Deslumbrante y resplandeciente enfundado en un elegante traje azul marino, Michael Jordan entra en el túnel del Arena Grund –actual Quicken Loans Arena por motivos de patrocinio- de Cleveland con una elocuente y arrebatadora sonrisa y le da a LeBron James, el mejor jugador de instituto de todo el país, un cálido y afectuoso apretón de manos.

“¿Dónde está mamá?”, pregunta Mike. “Está en Nueva Orleans”, responde LeBron, sonriendo ante el recuerdo de lo bien  que había conectado su madre, Gloria, con el astro cuando se conocieron en Chicago el anterior verano. La misma Gloria que dio luz a los 16 años de edad y que, después de que su madre falleciera dos años después, fue a la deriva, junto a su pequeño, de apartamento en apartamento en los suburbios de Akron. “Vi drogas, armas, asesinatos,… Era una locura”, explicó LeBron en una entrevista para Sports Illustrated. “Pero mi madre siempre tenía comida para alimentarme y ropa para vestirme.”

El reloj marca las diez de la noche del último día de enero de 2002 y, por un momento, parece detenerse, consciente de la magnitud de la instantánea que se muestra ante él. Pasado, presente y futuro de la NBA, cara a cara, en un momento con tintes históricos. Una versión reducida y bipolar de la magnífica e irrepetible fotografía capturada en el quinto Congreso Solvey, la imagen más importante y famosa de la historia de la ciencia. El mejor jugador de todos los tiempos y el prospecto más brillante de la historia del high school que algunas personas, desde los general manager de la NBA hasta los más altos ejecutivos de las compañías deportivas, se atreven a señalar como su sucesor.

Minutos antes, Jordan había ajusticiado a los Cavaliers con un buzzer-beater para dar la victoria a los Wizards por un ajustado 93-92. El box-score final arrojaba 26 puntos a favor, pero aquella noche daba comienzo un partido aún más importante que marcaría el futuro de la competición hasta nuestros días.

Charlan durante unos minutos, en una relajada y amigable conversación que gira en torno al próximo partido de LeBron y las bromas respecto a su indumentaria –Adidas era la empresa encargada de vestir al equipo deSt. Vincent-St.Mary-, hasta que Jordan se despide con un consejo: “Un bote, detente y levántate. Eso es lo que quiero ver.”

LeBron asiente y sonríe. “Lo haré”, responde. La inmensa repercusión que ha creado el jugador en los últimos meses es difícil de digerir y delimitar. No solo se ha ganado por mérito propio el cartel de mejor jugador de la secundaria de todo el país ya en su año junior, sino que, además, un dilatado número de scouts y directivos de la NBA le auguran un futuro como número uno del próximo Draft –aunque la normativa de la liga no le permitirá presentarse hasta 2003-. Por si fuera poco, alterna sus últimos cartuchos en el high school con reuniones y audiencias con el mejor jugador que ha pisado nunca una cancha de la competición.

Sin embargo, este mundo de focos, repercusión mediática y glamour entre canastas no es nada nuevo para él. El mismo verano en el que su madre estrechó lazos con ‘His Airness’, él tuvo el honor de ser el único jugador de instituto invitado a formar parte de los entrenamientos de máximo secreto de Jordan en Chicago. Asimismo, compartió cancha durante estas ‘pachangas’ estivales con estrellas de la liga como Tracy McGrady, Jerry Stackhouse y Michael Finley. Todo, con tan solo 17 años.

“A su edad, LeBron James es el mejor jugador que he visto en los 37 años que llevo en este negocio. Por encima de Kevin [Garnett], Kobe [Bryant] y Tracy [McGrady]”, explicaba Sonny Vaccaro, representante de Adidas que firmó los primeros acuerdos deportivos con Jordan (para Nike) y los propios Kobe y McGrady.

LeBron y Jordan

Foto: ESPN

No exageraba. El curso anterior, mientras lideraba a los Fightings Irish a su segundo título estatal, se convirtió en el primer estudiante de segundo año en ganar el premio ‘Ohio Mr. Basketball’. Su ya de por si inconmensurable repercusión se había disparado el mes de julio, cuando fue nombrado MVP del prestigioso Adidas ABCD Camp, el mismo que había servido de plataforma a Kobe Bryant. Fue el propio escolta de Los Ángeles Lakers el que obsequió a LeBron con unas zapatillas Adidas especiales antes de la disputa de un partido ante la prestigiosa Oak Hill Academy. Aunque LeBron miraba hacia otro horizonte mucho más ambicioso. Perseguía a ‘su fantasma’ particular, en la que ha sido su enfermiza obsesión a lo largo de su carrera profesional.

“Muchos jugadores saben cómo jugar, pero realmente no conocen este deporte. Pueden anotar pero, ¿saben cómo hacer que su equipo sea mucho mejor? Yo veo las cosas antes incluso de que sucedan. Y eso es algo que aprendí viendo a Jordan.”

Mientras los cazatalentos de la NBA se muestran unánimes en sus elogios hacia el ‘juego universal’ de LeBron, Danny Ainge, uno de los personajes más perspicaces y notables en el reclutamiento de estrellas emergentes y operaciones brillantes –quien sabe, quizá, condicionado por sus años como jugador junto a Auerbach en Boston- iba más allá. “Si fuera general manager, tan solo hay cuatro o cinco jugadores en toda la NBA por los que no cambiaría a LeBron en este momento.”

De hecho, su impacto era tal que los partidos de los Fighting Irish atraían una media de 4.000 aficionados por encuentro, el doble que los que se desplazaban al pabellón James A. Rhodes, santuario del equipo de la Universidad de Akron.

Duke, Carolina del Norte, Florida, Ohio State, Louisville,… son algunos de los nombres de los centros universitarios ansiosos por reclutarlo que rondan su cabeza, mientras ve alejarse por el túnel de vestuarios la figura ilustre de Michael Jordan. Varios niños se acercan a él para pedirle autógrafos. Incluso Butch Davis, entrenador de los Cleveland Browns de la NFL, se acerca a él y le guiña un ojo, divertido. “¡Hey, LeBron! ¿Cómo estás? ¿Quiéres jugar como receptor para nosotros? Pero solo para la red zone. ¿Qué te parece?”

Pero en su mente ya no hay cabida para insinuaciones, halagos o cantos de sirenas procedentes de los mejores centros del país. Firma los autógrafos mientras esboza una tímida sonrisa mecánica, pero está lejos de allí. Muy lejos. Los pasos de ‘Su Majestad’ terminan por perderse en las sombras del Arena Grund y, tras ello, urde su ambicioso plan. El trono de la NBA abre sus puertas ante él. Y solo puede haber un rey. Después de ganar el anillo con Cleveland Cavaliers en 2016 tras la histórica remontada ante Golden State Warriors, el astro LeBron James exclamó: “Mi motivación es este fantasma al que persigo. El fantasma jugó en Chicago”. Ese “fantasma” es, por supuesto, Michael Jordan.

16 años después, y tras una infinidad de batallas, la guerra de sucesión sigue en pie.