Sir Edward Elgar era un adelantado a su tiempo. De origen muy humilde y de gran apego por su Worcester natal, llegó a ser uno de los grandes compositores del pasado siglo, y algunas de sus obras son a día de hoy uno de los grandes reclamos de la cultura británica e internacional. Su talento por las artes, su autodidactismo y su inspiración de los grandes virtuosos del Romanticismo europeo conllevó a su cénit como músico con la célebre marcha, conocida también como «Himno de graduación», llevada a cabo comúnmente en Estados Unidos para tales efectos.

El camino a la graduación es muy variopinto, muy sacrificado y lleno de obstáculos. El de Joel Embiid es un camino que a día de hoy no conoce final. Y cuando alce la cabeza hacia el horizonte y lo divise, será leyenda.

El descubrimiento

Su historia comenzaba hace apenas un lustro, cerca de Yaoundé, capital de Camerún. Allí, como casi todos los años, se disputaba cada verano el campus de baloncesto de uno de los ídolos cestistas del país, que además gozaba de una nutrida reputación política en la zona, ya que su familia es dueña de una de las aldeas más importantes de la comarca y su padre es uno de los hombres más influyentes del país. Allí, con sus más de dos metros de altura y con su característica sonrisa de oreja a oreja, Luc Mbah a Moute prestaba su tiempo a los más jóvenes del lugar -y del país- para que dispusiesen de una oportunidad para jugar y mostrar sus talentos.

“Yo represento a Camerún, África, y mantengo el sueño para otros niños”, decía en una entrevista para CNN Internacional hace unos pocos años. “Hay mucho potencial en África, deportiva e intelectualmente. Los chicos necesitan entender que lo tienen, y que pueden hacer grandes cosas y seguir avanzando para convertirse en el África de mañana”.

En la edición del campus en 2011 aparecería pisando fuerte nuestro protagonista, quien contaba por entonces con apenas 16 años. Nunca había jugado al baloncesto en ningún tipo de competición en su tierra, ya que sus hobbies a nivel deportivo se centraban principalmente en el fútbol -la influencia de un jugador como Samuel Eto’o era patente en el país-, el voleibol -incluso llegó a plantearse ir a Francia a jugarlo de manera profesional- y, muy de vez en cuando, en el balonmano -el cual su padre practicaba a nivel profesional-. Sin embargo, fue su hermano Arthur quien le animó a probar en el campus de Mbah a Moute. Sus más de dos metros de altura, su constitución física y la facilidad con la que movía tal cantidad de kilos le incitó a probar suerte finalmente en el baloncesto, donde el mismísimo Luc quedó maravillado al verlo por primera vez.

Tal fue la sacudida, la emoción y la impresión de haber encontrado un jugador de semejantes características que el propio alero de los Houston Rockets no dudó en tomarlo bajo su protección, y volvió a citarle un mes más tarde en Johannesburgo, Sudáfrica, en el conocido programa de la NBA, el Basketball Without Borders. Antes de final de ese mismo año ya se encontraba en Estados Unidos jugando y compitiendo por primera vez al baloncesto frente a chicos de su edad, y hasta mayores que él.

Foto: Cardinal Connect

Estar bajo el amparo y el apadrinamiento de un jugador de la talla de Mbah a Moute le abrió muchísimas puertas al joven Joel Embiid. Hijo de un militar, a Joel nunca le faltó de nada en casa, pese a que Camerún es uno de los países africanos donde la desnutrición y la tasa de mortalidad infantil es mayor. “Siempre tuvo ropa y comida sobre la mesa”, comentaba su padre Thomas. “Era un chico que nunca se metía en problemas y siempre se movía por buenos ambientes. Yo siempre le he inculcado la importancia de continuar sus estudios a pesar de cumplir su sueño de jugar en Estados Unidos, y por fortuna así fue”.

Joel hizo una prueba para jugar en Montverde Academy, Florida, donde el propio Mbah a Moute jugó en su etapa de instituto, uno de los High School más prestigiosos del país a nivel de baloncesto y que estaba entrenado por el mítico Kevin Boyle, toda una institución en el aspecto formativo en los Estados Unidos.

No fue fácil la adaptación de Embiid en Estados Unidos, siendo el idioma una de las primeras barreras que tuvo que derruir. En la propia academia encontró rápidamente el apoyo de dos compatriotas, Landry Nnoko y Roger Moute a Bidias, y que ejercieron en sus primeros meses en el país como intérpretes para que Joel pudiera comunicarse con el ‘staff’ técnico, hasta que este tuvo la habilidad de valerse por sí mismo.

