Zeljko Jerkov se frotaba las manos, sabedor del potencial de sus cartas. Era el único que lo sabía. Un secreto bien guardado. Una bomba de relojería calentada a fuego lento en la más suma clandestinidad. Una plantilla repleta de nuevos talentos. Si algo tuvo la Jugoplastika fue su factor imprevisible. Nadie se esperaba a ese equipo. Nadie lo olvidará jamás.

Jerkov, GM de aquel conjunto, ya había vivido los años dorados del Split en la década de los 70, con varios títulos de liga y Copa Korac. Fue protagonista de la primera gran época del club croata, y a él le habían encomendado la vuelta a la gloria en un contexto nada sencillo, con una competición europea muy disputada.

Para descifrar al mejor equipo de la historia del baloncesto europeo hay que entender a Bozidar Maljkovic. Tácticamente obsesivo, dirigió al equipo “más talentoso de siempre”. Sus jugadores, todos a una en un grupo que no pasaba de los 23 años de media. Toni Kukoc y Dino Radja formaron una de las parejas más perfectas que se recuerdan. Tumbaron a Estados Unidos en la inolvidable final del mundial júnior de Bormio y se proclamaron campeones de la liga yugoslava al año siguiente, en la temporada 1987/1988

Maljkovic reforzó el equipo desde el primer año: hizo posible la llegada de Dusko Ivanovic del Buducnost. Ivanovic había liderado la liga en puntos anotados varias temporadas atrás. Una estrella consagrada que se unía a Perasovic y a los jóvenes Kukoc y Radja. Todos ellos formaban la piedra angular del equipo. Completaban la lista, casi de memoria: Goran Sobin, Zoran Sretenovic, Luka Pavicevic, Zan Tabak, Pasko Tomic, Teo Cizmic e Ivica Buric.

Perasovic llevaba ya unas temporadas en el Split, pero ese grupo le marcó para siempre: ”Aquel equipo fue especial. Sólo pensábamos en el baloncesto. Todo el mundo estaba muy metido en todo lo que hacíamos cada día, en cada entrenamiento. Yo no he estado en ningún otro equipo con una mentalidad para el baloncesto como ese”.

Aquí una de las claves balcánicas por antonomasia: la mentalidad. En el campeonato balcánico la Jugosplastika forjó su carácter ganador dentro de una competencia brutal: el Estrella Roja de los Zoran, Jovanovic y Radovic; el Partizán de Vlade Divac, Zarko Paspalj y Djordjevic; la Cibona de Drazen Petrovic; el Olimpia de Ljubliana de Jure Zdovc; o el KK Zadar de Vrankovic y Komazec. Pero fueron los bisoños de Maljkovic quienes se alzarían con el título doméstico: 21-1 en la liga regular y victoria ante el Partizán en los play-offs. La máquina estaba engrasada y lista para retos mayores. Se habían juntado en el tiempo y en el espacio un grupo de extraordinarios jugadores. Algo irrepetible que solo podía tener una dirección.

Múnich, contigo empezó todo

El gran público conoció al engranaje perfecto en la Final Four de Múnich, la segunda en la historia de la Copa de Europa. ¿Cómo un equipo de imberbes, flacuchos e inexpertos jugadores iba a poder hacerse con el entorchado europeo? “Nos sentíamos niños entre los grandes, pero al mismo tiempo pensábamos que podíamos hacer grandes cosas” apuntaba Dino Radja.

Sus rivales, sobre el papel, eran mucho más superiores: el Aris de Salónica de Yannakis, Galis y Subotic; el Barcelona de Epi, Solozábal, Sibilio, Jiménez y Norris; y el Maccabi con Mercer, Jamchy, Magee y Barlow. La Jugoplastika, Cenicienta de la competición, invitado a la mesa de los grandes, mera comparsa. Quién lo diría ahora.

Además, todos evidenciaban hambre de victoria. El Maccabi había perdido dos finales consecutivas; el Barcelona venía de ganar dos ligas españolas y parecían por fin preparados para asaltar el trono europeo; y el Aris no tenía rival en Grecia, con nueve títulos (Ligas y Copas) en los últimos cuatro años. Mientras el Split solo había logrado el último título doméstico y carecía de experiencia en los grandes torneos. “Por favor, no perdáis por veinte puntos, no hagáis el ridículo”, recuerda Radja sobre lo que les decía la gente antes de partir hacia la ciudad alemana. La fase regular de la Copa de Europa había dejado muchas dudas entre sus aficionados, ya que el equipo llegó a Múnich con 8 victorias y 6 derrotas.

