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Reflejos

Portland Trail Blazers, destino fatal

Hay un sitio en los Estados Unidos donde triunfar y españoles no puede ir en la misma frase.

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Getty Images

Cuatro historias trazadas por dos líneas, una roja y otra negra, los colores característicos de la franquicia NBA que más españoles a albergado (junto con Memphis Grizzlies) en la historia del baloncesto profesional americano.

La historia de los Blazers está salpicada por continuas elecciones erróneas (véase draft de 1984 o 2007) o puros caso de mala suerte, como ese último cuarto del séptimo partido de las finales del oeste que los de Oregón tenían ganado (73-58) ante los Lakers y que acabaron perdiendo de forma estrepitosa, sepultando a uno de los equipos con más talento de la historia de la liga en el olvido.

Momentos que han cambiado para siempre la historia de la NBA, a la que solo han podido rendir en una ocasión, en los lejanos 70 de la mano de Bill Walton y su rojiza cabellera.

Pero esa maldición se ha acentúa cuando en el cocktail Blazer sumamos un apellido español, como si que un nativo de la piel de toro fracasase en el Rose Garden fuese una costumbre deportiva más, al estilo de la lluvia en Wimbledom o las averías estrambóticas de Carlos Sainz en un campeonato del Mundo de Rallyes.

Fernando Martín, el pionero invisible

Si Fernando Martín no hubiese sido el primer español en la NBA, y a cambio hubiese nacido en Cleveland, nadie revisaría su ficha ni estadísticas de un jugador marginal en un equipo que tenía como figuras a Kiki Vandeweghe y Clyde Drexler.

Pero lo cierto es que este madrileño había cambiado la historia del baloncesto patrio, alcanzado un universo paralelo hasta ese momento, un deporte que poco tenía que ver con el que se acostumbraba a ver en la recién creada liga ACB, y por eso los focos de la historia recaerían para siempre en él.

Pese a que la temporada de Martin fue una continua estancia en el ostracismo, hay que ser justos y decir que la preseason fomentó una serie de esperanzas que, como se vio una vez comenzó lo serie, no eran para nada reales. Y es que el ex jugador del Real Madrid fue el máximo anotador del equipo en puntos por minuto –junto con Sam Bowie, otro nombre maldito- y el segundo con más minutos totales. Esta experiencia fue la continuación a la primera toma de contacto del madrileño en la NBA, que ya tuvo anteriormente otra oferta encima de la mesa -en este caso un contrato no garantizado – que rechazó para intentar un nuevo asalto a la Copa de Europa.

Pero volviendo a la temporada oficial, el protagonismo que Martín había disfrutado durante sus primeras semanas se evaporó una vez Mike Schuler, técnico de los Blazers, le excluyó de la rotación de forma tajante.

Mucha se ha hablado de la relación entre Schuler y el español, y si bien es cierto que el técnico no fue demasiado generoso en oportunidades con Fernando, siempre tuvo palabras de elogio hacia el internacional, que también se vio perjudicado por la guerra interna que sufrian los Blazers entre sus dos estrellas, Drexler y Vandeweghe, en rebelión por el enorme protagonismo que había cobrado esa temporada Jerome Kersey.

La temporada transcurrió, por tanto, con un equipo muy definido y que pese a los problemas internos, acabó alcanzando los playoff antes de ser barrido por los Rockets en primera ronda.

Fernando Martín acabó con un puñado de partidos jugados y una atmosfera de decepción rodeándole, creada sobre todo por los incipientes medios de comunicación especializados en España.

Sin embargo, esa corriente de decepción no afectaba al bravo pívot, que en una entrevista a El País justo al terminar su temporada de rookie ya manifestaba su intención de alargar su aventura americana:

“Al igual que el primer año es lógico que se rinda menos que cualquier americano formado allí, el segundo año es de consolidación, pero sólo para los muy buenos. Todo eso es muy complicado, hay gente, que tarda años, depende de dónde juegues… A lo mejor mi año de consolidación es el tercero o el cuarto. “

Sin embargo esas expectativas nunca se cumplieron. Ramón Mendoza se cruzó en el camino con una oferta irrechazable, y aunque el jugador alegaba que el dinero no era la causa de la marcha de la NBA, el suculento contrato -equiparable a las mejores fichas del equipo de fútbol- aderezado a las nulas perspectivas de minutos, y una inadaptación a ciertos aspectos de la vida americana, truncaron la posibilidad de una segunda experiencia en los Blazers.

Casi treinta años después, y analizando el caso con perspectiva, se puede afirmar que fueron dos los factores que desencadenaron la poca confianza de Mike Schuler y la posterior condena perpetua a banquillo.

Por un lado, una obsesión de los americanos desde que Martín arribó a Oregón fue la intención de que se empleara en el puesto de alero, posición para la cual el jugador no tenía recursos técnicos suficientes – no así físicos, habitualmente era de los más destacados del equipo en este aspecto- para poder pelear cara a cara ante sus compañeros de puesto.

