La temporada 1999/2000 se presentaba absolutamente decisiva para los Lakers, uno de esos puntos focales para la franquicia angelina en los que, por momentos, el curso de la historia parecía querer acelerarse (al igual que ocurriera en 1971, 1979 o 1991). La toma de mando asumida por el legendario Phil Jackson, fichado ese mismo verano para comandar el proyecto; sumado a la creación de un nuevo y lujoso recinto deportivo valorado en 300 millones de dólares, el Staples Center, que dejaba atrás los dulces días del Forum, simbolizaba cruzar el punto de no retorno: era ahora o nunca para los de púrpura y oro. Ganar ya o convertirse en pretendientes para siempre. Fatigosa encrucijada que tenía en ascuas a toda la plantilla, pero que centraba su atención sobre dos figuras concretas: Shaquille O’Neal y Kobe Bryant.

El primero, llegado tres años antes anunciado como “el gran fichaje del momento”, no había podido cumplir del todo las gigantescas (valga la redundancia) expectativas puestas en su figura. Necesitaba dar un paso extra, combinar plenitud física, técnica y mental para confirmarse verdaderamente como el jugador más dominante del planeta. El segundo, también llegado en la misma fecha la noche del draft (vía acuerdo con Charlotte), todavía sufría para equilibrar aspiraciones personales con metas colectivas.

El año anterior, el del lockout, había resultado decepcionante a muchos niveles, y Kobe sobre todo, comenzaba a ser señalado como el culpable número uno. Ni el despido de Del Harris (enemigo deportivo de Bryant), ni el traspaso de jugadores clave en el perímetro – Van Exel y Eddie Jones – que por sus características debían, a priori, concederle más espacio de actuación, parecían poder integrar a la joven y prometedora estrella. La marcada diferencia de edad, cultura y personalidad entre él y el resto de la plantilla habían conseguido abrir una brecha insalvable, alimentada por el rencor (en ambas direcciones), la desconfianza y los  constantes reproches. Al frente de aquella actitud naturalmente hostil se situaba siempre O’Neal, querido en el vestuario por su humor y personalidad desenfadada, pero siempre mirando con escepticismo a Bryant, al que había bautizado con el mote de Showboat, pegadizo apelativo que dibujaba dos lecturas: un reconocimiento a su calidad pero también a su afán por querer lucirse constantemente. Era como una especie de reacción pasivo-agresiva motivada por el aparente egóismo del escolta.

“Así es como lo percibí yo. Así era. Muchos otros se sentían de la misma manera. Nadie salió al frente y dijo claramente que el estilo egoísta de Kobe era nuestro principal problema, pero todos lo pensaban y sentían.”, declararía el siempre reflexivo Fisher.

Por si fuera poco, la presencia de un Rodman más anárquico que nunca (fichado en febrero, jugaría 23 partidos a muy buen nivel con los Lakers, pero sería despedido debido a sus constantes desplantes y faltas de disciplina), y la inexperiencia de Kurt Rambis como gestor de personalidades, solo podían regar de gasolina el incendio. Tampoco el novato Ruben Patterson, problemático por si solo, se aliaba moralmente con Bryant. Al contrario, crecería entre ellos una ingobernable tensión fraguada al calor de los entrenamientos. Con tantos frentes abiertos para Rambis, no es de extrañar que los Lakers cayeran contundentemente ante San Antonio en semifinales de conferencia, dejando en el paladar del aficionado angelino un fuerte sabor a fracaso. Así pues, el curso 99/00 debía significar mucho para Kobe. La llegada de un entrenador tan reputado como Jackson, y de su famoso triángulo ofensivo, parecía el escenario perfecto para empezar de nuevo.

Foto: NBAE

A mediados de octubre, y nada más comenzar la pretemporada, un desafortunado incidente haría trizas ese optimismo renovado. En un choque de preparación ante los Washington Wizards el siempre enérgico Kobe se fracturaría la mano luchando por capturar el rebote ofensivo. Aquel contratiempo, en la práctica, implicaba estar mes y medio de baja, y por tanto, perderse el inicio del curso. Era la peor noticia posible.

