Hasta ese día, había oído el nombre de Carlos Montes muchas veces. Escuchado en las tertulias de dementes en los bares alrededor del Palacio, o en los pasillos del Magata. Cuando uno de ellos se disponía a contar una de sus “batallitas”, Carlos Montes siempre estaba presente. Pinone o Russell se llevaban todos los piropos, pero el Saltamontes no fallaba: “Pues no te imaginas el cariño que también le tienen en Sevilla”.

Por edad, por ritmo de vida actual, apenas me había parado a conocer en profundidad aquellos años del Estudiantes. Y eso que hablaban maravillas, de épocas gloriosas, de la edad de oro ramireña. “Ahora nada es como antes”. Me frustraba, me decepcionaba no haber sido coetáneo de todos ellos.

Entendí la magnitud del nombre de Carlos Montes ese día, el de su fallecimiento. El trágico accidente de tráfico que le quitó la vida alteró el ecosistema del Estudiantes, sumido entonces en un profundo -y enésimo- cambio. Las dificultades deportivas y económicas alcanzaban su clímax. Se llegó a hablar de desaparición del club, y Montes lo hizo antes. Homenajes, recuerdos y mucha tristeza. Incluso los más jóvenes sentíamos que habíamos perdido a alguien muy importante de la familia colegial. Y que todo lo demás pasaba a un segundo plano.

“No soy muy de mirar hacia atrás. Siempre hay que hacerlo hacia adelante”, expresaba sobre el estado del Club semanas antes de ese 6 de junio de 2014. Sonreía, para variar. El trabajo y el esfuerzo por encima de todo. Lograr un sentimiento de permanencia, una conexión que fuese más allá de lo deportivo. Donde estuviere, daba igual: ésa era su máxima. “La gente necesita sentir eso cuando ve a un jugador, percibir que se parte el alma aunque no sea de la misma ciudad”.

El romance Estudiantes-Carlos Montes comenzó en el verano de 1984. El club colegial, siempre atento a los potenciales profesionales del baloncesto madrileño, le fichó del júnior del Alcorcón. Carlos ya había destacado en categorías inferiores, donde era internacional y había sido nombrado MVP del torneo júnior de L’Hospitalet en 1982. Pronto congenió, y de qué manera, con la filosofía del club. Parecían predestinados a encontrarse.

Lo hicieron inaugurando el primer formato ACB. Montes debutaba con 19 años en el Estudiantes de Paco Garrido, que aún vivía sus partidos como local en Magariños. El alero pasó de amateur a profesional casi sin proponérselo, aunque admitió que el baloncesto le daba “para comprarte un cochecito y para salir con tus amigos algún fin de semana”

El Saltamontes odiaba la estadística individual y clamaba por el grupo, al que servía su despliegue físico. Jugaba para sus compañeros. Con Nacho Azofra llegó a coincidir. Para él, un ejemplo a seguir: “siempre nos echó una mano a los jóvenes porque se sentía uno de los nuestros. Estaba Pinone, los americanos, Vicente Gil, gente más veterana y él era por edad un referente para nosotros. Admirábamos su fuerza, sus ‘patas’ imponentes, sus finalizaciones de aro a aro y sus tapones en carrera”.

Montes aglutinaba talento y un físico poco común para la época. Un alero alto por entonces (1,94m) y con una capacidad de salto extraordinaria. De ahí su mote. Las metía para abajo como los norteamericanos, como demostró en el concurso de mates de Don Benito de 1985. Quedó tercero tras David Russell y Wayne Robinson.

En el Estudiantes pronto se hizo un hueco en el quinteto titular. Hasta que llegó Herreros (88/89). Para Azofra, la llegada de Alberto al equipo colegial no cambió la filosofía de Montes: “él asumió con mucha profesionalidad que un chaval de 19 o 20 años le restara tiempo en la pista. Sabía que Herreros tenía un talento especial y le ayudó en todo lo que pudo, pero también le luchó los minutos desde el compañerismo”.

Dos años después, el Saltamontes cambiaría Madrid por Sevilla en busca de nuevos retos.  Para ello, añadió a su poderío físico una inteligencia aventajada, un dominio de los entresijos de este deporte, allá donde otros no profundizan, y muchos ni siquiera llegan. Capacidades cerebrales que le hacían intuir dónde iba a ir el pase, para desesperación del atacante. 900 recuperaciones avalan su disciplina (el séptimo mejor de la historia del basket nacional. En el Caja San Fernando lideró ese apartado en su primera temporada en 1992 (3,12 por partido). Sevilla fue su hogar desde hasta 1996. Fue el complemento perfecto de jugadores como Brian Jackson, Benito Doblado o Raúl Pérez, con los que consiguió el subcampeonato ACB en 1996.

Carlos Montes ACB 5

Foto: ACB

Pasada la treintena, Carlos Montes jugó en el Covirán Granada (1996-1998), el Cáceres CB (1998-2001) y el Fórum Valladolid (2001-2002). En esos años al trabajo sumó más trabajo. Hasta el último día. Carlos Montes entrenaba su cuerpo en verano. No era habitual por aquel entonces. Así lo expresaba él: el cuerpo de uno es su herramienta de trabajo y tiene que cuidarla. Entrenaba en verano, algo que por entonces no se hacía mucho, para llegar por debajo de mi peso en las pretemporadas y que me costase menos. Todo era adaptarse y me especialicé en defender porque casi siempre había grandes jugadores ofensivos en los equipos por los que pasé”.

Dicha evolución en su juego posibilitó la confianza absoluta de entrenadores como Alberto Pesquera, Luis Casimiro o Alfred Julbe. Montes era el jugador que querían siempre en pista. Obediente, efectivo, válido en los dos aros. El escudero perfecto, el fiel intangible. La solidaridad más beneficiosa para el equipo. Pases para la estrella, los focos para otros. Él se podía pasar muchos minutos sin mirar el aro contrario. Y brillar como el que más.

Su constancia le permitió disputar 18 temporadas en ACB. 605 partidos, el undécimo de la lista de históricos. Más de 14.000 minutos como profesional de primer nivel. Solo se le resistió una cosa: la selección de Antonio Díaz Miguel.

Convocado en categorías inferiores (fue bronce en 1987), el Saltamontes nunca fue con la absoluta, siendo el único de los 20 jugadores con más partidos en ACB. ¿Por qué? Él lo explicaba con serenidad:la selección era, en mi mejor momento, un coto cerrado. Y realmente nunca estuve en uno de los ‘grandes’, que es lo que te permite llamar más la atención”.

“Tenía algo de entrenador. Hablaba mucho con los compañeros, en el vestuario y en la pista y tenía peso por su visión de los partidos y los rivales. Una visión global que ya anunciaba su gusto por la formación”. Azofra estaba en lo cierto: Montes fue director deportivo de Estudiantes durante dos temporadas y entrenaba al equipo Nacional del colegio Joyfe antes del fatal desenlace.

Carlos Montes fue un adelantado a su época. Un jugador que iba un siglo por delante del resto tanto en físico como en conocimiento del juego. Ésta sería la suya: no desmerecería en el baloncesto actual. ‘Bienhallado’, nos diría sonriendo. Como siempre.

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