Redada. Dos policías llaman a la puerta de los Barnes. Buscan a Henry, un reconocido traficante de drogas que controla la venta de estupefacientes en todo el Condado de Santa Clara. Él lo sabe, pero no está dispuesto a ir a la cárcel. Sin otra salida, en una maniobra desesperada neutraliza a los agentes. Se ve acorralado. A toda prisa, mete a su mujer y a sus hijos en el coche para darse a la fuga. Huye porque entiende que no puede volver. La policía no perdona. Doscientos kilómetros después aparece en un pequeño dúplex alquilado en el barrio de Citrus Heights en Sacramento, dispuesto a comenzar una nueva vida.

En ese coche iba Matthew Kelly Barnes (Santa Clara, 1980), hermano mayor de Jason y Danielle y futura estrella de la NBA. Un jugador sin mucho talento que tuvo que convertirse en un matón para mantenerse en la élite. Empezó con el fútbol americano en el instituto y acabó fichando por el equipo de baloncesto de la universidad de UCLA. Memphis Grizzlies apostó por él en el Draft de 2002 y le reservó el puesto nº46 en la 2º ronda. Las dos primeras temporadas no convenció. Tuvo que esperar la oportunidad en la liga de desarrollo, la actual G-League.

Aprendió a defenderse desde pequeño por culpa de su padre. Henry Barnes era un tipo violento, un ex marine que se metió a carnicero y que subsistía enganchado a la droga. Crió a sus hijos en un ambiente macabro. Pegaba a diario a su mujer, Ann Barnes, que padecía indefensa sus abusos. Maltrataba también a sus niños, sobre toda a la pequeña Danielle. Matthew tenía que suplicarle a menudo que dejara a ambas en paz. A él lo llevaba a los mercados, a buscar pelea. Si lloraba le dejaba tirado en la calle, con los matones del barrio, para que escarmentara a base de palos. Algo cruel e insano que le hizo madurar pronto. Le enseñaron que en esta vida o pisas o te pisan.

Se metían con él en el colegio porque no era ni negro ni blanco. Confesó hace unos meses a la revista americana Bleacher Report que hasta los profesores le preguntaban sobre su origen étnico. Un ambiente xenófobo y racista demasiado habitual en la California de los 90’. Hay quien piensa todavía que es el mexicano más alto de la NBA. Barnes iba a clase con ropa que no era de su talla y sufría las burlas de sus compañeros. Su madre, una profesora de infantil de origen italiano, no podía permitirse comprar más de lo estrictamente necesario. En el parque de su barrio presenció batallas a punta de pistola. Caminaba al borde de la marginalidad.

Realmente es un jugador de otra época. Habría encajado en los Bad Boys de Chuck Daly. Se siente cómodo en los partidos más broncos, como aquellos Pistons que ganaron el anillo a base de juego sucio y grandes dosis de pillería. En definitiva, un tipo duro. Cuando le provocaban, respondía. Se liaba a puñetazos con cualquiera que lo llamara nigger. Tampoco permitía que le faltasen al respeto. En el que era ya su último año de instituto, le propinó una paliza a un compañero de su hermana por haberle escupido en el pelo. Así era -y es- Matt Barnes.

No le resultó fácil conseguir un puesto en la liga. Clippers le dio sus primeros minutos pero no fraguó. Tampoco triunfó en Kings, Knicks y 76ers. Su aportación entonces era testimonial. Las pocas oportunidades que disfrutaba no le permitían progresar. Sería en los Warriors donde el mejor Barnes explotara. Acompañado de Monta Ellis y Stephen Jackson, demostró que podía ser útil. Llegó a batir el récord de la franquicia de triples anotados, siete, en un solo partido. Con tiempo y confianza se consagró como una pieza fundamental desde el banquillo y consolidó su buen porcentaje desde la larga distancia. Aprovechó la oportunidad.

Pronto se ganó muchos enemigos. Entre ellos el ex entrenador de los Boston Celtics Doc Rivers o el propio Serge Ibaka, que lo tachó de payaso. Más allá del parqué también tuvo problemas con la madre de James Harden, Monja Willis. Matt tenía el objetivo de desquiciar a la estrella rival y llevaba su misión al límite, incluso provocaba a sus familiares con el más crudo y barriobajero trash-talking. Al final del 2º partido de las semifinales de Conferencia Oeste contra los Houston Rockets, se dirigió a la grada y le gritó a la madre de Harden: “Chupa mi p****, perra”.