Pese a todo ello, los Lakers, liderados por el mejor O’Neal posible, apenas notarían su ausencia. De manera opuesta, cosecharían un contundente record de 11 victorias y 4 derrotas en esos 15 partidos sin Bryant; y por encima de todo, desprenderían la sensación de haber encontrado el tan ansiado equilibrio en cancha. La destreza de Jackson, y el buen hacer de unos secundarios que se retroalimentaban con Shaq, aportarían a los Lakers una solidez técnica y táctica como no se había visto en muchos años. Eran, en resumidas cuentas, una sólida máquina de hacer baloncesto.

Nada más abrir diciembre, y en un enfrentamiento en casa ante los Warriors de PJ Carlesimo, Kobe regresaría a las canchas soflamado por el recibimiento del Staples. Buscando no perjudicar la química grupal, Jackson permanecería fiel al quinteto que tan buenos resultados le había dado – Fisher, Harper, Rice, AC Green y Shaquille – y utilizaría a Bryant como revulsivo desde el banquillo. Aquella estrategia se mostraría acertada, puesto que los Lakers se impondrían con comodidad a su contrincante, y el propio Kobe realizaría un buen partido en ambos lados de la cancha partiendo como sexto hombre (aunque en la práctica disputando más minutos que el perímetro titular al completo). La nueva situación, no obstante, planteaba un rompecabezas de difícil solución.

Muchos de los antiguos encontronazos de Bryant con Del Harris, patrocinados por su entorno más inmediato condensado en la figura del padre, Joe Bryant, emanaban de una misma fuente: el hecho de que bajo aquel mando su hijo había sido relegado injustamente al rol de sexto hombre. Y eso a pesar de que con Harris, y en aquel contexto, el talentoso escolta había sido seleccionado para disputar el all-star de 1998 a la edad de tan solo 19 años. La decisión de Jackson en el partido ante Golden State, y el interés que mostraba por potenciar lo máximo posible la figura de O’Neal, habían despertado viejos fantasmas del pasado. Al fin y al cabo, en una reunión con el equipo nada más comenzar el training camp, el gurú de Montana había dejado muy claras sus intenciones para el nuevo curso:

“Este equipo debe aspirar a las 60 victorias. La bola irá para Shaq, y sobre él recaerá la responsabilidad de distribuirla. Será bueno para todos y también para él.”

Pocas semanas después de regresar al parquet, y ante la imposibilidad de cambiar el guión, un visiblemente molesto Kobe acudiría a West para confesarle su malestar y, en un calentón muy propio de la edad, plantearle el traspaso.

“Jerry, me gustaría saber qué hicistéis tú y Baylor para promediar 30 puntos por partido. No quiero que se me recuerde como a un jugador de banquillo.”

Pese a los sempiternos problemas de química, y pese a los rumores de traspaso que involucraron directamente al genial alero de Detroit, Grant Hill, los Lakers evitaron ceder a aquella caprichosa demanda. Por el momento, Kobe Bryant permanecería en territorio Hollywood. La estrategia de la front-office, por tanto, fue la de dejar que el temporal amainara, y contactar con el dúo Jackson-Winter para que redoblaran sus esfuerzos por integrar al chico. Para Winter, que tenía una relación mucho más cálida con Bryant, no resultó difícil; en cambio Jackson, fiel a una idea colectiva muy perfilada, se mostraba más duro. Ambos reconocían, eso si, la enorme inteligencia de Kobe y su capacidad para entender desde el principio los códigos del triángulo. Pese a todo le seguían reprochando dos cuestiones muy concretas: que en ocasiones comprometiera la fluidez del sistema acaparando demasiado el balón, por un lado, y que arriesgara demasiado su posición defensiva en busca de forzar robos, por otro.

