Desde que recibió el pase de Jermaine O’Neal no hubo ni un atisbo de duda o indecisión en su mirada. Sabía lo que había que hacer. Más bien, lo que quería hacer. El público reclamaba espectáculo –un All-Star Game así lo requiere-  y se lo iba a ofrecer en dosis inimaginables.

Así, encaró el aro rival con su característica verticalidad y hambre de puntos y no se detuvo hasta firmar una de las acciones más espectaculares y recordadas en la historia de los partidos de las estrellas: un colosal y feroz ‘Alley-oop’ tras lanzar la pelota con el tablero ante la pasividad defensiva de Dirk Nowitzki y Steve Nash, quienes poco –o más bien nada- podrían haber hecho de proponérselo. Un desenlace increíble a la altura del glamour de la cita. Una hazaña –que repetiría en más de una ocasión a lo largo de su carrera- realizada, no solo con facilidad, si no con la sensación mínima de esfuerzo. Hacer fácil lo ‘imposible’ sin derramar ni una gota de sudor.

Más de 16 años después de aquel histórico momento, Tracy McGrady volvió a brillar, con su característica parsimonia –por no llamarlo ‘pasotismo’-, casi impertérrito, y ese rostro con la apariencia constante de necesitar horas de sueño. Rodeado de miembros del personal, un nutrido grupo de medios de comunicación y una cantidad moderada de afortunados aficionados, el exjugador fue incluido en el Salón de la Fama de Orlando Magic. El mismo McGrady de aquellos maravillosos años, pero con el saco de la edad y experiencia mucho más lleno. Casi tanto como el de los puntos anotados a lo largo de su carrera. Algunas canas resaltan en su cuidada barba pero se desenvuelve sobre el escenario con la misma confianza con la que asaltaba las canchas de toda la geografía norteamericana durante su etapa en activo. Era, como entonces y en tantos y tantos encuentros, el centro de atención.

Siempre quiso que fuera así. Estuvo escrito en su mente desde su más tierna infancia y el tiempo terminaría por darle la razón. Era su reto. Su sino. Su sueño. Creció amando el baloncesto en la pequeña localidad de Auburndale, a unos 75 kilómetros al sur de Orlando. Pasaba las tardes ‘ventilándose’ los partidos de unos imberbes Orlando Magic y se encaprichó con un claro, así como ambicioso, propósito: llegar a vestir algún día esa camiseta, la de su gran ídolo y referente, Penny Hardaway. Una oportunidad que, tras conquistar a todo el país desde el instituto Mt. Zion e impresionar a propios y extraños en eventos del calibre del Adidas ABCD Camp, terminaría por llegar.

“En 1999 estábamos jugando contra Orlando. Doc [Rivers] era el entrenador entonces y nos cruzamos al final del partido. Le dije a Doc que me guardara un sitio en la plantilla. Nadie tenía que reclutarme ni convencerme para ello. Quería regresar a casa”, explicaría McGrady durante la ceremonia.

Nunca corrió por la cancha con la voracidad atlética de LeBron James. Ni con la explosividad de una fuerza de la naturaleza como Russell Westbrook. Ni siquiera precisó de la endiablada habilidad con el balón de Kyrie Irving o el insultante rango de tiro de Stephen Curry. Era una pluma. Una pluma que se deslizaba por la cancha, moviéndose siempre a su propio ritmo. Hasta que llegaba el momento de pisar el acelerador y ‘destrozar’ al rival, presentando una lista casi inagotable de recursos ofensivos que bien pudo –y logró por momentos- ensombrecer al mismísimo Kobe Bryant.

Era un todoterreno. La ofensiva era su hábitat natural. Y su espíritu combativo en pos del logro de su objetivo, su fuente de alimentación. Su caldera interna. Podía finalizar la jugada. Podía correr la cancha en un suspiro. Tenía pequeños momentos de nirvana baloncestístico –aquellos segundos mágicos ante San Antonio- o, por el contrario, de la solidaridad más absoluta. Hacía mejor al compañero. Hacía mejor al equipo.

“Posiblemente, los cuatro años más productivos en una gran carrera”, afirmó Álex Martins, CEO de los Magic. “El impacto que causó en la organización en un periodo de tiempo tan corto es increíble. Sigue siendo el máximo anotador de todos los tiempos en promedio. Tiene nuestro récord de anotación en un partido. Aparece en el top 5 de prácticamente todas nuestras categorías estadísticas. Y lo hizo en cuatro años.”

Tracy McGrady

Foto: NBAE

Sin embargo –y por suerte-, los números no lo son todo. En una época en la que el baloncesto está inmerso en una vorágine de datos y estadísticas avanzadas, Orlando le ha ofrecido a McGrady un premio diferente. La recompensa del héroe local. La inmortalidad.

“Un sueño de mi infancia. Eso es exactamente lo que ha sido”, declaró McGrady. “Todos esos jugadores que estuvieron antes que yo me inspiraron. Me dije, “un día llevaré la misma camiseta que ellos”.”

Cuando McGrady finalmente pudo ponerse esa camiseta, se convirtió en exactamente todo lo que siempre quiso ser. No solo fue miembro de los Magic, sino que se convirtió en la gran estrella del equipo. Se suponía que Grant Hill estaría allí con él, pero las lesiones –malditas lesiones- acabaron con su carrera. Se quedó solo. Solo ante el peligro. Hasta que Houston se cruzó en su camino.

“Todos nos sentamos y nos preguntamos qué hubiera pasado si Tracy hubiera pasado la mayor parte de su carrera con nosotros, no solo esos cuatro años. Seguramente su número estaría colgando del pabellón”, explicó Martins.

Curiosamente, los Magic nunca han retirado la camiseta de ninguno de sus jugadores, dato defendido por la juventud de una de las últimas franquicias en unirse a la NBA. Tan solo el número ‘6’, como homenaje a los aficionados (sexto hombre), cuelga en lo más alto del Amway Center. Un dato que, no obstante, poco o nada le preocupa a nuestro protagonista.

“Muchas cosas podrían haber sucedido en mi carrera si hubiera elegido una u otra opción. Pero no, no miro hacia atrás. Me quedo con las experiencias vividas.”

McGrady, como tantas otras estrellas ‘malogradas’ en la historia de la NBA, nunca estuvo cerca de lograr el campeonato con los Magic y su etapa en Orlando tuvo un final del todo menos feliz. Por suerte, el tiempo cura las heridas y ambas partes parecen haber olvidado ese ‘episodio negro’. Es recordado con un gran cariño por parte de la afición y sus éxitos brillan con fuerza por encima de sus fracasos y decepciones.

Todos los niños crecen soñando con jugar para su equipo favorito. McGrady fue uno de esos pocos niños que, finalmente, lo logró. Tracy y su sueño, cumplido.