5 de junio de 2012. Quinto partido de las Finales de la Conferencia Este. El reloj marca 58 segundos para que finalice el encuentro. La afición del American Airlines Arena empuja a sus jugadores en la que puede ser una defensa decisiva. Todo el escenario se reduce a dos jugadores. LeBron James mantiene la mirada fija en Paul Pierce, dueño del balón. El de verde encara al ‘6’ de los Heat con un par de botes bajos y se levanta. Triple. Silencio en el pabellón. ‘The Truth’ se gira sonriente y se dirige al banquillo mientras hace gala de su sangre fría. Partido para Boston.

LeBron, que ha rozado la falta para evitar el triple del rival, no llega a comprender lo que acababa de ocurrir. La historia volvía a repetirse. Tras remontar un 2-0 inicial en la serie, los Celtics disponían nuevamente la oportunidad de ajusticiar al flamante MVP de la NBA – tercero en su haber – y resarcirse de la dura eliminación vivida la campaña anterior. Otro año sin conseguir aquello que más ansiaba: el anillo de campeón. Las críticas se cebarían con él, como había sucedido desde que se agenció la primera posición en el Draft de 2003. Pese a los 30 puntos y 13 rebotes logrados, su pobre aportación anotadora en el último cuarto sería como canela en rama para sus detractores más férreos.

En aquellos instantes, miles de ideas recorrían su mente. La palabrería vertida en su presentación con los Heat le sobrevolaba la cabeza. “Not five, not six, not seven…”. ¿Realmente era tan costoso el precio del éxito? Hacía apenas un año los Mavs dejaron a los de Florida en evidencia. Tras ello, LeBron había decidido cambiar sus hábitos: leía libros, se mostraba más humilde y trataba continuamente de cohesionar a sus compañeros y ser más líder que nunca. La bofetada a la prepotencia de James podía ser doblemente dolorosa si los suyos no accedían a las Finales, nada menos que ante unos veteranos Celtics.

Tal vez ningún deportista jamás había sido sometido a tanta presión. Por aquel entonces James era con diferencia el jugador más odiado de la liga. Repudiado por los aficionados tras su marcha de Ohio, tanto por las formas como por el hecho en sí mismo, la gran mayoría esperaba ver una nueva caída del Rey. Una de la que no pudiera levantarse. En Massachusetts estaban preparados para dar la estocada final. El TD Garden vestiría sus mejores galas para llevar a sus Celtics a una nueva final y ejecutar al Rey frente los ojos de todo el mundo. Un Garden que había despachado a LeBron antes de tiempo en Playoffs en 2008 y 2010, cuando todavía portaba la espada de Cleveland Cavaliers.

Sin embargo, después de sufrir la daga de Pierce, algo despertó en su interior. Una esencia que ha vivido en él hasta el día de hoy. Un aura que por momentos le hace parecer más una deidad que un simple jugador de baloncesto. LeBron se sumió en su mundo. No intercambió palabra ni con sus compañeros ni con sus entrenadores después de la derrota. No podía permitir que Miami perdiera la eliminatoria. Su legado estaba en juego.

Llegó el día del juicio. 7 de junio de 2012. James apareció tranquilo en el pabellón, sin parafernalias, y se dirigió al vestuario visitante. Con algunas horas de margen, aprovechó para evadirse mediante un libro. El archiconocido Sinsajo, tercer ejemplar de la trilogía de Los juegos del hambre. Todas las cámaras se posaban sobre él. Sobre la misma persona en quien a los 18 años se delegó el utópico cometido de ser el mejor jugador de todos los tiempos.

David Fizdale, asistente de Erik Spoelstra durante aquellos fructuosos años, fue una de las personas que vivió de cerca aquel proceso de redención que duró casi 48 horas. El propio Wade le confesó que no había nada de qué preocuparse. Dentro de la organización, todos sabían de la importancia de aquella noche para LeBron. Todos sabían que tenía que ganar el próximo partido. Por eso mismo, nadie quiso interferir en su fase de meditación.

Era la hora. Más de 18.000 espectadores se habían congregado para ver la última caminata del monarca. Su penitencia hacia el cadalso. Con semblante impasible, el Rey se enfrentaba a una última batalla. Estaba calmado, pues era consciente de que todo dependía de él. Sabía que era capaz de lograrlo. Ya no era el jugador inmaduro que se desesperaba inútilmente en Cleveland. Sus derrotas habían forjado un jugador nunca antes visto, capaz de dominar todos los aspectos, sin fleco alguno, en una cancha de baloncesto.

Los quintetos de ambos equipos saltan a la cancha, pero solo uno de ellos acapara todas las miradas. Sus ojos lo dicen todo. Agachado y apoyado sobre sus propios muslos, James alza la cabeza. Un rostro que denota un fuego y ansia de sangre.

El partido comienza de poder a poder, con cada escuadra llevando su plan a cabo. Sin embargo, tras varias jugadas iniciales hay algo que empieza a alertar al público: Paul Pierce se ve netamente superado por James. Abierto, en penetración, al poste… el repertorio ofensivo del Rey parece no tener fin. Sin celebraciones sobreactuadas, el número ‘6’ de Miami muestra una seriedad casi escultural a cada canasta anotada.

Boston no consigue acertar con la tecla. Mientras tanto, el reloj sigue corriendo y la ventaja visitante va in crescendo. Un murmullo comienza a recorrer las gradas del pabellón. Quizá sabedores de lo que está por acontecer. Con poco más de un minuto para llegar al descanso, Chris Bosh recibe en la zona. Defendido por Ray Allen, aprovecha su ventaja en centímetros para soltar una especie de gancho sin demasiada fortuna. Brandon Bass y Kevin Garnett se disponen a coger el rebote cuando una sombra roja les sobrevuela y hunde la bola con una violencia pavorosa. Es LeBron James, que pone diez puntos arriba a su equipo.

Juwan Howard lo ve claro: los Heat van a volver a Miami y tendrán la oportunidad de ganar las Finales de Conferencia por segundo año consecutivo. 30 puntos de James al finalizar el segundo periodo. La actuación se prevé antológica.

Tras la reanudación el partido continúa el mismo esquema que en el primer tiempo, con LeBron algo más comedido pero igual de resolutivo cuando el balón recae en sus manos. No hay opción para los aguerridos locales. El encuentro se cierra con un contundente 98-79 para Miami. La eliminatoria vuelve a Florida con la sensación de que el resultado depende meramente del concurso de un único jugador. Saldo final para James: 45 puntos, 15 rebotes y 5 asistencias, con un 19 de 26 en tiros de campo ante la segunda mejor defensa de la temporada. Números no vistos desde Wilt Chamberlain en el coto particular de los Celtics.

Aquel fue el día en que se forjó el hombre a quien comparan con Michael Jordan. La historia que aconteció después es de sobra conocida: los Heat sentenciaron el séptimo en casa y arrollaron a unos inexpertos Thunder en la final por 4-1. LeBron fue nombrado MVP de las Finales. Miami y James repetirían honores en 2013, para que un año más tarde LeBron regresara a la que fue su casa y pudiera redimirse a ojos de toda la NBA.

Aquel día, hace seis años, estuvieron prestos a sepultar su figura. Hoy, es leyenda.