Llevamos menos de un tercio de temporada regular consumida pero ya hay una pregunta que sobrevuela en cada camerino de la gran representación teatral que es la NBA: ¿Qué demonios está pasando en los Clippers?

Recapitulemos. Comenzaron la temporada a todo trapo, guiados por un Blake Griffin fulgurante, que ejercía un dominio del juego al máximo nivel, quizá el mayor visto en toda su carrera. Las piezas parecían encajar y por si fuera poco, la exótica figura de Milos Teodosic atraía un ejército de miradas al conjunto de Doc Rivers, que volvía a estar de moda. De repente, la ausencia de Chris Paul no parecía tan trágica, y una manta de optimismo cubría con celo cualquier atisbo de duda. Quién sabe, quizá después de todo, este sí que podría ser el año del ansiado salto.

Sin embargo, de repente la brújula comenzó a variar su rumbo. No lo hizo de una forma brusca, si no de un modo silencioso, casi sibilino. Una manera de entrar en un agujero mucho peor que con el estruendo acostumbrado, ya que solo te das cuenta de la oscuridad en el momento en el que no queda un resquicio de luz.

Se lesionó Danilo Gallinari, que con 29 años camina a marchas forzadas al retiro como jugador profesional. También cayó Patrick Beverly, una pieza crucial en el engranaje de un Doc Rivers al que cada día le aprieta más la corbata. La ausencia del base, primero temporal y luego definitiva, es tan mala por sí sola como a nivel coral, ya que deja desnudas las graves carencias defensivas de un equipo que concede casi 107 puntos por noche. Y subiendo.

Por si fuera poco, Teodosic se lesionó del pie hace un mes y el flow que traía consigo se marchó para siempre rumbo a otras latitudes. Por cierto, y con el celo de que  solo han sido dos partidos oficiales disputados, pero la figura del serbio se insinuaba excesivamente frágil para el universo NBA.

Con la enfermería colmándose a diario en el tramo final de octubre, el equipo se descompensó de tal forma que comenzó a entrar en una dinámica destructiva casi de inmediato. El modo de atacar del equipo es sencillamente desastroso, y eso se refleja en clasicaciones claves como la de asistencias, donde los angelinos ocupan la penúltima posición de toda la NBA. Griffin ha comenzado a bajar sus porcentajes dramáticamente, y el resto del reparto tampoco carbura, salvo la honrosa excepción de Lou Williams, que sí está haciendo un buen papel desde el banquillo. Ese banquillo.

Doc Rivers es sin duda la figura que más controvertida del curso en Los Ángeles Clippers. Por supuesto, no hay noche en la que no se le recuerde la posición de privilegio a la que ha entregado a su hijo dentro de la plantilla. Pero hay mucho más allá de una polémica tratada hasta al hartazgo, y es la relación que guarda con sus jugadores esta temporada.

Hemos visto a Rivers gritándoles, intentando ser comprensivo, con buenas y con malas palabras, durante los partidos o sentado frente al micro. Pero da la sensación de que nadie o casi nadie se cree el viejo discurso del compromiso. De la familia. Del tiempo para crear una nueva química sin Paul. Nadie entiende la posición de marginalidad de Sam Dekker en el equipo. Ni las desconexiones que de repente sufre el equipo durante los partidos, sin capacidad de reaccion desde el baquillo, en una racha de nueve derrotas consecutivas hasta por fin vencer a los desnortados Hawks.

La prensa, los jugadores, y todo hace indicar que Ballmer también. Todo el entorno emite la misma señal. El final de un capítulo se acerca inexorablemente, y se va a producir mas pronto que tarde. Quizá veamos antes la salida de un devaluado DeAndre Jordan, pero esa trama tan solo sería un anticipo del auténtico blockbuster del año en Hollywood. Doc Rivers tiene los días contados.

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