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Reflejos

Here comes Willis and the crowd is going wild!”

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Una ciudad como Nueva York alberga todo tipo de atracciones de todos los gustos y colores para los miles de visitantes que recibe a diario. Importantes museos y galerías de arte, estrenos de películas del más alto nivel, representaciones de los mejores musicales o conciertos con lo más granado del panorama musical actual. Dentro de esa oferta se incluyen obviamente los espectáculos deportivos por parte de los diferentes equipos profesionales que la ciudad acoge. Así, están los Giants de la NFL, ocho veces campeones, los Yankees de la MBL, campeones de 27 Series Mundiales, los Islanders de la NHL, dominadores del hielo a comienzos de los ochenta o sus máximos rivales, los Rangers, campeones en 1994. Todos ellos con sus altibajos pero casi siempre entre los mejores dentro de sus respectivas ligas. Todos menos los Knicks, instalados en la mediocridad desde hace más de 40 años, salvo aquellas dos temporadas en los 90 donde lograron alcanzar las Finales. Instalados en la mediocridad desde que Wiilis Reed ejerciera de mesías para sus compañeros a comienzos de los 70.

El baloncesto profesional en la Gran Manzana no gozó de una gran reputación en sus orígenes, siempre por detrás del fútbol americano, el béisbol o el boxeo, incluso el baloncesto universitario tenía más tirón entre los aficionados que aquellos knickerbockers. Y eso que a principios de los 50 fueron uno de los equipos más importantes del campeonato, alcanzando las Finales tres temporadas consecutivas, aunque perdiendo todas ellas a manos de Rochester y los intratables Lakers de George Mikan. Pero jugadores del nivel de Max Zaslofsky, Dirk McGuire o Harry Gallatin estaban lejos de los focos en una NBA rudimentaria donde tenías que tener un empleo aparte de ser jugador profesional, donde viajabas en autobús o sin una cobertura televisiva a nivel nacional.

Los Knicks se instalaron en lo más hondo de la Conferencia Este los siguientes años, siempre a la sombra de Boston, Philadelphia o Syracuse, relegados a un segundo plano y sin lograr tener un tirón mediático importante a pesar de jugar en la capital del mundo. Ni siquiera sus partidos eran retransmitidos por radio e incluso cuando el circo alquilaba durante varias semanas el Madison Square Garden, los Knicks eran enviados a jugar al 69th Regiment Armory, un edificio de principios del siglo XX habilitado para tal ocasión. Su defensa era de las peores del campeonato y de ello se aprovecharían las grandes estrellas de la época como Elgin Baylor, quien en la temporada 60-61 les endosaría 71 puntos para lograr un nuevo récord de anotación. La temporada siguiente Wilt Chamberlain lograría 100 ante aquellos Knicks que a finales de la 63-64 habían tocado fondo.

El destino de la franquicia empezaría a cambiar ese verano cuando Willis Reed, de la semidesconocida Universidad de Grambling State, era elegido en la segunda ronda del draft. Para Marv Albert, voz de los partidos de los Knicks durante 37 años “era el jugador más competitivo que había visto hasta la llegada de Michael Jordan”. Nacido en la pequeña localidad de Hico, un lugar tan pequeño del que decía que “ni siquiera tiene población”, su impacto en los Knicks y en la NBA fue brutal desde el primer día, siendo All-Star y Rookie del Año tras promediar 19.5 puntos y 14.7 rebotes.

Los Knicks seguían lejos de los mejores equipos y de los playoffs, pero en los años sucesivos, mediante traspasos y elecciones de draft, irían componiendo un gran bloque que daría sus frutos años después. Así, en 1965 llegaría Dick Barnett, procedente de los Lakers, donde había jugado los tres años anteriores. Zurdo y con un curioso lanzamiento en suspensión donde flexionaba las dos piernas hacia atrás, contribuyó a que los Knicks empezasen a ser respetados en la liga. Esa misma temporada sería elegido en el draft Bill Bradley, aunque su debut en los Knicks se produciría dos temporadas más tarde, ya que aceptó una beca para prolongar sus estudios en Oxford. Bradley entrenaría durante la semana con el equipo de la universidad y los fines de semana viajaría a Italia para jugar en la Simmenthal de Milan, con quien se proclamaría campeón de Europa en 1966.

