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Reflejos

El día que Elton Brand perdió la inocencia

Jerry Krause se había vuelto a enamorar. Igual que otras tantas veces en su vasta carrera, volvía a tener esa sensación casi enfermiza que no le dejaba dormir bien por la noche y que le acompañaba de día, en la oficina y en el coche, en horario laboral o disfrutando de sus nietos.

Jerry Krause se había vuelto a enamorar. Igual que otras tantas veces en su vasta carrera, volvía a tener esa sensación casi enfermiza que no le dejaba dormir bien por la noche y que le acompañaba de día, en la oficina y en el coche, en horario laboral o disfrutando de sus nietos.

Desde principios de año llevaba rondándole en la cabeza un pensamiento. Un pensamiento que se había convertido en los últimos días en una punzada, una obsesión y que le iba a, prácticamente, obligar a deshacerse del mejor jugador, del símbolo de una reconstrucción que ya se alargaba tres años en el tiempo y que se había estancado dramáticamente.

Fue en una noche de febrero de 2001 cuando lo vio claro. Los Bulls estaban siendo humillados ante los Clippers (¡los Clippers!) en lo que sería la decimoquinta derrota consecutiva, y la incontable de un nuevo curso en el furgón de cola de la NBA.

Una NBA que había tenido en la palma de la mano hace pocos años y que ahora se burlaba de él.

Ya lo había decidido,  Elton Brand no renovaría con los Bulls y sería traspasado. Cada noche lo veía más pequeño, más limitado en defensa, más vulnerable a los contactos y pese a que los números no le daban la razón, más alejado del jugador franquicia que esperaba que fuese apenas un año y medio antes.

Krause se había enamorado, y ya soñaba despierto, igual que hizo algún día con Scottie Pippen, con Horace Grant o con Toni Kukoc. Esta vez el flechazo había sido doble, y el directivo fantaseaba con dos proyectos inmensos de instituto, dos pívots a priori totalmente complementarios y que formarían las nuevas torres gemelas de la liga -ironías de la vida y la muerte, ese termino caería en desgracia en septiembre de ese 2001- en lo que sería el comienzo de su venganza de las burlas de esos tres años, de la prensa, de los dardos de Phil Jackson, del desprecio de Michael Jordan y de las jugarretas de David Falk.

David Falk. El famoso abogado y representante de Jordan (y por entonces de alguna de las nuevas estrellas de la NBA) que, según se comentaba en los mentideros de la liga, estaba conspirando, por orden directa de Air, en impedir que la franquicia de Illinois recuperara el brillo perdido desde The Last Dance. Al parecer, Falk había intercedido para que Tracy McGrady, el enorme proyecto de alero seleccionado por Toronto, y a la vez su representado, no se marchase a la Ciudad del Viento.

¿Hasta qué punto estaba Jordan detrás de este tipo de movimientos? Es complicado decirlo, aunque lo cierto es que la relación Jordan – Falk estaba en un punto muy bajo, y Jordan tenía en ese momento una carga especial de trabajo preparando lo que sería su segundo advenimiento, por lo que no era muy probable que estuviese destinando su escaso tiempo libre en boicotear a su viejo enemigo.

Pero volvamos a Krause y sus pensamientos (a los no relacionados con donuts, nos referimos). Jerry estaba dispuesto a confiar una vez más en su buen ojo, comos siempre,  y apostar todas sus fichas en dos interiores de High School.

Eddy Curry, un cinco con un cuerpo impresionante y grandes dosis de calidad, al que comparaban con el joven Shaq, y Tyson Chandler, un ala-pívot californiano que recordaba al cuatro de los Wolves Kevin Garnett.

El problema era que los Bulls tan solo contaban para ese Draft  con la elección número cuatro, por lo que es posible que no pudieran contar con ninguno de los dos proyectos, y mucho menos con ambos. Sin embargo, ya se rumoreaba que Kwame Brown había sobresalido en los workouts privados de Wizards y sería escogido en la primera posición por el equipo capitalino, por lo que conseguir una elección por delante de su cuatro podría bastar.

Las torres gemelas bien vale un esfuerzo

La solución, una llamada a Los Ángeles, poseedores de la segunda elección y consiguiente traspaso de la misma por un jugador al que hace unas semanas se había colocado el cartel de “instransferible” por parte de los Bulls, el mencionado Brand, que esa noche comprobó lo mentirosa que puede ser esta competición (Elton Brand estaba negociando la extensión de su nuevo contrato, aunque Krause sabía a ciencia cierta que no renovaría). Por cierto, que en el traspaso fue incluido Brian Skinner, un clásico en estas lides y que pasó por más de una decena de equipos en su carrera.

El resto de la historia es bien conocida. Los ‘Baby Bulls’ y sus torres gemelas fueron un fracaso de proporciones bíblicas, con sus dos máximos exponentes fuera del equipo en menos de tres temporadas (además de un rosario de jugadores que luego sí triunfarían fuera, como Jalen Rose o Ron Artest).

El compañero de pesca de Krause, y también a tiempo parcial entrenador de los Bulls, Tim Floyd, fue cesado al poco de comenzar esa temporada, y en abril de 2003, el propio Krause fue invitado a dimitir, escudándose en  problemas de salud.

Por su parte, Elton Brand continuó una carrera sólida y regular -aunque alérgica a los playoffs durante muchas temporadas- y, justo es decirlo, jamás se convirtió en el jugador franquicia de nada serio, tal y como aventuró Jerry Krause hace ya más de trece años.

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