Dicen que se convirtió. Que nunca trató de imponer sin previo análisis. Que fue uno en Hollywood y otro bien distinto en la costa este. Señor del Showtime o gurú defensivo, siempre él. Gomina y nervios, presencia y carácter, trajes de Armani en noche de partido.

Recogía el portal norteamericano Bleacher Report, unas palabras de Paul Heiner, compañero de Riley en el instituto, en las que cuenta que una vez, jugando, Pat recibió un codazo directo a la boca. Tal fue la dimensión del golpe que la sangre no paraba de chorrear. Se le había caído una paleta. Impasible, el adolescente pateó el diente y siguió con la tarea. “De corazón, es un luchador, un peleón, muy apasionado”, decía quien fuera su asistente y sucesor en los Knicks, Jeff Van Gundy. Así de competitivo. La imagen de impoluto hombre de banquillo no era más que una apariencia que aún hoy trata de mantener, siempre engominado.

Si bien en los Lakers había hecho de Magic su extensión en la cancha, en Nueva York el objetivo fue bien distinto. El ritmo rápido, el espectáculo, no formaban parte de su libro de jugadas. Quería acción, control. Buscaba que el rival estuviera constantemente inquieto, nunca tranquilo. Todo aquello que como jugador le ocupó era lo que trataba de imprimir (precisamente fue en L.A. donde, como suplente de Jerry West, más recorrido tuvo entre saltos y carreras). Un carácter inapelable, fruto de la intensidad. Nacer y morir en la cancha. Los Mason, Starks, Oakley alrededor de Ewing. No eran creativos ni glamurosos. No jugaban en Los Ángeles. Y en la banda, quien de pie miraba y daba órdenes, lo sabía. Había buscado un giro, una vuelta de tuerca. Conocía cómo llegar a lo más alto, pero también era sabedor de que en esta ocasión no sería igual. De que aquella vez el contexto era distinto. Tenía que camuflarse, mutar para adaptarse. Todo para derrotar a los Bulls y hacer que el Este retumbara, aunque quedase en nada. Murieron en la orilla al rozar el anillo. Llegaron a las Finales para caer agónicamente ante los Rockets, en Houston, en el séptimo partido. Del 3-2 al 3-4. La lucha, no obstante, siempre por delante.

El final fue anunciado. La franquicia neoyorquina y el entrenador habían enfriado su relación de un modo progresivamente peligroso. Una temporada después, en 1995, Pat Riley anunciaba su marcha vía fax. Sin más, South Beach aguardaba. La directiva Knickerbocker se negaba a entregar los mandos de manera total a un hombre que, un año después, los conseguiría en Miami. Allí, curiosamente, sería ante los Knicks cuando más lejos llegaría. Su sucesor, el menor de los Van Gundy, les arrebataría la idea de luchar por el campeonato en 1999, en una física batalla que fue solo un ejemplo de la rivalidad entonces creada.

Aunque intentó dejar a Stan Van Gundy al cargo de su equipo, volvió de las oficinas al lateral de la cancha. Pat volvía a ser entrenador y general manager, como inicialmente firmó con la franquicia de Florida. Tomó el cargo en mitad de una temporada 2005-06 en la que Stan dimitió, aunque intentó convencerle de que la renuncia era un error. El anterior verano, el destino cambió con una decisión. Un traspaso que llevó al dominante gigante Shaquille de Los Ángeles de Miami, movido por el interés del propietario Laker, Jerry Buss, en apostar fuerte por Kobe. “Cuando iba a ser traspasado desde L.A. me decía ‘si voy a jugar en algún lado, quiero jugar en Miami’”. Ya exjugador, en la ceremonia de retirada del 32 sobre el parqué del American Airlines, O’Neal aseguraba ser un total admirador de Dwyane Wade.

La historia entre el maestro y el pupilo comenzaba en un lugar romántico. Un lugar para parejas, amantes de la historia, para quienes abrazan el arte. Pat y Shaq volaron hasta Roma juntos. Se divirtieron y acercaron, conectaron. “Firmé y pasamos un buen rato”, relataba el pívot. Meses después, Riley lograba su quinto anillo y O’Neal casi completaba una mano después de tres bajo el brazo de Phil Jackson.

Las rosas no serían parte del itinerario completo. No había mejor toma de contacto que el champán, pero eso significaba que la cima ya era conocida. Las cuestas serían desde entonces descendentes. Al final de la temporada estival que sucedió a la gloria, Riley no cesó en contactar con los suyos. Temía que el dorado les hiciera relajar, como finalmente sucedió. Celebraron, quizá, demasiado. Tres jugadores fueron suspendidos por superar el índice de masa corporal que permitía el equipo; Shaquille, Antoine Walker y James Posey.

Foto: SLAM

En 2008, la tensión se podía palpar en el seno de los Heat. Las lesiones se sucedían en el pesado cuerpo de Diesel. Treinta y cuatro, treinta y cinco años. Demasiados partidos perdidos, sumido en una sensación que inundaba la opinión de la mayoría; el final estaba cerca. El tiempo no pasa en balde y a todos castiga. Del mismo modo, el veterano Alonzo Mourning rozaba la retirada, también con problemas físicos, las rodillas secaban a Wade, quien se erigía como estrella, y solo un jugador, Ricky Davis, superó los setenta partidos disputados (82).