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Bradley debutaría con los Knicks en diciembre de 1967, una vez acabado su periplo en Europa, creándose unas expectativas muy altas en torno a su figura, pues su salario estaba en las mismas cifras que el de las dos máximas estrellas del campeonato, Bill Russell y Wilt Chamberlain. Unos meses antes que él habían aterrizado en la Gran Manzana Walt Frazier y Phil Jackson. Frazier llegaba como la 5ª elección del draft procedente de la desconocida Southern Illinois, mientras que Jackson se convertiría en el complemento ideal que proporcionaba energía al equipo saliendo desde el banquillo, alguien que con sus largos brazos se pegaba con todos en cada partido y entrenamiento.

Tanto Frazier como Jackson formarían parte del All-Rookie Team al final de temporada, formando parte de una plantilla con una variada mezcla de personalidad y talento, donde también destacaban Cazzie Russell y Dave Stallworth, jugadores de banquillo que podrían ser titulares en cualquier equipo NBA. Sin embargo, aún siendo un buen equipo y habiendo regresado a los playoffs, aún estaban lejos de ser unos verdaderos aspirantes al anillo. Faltaban dos piezas para que aquel motor empezase a funcionar como un bólido de carreras.

La primera llegó a mitad de aquella temporada, en forma de un nuevo inquilino para el banquillo. Dick McGuire, leyenda de los Knicks como jugador, sería reemplazado por William “Red” Holzman, neoyorquino de nacimiento, que había pasado los últimos 10 años trabajando como scout para la franquicia. Sería el artífice de unir y dar cohesión a aquel grupo de jugadores. “Les hice ver que jugando sin ningún tipo de egoísmo sería mejor tanto para ellos como para el equipo. Pensaba que era un grupo muy inteligente y ninguno de ellos egoísta. Buscaban al jugador abierto, pasaban el balón y se ayudaban los unos a los otros en defensa. De eso se trata. Si juegas como un equipo, tienes una oportunidad, especialmente si tienes jugadores con talento como yo los tenía”. “Respetaba a los jugadores, no veía diferentes colores”, recordaba Frazier. “Había las mismas reglas para Reed, para Frazier y para el último del banquillo. Respetaba a todos los jugadores y eso hizo que nosotros diésemos el 100%”.

La ultima y necesaria pieza llegaría el 19 de diciembre de 1968, cuando los Knicks traspasaron a Walt Bellamy y Howard Komives a los Pistons a cambio de Dave DeBusschere, uno de los aleros más fuertes y, a la vez, más infravalorados del campeonato, siendo uno de los traspasos más importantes en la historia de la NBA a la hora de cambiar por completo el futuro de un equipo. Era el ingrediente que faltaba y los resultados se vieron inmediatamente. Al mismo tiempo, la salida de Walt Bellamy, propició que Reed pasase de jugar de ala-pivot a jugar como pivot, posición en la que se sentía más cómodo, mientras que DeBusschere pasaría a ocupar la posición de alero alto.

Aquella temporada el equipo alcanzaría las 54 victorias, cayendo en las Finales del Este ante los Celtics en 6 partidos, a pesar de las diferentes lesiones que asolaron a la plantilla. Russell se perdería 32 partidos, mientras que Jackson se perdería la mitad de la temporada y la siguiente en su totalidad debido a una operación en su columna vertebral, con lo que Bradley pasaría a jugar de alero, su posición natural. El equipo había cambiado radicalmente y también su hogar. El nuevo Madison Square Garden estaba listo para albergar una nueva era para los Knicks y la NBA bajo la mirada diaria de espectadores como Robert Redford, Dustin Hoffman o Woody Allen.

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Con la retirada de Bill Russell se abría una posibilidad para Knicks, Lakers, Bullets o 76ers, que hasta entonces no habían podido sobrevivir a la dinastía de Boston. Aquellos Knicks, ganarían 18 partidos consecutivos para un récord final de 60-22, con Reed como MVP del All-Star Game y de la temporada y con Holzman elegido Mejor Entrenador. Después de una primera ronda de playoffs decidida en el séptimo partido ante los Bullets de Unseld y Monroe, los Bucks pronto quedaron atrás en las Finales del Este. Quedaba el último escoyo y, posiblemente, el más duro, los Lakers de Jerry West, Elgin Baylor y Wilt Chamberlain.

