Esa noche se disfrutaba especialmente de River Walk. La ligera brisa, que había decidido hacer compañía al atardecer, era un alivio después de un largo y caluroso día, y el riachuelo salpicado de tiendas y restaurantes congregaban a más clientes de lo habitual. Un gran número de niños correteaban y jugaban a lo largo del boulevard, una fotografía que hacía cada vez más latente la cercanía del verano en San Antonio.

Un enjambre de familias apuraban las últimas compras en las tiendas que se esparcían a lo largo de Rainforest Cafe, mientras hacían compañía involuntaria a las acarameladas parejas que,  enfrascados en animadas conversaciones, disfrutaban de la noche y del sabor de una comida tan diversa y globalizada como la plantilla del equipo de baloncesto de la ciudad.

Mary Beth charlaba a toda velocidad, como  hacía siempre que una nueva idea le rondaba por la cabeza, y la posibilidad de realizar esos deseados cambios en la habitación de los niños eran un más que merecido acicate a ese ritmo endiablado. Mike, su marido, sonreía mientras escucha, y aunque intentaba de veras prestarle atención, una parte de su pensamiento se estaba concentrando cuatro mesas más a la izquierda, lugar donde había descubierto una silueta que le resultaba muy familiar.

Esa silueta, negra, enorme, también lo había reconocido. Y lo había mirado de reojo, pero sin disimular. Sin duda, también lo había reconocido a él. La silueta estaba sentado con dos negros enormes, y el grupo de vez en cuando soltaba una risotada tan exagerada como ellos,  tan fuerte que resonaba por encima del resto de las conversaciones de mesas de al lado, que los miraban con ligeros aires de superioridad.

La silueta bebió un largo trago de cerveza, se limpió la boca bruscamente con su servilleta de tela, y se puso de pie., mientras miraba fijamente a Mike. Recorrió los poco más de diez metros que los separaban lentamente, en mucho tiempo, demasiado para un tipo tan grande. Hasta quedar justo delante de él.

Justo en ese momento Mary Beth se quedó muda.

– ¿Por qué diablos no eres entrenador jefe?

Y sin que les diera tiempo a abrir la boca, la figura se giró rápidamente hacia ella.

– ¿Eres tú el problema?

El matrimonio Budenholzer acababa de conocer oficialmente a Charles Barkley.

Cuando Mike conoció a Gregg

“Llámalo, en serio” Michael  Budenholzer apenas acababa de instalarse después de esa extraña aventura en Dinamarca, jugando para el Club Vejle Basketball, y la verdad, no tenía ninguna opción mejor.

Su padre, Vince, terco como una mula, no pararía de insistir “No tienes nada que perder”. Y así lo hizo, marcó el teléfono y consiguió la cita. Mike había notado en su interlocutor cierta desgana, aunque la mención del nombre de su padre, casi las únicas palabras que captaron su atención, terminaron de convencer a Gregg Popovich, que se reuniría con él dentro de unos pocos días.

Vince Budenholzer sonreía satisfecho. Conocía a Popovich por su trabajo en común en la Universidad de Pomona (Gregg fue entrenador y Vince director deportivo en los ochenta), y había conseguido al menos una oportunidad para su chico. Y conociendo a Mike, sabía que eso iba a ser suficiente.

Popovich acababa de firmar como técnico asistente en los Warriors de Don Nelson, y tenía cientos de cosas más urgentes que ocuparse de un viejo apellido. Porque, contrariamente a lo que se afirma ahora, Popovich no reclutó a Mike Budenholzer. Ni siquiera sabía de la existencia del joven, un anotador de segunda fila que acababa de colgar las botas casi al comienzo de su carrera.

La reunión fue directa y cruda, como eran ambos. “Me dijo que estaba a su disposición para cualquier cosa, y que si alguna vez necesitaba ayuda, estaría disponible” Mike era un tipo joven, atractivo, e, igual que su padre, tenaz hasta el hartazgo. “Supe que no se largaría. No podría darle largas y que saliera de mi oficina. Lo tuve claro nada más verlo”

Popovich se lo llevó justo después de la reunión a la sala de vídeo de los Warriors y empezaron a observar, en silencio, alguna de las cintas que se acumulaban en la habitación. Después de cada corte, Mike añadía un comentario. Lo que al principio fueron tímidas ideas, con el paso de unos pocos minutos se convirtieron en acertadas apreciaciones tácticas sobre situaciones de juego, sin duda fruto de las interminables horas que Michael pasó con su padre en Pomona, y que eran desarrolladas de forma una forma tan segura como impropias por un chaval de veintipocos . A Popovich casi se le escapa una sonrisa. Casi.

“Está bien, chico, haremos lo siguiente. Trabajarás directamente para mi. Te daré vídeos y harás tu informe. No digas nada a nadie. Y ni se te ocurra preguntarme por dinero.”

Y así lo hizo, día tras día, con todo su empeño ocupado en ello. Igual que en sus tiempos en Pomona, cuando, pese a ser el máximo anotador de su equipo, ya sabía que su futuro estaría en un banquillo. Le encantaba ser un líder. Daba igual que fuese dentro de la pista, u organizando una función de teatro, a Mike le gustaba la responsabilidad, saber que otros dependía de su trabajo, y la recompensa común del trabajo bien hecho.

Y quizá por eso, cuando Gregg Popovich se marchó rumbo a los Spurs como Vicepresidente Ejecutivo, Mike Budenholzer fue, junto con RC Buford, las dos únicas personas de su equipo que se llevaría con él a Texas.

