, los genes.

No hay que regodearse mucho en la nostalgia porque puede acabar conviertiéndose en tristeza. En tristeza de saber que no va a volver, que ya no hay americanos carismáticos que marquen una época y que apostar por una semifinal Estudiantes – Joventut es ya una quimera. Así que para quitarnos esta sensación, vamos a guardar a Winslow en el saco de los buenos recuerdos y vamos a mirar hacia adelante aguardando que algún jugón tenga a bien deleitarnos con nueve mates en un partido. Seguiremos esperando.

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