Kobe

Con todo y con eso, Bryant terminaría recuperando su lugar en el quinteto inicial a fuerza de calidad, contribuyendo directamente a que los intratables Lakers acumularan dos largas rachas de excelencia competitiva: la primera, entre mediados de diciembre hasta mediados de enero, de 16 partidos consecutivos sin conocer la derrota; y la segunda, entre principios de febrero y mediados de marzo, de 19 partidos. Entre medias, un encuentro de las estrellas al que acudiría el majestuoso dúo de Los Ángeles partiendo como titulares por la Conferencia Oeste, y que a Bryant serviría como rito de aprendizaje. Lejos del espíritu lúdico y desenfadado que había marcado su presencia en 1998, en aquella histórica cita de Oakland, recordada por los inolvidables mates de Vince Carter, el joven Kobe buscaría absorber todo el conocimiento posible de aquellos que le superaban en experiencia vital. Especialmente significativa sería su relación con Gary Payton, tenaz playmaker de Seattle, al que acudiría para pedirle consejo sobre la defensa en el pick&roll. Una de sus asignaturas pendientes según el cuerpo técnico.

Con la lección bien aprendida, la segunda mitad del curso se revelaría muy positiva para el escolta de los Lakers, ofreciendo un nivel superlativo en ambos lados de la pista, alcanzando la ansiada condición como all around player que tanto demanda el espíritu americano de sus grandes deportistas, y dando muestras evidentes del gran titán que estaba por venir. Por si fuera poco, y aunque fuera de manera algo tímida, el resto del vestuario se mostraba más abierto a soportarle. De entre todos los miembros que lo componían desarrollaría una relación muy cercana con Ron Harper, fichado ese mismo curso. El oficioso base, reconvertido en secundario de lujo con los Bulls del segundo triunvirato, parecía el más inclinado a comprender la psicología de la aún inmadura pero ambiciosa estrella. Al fin y al cabo, su experiencia con un perfil similar en Jordan, y un carácter de natural sereno, facilitaba el tendimiento de puentes. Kobe, por su parte, consideraba a Harper como una especie de hermano mayor, un mentor al que acudir en momentos de dificultad.

Aquella sana relación tendría su reflejo en la pista, formando un perímetro de muchos recursos y posibilidades tanto en el juego de ataque (donde Harper cedía mucho protagonismo a Bryant), como en el aspecto defensivo, donde formaban una primera línea de contención fuerte debido a la comunión de tamaño, versatilidad y disciplina. Como un calco de lo que, años atrás, había conseguido hacer con Jordan y Pippen. Un lujo, en definitiva, con el que pocos equipos de la liga contaban.

“Significó mucho para Kobe. De todos sus compañeros, creo que apreció mucho jugar junto a Ron al inicio de su carrera. Le respetaba mucho como persona. En aquel entonces, Kobe todavía no había conseguido su primer título, y Ron venía de ganar tres con los Bulls. Era alguien que podía ayudarle. Además, Kobe no es de esos que acepta consejos de cualquiera. Tienes que ganarte su respeto antes.”, comentaria Chip Schaefer, miembro del cuerpo técnico y entrenador de tiro.

Terminando ya abril, los Lakers cerrarían el curso con el mejor record de la NBA: 67 victorias y 15 derrotas, y el segundo mejor en toda la historia de la franquicia tras el mítico 69-13 de 1972. Con un O’Neal en estado de gracia, coronado MVP y máximo anotador de la liga, y un Bryant en alza, el conjunto angelino afrontaba la postemporada con ilusiones renovadas. Daba comienzo pues la verdadera batalla.

En aquel difícil y tortuoso camino, que planteó retos de máxima altura a los Lakers, Bryant empezaría a forjar con letras de oro su leyenda. Un recorrido por las trincheras de la Conferencia Oeste que despertaría el instinto asesino más enconado del escolta. Y es que aquellos Playoffs significaron un punto de inflexión para Kobe, sobre todo a nivel de crecimiento mental. A pesar de que O’Neal dominaba a placer y seguía siendo la indiscutible piedra angular del equipo, parecía que era el bisoño Bryant, ansioso por demostrar su crecimiento, el que acaparaba galones en los momentos decisivos. Esos instantes finales donde se decide el destino de la refriega. Los Lakers avanzarían rondas al son que marcaba el poderoso efecto clutch de Kobe. Como muestra un botón:

– En una competida primera ronda ante Sacramento, superaría los 30 puntos en tres de los cinco enfrentamientos. Hasta ese punto no lo había conseguido una sola vez.