Y en segundo lugar, el equipo, como un todo en sí mismo. Desde un clima enrarecido, con las estrellas medio enfadadas y una lucha de roles constante, junto a un técnico nuevo en el puesto que se alejaba de los experimentos a toda velocidad, crearon una atmosfera donde un europeo, blanco y novato, tenía prácticamente imposible destacar, tal y como se constató a lo largo de la primera temporada de un compatriota en la mejor liga del mundo.

El chocolate español llega a la NBA

Casi dos décadas después del testimonial paso de Fernando Martín por Oregón, los Blazers se hacen con los derecho, vía traspaso con Phoenix Suns, de Sergio Rodríguez, jovencísimo base formado en la cantera del desaparecido Club Siglo XXI y que había estallado en Estudiantes, sobre todo la temporada anterior a su aventura americana, llegando a esta como campeón del Mundo en un torneo en el que había tenido una importancia vital sobre todo en las semifinales ante Argentina.

Sergio Rodríguez, conocido como “El Chacho” estaría durante tres temporadas en los Blazers, desarrollando un rol distinto en cada uno de ellos, aunque siempre condicionados por un mismo factor común: el aparente distanciamiento entre su forma de ver el baloncesto y la de su técnico, Nate McMillan.

En su temporada como novato el base tuvo momentos brillantes, ciertos destellos que presagiaban el talento con el que contaba el actual jugador del Real Madrid, alternado con muchos partidos en los que apenas entraba en la rotación.

Antes de continuar analizando su trayectoria en la liga, hay que tener claro una cosa: El enorme deseo de Sergio de estar allí, incluso en las condiciones más adversas, motivación que incluso pudo resultar imprudente, ya que quizá un jugador con el talento natural de Rodríguez, pero si defectos tan sangrantes en el apartado físico y defensivo, hubieran dado como resultado una carrera mas tardía, pero posiblemente más completa.

Pese a esos defectos, el estilo electrizante y el carisma del jugador lo hacen uno de los más queridos por la grada del Rose Garde, que reclama más minutos para el español en detrimento del aseado guard Jarrett Jack, máximo competidor por el puesto de Sergio.

“La gente me empieza a reconocer cada vez más por la calle, pero ni mucho menos es algo agobiante… Los aficionados de aquí son muy educados y amables. Quizá menos efusivos que en España, aunque hasta ahora siempre me han tratado con mucha cortesía y cariño”

Esa primera temporada dejó un buen sabor de boca que no tendría su continuidad en la segunda, en la cual el canario seguiría contando muy poco para McMillan, obsesionado en equilibrar el talento ofensivo de un equipo con Roy y Aldridge a la cabeza, y que añadiría, para colmo, a otro base importante a la rotación, Steve Blake.

Pese a las cada vez mayores críticas de la prensa española a la decisión de poner rumbo a la NBA tan pronto, Rodríguez no desfallecía en su lucha por hacerse un hueco en la rotación, evidenciando una importante mejora en aspectos tales como el tiro o la potencia de piernas.

Sin embargo, el balance es casi un calco de la temporada anterior, con unos Blazers que van sumando piezas a su roster, para crear uno de los proyectos más ambiciosos de la década, y que sin embargo van dejando al margen al español, que estuvo a punto de entrar en varias operaciones de traspaso en más de una ocasión.

La tercera temporada traerían en cambio aires más optimistas para el base, que recibió dos buenas noticias: la extensión de su contrato por una temporada más, y la llegada al equipo de un compatriota con el que se entendía a la perfección, Rudy Fernández. Sin embargo, y pese a esas buenas noticias, el base alcanzó su mayor nivel de polémica tras solicitar públicamente el traspaso a otro equipo, algo que molestó a un McMillan que ejercía su puesto con mano de hierro: “Mis puertas están abiertas. Yo escucho y si es infeliz, que venga y me lo diga a mi y no a la prensa”

La nueva temporada devoró el conflicto y Rodríguez encadenó varios partidos a un gran nivel, con la spanish connection funcionando a las mil maravillas, gracias dos jugadores que levantaban al público y cambiaban el signo de los partidos cuando estos languidecían. Pero ese efecto gaseoso que imprimían a los partidos se contagió a su temporada, que fue de más a menos, volviendo a desaparecer de la rotación pese al protagonismo de comienzo de temporada. Ni la marcha de Jack el verano anterior, ni la conexión con Rudy habían logrado convencer a McMillan, lo que dejaba por zanjado el ciclo de Sergio en Portland, hecho que se consumó con su traspaso a los Sacramento Kings, a los que llegó a cambio del renombradísimo Jeff Pendergraph.

Rodríguez jugaría una temporada más en la NBA, con pasaje incluido por los knicks, antes de volver a España. Su fuerte voluntad de triunfar en la mejor liga del mundo finalmente tuvo que desfallecer ante la evidencia de una nula evolución como jugador, la cual le había apartado en poco tiempo incluso de la selección española.