En Montverde Academy disputó su primer año en los Estados Unidos jugando al baloncesto, donde dispuso de muchísimas oportunidades pese a pertenecer a un equipo plagado de talento, donde sobresalían especialmente el base Kasey Hill (recruit de Florida Gators) y el pívot Dakari Johnson (recruit de Kentucky Wildcats).

El progreso como jugador de Embiid en unos pocos meses fue estratosférico, pero precisamente la competencia surgida en la posición de pívot con el propio Johnson le empezó a pasar factura. El ex de Kentucky era la gran promesa del equipo, y veía en el recién llegado Embiid a un duro competidor en su particular lucha por ser uno de los mejores jugadores de su generación. Es por ello que en cada entrenamiento Johnson y Embiid se enzarzaban en la pista, teniendo que separarles sus compañeros o el propio Boyle.

«Era lo mismo cada día», señalaba Kasey Hill en una entrevista. «No había entrenamiento en que ambos no se cruzasen golpes, codazos, empujones, e incluso llegaron alguna vez a las manos. Joel era un chico muy alegre y extrovertido, pero en la pista no dejaba pasar ni una, y Dakari no quería verse sobrepasado por el nuevo».

Pero al final, Dakari ganó. Las continuas disputas con él hicieron sacrificar su año senior en dicho instituto en busca de más minutos que no cortasen su espeluznante progresión.

No salió del estado, pidiendo el transfer para jugar en The Rock High School, ubicado en Gainesville, donde sí que le garantizaron disponer de los minutos y la participación necesaria para desarrollar aún más su juego y convertirse en pieza codiciada por las universidades más potentes del país.

A partir de ese último verano, Embiid se ganó el respeto de muchos de los grandes ojeadores y entrenadores del país, y se pasó todo ese tiempo trabajando aún más duro. “La mejora que hizo Joel desde mayo hasta septiembre de ese año fue realmente espectacular. Increíble. ¿Cómo puede un niño mejorar de esta forma en tan solo cuatro meses? Y lleva jugando a baloncesto apenas un año. No me lo creo”. Eran las palabras de Eric Bossi, analista de baloncesto de la conocida web Rivals.

En su último año de instituto, Embiid guió a los Lions a un récord nacional de 33-4, llevando a su escuela por primera vez en su historia al campeonato estatal ante Arlington Country Day, promediando 13 puntos, 9’7 rebotes y 1’9 tapones de media por encuentro. Su progreso siguió en aumento, y fue llamado a formar parte de la selección internacional del Nike Hoop Summit y a participar en el anual Jordan Brand Classic, donde medir sus habilidades ante los mejores jugadores de su generación y frente a los ojos de decenas de scouts NBA.

Las palabras de halago de Justin Harden, su entrenador en The Rock, tampoco le dejaban en mal lugar. “Puedo verificar que Joel tiene cada gramo de potencial de lo que los expertos dicen que tiene. Cuando escuché que entrenadores de la talla de Bill Self, Billy Donovan o Buzz Williams se habían interesado por él empecé a darme cuenta del talento de jugador que tenía en mis manos. Tiene potencial para llegar, sin duda, a la NBA, pero todo dependerá del trabajo y del sacrificio de él mismo antes de llegar allí”.

Catalogado como un ‘cuatro estrellas’ de su generación, no fueron pocos los programas universitarios que rápidamente se echaron encima del camerunés. Virginia, Marquette, Louisville, Ohio State, Kansas, Texas, Florida, y así hasta trece, eran los programas interesados.

Embiid era el gran anhelo de Billy Donovan. El por entonces entrenador de los Florida Gators ya había logrado reclutar a su buen amigo Kasey Hill y a su excompañero en la AAU Chris Walker para su equipo, y el hecho de que jugase al año siguiente en la propia Gainesville le proporcionaba cierta ventaja respecto al resto de interesados de cara a ganarse su favor. Otra de las universidades que pujaba muy fuerte por él era Texas, donde su grandioso campus en Austin, su histórico programa de baloncesto y su gran apuesta académica también sedujo al camerunés. Pero quien se llevó la palma fue finalmente Bill Self, quien citó a Embiid en el tradicional Late Night in the Phog, presentación oficial de los Jayhawks cada año, para su visita oficial al campus, dejando al pívot completamente alucinado.