Una de esas refriegas acabaría marcando su vida. Ya fuera de la cancha, una mujer le enfrentaría a su excompañero en Los Ángeles Lakers Derek Fisher. Más concretamente se pelearon por su esposa, Gloria Govan. Una historia de amor que a punto estuvo de acabar en tragedia.

Conoció a Gloria por casualidad en octavo curso cuando su mejor amigo salía con la mayor de los Govan, Laura. Precisamente retomaron el contacto algunos años después gracias a la nueva relación de Laura con Gilbert Arenas, compañero en aquel momento de Barnes en los Warriors. No le resultó fácil conquistar a Gloria. El baloncesto no la impresionaba. Tampoco se dejaba engatusar por su fama. Tras algunos meses de caza y espera, consiguió la cita que esperaba y Gloria acabó claudicando.

Matt Barnes Clippers

Foto: The Root

En pleno éxtasis profesional y personal, tan solo 26 días después de aquella cena, recibe una terrible noticia. Un cáncer de pulmón acaba con la vida de su madre Ann y deja en él un vacío insustituible. Emocionalmente superado por las circunstancias, su rendimiento en la pista cae estrepitosamente. Mientras, con Gloria su popularidad no para de crecer y empiezan a acostumbrar fiestas con famosos y noches de borrachera y desenfreno. Se dejan llevar y tocan fondo.

Su relación peligraba. Las juergas y la conciencia dejaban huella en la pareja. Pese a todo, Gloria acabó embarazada de gemelos y todo cambió. Era verano de 2012 y decidieron casarse. Fletaron aviones para los invitados y montaron una juerga antológica al año siguiente, una de las bodas más famosas de la última década en la NBA. Pero no funcionó. A los tres años Matt se quedó sin su compañera y lejos de sus hijos Carter e Isaiah.

Y Fisher, ¿qué tiene que ver en esto? Siguiendo su instinto de picaflor, Derek aprovechó la ocasión y comenzó a salir con Gloria. La crisis de la pareja se convertía así en ruptura. Solo el guardaespaldas de la familia evitó una catástrofe el día que Barnes lo descubrió abrazado a su exmujer en el jardín de la que era su casa. Horas antes hablaba Matthew con sus hijos por teléfono y, de forma inesperada, escuchó la voz familiar de su ex compañero. Como hiciera su padre Henry aquella tarde en Santa Clara, incendiado por la ira, cogió su coche y se plantó allí sin avisar. El altercado acabó sin heridos, con una multa de 100.000 dólares para él y con la promesa de dejar a la nueva pareja en paz.

Se centró entonces en reflotar su carrera y mantener una relación cordial con Gloria. Por el bien de sus hijos y por el suyo propio, siguió su camino. Tratando de remontar el vuelo le llega la oportunidad. Una lesión de Kevin Durant frustra el traspaso de José Manuel Calderón a los Golden State Warriors y abre las puertas a Barnes para volver a la Bahía de San Francisco. Él es el elegido para sustituir al maltrecho Durant. Horas antes de su fichaje publica una imagen en Instagram que titula: “Junto al nacimiento de mi hijo, es el día más feliz de mi vida. Vuelvo a donde todo comenzó”. Meses más tarde ganaría el anillo.

Aquel niño que adoraba la lasaña de su madre y que cubría las paredes de su cuarto con pósters de Magic Johnson levantaba el trofeo de campeón de la NBA. Los Warriors se tomaban la revancha y derrotaban en una final histórica a los Cavs de Lebron James por 3-1. Él no tuvo mucho protagonismo en un equipo plagado de estrellas, pero se convirtió una vez más en el guardaespaldas de Curry, Thompson, Green y compañía.

Ahora da los últimos coletazos de su carrera sin huidas y sin excesos. Comenzará la temporada sin contrato, buscando un equipo en el que encajar. Solo le queda esperar una nueva oportunidad que, tarde o temprano, llegará. Sabe lo que puede ofrecer. A sus años mantiene intacta la esencia que le convirtió en lo que es. Un stopper, un guerrero. Porque un hombre sin raíces no es nada, y el pequeño Matthew las tiene.

Si te ha gustado, suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada del mejor baloncesto para leer. Kwame Brown no lo hizo y mira en que quedó su carrera.