Era un conjunto fabricado para los momentos importantes, cuando los nervios aparecen y la ansiedad por el título es mayor. La Jugoplastika tumbó todas las estadísticas, los temores y los análisis previos desconcertando al baloncesto del Viejo Continente. Su primera víctima, el Barça de Aíto. “Que no os maten, porque si no todo el mundo dirá que llegasteis aquí por accidente”, alentó otro maestro de los banquillos, Aleksandar Nikolic, que acompañó a Maljkovic en el vestuario instantes antes del primer partido.

Sin ningún tipo de presión y con un desparpajo nunca visto, sus jugadores respondieron. 77 a 67 vencieron al Barcelona, con Kukoc omnipresente en base a su 2’07, Ivanovic de ejecutor y Radja bailando en la pintura. Maravilloso.

En la final, ante el Maccabi, el pívot acabaría con 24 puntos. Kukoc anotó 18. La Jugoplastika ganó 75-69. Suficiente para comenzar un gobierno que duraría más de 1.000 días. Un reinado que partía desde Yugoslavia, donde el equipo croata se alzaba con el título año sí y año también, siendo una condición necesaria para disputar la Copa de Europa. Lo lograrían durante tres años más, en los que nada ni nadie les hizo sombra.

La confirmación en tierras mañas

De Múnich a Zaragoza. En el nuevo cartel de la Copa de Europa volvía a figurar la Jugoplastika de Split con total merecimiento. Ya no era un outsider, incluso piezas fundamentales como Kukoc y Radja habían agrandado su palmarés con el oro en el Eurobasket de Zagreb aquel verano. Los croatas también acertaron con el mercado, logrando la adquisición de Zoran Savic como complemento de Radja en la pintura.

Los jóvenes genios jugaban de memoria bajo una máxima: el mínimo de botes posibles. Mucho poste alto, bloqueos indirectos, movimiento sin balón de los 5 jugadores y circulación de la bola hasta encontrar el tiro más eficaz. No fue el típico conjunto yugoslavo anclado en el talento y la inspiración ofensiva individual. Aquí jugaban todos y a cuál mejor. Eso sí, Kukoc y Radja estaban prácticamente siempre ambos en pista, o al menos uno de los dos. No había remedio ante tanto ingenio.

Ingenio y un conocimiento del juego fuera de toda duda: “Algunas veces durante la temporada les decía que tenían que ser ellos los que prepararan el partido. Y lo hacían de una manera fantástica: cómo jugar contra Drazen Petrovic, dónde estaba su lado fuerte, cómo hacer las ayudas, cómo presionar al rival… Esto es el nivel más alto que puede vivir un entrenador: ver que su equipo piensa como él, recuerda Maljkovic.

“Entrenador y equipo tienen que ser dos vasos comunicantes, y en ese equipo lo éramos. Cuando los jugadores estaban cansados, yo les ayudaba a conseguir moral con mi energía positiva. Y cuando yo estaba depresivo, ellos me daban la energía y la vida para continuar trabajando. En mi vida de entrenador sólo he vivido esto con ese equipo. Buscas palabras, y lo cierto es que era un equipo que no puedes definir. Más razón que un santo, Boza.

Con un sistema aún más dominante, la fase regular de la Copa de Europa fue más sencilla mejor que la del año anterior. La Jugoplastika llegó a la Final Four de Zaragoza en 1990 con un balance de 11-3. Pero los favoritos, una vez más, no eran ellos. Esta condición, tan peligrosa como subjetiva, recaía de nuevo en el Barcelona, que contaba probablemente con la mejor plantilla de su historia. 12-2 habían firmado los azulgrana en la liguilla. Unos registros que ni Limoges ni el Aris se acercaban. La final parecía hecha antes de los cruces. Y así fue: el Split derrotó al conjunto francés por 18 puntos, y el Barça hizo lo propio ante los griegos por 21.