“Entramos [Wayne Selden y yo] y todos comenzaron a aplaudir y gritar. No sabía lo que estaba pasando. Tenía miedo. Estaba como: ‘¿Están aplaudiendo por nosotros?’. Solo miré al suelo. No podía creerlo”.

Para tomar su decisión definitiva, Embiid elaboró una lista de pros y contras de su ‘top 3’ de universidades: Texas, Florida y Kansas. Los Jayhawks encabezaban su lista en cuanto a atmósfera y su historial de preparación de jugadores profesionales, mientras que Gators y Longhorns subían en su lista por otros aspectos. Finalmente, siguiendo los consejos de diversas personalidades NBA y de su mentor, Mbah a Moute, Embiid se uniría a la Universidad de Kansas, que conformaba una clase de reclutamiento de ensueño junto a Andrew Wiggins, Wayne Selden, Brannen Greene o Conner Frankamp.

Una madurez temprana

Pocos se imaginaban que en apenas 18 meses un espigado chaval de 16 años que jugaba al fútbol y voleibol y que apenas había jugado a baloncesto en Camerún se acabase convirtiendo en uno de los pívots de mayor progresión y talento de una de las generaciones de jugadores de mayor potencial de estos últimos años.

El verano donde comenzaba su época en la universidad fue muy especial para él, y no cesó en su exigente ética de trabajo. Desde que acabó las clases y se graduó en High School, Joel se puso a entrenar con Andrea Hudy, entrenador de acondicionamiento físico de la universidad de Kansas. Sus limitaciones a nivel de fundamentos eran más que notorias, pero, por fortuna para los fans de los Jayhawks, la predisposición del jugador y su ambición por mejorar día a día le permitieron llegar a su año freshman en plenas facultades físicas y de aptitudes.

“Es especial. Trabajador y autodidacta. Prácticamente está aprendiendo aún como funciona este deporte”, relataba uno de sus entrenadores a la CBS. “Ha aprendido sus movimientos en la pintura viendo vídeos de Hakeem Olajuwon, uno de sus grandes ídolos”.

Y es que, por encima de todo, The Dream era el gran sueño de Joel. Su espejo en el cual mirarse y su gran ambición de futuro. Es una leyenda viva del baloncesto africano, y él quería ser como mínimo tan bueno como él. Curiosamente, se da la circunstancia de que ambos jugadores siguen caminos paralelos desde su África natal hasta llegar a la NBA.

Su trabajo en frente de una televisión o revisando vídeos de YouTube era casi tan importante como en el gimnasio o en la pista de entrenamiento. Embiid comenzó a trabajar y mejorar su juego de pies y su trabajo de espaldas a canasta viendo vídeos de Olajuwon en la universidad de Houston y más tarde en los propios Houston Rockets, e incluso ciertas acciones ofensivas del propio Hakeem cuando era defendido por estrellas de la liga como Patrick Ewing.

Joel tenía una movilidad impropia para un jugador de su tamaño, en gran parte fortalecida gracias a su etapa jugando al voleibol en Camerún. Lo mismo podría decirse de su juego de pies, ya que el fútbol le otorgaba también una serie de cualidades que ningún otro pívot universitario tendría. Era único en su especie, un diamante por pulir. Y Olajuwon le daba las claves para ser letal en la pista.

“Las similitudes son patentes”, decía Reid Gettys, excompañero de Olajuwon en Houston y actual analista de baloncesto. “Ha aprendido su juego de pies y los movimientos de giro, así como algunas de las mismas cosas ofensivamente hablando de la cima de la carrera de Olajuwon. Tiene el conjunto de habilidades, y puede duplicar -y hasta superar- lo que Hakeem hizo en la NBA. Hakeem como freshman no pudo hacer nada de eso”.

Su adaptación a Kansas y a los esquemas de Bill Self fueron tan vertiginosas como su potencial. Debutó un 8 de noviembre de 2013 ante Louisiana-Monroe dejando 9 puntos y 4 rebotes en 11 minutos de juego, aumentando hasta los 20 en su duelo ante toda una Universidad de Duke, pero no fue hasta su tercer partido ante Iona cuando dejó claro de qué pasta estaba hecho, yéndose hasta los 16 puntos, 13 rebotes y 2 tapones en apenas 25 minutos de juego. La fiera dejaba de estar enjaulada.

