Ralph Sampson fue, como se suele decir en estos casos, un adelantado a su tiempo. Hoy en día no es improbable ver a tipos de más de 2’10 metros haciendo virguerías con un balón de baloncesto. El físico ha evolucionado hasta límites insospechables desde hace apenas unas décadas. Por eso, ver en los años 80 a un 2’24 botando como un base o tirando como un alero era poco menos que un milagro.

En la época romántica del baloncesto por antonomasia, ver aparecer a un gigante que superaba los 220 centímetros era algo a lo que prestar atención. Si además ese gigante estaba bendecido por una especie de gracia para este deporte, aunando cualidades excepcionales y talento, el hecho se convertía en un fenómeno irrechazable. Ralph Sampson se convirtió en un reclamo para los ojeadores de todas las franquicias durante su época universitaria, y pronto pasó a ser el jugador más deseado de América. Fue elegido sin lugar a dudas en primer lugar en el Draft de 1983. Era una época rompedora en la que la NBA se expandía más allá de sus fronteras. Primaba el espectáculo y empezaron a aparecer los grandes pívots dominantes. Uno de ellos fue Ralph Sampson. Era el más alto y quizá el más capacitado de todos, pero Ralph soñaba con jugar de escolta.

Fueron los Rockets quienes se llevaron el gato al agua y reclutaron para un equipo hasta entonces perdedor al pívot que quería jugar de escolta. En sus primeros pasos en la NBA dio muestras de su potencial infinito y fue elegido Rookie del año. Su altura y sus habilidades que desafiaban toda lógica conocida, más una madurez impropia para su edad, le otorgaron el cartel de superestrella de la liga. Tenía aires de elegido y de leyenda perdurable en la historia del baloncesto. Sin embargo, la eternidad rechazó a Ralph Sampson.

La siguiente temporada, los Houston Rockets volverían a ganar la lotería del draft. Eligieron a Akeem Olajuwon en el primer puesto. Nacería en aquel momento la leyenda de las ‘Torres Gemeasl’. Sampson y Olajuwon, Olajuwon y Sampson, complementarios en la pintura, solidarios en defensa el uno con el otro. Aunque muchos auguraron un fiasco, ambos formaron una pareja letal.  Llevaron a los Rockets a competir contra los mejores. Eliminaron a los Lakers de Magic, vigentes campeones, en semifinales, gracias a una canasta antológica de nuestro protagonista y solo cedieron en la final ante los Celtics de Bird y compañía. Las Torres de Houston estaban destinadas a dominar la liga.

Pero, a pesar de tres años sobresalientes, Sampson siempre estuvo cuestionado por querer ser algo que no le correspondía. Sus 2.24 argumentaban la puesta en escena de un pívot imperial. Pero él quería ser diferente. Quizá por eso el destino se vengó en forma de problemas en las rodillas. Comenzaba así la pesadilla y la decadencia de un sueño. Ralph Sampson nunca volvería a ser Ralph Sampson. Fue traspasado a los Warriors donde los peores presagios se confirmaron. Lo intentó posteriormente en Sacramento y en Washington antes de darse una última oportunidad de reconciliarse con el baloncesto en Europa. Sus largos pasos le llevaron a la Costa del Sol.

En 1992 aterriza en Málaga Ralph Sampson. Una estrella de la NBA en la liga ACB. El jugador más alto y hasta la llegada 26 años después de Bargnani a Vitoria, el único número uno del Draft en participar en la liga española. A situaciones desesperadas, medidas desesperadas. O eso debieron pensar en el seno del Unicaja por aquel entonces. El equipo iba rematadamente mal y optó por dar un golpe de efecto, en principio mediático. En lo deportivo, bueno, en lo deportivo, el pensamiento o tal vez la ilusión era que un jugador de la talla de Ralph Sampson, rutilante exestrella de la NBA, podría dominar en España hasta cojo. Evidentemente la realidad fue diferente.