– En el segundo partido de las semifinales de Conferencia ante Phoenix ejecutaría el primer game winner de su carrera, un lanzamiento lejano ante la dura defensa de Kidd que a la postre se tornaría decisivo.

– En la histórica serie ante Portland, que juntaba a los dos mejores equipos del Oeste, dejaría varios momentos para la posteridad: un tapón a Sabonis para cerrar la victoria fuera de casa en el tercer partido; y un icónico alley-oop a Shaq en el séptimo y decisivo que concluía una remontada de hasta 13 puntos en el último cuarto. Aquella noche, y con un Staples en estado total de trance y ejerciendo más ruido que nunca, Bryant terminaría la velada con 25 puntos, 11 rebotes, 7 asistencias y 4 tapones. Es decir, lideraría a su equipo en prácticamente todas las categorías estadísticas básicas a excepción de los robos.

Pese a su edad, y pese a O’Neal, algunos se atrevían a proclamarle ya como el jugador más decisivo del planeta.

Los Lakers, por su parte, estaban exactamente en el lugar donde querían estar: las Finales de la NBA. Las primeras para la franquicia desde el lejano 1991, en otra era y otro baloncesto. Habían logrado sobreponerse a todos los contratiempos, ya fuera la química entre Kobe y Shaq, la cuestión de Glen Rice, que tenía a su mujer en guerra abierta con el cuerpo técnico por los pocos minutos, que según ella, disponía su marido; los roces iniciales entre Jackson y West (alimentados por un deseo expreso de fichar a Pippen que sería denegado por la gerencia deportiva) y, sobre todo, el altísimo nivel de una Conferencia Oeste que había llevado a los Lakers hasta el límite de sus posibilidades. Por contra, los fichajes de veteranos como Ron Harper, Brian Shaw, AC Green o John Salley dotaban de otro talante al equipo, uno con más carácter y oficio competitivo, frente al espíritu anárquico e improvisado de años anteriores.

En frente esperaban los Indiana Pacers de Larry Bird, que acudían a las primeras Finales de su historia tras una década entera remando para morir siempre en la orilla, o cerca de ella. Curiosamente, era este un equipo que contrastaba con la tendencia general que se había impuesto en la Conferencia Este, es decir, menos inclinados al baloncesto industrial y demostrando un mayor gusto por la eficiencia y el juego ofensivo (acabarían como el mejor ataque de la liga regular según ratio ofensivo). Su esencia, en contraposición a la de los Lakers, radicaba en un impulso del juego perimetral, acumulando buenos tiradores tanto en las posiciones bajas como en las altas. Además, fieles al estilo que había caracterizado a su entrenador, gustaban de compartir el balón y favorecer la circulación del mismo. El habitual quinteto titular se construía sobre un perímetro que combinaba el playmaking y la visión tanto de Mark Jackson como de Jalen Rose (haciendo las veces de point-forward), con un escolta de bajo consumo de balón pero remarcado impulso anotador en Reggie Miller. Por dentro se mezclaba el tiro y la delicadeza técnica de Rick Smits con la pura intimidación física de Dale Davis. Todo ello coronado por un banquillo profundo y de amplios recursos compuesto por Travis Best, Derrick McKey, Al Harrington, Austrin Croshere, Sam Perkins o un ya veterano Chris Mullin. En suma, no eran un equipo de leyenda pero si lo suficientemente buenos como para plantear algún problema.