La ansiedad del equipo catalán por ganar la Copa de Europa volvió a jugar a favor de la Jugoplastika. Por cercanía y sensaciones, el Barcelona era el equipo a batir. Además, habían mejorado su intensidad defensiva con la llegada de David Wood y contaban con una mayor profundidad de banquillo. Ese, el de Zaragoza 1990, debía ser el año.

Inútil. La versatilidad y la calidad de la Jugoplastika se volvió a imponer. Desde el inicio, además. Para el recuerdo la famosa jugada táctica de Boza, que dejó a Kukoc sin titularidad y desconcertó, ya de salía, a su rival. Minutos después, otro momento clave: un triple de Perasovic desde la mitad de la cancha antes del descanso fue el inicio de la remontada de los de Split. Los de Aíto, agarrotados, recordaron los fantasmas de la anterior temporada, y las muñecas temblaron en el momento clave (cuatro puntos en los últimos seis minutos). Los de Maljkovic, todo lo contrario: ante un pabellón volcado con su rival, controlaron las emociones del momento, defendieron a Epi con maestría y se hicieron con su segunda Copa de Europa por 67 a 72.

Leyenda en París

La Jugoplastika había alcanzado una madurez extraordinaria y se había hecho respetar por todo el continente. Su última Copa de Europa es la de París en 1991. Ese verano, las piezas del engranaje se tambalearon. El Split perdía a Maljkovic, elegido para capitanear el resurgir del Barcelona, Radja se fue a Roma, Ivanovic al Valvi Girona y Sobin al Aris. Cuatro bajas fundamentales que volvían a instaurar las dudas por tercer año consecutivo. A por ello, a por el más difícil todavía.

Hasta el patrocinador se dio a la fuga. La Jugoplastika pasó a definirse como Pop-84, y los resultados no fueron tan esperanzadores como en temporadas anteriores. El equipo ahora entrenado por Zeljko Pavlicevic se clasificó para la Final Four de París con nueve victorias y cinco derrotas. Rivales directos como Barcelona, Maccabi o Aris les habían tumbado en la liguilla. Pero ya saben: eso no importa.

En las semifinales, Perasovic, Kukoc y Savic agarraron el timón para derrotar con mucho sufrimiento al Scavolini de Pesaro (93-87), confirmando que el sistema de la Jugoplastika no atañe a un solo protagonista. Era un ecosistema aún viviente que estaba a escasas horas de superar a la historia.

En la previa de su tercera final consecutiva, apareció el nombre del ASK Riga, un antiguo equipo que encadenó tres Copas de Europa consecutivas (de 1958 a 1961, las tres primeras). El único hasta entonces que había logrado la triple corona.

Un extra de motivación más para la Jugoplastika, Pop-84 o como quieran llamarlo. El otro, Maljkovic, el mentor de todos ellos. El Barcelona esperaba en la Final tras tumbar al Maccabi. Otra vez, idéntico guión. Mismas caras de pánico en unos, mismos rostros de confianza en otros. El engranaje apuró su perfecto funcionamiento hasta los últimos días.

Toni Kukoc, que ya había sido drafteado por los Bulls, cerró el círculo. No podía ser otro. Fue el MVP de aquella Final Four, a pesar de que frente a Barcelona brilló Savic como el que más, anotando 27 puntos. Él mismo explica su paso adelante aquella temporada: “había mucha confianza en nuestro equipo. Yo al final de mi carrera fui un jugador diferente del que la gente vio, porque solía jugar al lado de la canasta. Tuve que trabajar en mi exterior en mis últimos años. Esas victorias fueron una cosa maravillosa, el premio correcto para un club que lo hizo perfecto”. 

La tercera final fue un encuentro calcado al de Zaragoza, con la Jugoplastika manteniendo sus características más primarias, y con un Barcelona presionado, agobiado e impotente ante los de siempre, esos genios de amarillo. La quinta falta de Solozabal a escasos minutos del final dilapidó las opciones azulgranas. 70-65 para alzar al cielo la Triple Corona.

En la ciudad del amor se cerró una etapa, la más gloriosa que haya conocido Europa. La guerra de Yugoslavia puso el punto y final: Kukoc huye a Treviso y Savic a Barcelona. El engranaje de la Jugoplastika se detiene. A día de hoy, no hemos visto un mecanismo tan perfecto y constante en el tiempo como aquel. El de unos niños que se hicieron mayores muy rápido, desafiaron a la historia y salieron triunfantes de todas sus cruzadas.