La rama del árbol hace tiempo que se desvió. Los focos del gran circo, que de repente apuntaron al viejo distrito de Brookyn, terminaron por abrasar a un equipo que prometía éxitos instantáneos. Kevin Garnett, Paul Pierce, Deron Williams, Joe Johnson… Joyas demasiado caras que fueron engarzadas en una corona demasiada precipitada.  Mijaíl Prójorov, empresario y político moscovita, cayó en la trampa de pensar que la competición más lujosa del planeta se gana a base de talonario, y formó un gigante con pies de barro que ocho años después yace en los sótanos de la liga.

Los Nets vagan desde hace unas cuantas temporadas en un viaje a ninguna parte, fruto de apuestas kamikaces a corto plazo pagadas en elecciones de lotería perdidas por el sumidero. Una estrategia caótica que privó incluso la posibilidad de recurrir al polémico tanking.

Tocaba ganar cuando era imposible hacerlo. Kenny Atkinson y Sean Marks, en sus respectivos roles de entrenador y general manager, se conjuraron en un objetivo tan básico que parecía olvidado en algún cajón del imponente Barclays Center. Dar el primer paso en la dirección correcta. Suprimida la opción de quedar abajo para elegir arriba, el objetivo se centraría en desarrollar el poco talento joven que quedara en el equipo, y buscar nueva materia prima en el draft, una tarea complicada cuando tu primera elección en el draft de 2017 no iba a llegar hasta bien entrada la primera ronda.

El 22 de junio los Brooklyn Nets usaban su número 22 para escoger al center procedente de la universidad de Texas Jarrett Allen.

Foto: Jay Biggerstaf f- USA TODAY Sports

El momento y el lugar adecuado

Se puede decir que aquella noche la fortuna sonrió por dos veces a ese chico desgarbado de Austin. El primero obviamente llegó cuando Adam Silver pronunció su nombre y cumplió el sueño de jugar en la NBA. Porque sí, jugar en la mejor liga del planeta sigue siendo un sueño aunque sea para los Nets. El segundo se produjo minutos más tarde, justo cuando la principal figura del equipo, Brook López, ponía rumbo a los Lakers en la operación que enviaba a Kyle Kuzma también a Los Ángeles, en uno de esos movimientos que prometen engrosar dentro de uno años la galería de timos perpretados contra los añejos New Jersey Americans.

De repente, el puesto de pívot en los Nets quedaba en manos del ruso Timofey Mozgov, un jugador con un contrato desorbitado y con una alarmante tendencia a lesionarse, y el novato Allen, que señaló en rojo la fecha del debut ante los Pacers en el Bankers Life Fieldhouse de Indianapolis. Sin dudas, el día más importante de su corta carrera. El momento que venía anticipándose desde su época en Texas, en las que se anticipaba un futuro entre los mejores.

Aquella noche los Nets recibieron 140 puntos y Jarrett Allen no disputó ni un mísero minuto en la derrota de su equipo frente a Indiana.

Y no solo esa noche. Las primeras semanas supusieron para el pívot un duro golpe de realidad, con minutos muy limitados en una rotación diseñada por Atkinson que solo contaba con que el joven actuase de forma muy específica. Fueron jornadas de muchos cambios, y sobre todo, de mucho trabajo, algo que conviene subrayar especialmente cuando uno de los handicaps que presentaba Allen -y que le imposibilitó escalar más arriba la noche del draft- era una fama de holgazán arrastrada de su época en la universidad. Con esa etiqueta muy presente, Jarrett  ha trabajado muy duro en aspectos claves como el acierto en el tiro libre -en NCAA presentaba casi veinte puntos porcentuales de acierto menos que en su primer año profesional- o en aumentar un rango de tiro que ya vislumbra el lanzamiento de tres puntos como un arma cada vez más recurrente. Esfuerzos que dejan claro que ciertas actitudes quedaron para siempre en la costa oeste, y sobre todo, en el pasado.

Y aunque el presente cada vez sea más dulce -con pasos tan tangibles como el haberse ganado un puesto en el quinteto inicial, tiempo en el que promedia unos interesantísimos 13,4 puntos por partido y 6,8 rebotes por encuentro- lo mejor de Jarrett sin duda está por venir. Conviene recordar que estamos hablando de un ejemplar enorme, coordinado, con capacidad de proteger el aro -realmente el único capaz de hacerlo hoy en día en los Nets, lo que solo hace acentuar el valor de esta pieza- y que está mejorando ofensivamente a ojos vista. Y lo mejor, con solo 19 años.

 

Evidentemente, queda mucho camino por andar, mejoras tan básicas a nivel físico como una cierta falta de fuerza a la hora de parar a tipos mucho más pesados que él, algo que no pasa inadvertido y que, tal y como reconocía Atkinson, supondrá el siguiente desafío. “Debe pasar un verano en la sala de pesas y seguir fortaleciéndose. Alguno de los rebotes que se le escapan es solo por una cuestión de fuerza, pero va a mejorar en eso. Se está haciendo más fuerte, y este verano deberá seguir trabajando en eso”. Trabajo físico y trabajo técnico. Consolidar ciertos fundamentos y añadir otros nuevos será otra casilla obligatoria de su pasaporte hacia el éxito. Tiempo hay por delante.

En una franquicia que lleva tantos años acostada en la penumbra, la presencia del arrogante y majestuoso peinado afro de Allen, que inevitablemente evoca al del Dr. J en su época como estrella todopoderosa en la Big City,  se puede considerar como la mejor noticia en unos Nets que pueden haber encontrado al fin la luz que les guíe para salir de ese maldito túnel en el que llevan perdidos tanto tiempo de una maldita vez.