Con Chamberlain y Reed compitiendo ferozmente, ambos equipos se repartieron los cuatro primeros partidos de las Finales para llegar al quinto empatados. Al poco de comenzado el encuentro y con los Lakers en ventaja, la tragedia apareció para los Knicks. Reed recibió el balón de Bradley en lo alto de la zona y trató de engañar a Chamberlain amagando el lanzamiento para penetrar a canasta por el lado izquierdo. A mitad de la penetración cayó al suelo con signos de dolor en uno de sus muslos. Parecía el fin del mundo para los Knicks. Con cerca de 30 minutos por jugar y con el MVP de la liga fuera del partido, los Knicks se vieron pronto 20 puntos abajo en el marcador, pero en una gran segunda parte lograron remontar y llevarse el partido, colocando a DeBusschere sobre Chamberlain y con una gran defensa presionante y lanzamientos exteriores. Fue el partido clave de la serie.

La ausencia de Reed en el sexto permitió a Chamberlain campar a sus anchas y sus 45 puntos y 27 rebotes mandaron la serie de vuelta a New York para el decisivo partido. Y la gran pregunta era ¿podrá jugar Willis? Todo eran especulaciones y dudas en las horas previas al partido y más cuando los Knicks salieron a calentar y el capitán se quedaba en el vestuario. Con algo más de 3 minutos para presentar a los quintetos titulares, Jack Twyman, antiguo jugador de los Royals y en ese momento comentarista del partido para la ABC, dijo “¡Me parece que estoy viendo a Willis salir a la pista!” Había recibido 200 cc de cortisona en su muslo y los 19.000 aficionados hacían temblar los cimientos del Madison. “Recuerdo haberle dicho solo unos instantes antes de salir que solo le necesitábamos un par de minutos”, recordaba DeBusschere. Según Reed “lo vi como una oportunidad y para mi, el no salir a la pista sería como dejarles tirados. No iba a permitir que pasara”. Tras una primera posesión fallada por los Lakers, Frazier asistía a Reed en la línea de tiros libres para anotar en suspensión los primeros puntos del partido. La siguiente canasta en juego la haría con otro tiro abierto junto al banquillo de los Lakers. Pero cojeando y mostrando gestos de dolor, Reed no volvería a anotar ningún punto más y ahora Red Holzman necesitaba al resto del equipo para acabar lo que el capitán había empezado. Se encargó de ello Walt Frazier, quien con sus 36 puntos, 19 asistencias, 7 rebotes y 4 robos, firmó una de las actuaciones más memorables de la historia de las Finales, guiando a los Knicks a la victoria y al título por 113-99.

Instalados en la cima del baloncesto NBA y con una popularidad semejante a la de cualquier banda de rock, los Knicks iniciaron la defensa del anillo con la misma plantilla que lo había conseguido unos meses antes. Lograron 52 victorias, pero se dejaron sorprender por los Bullets en el séptimo partido de las Finales del Este. Jugando en casa, un último lanzamiento de Bradley no pudo mandar el choque a la prórroga y los Knicks caían 91-93.

Con Willis Reed limitado a solo 11 partidos en la temporada 71-72, los Knicks decidieron traspasar a Cazzie Russell a cambio de Jerry Lucas, uno de los personajes más surrealistas del deporte estadounidense. Campeón universitario y olímpico, Lucas era capaz de memorizar las 500 primeras páginas del listín telefónico de Manhattan, hacer trucos de magia o juegos de palabras, además de escribir varios libros. “Estaba tan encantado cuando me traspasaron a los Knicks”, recordaba. “Teníamos más jugadas que cualquier otro equipo porque éramos mucho más listos y podíamos recordar más cosas. Y si mis compañeros no podían recordarlo, les enseñaba cómo”. Incluso desarrolló un lenguaje junto a Bradley que usaban entre ellos cuando estaban en la pista. “Nos gustaba jugar con nuestras mentes y nuestros oponentes no tenían ni idea de qué estábamos haciendo. Bill podría decir algo como ‘Innie gotcha walka deeky bongo’ y yo le contestaba ‘Shaniya vooto saweeka sata’ y eso significaba algo para nosotros. Nadie más lo sabía, ni siquiera nuestros propios compañeros”.