Pronto llegó el partido de los 7 tapones a UTEP, todo un colosal recital defensivo, o los dobles-dobles cerrados ante Toledo y San Diego State, para comenzar a disputar los duelos de la Big 12. Por seguro se acordarán de él en Oklahoma State, donde estuvo cercano al triple-doble (13 puntos, 11 rebotes y 8 tapones) en el que probablemente ha sido su mejor encuentro en la NCAA. Su conexión especial con Andrew Wiggins era de lo más destacado cada semana en los programas de deporte universitario, en un equipo donde Naadir Tharpe sacaba provecho del pick-and-roll con el propio Joel y mostraba sus habilidades penetradoras, Wayne Selden abatía desde la línea exterior y demostraba su talento físico y su compañero en la pintura Perry Ellis colaboraba con ese trabajo de contención, anotación y rebote que tanto gusta a los entrenadores.

Era el escenario ideal para Embiid: la progresión en su juego continuaba siendo meteórica, tenía la repercusión de una estrella emergente del baloncesto, su nombre era conocido ya a nivel internacional, fue nominado al National Player of the Year y los cantos de sirena lo colocaban ya entre los tres principales candidatos a #1 del siguiente Draft. Pero los temibles fantasmas de las lesiones comenzaron a aparecer.

El 1 de marzo de 2014 Embiid se resintió de su espalda tras un encuentro ante Oklahoma State, lo que finalmente desembocó en una fractura por estrés, dejándole K.O. para lo que restaba de temporada y sin poder disfrutar del Big 12 Tournament ni de la locura del torneo NCAA de marzo y abril.

Pero Embiid siguió trabajando para volver más fuerte. Los ojeadores NBA quedaban maravillados cuando hablaban con él y le veían moverse sobre una pista durante los campus pre-Draft. Pese a su baja para el final de la temporada, su estatus no había decaído, y seguía siendo junto a su compañero Andrew Wiggins, Jabari Parker y Julius Randle -en menor medida- uno de los grandes candidatos a número uno del Draft.

A Embiid le asaltaban cada dos por tres preguntándole si volvería para su etapa sophomore a Lawrence, pero él siempre sonreía como respuesta. “Siempre contestaba con una sonrisa”, aseguraba Norm Roberts, uno de sus entrenadores en Kansas. “Decía que volvería para jugar los cuatro años en Kansas, que tiene que volverse mucho más fuerte y seguir aprendiendo, pero él mismo sabía que su etapa en los Jayhawks iba a ser corta. Sabe perfectamente lo talentoso que es”. Y así fue. Joel finalmente se declaró elegible para el Draft un 9 de abril, para sorpresa de muy pocos.

Sin embargo, una desafortunada lesión en el pie durante un entrenamiento poco antes del día del Draft le auto-descartaba en un principio para ser más tarde el primer nombre del mismo en 2014. Pero a Joel no le importó. Estaba en New York, en la Green Room del Draft, pisaba el suelo y las alfombras que sus grandes ídolos habían hecho antes que él. Su sonrisa era perenne desde que llegó a la sala hasta que fue seleccionado con el tercer pick del Draft por Philadelphia 76ers. Ya lo había conseguido. En apenas tres años había pasado de la pista de cemento y tierra de su colegio en Yaoundé a entrar con todo merecimiento y honores en la NBA.

Foto: NBA

Pero su lesión en el pie no era tan simple y corregible como en un primer principio cabía esperar. Poco antes de celebrarse el Draft se confirmó que se trataba de una fractura del hueso navicular de su pie derecho, y tras pasar por quirófano se estimó que estaría de cuatro a seis meses de baja, perdiéndose gran parte del inicio de su año rookie en la NBA. Los médicos de los 76ers fueron muy cautelosos con él, y además la recuperación no fue todo lo rápida que pudo ser, por lo que tomaron la decisión de que Joel se perdiese definitivamente toda la temporada 2014-15 para regresar en plenas condiciones físicas.

Para colmo de males se conocía el fallecimiento de su hermano menor, Arthur, que perdía la vida a sus trece años después de que un conductor fugitivo estampara su coche contra el patio de su colegio en su Camerún natal. El dolor de su injusta pérdida unido a su culpa por no haber ido a visitarlo en sus últimos cuatro años caló hondo en Joel. En apenas tres meses pasó de cumplir su sueño de entrar en la NBA a pasar por la dura pérdida de su hermano. Nefasto.

