Corría diciembre de 1999. Un hombre vive como puede en un hotel de Moline, ciudad de Illinois. En esa habitación duerme una familia entera: un matrimonio y sus cuatro hijos. Los 800 dólares a la semana que gana el padre apenas daban para comida y ese alquiler. La situación era difícil, el hombre no quería dejar su sueño, así que siguió trabajando duro, en su casa.

Tuvo paciencia. Conocía el éxito. También el fracaso.  Se apoyó en el Islam y se centró en sacar adelante a su familia. Sabría que llegaría una nueva oportunidad. Y eso es lo que pasó. España le esperaba. Estados Unidos se quedaría lejos en su baloncesto. Es Lou Roe, uno de los americanos que más huella han dejado en la liga ACB.

Brillando en sus primeros pasos

Un día cualquiera, un adolescente Lou Roe de catorce años jugaba al baloncesto en la calle. Le gustaba ese deporte, pero era el fútbol americano lo que le apasionaba. El entrenador del equipo del instituto apareció mientras el joven echaba unas canastas. Le gustó su juego, su altura, y le propuso participar en un partido. ¿El resultado? 15 rebotes que marcaron el inicio de una carrera profesional en el deporte de la canasta. Allí, en Atlantic City, el instituto de su ciudad natal, el norteamericano destacó desde su primer año.

Pero llegó el momento de mayor presión, el de elegir universidad. Lou Roe escogió Massachusetts. Muchos no entendieron su decisión. Era una universidad sin tradición baloncestística. Sin embargo, todo tenía una razón. El joven quiso un sitio en el que poder empezar a escribir su propia historia, un sitio no muy pequeño, pero como él mismo declaró: “en el que hubiese hambre de ganar”.

Acertó. Se había enamorado de esa universidad al visitarla, y ese amor fue correspondido. No todo fue un camino de rosas. John Calipari, el primer entrenador que le marcó, le puso las cosas complicadas al principio. Esos pequeños retos le hicieron convertirse en mejor estudiante. También en mejor jugador y persona.

Lou Roe llegó a Massachusetts y cambió la historia de UMass para siempre. Era un equipo que nunca había ganado un partido en la competición, donde el baloncesto no tenía tradición ni tampoco se esperaba que la tuviese. Hasta que llegó Roe, convencido del método de entrenamiento de Calipari. Se marchó de aquella universidad tres años después habiendo rozado el título en varias ocasiones y dejando una huella importante. Prueba de ello es que forma parte del ‘Hall of Fame’ de la institución y su número se encuentra allí retirado.

Llegó la oscuridad

El futuro de Lou Roe prometía. Corría el verano de 1995 y, un año antes, el joven jugador había sido invitado por el mismo Michael Jordan para entrenar junto a él en un equipo con el que preparó el rodaje de la película Space Jam. En aquel momento, enfrentó su elección en el Draft.

Pero la suerte no le acompañó. Fue escogido en la segunda ronda, en el primer puesto, un adelanto de que en la NBA no había hueco para él. Lo descubrió con su debut en los Detroit Pistons, lo confirmó con los Golden State Warriors en la siguiente temporada y se convenció de ello tres años después en Minnesota, donde disfrutó de contrato apenas unos meses, sin llegar siquiera a jugar tras haber cuajado un buen año en Italia.

Foto: Sports Illustrated

Esa primera frustración en Estados Unidos le llevó a probar suerte en España allá por 1997, para enrolarse en las filas del Unicaja de Málaga. En el conjunto andaluz empezó con problemas de adaptación, y cuando ya sus actuaciones comenzaban a hacer gala de su calidad, el norteamericano fue ‘cortado’ por dar positivo por cannabis. Un error que, según el propio jugador, le “llevó mucho tiempo recuperar el respeto, y creo que este es uno de los motivos por los que no he jugado para un grande”.

Su primera experiencia en España, con sabor agridulce, acabó aquí. Roe volvería a su país con esperanzas de encontrar su sitio, pero nada más lejos de la realidad. Fue en Estados Unidos donde viviría los peores momentos de su vida. Obligado a recoger las migajas en la CBA, se encontró arruinado. Fue un periodo complicado, un episodio oscuro cuando antes había tenido su vida llena de luz.

La luz al final del túnel

España volvió a aparecer en el camino de Lou Roe, a quien el baloncesto le daba una nueva oportunidad. Fue en Inca donde recaló el jugador en busca de volverse a sentir profesional. Ayudó al equipo en la fase final de la LEB Oro, con promedios de 21’3 puntos y 5’3 rebotes por partido, apareciendo su mejor versión.