Kobe Bryant

Foto: Sport Illustrated

La serie por el título suponía el final del camino soñado para Bryant. Con tan solo 21 años se le presentaba una oportunidad que para muchos otros no llegaría nunca. El momento de conseguir un anillo de la NBA, emulando a aquellos viejos héroes que décadas atrás había contemplado anodadado desde su casa en Reggio Calabria (Italia), gracias a los vídeos que enviaba periódicamente su abuelo desde América.

“Nunca olvidaré la primera vez que le vi saltar al parquet durante sus primeras Finales. Podías verle observando el logo del suelo y soñando mientras contemplaba inocentemente las gradas. A veces mostraba esta increíble mentalidad de asesino, de ser capaz de batallar él solo contra cinco hombres que le doblaban en edad, pero en otros momentos te recordaba que, en muchos sentidos, no dejaba de ser un niño.”

Contaría el reputado periodista deportivo, Ric Bucher.

Los Lakers comenzarían muy enchufados las Finales, venciendo contundentemente a Indiana en el primer partido merced a un O’Neal portentoso, que percutía el juego interior del rival una y otra vez. Por su parte, Bryant brillaría menos en ataque pero se encargaría de la intendencia defensiva. Y es que en esos primeros momentos de la serie su entrenador le ordenaría marcar directamente a Mark Jackson, presionándole por toda la cancha y buscando ahogar así la creación de juego de los Pacers. Una labor que ejecutaría a la perfección, y donde se mostraría muy fino aplicando los consejos de su mentor en el all-star game, Gary Payton. Aquel Bryant justificaba con creces su inclusión en el primer quinteto defensivo de la temporada.

En el segundo partido, sin embargo, sonarían las alarmas. Cerca de terminar el primer cuarto, y tras ejecutar un tiro en suspensión, se torcería el tobillo izquierdo en una mala caída que, en principio, parecía fortuita. Al lado suya, y protagonista directo de la acción, se situaba Jalen Rose con cara de circunstancias, como de no haber roto un plato. Un vistazo a la repetición, sin embargo, sugería algo muy distinto: que Rose había forzado la acción colocando el pie en la zona de aterrizaje de Bryant, en un gesto feísimo que violaba todas las reglas y principios no escritos entre jugadores (y que, por cierto, han sido incorporadas y modificadas en el reglamento este mismo otoño). Muchos años después, y preguntado sobre la famosa secuencia en un programa televisivo, Rose confesaría sus pecados:

“¿Me preguntas a mí? Si por mí fuera se habría perdido toda la serie. Yo tendría un anillo y en el fondo a él no le hubiera pasado nada. Creo que lo hice a propósito. No puedo decir que fuera un accidente.”

Tras nueve minutos de encuentro Bryant se vería obligado a abandonar, dejando en la estacada a los suyos y provocando que los Lakers fiaran toda su suerte al poder omnipotente de O’Neal. Un plan que, pese al buen nivel mostrado por los Pacers, daría sus frutos. Los Lakers estaban arriba 2-0 en la serie. Aquel desafortunado incidente, sin embargo, provocaría que Bryant se perdiera el tercer encuentro en Indianapolis. Uno que esta vez no pudo solventar el conjunto angelino, incapaz de frenar a un Reggie Miller en estado de gracia (que recuperaba sensaciones tras ofrecer un nivel muy pobre en los dos primeros partidos), y un eficiente Jalen Rose, verdugo de Bryant y enemigo público numero uno de la baja California.

El cuarto partido, por lo tanto, se antojaba crucial. Para Indiana significaba la oportunidad de ganar un segundo embite en casa e igualar a dos la serie. Para Los Angeles, por contra, simbolizaba poder dar el golpe de gracia definitivo a las Finales. Una tercera victoria, esta vez como visitantes, les colocaría 3-1 arriba y les permitiría recuperar la confianza perdida. Aquella difícil misión exigía, no obstante, la presencia de su pitbull defensivo en el perímetro y guía ofensivo en los últimos cuartos: Kobe ‘Bean’ Bryant.