Tras una dura etapa, el verano de 2015 empezaba con más malas noticias para el camerunés. Una nueva prueba reveló que su pie no se estaba curando de la manera idónea, y los médicos revelaron que sería muy difícil que pudiese estar sano para competir a alto nivel la temporada siguiente, más aún si no se le volvía a tratar el pie. El resultado fue devastador: nuevo paso por el quirófano en agosto y adiós automático a la temporada 2015-16.

La gente hablaba. No tardaron en surgir las odiosas comparaciones con Greg Oden y sus rodillas, y tras dos años sin pisar una cancha de baloncesto se temía que siguiese los pasos del ex de Ohio State. El talento estaba ahí, pero el ‘hype’ comenzaba ya a decaer tras dos años de espera.

Pero ahí estaba Embiid, quien no cesaba en ocultar su sonrisa y hacer lo que más le gusta: seguir aprendiendo y jugando al baloncesto. Muy activo en redes sociales, no dudó en compartir el día a día de su recuperación (y de paso echaba la caña y flirteaba con alguna que otra celebrity), asegurando que volvería cada vez más fuerte y que no dudaba ni por un momento de sus 76ers ni de la afición que con tanto cariño le devolvía sus buenos deseos. Pedía que confiaran en su equipo, uno capaz de superar cualquier adversidad pese a los malos resultados. Y que creyeran y confiaran en él. Que confiaran en el proceso.

«Trust the process»

Octubre de 2016 era la fecha. Tras un verano totalmente atípico, donde por fin pudo disfrutar de sí mismo al cien por cien, de su juego y de su baloncesto, Joel Embiid estaba listo para enfundarse la elástica de los 76ers por primera vez, y con dos años de espera arrancaba su año rookie.

854 días después de ser drafteado por la franquicia de Pennsylvania, ‘The Process’ estaba listo para cumplir su sueño, y los más de 20.000 seguidores que esa noche copaban el Wells Fargo Center no dudaban en recordárselo en cada balón que tocaba el pívot camerunés, algo que se repetía prácticamente durante toda la primera parte del encuentro que les enfrentaba a Oklahoma City Thunder. Ya en su primer partido NBA asumió mucho protagonismo (20 puntos, 7 rebotes y 2 tapones) con apenas 22 minutos sobre la cancha, teniendo en Steven Adams a su primer verdugo. Embiid tenía mucha hambre de baloncesto, y lo dejó patente con su intensidad, su eficacia desde dentro y fuera de la bombilla, sus codazos y empujones por ganar la posición en el rebote, y también con su trash-talking (“You can’t guard me”, le repetía a Adams cada vez que tenía ocasión). Su físico había evolucionado una barbaridad desde que saliese de Lawrence, ya que a falta de trabajo en la pista se dedicó a mejorar sus condiciones físicas. Joel ya estaba preparado.

“‘Trust the process’, ese es mi lema”, era lo que repetía Embiid desde el verano anterior a periodistas y aficionados, y lo que afirmó tras su primer partido como profesional, una derrota que era lo que menos importaba. Ese fue el inicio de una nueva era en Philadelphia.

Los 76ers habían empezado igual de mal la temporada que el curso anterior, pero se notaba que con Embiid habían ganado mucho talento y opciones ofensivas en la pista. El camerunés no paraba: 25 puntos a los Pacers, 26 a los Suns, 33 a los Nets… su reputación subía como la espuma, y ya sumaba sus primeros galardones individuales en forma de Rookie del Mes, consiguiéndolo en los meses de noviembre, diciembre y enero, además de ser nombrado mejor jugador de la tercera semana de enero en la Conferencia Este.

Su buen hacer en su temporada rookie se vio recompensado con su participación en el All-Star Weekend, seleccionado en el World Team del renovado Rising Stars Challenge. Pero pocos días antes de comenzar con la tradicional festividad cestista en New Orleans, la rodilla izquierda de Joel Embiid le mandó un mensaje difícil de digerir: necesitaba volver a parar.

Las pruebas realizadas revelaron que tenía el menisco de su rodilla izquierda desgarrado, lo que le mantuvo de baja unos días para evitar males mayores, perdiéndose así el All-Star Weekend. Pero nuevas pruebas realizadas a posteriori, fruto de una fuerte hinchazón en su rodilla lesionada, descartaron definitivamente a Embiid por lo que restaba de temporada. Un nuevo palo para sus aspiraciones en el mejor momento de su carrera le hacía estar de nuevo viendo los partidos de sus 76ers desde la barrera. Él, como siempre, optimista.