Y gracias a esto, llegó Moncho López a la carrera de Roe. De nuevo, un entrenador era el que le hacía escoger la correcta dirección. López apostó por el norteamericano para el Gijón Baloncesto, y la estrella volvió a brillar. Su primera temporada en el equipo le llevó a proclamarse MVP de la ACB, con promedios de 22 puntos, 8 rebotes y 26 de valoración, liderando al conjunto asturiano hacia la permanencia en la máxima competición del baloncesto español. Y aunque en la segunda campaña los números bajaron, las lesiones aparecieron y Gijón descendió, su estancia en el club marcó el comienzo de su triunfo en ACB.

Tras un verano difícil, en el que la sombra de estar sin equipo volvía a aparecer, Roe recaló en Alicante. La lesión de John Williams le abrió las puertas con la temporada ya arrancada. El baloncestista supo aprovechar su puesto, y lo que iba a ser una estancia temporal se convirtió en dos años que permanecen aún en la retina de la afición lucentina. El ala-pívot fue uno de los líderes junto a Velimir Perasovic, y con el equipo llegó al Playoff de la liga en su primera campaña, con actuaciones tan brillantes como los 35 puntos y los 48 de valoración ante el Real Madrid en su segundo año.

Roe dejó atrás esta etapa para aterrizar en Sevilla, donde coincidió con su antiguo compañero, Perasovic, quien debutó sin rutilante éxito en los banquillos con el conjunto hispalense. El jugador promedió buenos números y actuaciones espectaculares, tanto en defensa como en ataque, siendo líder del entonces Caja San Fernando. Promedió 20’3 puntos, 8’1 rebotes y 23’5 de valoración, una clara muestra de lo que el estadounidense fue capaz de hacer en la capital andaluza.

Foto: ACB Photo

En estos tres equipos ‒Gijón, Alicante y Sevilla‒ Lou Roe dio rienda suelta a su calidad individual y, también, mostró que era capaz de liderar a un grupo y llevarlo por la senda de la victoria. Pero tampoco todo fueron luces en esta época. Pequeñas sombras se encargaron de aparecer. Roe tuvo que luchar con problemas de deshidratación, ligadas en algunas ocasiones a la práctica del Ramadán, y de lesiones, las cuales, no obstante, no le detuvieron. Al contrario, siendo otro de los aspectos que han destacado en su trayectoria, la capacidad para soportar el dolor y jugar infiltrado. Además, en la etapa de Manel Comas en Sevilla, incluso se vio obligado a quitarse el ego de estrella y solucionar problemas con algunos compañeros.

El destello se apaga

Dos años en Sevilla y Lou Roe decidió cambiar de aires. Se marchó a Corea, y aunque la inestabilidad seguiría siendo la tónica habitual de su carrera, parecía que ese era el paso previo a su retirada. Pero España le tiraba. No se le caerían los anillos para volver a la LEB en el Palma Aqua Mágica, y ante la evidencia de que su nivel estaba una categoría por encima, el TAU le reclamó como refuerzo para el Playoff de 2007. Aquella llamada de un grande que tanto se resistía. No lo hizo mal, pero su fichaje no sentó bien a todos. Mirza Teletovic, cuando aún lidiaba con los típicos problemas de adaptación y edad, se quedaría a gusto ese verano en un medio de su país diciendo que “habían fichado a un viejo que no es mejor que yo”.

Nueva vuelta a Palma, nuevo trampolín. Esta vez al Polaris World Murcia, que en enero le ficha como recambio de un Jared Reiner que no demostró en la ACB nada mejor que en la NBA. Aunque su explosividad no fuera la misma de Sevilla, no cabía duda de que su talento era de esa liga, y más de uno en Murcia se tiraría de los pelos cuando a final de temporada le dejaran escapar hacia un rival directo en la lucha por la salvación, el Gipuzkoa Basket. Objetivo conseguido, y con además su mejor partido ante el equipo que una temporada antes no vio clara su continuidad en el equipo por la edad.

Había jugado más de 25 minutos de media por partido en la ACB con 36 años en el cuerpo, pero ahí acabó su carrera en la máxima competición española. Un año en el extinto Tenerife Baloncesto, que disputa su última temporada en el baloncesto profesional asfixiado por las deudas, y Roe que se da a las Américas. México fue el primero en convencerle, y en Argentina ya no tuvo más remedio que colgar las botas ante la evidencia de que la edad pesa para todos, aunque él pareciese estar hecho de otra pasta. Con casi 40 años, Lou Roe se retiró del baloncesto de manera profesional.

Su carrera se fue apagando, y Roe decidió encarrilar su vida después de la retirada volviendo al lugar donde creció como profesional, la Universidad de Massachusets, donde volvió como asistente. Ahora, se centra sobre todo en apoyar la carrera de Sam’i, su hijo mayor, que ya en su etapa de instituto, apunta maneras.

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