Treinta horas antes del encuentro, y practicando unos cuantos lanzamientos a canasta en un Conseco Fieldhouse poco acostumbrado al silencio, un mar de reporteros rodearía a Bryant buscando realizarle la pregunta del millón. Esa que se hacía el mundo del baloncesto al completo, y que nuestro protagonista zanjaría de inmediato, empleando un tono humorístico que, en el fondo, irradiaba un hambre incontrolable.

– “Kobe, ¿te perderás el cuarto partido?

– “¿Veis algún francotirador en esta sala? Pues entonces no creo.

Mensaje positivo que confirmaría, un rato más tarde, el propio Phil Jackson para el medio angelino Los Angeles Times.

“Creo que todos estamos de acuerdo en que está listo para volver. Todavía no podemos hacerlo oficial porque aún faltan treinta horas para que empiece el partido, y aún no hemos finalizado todos los entrenamientos pertinentes que nos permitan calibar en qué estado se encuentra, pero nos estamos preparando con la idea de que participará, y además él está ansioso por jugar.”

Así pues, Bryant se vestiría de corto para el cuarto encuentro, en un Conseco Fieldhouse absolutamente abarrotado, plenamente consciente del valor emocional que guardaba aquel momento. Al fin y al cabo, y como reza el famoso dicho: ‘en el resto de estados es solo baloncesto, salvo en Indiana.’

El duelo se mostraría verdaderamente apasionante, el mejor hasta el momento, con ambos equipos ofreciendo un nivel superlativo y protagonizando un bonito intercambio de canastas. En los Pacers volvía a brillar Reggie Miller, imparable armando el brazo para tirar saliendo de bloqueos, e incluso atreviéndose mucho con la creación desde el bote. Y eso que esta vez el que le defendía era Bryant. Por parte de los Lakers volvería a destacar, por enésima vez, Shaquille O’Neal, MVP indiscutible de la serie que despertaría con furor en la segunda mitad. Todo ello a pesar de que, durante aproximadamente los últimos quince minutos del tiempo regular, Jackson caminaría sobre el filo de la navaja dejando a O’Neal en cancha a pesar de sus cinco faltas. Circunstancia apenas aprovechada por Bird, que en un error muy poco habitual en él, condenaría a un enchufado Rick Smits a ver el partido desde el banquillo en el cuarto final. Por si fuera poco, y mostrando también un criterio algo extraño, Travis Best jugaría los minutos finales en perjuicio del siempre resolutivo y creativo Mark Jackson.

Con todo y con eso, y pese a que Shaq volvía a superar los 30 puntos y 20 rebotes casi con el piloto automático puesto, Indiana se las apañaría para forzar la prórroga. Todo indicaba que se estaba escribiendo, delante de nuestros ojos, otro capítulo glorioso para la historia de esta liga.

Tras casi dos minutos y medio de prórroga, y ya con Smits en cancha, O’Neal cometería su sexta falta en la lucha por el rebote, y sería descalificado automáticamente del partido. Los Lakers perdían así a su mejor jugador en el peor momento posible, y se veían abocados a sobrevivir sin el pívot estrella en territorio hostil, y ante la atronadora presencia de 18.000 gargantas que gritaban y aplaudían sin cesar. Jackson, por su parte, pediría tiempo muerto para reordenar filas, y sacaría al excéntrico John Salley, curtido en mil batallas, para ocupar el lugar de Shaquille como teórico ‘5’.

En el centro mismo del banquillo se situaba Kobe, con gesto a medio camino entre concentrado y solemne, como anticipando lo que estaba por venir. Desprendía su mirada una confianza extrema y temeraria, rayando la arrogancia, que dibujada en otro rostro habría sido interpretada como de intolerable indiferencia. Pero aquel chico, criado al calor de un sueño imposible, sencillamente estaba hecho de otra pasta. Su cabeza pedía calma pero el corazón le exclamaba que este era su momento, la oportunidad de pasar a la acción.

Comenzaba el baile.