Sampson fue recibido en el aeropuerto como la estrella que fue aunque, eso sí, hubo algunos problemas de logística inherentes a la España de entonces. Fue difícil encontrar un coche lo suficientemente grande para transportar al pívot americano. La solución fue agenciar el Mercedes más grande que encontraron sin importar si éste había pasado o no la ITV. Al llegar al hotel, los empleados también tuvieron un quebradero de cabeza debido al tamaño del nuevo huésped. Su descanso se garantizó gracias a la rápida construcción de una cama a su medida. Pero los problemas para el bueno de Ralph continuaron en su nuevo apartamento ofrecido por el club. Allí declaró haber pasado mucho frío porque los radiadores hacían saltar los circuitos eléctricos de la casa. A pesar de los inconvenientes, los que le conocieron afirman que era un buen tipo. Sencillo y amigable lejos de todo el glamour que le precedía.

Las pruebas médicas desaconsejaron desde el principio el fichaje de Ralph Sampson, pero las circunstancias y toda la expectación generada fueron más convincentes. Era un exjugador prácticamente sin rodillas.

Y llegó el día D. El pabellón de Ciudad Jardín a rebosar para un acontecimiento histórico: el debut de Sampson. Ya en el calentamiento las sensaciones no eran las mejores y el público empezó a desconfiar aunque el subconsciente le dictara que simplemente estaba reservándose para el partido. No hubo mates ni movimientos que recordaran al gran jugador que fuera cuatro veces All-Star (MVP en 1985) de la NBA. El partido comenzó con todos los ojos puestos sobre un jugador. Y grabado en la memoria de los presentes quedará ese primer tiro de Ralph Sampson a 4 metros del aro y que impactó contra el canto del tablero. Incredulidad y murmullos de asombro. La burbuja explotó demasiado pronto. Aquella jugada sería el reflejo de la estancia de Sampson en Málaga. Un jugador sin rodillas, al que llegaron a sacarle hasta nueve jeringuillas de líquido. Rafa Vecina, quien fue compañero suyo y que también tuviera problemas en las rodillas, dijo: “cuando yo veía a Antonio Jurado, nuestro preparador físico, sacarle continuamente jeringas de líquido de la rodilla llegué a pensar que lo mío no era nada”. Pese a su voluntad y a su buen hacer, el baloncesto ya no trataba bien a Ralph. Disputaría ocho partidos de impotencia y pena. “Estaba atormentado, no sabía cómo era posible que sus rivales le superasen. Se encontraba continuamente muy serio, estaba taciturno”, declaraba Martín Urbano. Ante tal situación se decidió cortar definitivamente al jugador: “De lo contrario, no nos salvábamos del descenso”, afirmaba el que fue su técnico.

El mismo Sampson declaró años después de su paso por la liga española que “es algo que realmente acabó con mi carrera, lo sabe todo el mundo y no tiene mucho sentido darle más vueltas ya. Si todo hubiera ido normal, hubiese seguido en la NBA muchos años. Pensé que podía recuperarme en España jugando solamente un partido por semana, fortaleciéndome poco a poco. Pero es evidente que no fue así”. A pesar de ello también afirmó haber vivido una gran experiencia “una vez que me aclimaté a la cultura”, destacando sobre todo “las playas y la comida”.

Sin lesiones de por medio hubiéramos podido verle ganar algún anillo y disputar varios All-Stars más. Sin embargo, a los 32 años Ralph Sampson era físicamente un anciano que ya no podía saltar ni casi correr y que ocultaba mediante vendas sus aparatosas rodillas deformadas por las operaciones. Se retiró en 1995 como jugador-entrenador en una última aventura en la liga china. Posteriormente siguió ligado al mundo del baloncesto como asistente y entrenador de jóvenes. En 2012 tuvo el honor de entrar en el Salón de la Fama. Un reconocimiento a un jugador que pudo marcar una época y que el baloncesto de los 80 siempre guardará en su memoria.

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