“Bud” continúo con su labor de vídeo en los Spurs durante dos años, hasta que se hizo con un lugar en el banquillo, cada vez más cercano al de su mentor, cada vez más importante. David Robinson, Avery Johnson, Steve Kerr, Tim Duncan, Manu Ginobilli, Tony Parker… Durante dieciocho años, Mike estuvo ahí. Aprendiendo, creciendo como asistente mientras acercaba cada vez más su silla a la de Pop, y siendo un pilar importante de la filosofía de una franquicia que ha vivido en permanente éxito desde hace casi dos décadas.

Le dio tiempo a casarse con una joven del Corpus Christi y formar una familia, echar raíces y ser feliz. Muy feliz. Quizá demasiado para marcharse y seguir creciendo, aunque las oportunidades de hacerlo surgían, y no eran pocas.

Es lo que pasa cuando se está  unido de forma perenne como técnico asistente a uno de los entrenadores más ganadores de la historia de la NBA , te conviertes automáticamente en una tentación muy grande para otras franquicias, aunque no le hagas ni caso. “El era feliz con los éxitos del equipo, criando a sus cuatro niños, y sinceramente pienso que estaba satisfecho con eso. No necesitaba nada más”.

Los Hawks llaman a la puerta

Danny Ferry conocía perfectamente como trabajaban los Spurs, no en vano había sido miembro de la plantilla en 2001, y directivo del equipo tejano en dos ocasiones, hasta que fue contratado como General Manager por unos Atlanta Hawks acomodados en la zona tibia de la Conferencia Este durante años.

Ferry tuvo claro nada más tomar posesión del cargo que quería importar esa forma de concebir el baloncesto a la franquicia de Georgia, y que, si bien era imposible traer a Popovich hasta allí, quizá si tuviese una opción de éxito con su mejor y más perfecto reflejo, su alumno Budenholzer.

“Recuerdo esa conversación con Mike” – rememora Popovich. “Nosotros habíamos hablado en otras ocasiones sobre la posibilidad de que entrenara a otro equipo, pero esa vez todo parecía más firme. Le dije que si no lo hacía, sería algo que se iba a estar preguntando el resto de su vida”

Budenholzer hablaría con Ferry, y al conocerse tan bien, podría hacerlo claro. Esa era la gran diferencia con respecto a otras oportunidades. Hablarían de trabajo en equipo, de la nueva filosofía de la franquicia, y finalmente conseguiría la promesa de que si aceptaba el puesto, tendría libertad para implantar en los Hawks el estilo “Spurs”. Y tras una vida en los Spurs, nació de nuevo.

La temporada 2013/2014 comenzó con Mike Budenholzer como nuevo entrenador de los Atlanta Hawks. Y lo haría con buenas sensaciones, logrando llevar a un grupo joven a la post temporada, y en ella, ponerle las cosas muy difíciles a los Indiana Pacers, que solo podrían con ellos en un agónico séptimo partido.

Y todo eso sin poder contar con su pívot titular Horford durante 53 partidos. Algo estaba cambiando en los Atlanta Hawks..

Un cambio que emerge con toda su fuerza justo un año después. Con un juego coral, divertido, y descaradamente parecido al de los última versión de los Spurs, los Hawks, promedian esta temporada 102,7 puntos por partido y ocupan el primer lugar en asistencias entre todos los equipos de la liga. Y todo eso venciendo la cima de la Conferencia Este, que asiste incrédula al reinado de un equipo sin ninguna superestrella en su roster.

Precisamente esa similitud entre el estilo de juego de su actual equipo y el de su maestro, ha provocado reacciones entre distintos estamentos de la liga, que piensan que esta nueva corriente de pase y reparto colectivo del balón ha llegado para quedarse, como en su momento el contra ataque de los Celtics o la defensa de los Pistons.

“Tiene que ganarse su respeto. Tienen que creer que él tanto fuera como dentro de la cancha. Y no tiene nada que ver conmigo o los Spurs. Lo tiene que conseguir él”.Gregg Popovich.

Pero llegar hasta ahí no ha sido un camino de rosas. Esa misma plantilla, ahora convertidos en los grandes creyentes y practicantes de la filosofía de pase y circulación de balón de Budenholzer, fueron agnósticos al comienzo de la aventura, hace solo dos años.

En la NBA las etiquetas siguen funcionando ajenas a las modas, y un técnico novato es un técnico novato, por muchos anillos de asistente que tenga. “No se ganó nuestro respeto de inmediato, evidentemente” aclaraba el veterano Elton Brand. “Hay cosas que no entendíamos, que son hasta contrarias a algunos dogmas de la liga. Pero él tenía confianza en ellas, y supo transmitirlas. Y te aseguro que de eso no es capaz todo el mundo” Brand, que ha sido dirigido por diez entrenadores distintos en sus quince años de carrera en la NBA, sabe de lo que habla.

Los Hawks, ahora con Budenholzer ejerciendo también como general manager, en lo que parece otro guiño a la muy presente sombra de Popovich, avanzan decididos hacia los playoff  más ilusionantes en la franquicia del halcón desde los añorados tiempos de Dominique Wilkins.

Una post temporada a la que se llega tras disfrutar de varias fotografías que ya quedaran para la historia de la franquicia, como la increíble racha de 19 partidos ganados de forma consecutiva, o la inclusión de cuatro jugadores (Al Horford, Kyle Korver,Paul Millsap y Jeff Teague) en el partido de las estrellas, además de la presencia del propio Budenholzer, que por supuesto, también es el candidato principal a entrenador del año.

Un final de viaje que, quien sabe, pueda acabar con una lucha frente a frente entre viejos amigos, entre alumno y maestro, entre Gregg Popovich y Mike Budenholzer.

Mike Budenholzer

Foto: NBA