En noviembre de esa misma temporada se produjo también la llegada de un fichaje impactante a la ciudad, de uno de los mejores jugadores exteriores del campeonato, Earl “The Pearl” Monroe. Aunque en principio no encajaba con Frazier de la misma manera que los había hecho Barnett, la compenetración fue muy buena y el resultado serían unos Knicks distintos. Alcanzando 48 victorias al final de la temporada regular, lograron llegar a las Finales, pero esta vez el resultado sería diferente. Sin poder contar con Reed en ningún partido y con Monroe muy limitado, fueron superados claramente por Los Angeles a pesar de haber conseguido la victoria en el primer duelo. La conjura para el siguiente año era clara: volver a disputar las Finales.

A pesar de acabar la temporada con un récord de 57-25, los Knicks quedaron en el Este por detrás de unos Celtics que consiguieron 68 victorias, con Cowens, Havlicek y Jo Jo White al mando. Sin embargo, los Knicks sorprendieron adelantándose 3-1 en la serie, pero se dejaron empatar para dar paso a un séptimo y definitivo partido en Boston. Allí, los Knicks se sobrepusieron a la presión y, guiados por los 25 puntos de Frazier y un sorprendente Dean Meminger, reserva habitual del equipo, se convirtieron en el primer equipo de la historia en ganar un séptimo partido en Boston, consiguiendo otro billete para las Finales.

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Tras derrotar a Boston un domingo, el equipo viajó a Los Ángeles para empezar las Finales el martes. Agotados, no pudieron hacer frente a los 30 puntos de Gail Goodrich y cayeron 115-112. Después de eso, todo fue diferente, y New York conseguiría ganar los cuatro siguientes partidos para alcanzar el segundo y, hasta ahora, último anillo de su historia. Lastrado por sus rodillas en las dos últimas temporadas, Willis Reed estaba lejos del jugador que había sido. Sin embargo, sabía que cuando llegase el momento oportuno estaría preparado y, tras una temporada regular donde promedió apenas 11 puntos, elevaría su rendimiento en las Finales, promediando 16.6 puntos y 7.2 rebotes para alcanzar un nuevo galardón de MVP. En medio de la celebración en el vestuario del Forum, Bill Bradley aseguraba que “había olvidado lo bueno que es Willis. Ha estado realmente asombroso”.

La temporada siguiente Reed dijo basta tras 19 partidos y decidió retirarse a una edad bastante temprana (31 años). Al final de la temporada, eliminados por los Celtics en las Finales del Este, Lucas y DeBusschere también decidieron decir adiós, mientras que Bradley, Frazier, Monroe y Jackson aguantarían hasta finales de la década. Era el final de uno de los mejores equipos de la historia, cinco tipos trabajando como uno solo, para muchas puristas y entendidos, lo que el baloncesto debería ser. “Teníamos confianza en nuestra capacidad y sabíamos que éramos un equipo único”, recordaba Jackson. “Pequeños, rápidos y grandes manejadores del balón y un gran juego colectivo…Jugábamos con un estilo que he intentado inculcar a los jugadores que he entrenado todos estos años”.

Más de 40 años después aquellos Knicks siguen frescos en la retina de los aficionados, quizá porque la franquicia no ha vuelto a lograr ningún anillo más. Salvando los 90, con la llegada a dos Finales ante Rockets y Spurs, los Knicks han deambulado por un largo barbecho, estableciéndose como una de las franquicias que más derrotas acumula en las últimas décadas. De hecho, solo Patrick Ewing y Dick McGuire acompañan a aquel grupo de jugadores en el techo del Madison Square Garden. Reed, Frazier, Bradley, DeBusschere, Monroe y Lucas alcanzaron el Hall of Fame como jugadores y Holzman y Jackson lo hicieron como entrenadores. Según Lucas, “es muy posible que fuésemos el equipo más inteligente que haya existido en el baloncesto profesional”. Para Jackson “todos recordamos aspectos de nosotros mismos como individuos y  como equipo pero, por lo que a mí respecta, esos años fueron decisivos en mi carrera deportiva y también en la del equipo. Hubo una gran armonía y creo que se debía a la manera en que jugábamos. Éramos doce jugadores con personalidad propia y estilos diferentes pero, a la hora de jugar, funcionábamos como un reloj”. En un deporte dominado por anotadores y estrellas individuales, los Knicks también demostraron que había un lugar para un baloncesto altruista y colectivo en el círculo de los campeones.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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