Phil Jackson apenas se movió. Ni siquiera amagó con hacerlo. Como intentando volverse invisible, su figura se hundió en el banquillo de los Bulls, repleto de rostros serios y miradas llenas de estupor, una imagen que contrastaba con el ruidoso jolgorio que se vivía unos pocos metros detrás, en las gradas de un Delta Center que sudaba pasión y esperanza aquella tarde de junio del 97. El Maestro Zen apenas podía creer la jugada que acababa de ver. Kukoc había obviado esa elemental norma por la cual no debes perder nunca el contacto visual con la bola, y como castigo recibió un balonazo en la espalda a cargo de Steve Kerr, en lo que pretendía ser un sencillo pase de transición y que acabó convirtiéndose en fuego amigo. Howard Eisley, como siempre, estuvo rápido y recogió la pelota, huérfana de dueño,  asistiendo a Chris Morris, que anotaba dos puntos más para los Jazz con una sencilla bandeja. Los de Sloan habían comenzado ese quinto partido de la serie final absolutamente lanzados y ya mandaban por catorce puntos, cuando ni siquiera se había consumido todo el primer cuarto. Utah Jazz no hacía prisioneros, y menos aquel día.

Jackson resopló y miró al suelo. Nada estaba saliendo bien aquella noche. Es más, prácticamente nada estaba saliendo bien desde que habían llegado a Salt Lake City. El cuarto partido de la serie se había escapado de mala manera, después de haberlo tenido en la palma de la mano. Pero ese genial pase de Stockton al contra ataque y la bandeja de Malone con solo cuarenta y cinco segundos lo cambió todo. Perder el cuarto partido de las finales con un formato 2-3-2 no es una buena noticia. Para nada.

Y sin embargo, lo peor no había ocurrido en la pista. Al fin y al cabo, perder en el Delta Center un encuentro de esa serie estaba dentro de los planes. Lo peor sucedió cuando Michael Jordan requirió a altas horas de la madrugada al equipo de médicos de los Bulls, aquejado de vómitos, diarrea y nauseas. Nunca se llegó a determinar que es lo que realmente le pasó al mejor jugador de la historia aquella noche, y las teorías siguen aflorando años después. Desde una gripe, hasta una intoxicación estomacal –Air pidió una pizza de pepperoni a un restaurante cercano al hotel y fue el único del equipo que la probó- pasando  por sospechas de envenamiento, las teorías son muchas pero el resultado solo uno y bien conocido: un Jordan débil y con fiebre, absolutamente deshidratado, con el que los médicos fueron categóricos: “Es absolutamente imposible que juegues mañana”

Para el que haya seguido la carrera de Jordan, la palabra imposible tiene muchos significados posibles, y muy pocos de ellos concuerdan con el del resto de los mortales. Era imposible que volviera a ser el mejor jugador del mundo tras un exilio voluntario en el beisbol, y lo logró. Era imposible que sobrepasará a leyendas como Bird o Magic, y lo consiguió holgadamente. Era imposible que escogiera a Kwame Brown como número uno del draft del 2001 y… bueno, todo el mundo se equivoca.

Pero desde luego, era imposible que Jordan se perdiera un quinto encuentro de las finales, y así sucedió. No obstante, hay que darle la razón a los doctores en una cosa. Jordan no jugó ese partido al menos hasta el segundo cuarto. En esos primeros nueve minutos durante los cuales los Bulls son zarándeados de manera brutal por los Jazz, Michael vaga como un alma en pena por la pista. Lento, sudoroso, y terriblemente pálido, no termina de engancharse al brutal ritmo que marcan los locales, al son de un Stockton en el mejor momento de su carrera.

Y al segundo cuarto, resucitó

“Antiácidos, laxantes, somniferos, café, y la dichosa pizza de pepperoni. Jordan tendría que haber ido al hospital aquel día, y sin embargo se marchó a jugar con su equipo”

Tal era el estado del escolta, que Pippen quedó tremendamente impactado cuando lo vio entrar por una de las puertas laterales del Delta Center. “Su mirada estaba perdida, nunca lo había visto así. No creía que fuera capaz siquiera de ponerse el uniforme” 

Jordan se perdió en la oscuridad del vestuario y se tumbó boca abajo, completamente derrotado aún sin comenzar la batalla. Al menos la baloncestística. Cerró los ojos y comenzó a visualizar el partido. Sus tiros. Sus pases. Su defensa. Ese legendario espíritu competitivo hizo su aparición una vez más, quizá con más fuerza que nunca. Y se vistió de rojo otra noche. Pero no una noche más. “Puedo jugar, Phil”

Pero volvamos al partido. Los Jazz demuestran porque son los mejores del salvaje oeste y han arrasado durante casi todo el primer cuarto. Solo un gigantesco Pippen aguanta a Chicago, aunque sus esfuerzos son insuficientes ante las acometidas de un equipo con mucha hambre, que es empujado por el sueño de una ciudad que por fin aparece en el mapa de la NBA, y que después de esa canasta de Morris se ve muy cerca del anillo. Pero es entonces cuando todo cambia.