En la primera posesión sin O’Neal subiría él mismo el esférico, a ritmo tranquilo y pausado, como aislándose por completo del entorno. Horry saldría a poner el bloqueo con vistas a ejecutar un pick&roll frontal sencillo anulado por la defensa. De esta manera la acción pedía un aclarado para Bryant frente al atento marcaje de Miller. Un caracoleo, hesitation move para ‘congelar’ al defensor, y ejecutaría un brillante tiro en suspensión que por poco no valdría tres puntos. Tras la canasta capturaban las cámaras el gesto confiado del escolta: mueca condescendiente y palmas de las manos hacia abajo, reclamando tranquilidad a sus compañeros.

Acto seguido, y en la siguiente posesión ofensiva de Lakers, Kobe pondría en marcha el mismo mecanismo. Nuevo pick&roll con Horry evitado por Pacers, situación de aclarado frontal para Bryant (esta vez ante la defensa de Mark Jackson), y ejecución maravillosa desde la media distancia. Su mente ya no compartía el mismo lugar que su cuerpo, en vez de ello, se trasladaba a aquellas viejas refriegas con Joe en el jardín de casa. El escenario original donde había pulido un instinto asesino que, en muchos sentidos, le venía de nacimiento.

En la narración de Canal Plus un eufórico Andrés Montes repetía su habitual y genial latiguillo:

“¡JUGÓN, JUGÓN, JUGÓN! Sensacional Kobe Bryant.”

A su lado, replicaba Daimiel:

“Bryant contra todos. Se juega todos los ataques con pocos segundos de posesión además para los Lakers.”

La repetición de la jugada motivaba una sentencia final de Montes, que en un alarde de sencillez y brillantez, definía con acierto la esencia del dorsal ‘8’:

“Ahí está la canasta de Kobe Bryant, un hombre al que se la trae completamente sin cuidado la presión.”

Indiana, por su parte, respondería por medio de Miller y Smits. Con apenas veintiocho segundos por jugarse, y los Lakers liderando el marcador uno arriba, Brian Shaw probaría suerte realizando una penetración a canasta fallida, y con el balón chocando y saliendo despedido contra el lado derecho del aro. Frente a todas las miradas congeladas e impertérritas, solo una se atrevería a correr contra el tiempo, anticipándose al futuro y apareciendo de la nada para capturar el rebote ofensivo, besar el balón contra el tablero, y conseguir los dos puntos. Era el de siempre. Era Kobe Bryant.

A la postre, y con una ventaja de tres puntos en el marcador, nada podrían hacer los Pacers para forzar una segunda prórroga. Los Lakers eran dueños de una tercera y decisiva victoria. Y aunque finalmente la serie regalaría dos partidos más, en el fondo siempre quedaría la sensación de que aquella mágica tarde en el Conseco Fieldhouse, testigo de un joven genio en pleno torrente creativo, fue la que marcó el destino de las Finales. Y todo ello arrastrando un tobillo aún convaleciente.

Como relataría el periodista especializado en NBA, Scott Howard-Cooper:

“Aquello representó todo lo que era Bryant: la dureza física, la determinación emocional, el disfrutar la presión, el anticipo de su futuro papel como líder de los Lakers, y por supuesto, su calidad.”

Así pues, y a pesar de que el MVP de la serie iría a parar, muy merecidamente, para un apoteósico Shaquille O’Neal, que promediaría la friolera de 38 puntos, 16.7 rebotes y más de 2 tapones por encuentro; aquel primer título no hubiera sido posible sin la heróica machada de su imberbe escudero, de tan solo 21 años, momento en el que se alcanza la mayoría de edad en muchos estados de Norteamérica. Él, sin embargo, parecía haber caminado ya tres vidas. Y con un primer título de la NBA bajo el brazo.

En los albores del siglo XXI, al calor del nuevo milenio, había nacido un asesino.

Y lo mejor todavía estaba por llegar.

*Agradecimiento especial a Roland Lazenby por su libro “Showboat: The Life of Kobe Bryant” (2016).*