Rudy estrecha el cerco

Si había un jugador capacitado, tanto por facultados físicas y técnicas, y por el momento de su llegada a Portland, destinado a triunfar, ese era Rudy Fernández.

El jugador menorquín llegaba a la NBA tras deslumbrar en el Joventut de Reneses, convertido en uno de los mejores escoltas del viejo continente, y listo para compartir minutos con la gran estrella del equipo, el super anotador Brandon Roy.

Además la llegada de Rudy llegó con el mayor momento de optimismo de la franquicia en más de quince años, ya que a la consolidación de Roy y Aldridge se sumaba la llegada del número 1 del anterior draft, un Greg Oden que parecía ser el pívot destinado a marcar las diferencias en el próximo lustro.

Pero, como suele pasar en el deporte, los pronósticos los carga el diablo, y nada más comenzar la temporada Oden se lesiona de gravedad (y hasta la fecha ha ido encadenando lesión tras lesión) trastocando los planes de los Blazers para esa temporada y las sucesivas.

Rudy cuajó una notable temporada, especializándose en el tiro exterior y en ágiles vuelos, que lo llevaron a participar en el concurso de mates, portando una camiseta del ya fallecido Fernando Martín. El escolta acabó con buenas sensaciones, y con un rol muy superior al que nunca tuvieron Rodríguez y Martín, mucho más marginales en su carrera NBA.

Tal fue el inicio apabullante del internacional, que hubo voces al principio de temporada que reclamaban el premio al novato del año, algo disparatado como se vio conforme discurría la temporada. Si llegó en cambio el recor de más triples anotados para un rookie, uno de esos hitos que no se sabe muy bien para que sirven ni quién se entretiene en contarlos.

Los Blazers alcanzaron los playoff después de una larga travesía por el desierto, aunque cayeron de forma clara (4-2) ante los Rockets de Yao Ming y un centrado Ron Artest.

La siguiente temporada fue muy distinta para Fernández. Encasillado en su rol de tirador y limitado en cuanto a su juego, debido a una lesión de espalda consecuencia de una falta criminal de Trevor Ariza, Rudy no pareció estar tan cómodo con su juego como la temporada anterior.

Además el equipo, que tanto había ilusionado la temporada anterior pese a la temprana eliminación, empezó a dar signos de esa mala suerte que siempre ha perseguido a la franquicia. Brandon Roy comenzó a lidiar con serios problemas físicos, al igual que Nico Batum y ¿adivinan? Greg Oden. Además, la última apuesta de los de Oregon, Bayless, estaba lejos de confirmar unos buenos presagios, y acabaría marchándose poco tiempo después. Pero la peor parte se la llevó McMillan, que empezaba a sufrir los efectos negativos de su mano de hierro, con filtraciones a la prensa de varios jugadores, y miradas asesinas por parte de varios miembros de la plantilla cuando el técnico ejecutaba sus rotaciones cuadriculadas.

El resultado de todos estos factores fue un equipo tocado, que empeoró con respecto a la temporada anterior y que volvió a naufragar en la primera ronda del playoff, esta vez ante Phoenix.

Rudy, que había empeorado sus números y perdido su sitio en la rotación, regresó a descansar en España destrozado física y mentalmente. La decisión estaba tomada, el jugador quería regresar a Europa cuanto antes.

“Espero y creo que todos los fans de Portland me puedan entender. Si en algún momento he dicho algo incorrecto pido disculpas. Nate McMillan es un buen entrenador y he aprendido muchas cosas de él pero mi estilo de juego se adapta más a Europa que al sistema de la NBA y por eso prefiero volver a casa.”

El escolta acabo traspasado a Dallas poco después, cerrando un ciclo de dos temporadas que acabó con un sabor amargo tras una primera temporada en la que a punto estuvo de acabar con la maldición de Portland.

Víctor Claver, la saga continúa

Víctor Claver, alero formado en las categorías inferiores del Valencia Basket, no ha hecho más que continuar la senda emprendida por sus antecesores en el conjunto de Oregón.

Claver, internacional de escasa relevancia, es de largo el jugador español con menos nombre de los que ha llegado a los Blazers, y probablemente, junto con Fernando Martín, el que menos opciones tenga de triunfar.

Dotado de un gran físico y una buena movilidad para su altura, pero con enormes defectos de motivación y aparente falta de comprensión del juego,su sitio en la rotación del equipo es muy cuestionable y tras una temporada rookie alternando el primer equipo con la NBDL, en la segunda sus minutos se redujeron todavía más, lo que llevó al jugador que quizá una salida sea lo más conveniente para él y el equipo.

Parece que el valenciano tampoco podrá con la maldición.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Andrew D. Bernstein/NBAE via Getty Images

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Getty Images

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Wikimedia Commons

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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