Jordan comienza a sentirse mejor. A saltar, a tirar cómodo. Y los tiros entran. Logra diecisiete puntos ese cuarto y los Bulls se meten de lleno en la lucha. El Delta Center enmuede ante el rumor de que el Cid Campeador de cabeza afeitada y zapatillas rojas no esté todavía muerto. Cunde el pánico.

Se reanuda el encuentro y durante el tercer cuarto Jordan desaparece de nuevo, cediendo ahora el testigo a la línea de tres puntos con Kukoc en labores de francotirador, y al trabajo inmenso de Pippen en ambos lados de la pista, en uno de sus partidos más completos, y a la postre, menos recordados de toda su carrera. El partido se va convirtiendo gradualmente en un lucha sin piedad. Balones divididos, pérdidas de posesión, faltas y mucho músculo. Justo lo que busca Sloan.

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Se alza el telón del último cuarto y los Bulls han sobrevivido contra todo pronóstico. Y lo mejor, Jordan parece volver a encontrarse de nuevo en condiciones. Con empate a 77, se levanta por encima de Byron Russell -en cuantos póster habrás sido inmortal, Byron- y logra la primera ventaja para Chicago. Ya suma treinta y tres puntos en su casillero anotador. Una auténtica barbaridad que se acrecienta aún más cuando los Jazz piden tiempo muerto, y, tras alcanzarlo a trompicones, se desploma sobre el banquillo, aterradoramente exhausto. A su lado, el gigante autraliano Luc Longley alucina: “Apenas podía estar sentado”

Ese cuarto definitivo es el sufrimiento encarnado en partido de baloncesto. Los mormones se recuperan del estado de perplejidad en el que se encuentran -al fin y al cabo, solo se ve una resurrección cada dos mil años- y vuelven a convertir el Delta Center en un infierno con tintes polígamos.

Se llega al último minuto y Jordan, que solo ha tenido tres de ellos para descansar en la segunda parte, espera a que Pippen suba la bola de un ataque que se presume clave. Visiblemente exhausto, sus porcentajes han ido bajado y los Jazz están de nuevo por encima. 85-84 con un pequeño mundo por delante. Jordan recibe, bota hacia la bombilla aprovechando un bloqueo de Longley y se levanta. Falta. Saca dos tiros y amaga con desplomarse al suelo abatido. El mundo contiene el aliento y abre bien los ojos para no perderse nada. El hombre se está transformando en mito.

Anota el primero con una frialdad pasmosa. Bota antes de lanzar el segundo de la serie. El ruido es ensordecedor, y Jordan apenas se oye botar. La cara, descompuesta, es todo un poema. Completa la rutina y suelta el balón… y falla el tiro. El rebote queda cortó y se produce una melé, de la que es el propio Jordan el que resulta ganador. Retrocede y arma un nuevo ataque. El tipo de la fiebre y la diarrea que apenas se podía mover hace tres horas va a decidir el partido delante de millones de espectadores. Empate a 85.

Le cede la pelota a Pippen, que a su vez se la da a Kukoc. El croata se olvida de lios y se la devuelve rápidamente a Jordan en la frontal. Mike necesita un espacio que no tiene para tirar, y decide seguir jugando. Balón al poste medio para Scottie, que bota un par de veces hasta que atrae a la ayuda. La trampa está montada y el oso ha caído. Pippen le pasa inmediatamente a Jordan, que, solo desde el perímetro, está listo para aniquilar a los Jazz. Stockton llega tarde a la ayuda y solo puede ver como entra n tiro histórico. 85-88.

Los Jazz apuran el intercambio de golpes, pero el partido, y las finales, han terminado. La imagen de Jordan retirándose al banquillo mientras es  abrazado a Scottie Pippen pasa a formar parte inmediatamente de la historia del baloncesto y del deporte, incluso del imaginario colectivo de toda una generación. Esa noche Pippen, preguntado por la prensa sobre ese momento, responde con una sentencia que retumbará durante lustros por el cielo de Salt Lake City

“Esta noche todo el mundo ha visto porqué Él es el más grande”

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