Zo avisaba al center; “Riley siempre consigue a sus estrellas”, y este entraba en pánico. Se refería a la negativa del mandamás a tenerlo en el dique seco. No lo entendía. Aquello que le ponía barreras era el dolor de su cuerpo y le dolía que hubiera prisa cuando era su salud la que estaba en juego. Para colmo, le contaron que el entrenador decía que fingía, que realmente no estaba lesionado, que no le creía. Pensó en salir sin que la situación fuera más. En abandonar, pero no lo hizo. Sabía que podía acabar realmente mal, que empeoraba por momentos. Después, cuando marchó a Arizona para jugar en los Suns, Steve Kerr (general manager de dicha franquicia) se lo confirmó. Él también lo había escuchado.

El ambiente estaba inequívocamente acalorado. Caldo de cultivo de un problema aún mayor, cocinándose a fuego lento, amenazando con estallar. Tensión dentro de un vestuario que miraba con recelo al cuerpo técnico, especialmente el más visible de sus componentes, quien casi conspiraba al comentar con sus compañeros lo negativo de todo esto. Finalmente, fue en enero, en un entrenamiento. Sucedió lo esperado. La puntualidad era innegociable, una norma de oro que nadie podía esquivar. El imaginativo Jason Williams se atrevió a incumplir tal máxima, aunque por segundos se tratara. Llegaba a la pista por detrás del resto. Pat entonces se encendió. “¡Vete ahora mismo de aquí!”. No paraba de gritar. Realmente, estaba furioso. Su mayor preocupación, sin embargo, no era esa. Ganar, ganar, ganar. No lo conseguían, más disciplina como resultado. Recibió respuesta y aquello se convirtió en una jaula de grillos. Cada voz más alta que la anterior y dos personalidades chocando. Jason acabó abandonando la cancha, soltando una patada al carro de los balones allí situado. Pero entonces surgió Shaq. Se había mantenido al margen, observando la situación. Narra cómo, al ver a su compañero dirigirse al vestuario soltando improperios de todo tipo, pidió su vuelta. “J-Will, ¡ven! ¡No te vayas a ningún lado!”. El foco de atención cambió. Ahora era mayor. El enfado se dirigía al pívot, mientras este pedía que el grupo se mantuviera unido.

– Somos un equipo, necesitamos mantenernos juntos, no echar a tíos del pabellón.

– Si no te gusta, deberías irte.

– ¿Por qué no haces tú que me vaya?

El jugador dio un paso adelante, pero el entrenador no se alejó. La diferencia de tamaños y fuerzas era evidente, casi un David contra Goliat. Udonis Haslem intentó frenarle y acabó en el suelo de un golpe, misma suerte corrió Mourning. Aunque por figura fueran dos pesos pesados, Shaq era demasiado y había entrado en cólera. Se encontraban cara a cara, devolviéndose gritos. O’Neal ponía el dedo sobre el pecho de Riley que no temía en apartarlo. Toda la rabia contenida en mitad de un curso perdido salió propulsada.

– ¡Que te den!

– No, ¡que te den a ti!

Alonzo se levantó. Se había puesto en lo peor, para lo que, pensaba, quedaba poco. Imaginaba la tragedia. Pedía calma, susurrando “no, tío. No, tío, no”. Dice Shaq que el miedo se le notaba en la voz. “Tranquilo. No voy a pegarle. ¿Crees que estoy loco?”. Según su cara, así parecía. El entrenamiento había acabado antes de empezar. Pat fue a su oficina mientras sus pupilos se mantenían sobre el parqué sin saber qué hacer. Aquello llegó a los medios, pero como es habitual, uno de los protagonistas de la historia trató de quitarle hierro. “Nos enfadamos cuando perdemos. Él lo hace y yo lo hago, todos lo hacemos. No lo aceptamos, así que pasan algunas cosas de manera ocasional”, decía el del traje al Sentinel.

El 6 de febrero de 2008, los Miami Heat cerraban el traspaso de Shaquille O’Neal a los Phoenix Suns. A cambio, los de Florida conseguían a Shawn Marion y Marcus Banks.

Foto: NBC Sports

Durante la ceremonia que oficializó el banner con la camiseta del 32 colgando sobre el pabellón, todo fueron buenas palabras. Una declaración de amor, mucho agradecimiento y alguna que otra anécdota. El protagonista de aquella celebración daba muestras de la personalidad de aquel que le dijo adiós en Miami. Como esa vez en la que mantuvo su cabeza bajo un cubo de agua helada durante ocho minutos para motivar a los suyos o cuando retrasó una sesión de entrenamiento porque los chicos se encontraban de fiesta en la playa.

Es una más. De tantas aquellas que se conocen, que han salido a la luz durante su carrera y después de que esta viera su fin. Siempre peculiar, incluso hoy. Dicen que nunca se tomó en serio el baloncesto, que no explotó sus cualidades tanto como podría haber hecho, que tenía dentro de la cabeza su mayor límite. Sea como fuere, significa éxito. Tanto como el binomio Riley-Miami. O’Neal ganó y todos lo disfrutamos.

“Pat, mucha gente cree que tenemos problemas. No tenemos problemas. Te quiero, te respeto”.