«Cuando hicieron la resonancia magnética [antes de la cirugía], parecía que mi menisco estaba completamente roto. Pero cuando lo consiguieron allí, se dieron cuenta de que no era el caso. Realmente resultó ser nada, poca cosa. Así que eso es muy bueno».

Sus promedios de 20’2 puntos, 7’8 rebotes y 2’5 tapones por encuentro en tan solo 25’4 minutos con los que acabó su primera temporada NBA lo catapultaban al Rookie of the Year si no hubiese pasado por quirófano. Él, sabiendo que iba a ser imposible obtener el galardón, enseguida comenzó a hacer campaña por su compañero Dario Saric, pero finalmente el trofeo se lo llevó -en contra de lo mayoritariamente esperado- el escolta de los Bucks Malcolm Brogdon.

“Creo que podía ganarlo, sin faltarle el respeto al resto de jugadores. Dario es mi compañero de equipo y mi amigo, y le quiero. Y conozco a Malcolm de cuando estuve visitando universidades. De hecho, cuando hice mi visita a Virginia él me llevó por todas partes, es un gran chaval. Ambos tuvieron grandes temporadas, y las personas tienen sus propias ideas sobre cómo votan”.

Pese a jugar únicamente 31 partidos oficiales, el mundo entero descubrió la pasta de la que estaba hecho Embiid, un jugador con hambre, carácter, muchísimo talento y un potencial que no conoce horizonte. Es por ello que los 76ers no dudaron en dar el todo por el todo este pasado mes de octubre, extendiéndole su contrato para las próximas cinco temporadas, por las que cobrará un total de 148 millones de dólares, unos números que podrán incrementarse hasta los 178 millones si el camerunés consigue una serie de objetivos extra durante la temporada. Cifras de récord dadas sus particulares circunstancias, de las que su entrenador Brett Brown presumía tras consumarse oficialmente el acuerdo.

“Es un chico que ha cambiado por completo nuestros entrenamientos. Solo ha jugado 31 partidos, solo lleva seis años jugando al baloncesto y solo tiene 23 años. Es un jugador único, de los que marcan diferencias”.

Embiid -como no podía ser de otra manera- ha declarado fidelidad eterna a Philadelphia: “Quiero ser Kobe Bryant. Quiero ser Tim Duncan. Quiero ser Dirk Nowitzki”, en clara referencia a permanecer en la franquicia de Pennsylvania durante toda su carrera. Y el jugador ha respondido conforme a las expectativas.

Este año con el rookie estrella Markelle Fultz y con un Ben Simmons que ha empezado la temporada como un tiro tras pasarse -como él- un año en blanco por lesión, Philadelphia ha renacido. Tienen talento, potencial y futuro. Pero también mucho, mucho presente. Hay hambre de hacer una gran temporada tras muchos años en el ostracismo, y Embiid colabora muy activamente a que los 76ers estén instalados en posiciones de Playoffs en la Conferencia Este a día de hoy -que se lo digan a los Lakers, a los que ha endosado recientemente 46 puntos, 15 rebotes, 7 asistencias y 7 tapones-.

Foto: Germán Coronel

El proceso” es lo que Sam Hinkie vaticinó hace unos años. Es un jugador con un descaro y un potencial infinito. Un jugador capaz de destronar a toda una leyenda como Hakeem Olajuwon. Un jugador que ya a estas alturas de la vida conoce la crudeza del mundo de las lesiones y las exigencias que conlleva ser una estrella NBA. Y todo con 23 añitos, un chaval que aún siente añoranza de su Camerún natal y que lleva jugando a este deporte muy poco tiempo.

Es el inicio del camino de una auténtica fábula, un cuento que cuesta reconocer que se ha hecho realidad. Es un jugador de baloncesto único, imposible que sea de este mundo. Su ética de trabajo, su coordinación física, su atracción de volumen ofensivo en la pista, su poder intimidatorio, su influencia desde cerca -y ahora también desde lejos- del aro, y también su humildad y sentido del humor. Tiene algunas características de los mejores jugadores de baloncesto de la historia. Y todo esto, de un chico que aún sigue aprendiendo a jugar a este deporte.

El proceso es ya una realidad, y su camino sigue siendo el infinito. Esperemos que por mucho tiempo.

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