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Una ciudad como Nueva York alberga todo tipo de atracciones de todos los gustos y colores para los miles de visitantes que recibe a diario. Importantes museos y galerías de arte, estrenos de películas del más alto nivel, representaciones de los mejores musicales o conciertos con lo más granado del panorama musical actual. Dentro de esa oferta se incluyen obviamente los espectáculos deportivos por parte de los diferentes equipos profesionales que la ciudad acoge. Así, están los Giants de la NFL, ocho veces campeones, los Yankees de la MBL, campeones de 27 Series Mundiales, los Islanders de la NHL, dominadores del hielo a comienzos de los ochenta o sus máximos rivales, los Rangers, campeones en 1994. Todos ellos con sus altibajos pero casi siempre entre los mejores dentro de sus respectivas ligas. Todos menos los Knicks, instalados en la mediocridad desde hace más de 40 años, salvo aquellas dos temporadas en los 90 donde lograron alcanzar las Finales. Instalados en la mediocridad desde que Wiilis Reed ejerciera de mesías para sus compañeros a comienzos de los 70.

El baloncesto profesional en la Gran Manzana no gozó de una gran reputación en sus orígenes, siempre por detrás del fútbol americano, el béisbol o el boxeo, incluso el baloncesto universitario tenía más tirón entre los aficionados que aquellos knickerbockers. Y eso que a principios de los 50 fueron uno de los equipos más importantes del campeonato, alcanzando las Finales tres temporadas consecutivas, aunque perdiendo todas ellas a manos de Rochester y los intratables Lakers de George Mikan. Pero jugadores del nivel de Max Zaslofsky, Dirk McGuire o Harry Gallatin estaban lejos de los focos en una NBA rudimentaria donde tenías que tener un empleo aparte de ser jugador profesional, donde viajabas en autobús o sin una cobertura televisiva a nivel nacional.

Los Knicks se instalaron en lo más hondo de la Conferencia Este los siguientes años, siempre a la sombra de Boston, Philadelphia o Syracuse, relegados a un segundo plano y sin lograr tener un tirón mediático importante a pesar de jugar en la capital del mundo. Ni siquiera sus partidos eran retransmitidos por radio e incluso cuando el circo alquilaba durante varias semanas el Madison Square Garden, los Knicks eran enviados a jugar al 69th Regiment Armory, un edificio de principios del siglo XX habilitado para tal ocasión. Su defensa era de las peores del campeonato y de ello se aprovecharían las grandes estrellas de la época como Elgin Baylor, quien en la temporada 60-61 les endosaría 71 puntos para lograr un nuevo récord de anotación. La temporada siguiente Wilt Chamberlain lograría 100 ante aquellos Knicks que a finales de la 63-64 habían tocado fondo.

El destino de la franquicia empezaría a cambiar ese verano cuando Willis Reed, de la semidesconocida Universidad de Grambling State, era elegido en la segunda ronda del draft. Para Marv Albert, voz de los partidos de los Knicks durante 37 años “era el jugador más competitivo que había visto hasta la llegada de Michael Jordan”. Nacido en la pequeña localidad de Hico, un lugar tan pequeño del que decía que “ni siquiera tiene población”, su impacto en los Knicks y en la NBA fue brutal desde el primer día, siendo All-Star y Rookie del Año tras promediar 19.5 puntos y 14.7 rebotes.

Los Knicks seguían lejos de los mejores equipos y de los playoffs, pero en los años sucesivos, mediante traspasos y elecciones de draft, irían componiendo un gran bloque que daría sus frutos años después. Así, en 1965 llegaría Dick Barnett, procedente de los Lakers, donde había jugado los tres años anteriores. Zurdo y con un curioso lanzamiento en suspensión donde flexionaba las dos piernas hacia atrás, contribuyó a que los Knicks empezasen a ser respetados en la liga. Esa misma temporada sería elegido en el draft Bill Bradley, aunque su debut en los Knicks se produciría dos temporadas más tarde, ya que aceptó una beca para prolongar sus estudios en Oxford. Bradley entrenaría durante la semana con el equipo de la universidad y los fines de semana viajaría a Italia para jugar en la Simmenthal de Milan, con quien se proclamaría campeón de Europa en 1966.

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Bradley debutaría con los Knicks en diciembre de 1967, una vez acabado su periplo en Europa, creándose unas expectativas muy altas en torno a su figura, pues su salario estaba en las mismas cifras que el de las dos máximas estrellas del campeonato, Bill Russell y Wilt Chamberlain. Unos meses antes que él habían aterrizado en la Gran Manzana Walt Frazier y Phil Jackson. Frazier llegaba como la 5ª elección del draft procedente de la desconocida Southern Illinois, mientras que Jackson se convertiría en el complemento ideal que proporcionaba energía al equipo saliendo desde el banquillo, alguien que con sus largos brazos se pegaba con todos en cada partido y entrenamiento.

Tanto Frazier como Jackson formarían parte del All-Rookie Team al final de temporada, formando parte de una plantilla con una variada mezcla de personalidad y talento, donde también destacaban Cazzie Russell y Dave Stallworth, jugadores de banquillo que podrían ser titulares en cualquier equipo NBA. Sin embargo, aún siendo un buen equipo y habiendo regresado a los playoffs, aún estaban lejos de ser unos verdaderos aspirantes al anillo. Faltaban dos piezas para que aquel motor empezase a funcionar como un bólido de carreras.

La primera llegó a mitad de aquella temporada, en forma de un nuevo inquilino para el banquillo. Dick McGuire, leyenda de los Knicks como jugador, sería reemplazado por William “Red” Holzman, neoyorquino de nacimiento, que había pasado los últimos 10 años trabajando como scout para la franquicia. Sería el artífice de unir y dar cohesión a aquel grupo de jugadores. “Les hice ver que jugando sin ningún tipo de egoísmo sería mejor tanto para ellos como para el equipo. Pensaba que era un grupo muy inteligente y ninguno de ellos egoísta. Buscaban al jugador abierto, pasaban el balón y se ayudaban los unos a los otros en defensa. De eso se trata. Si juegas como un equipo, tienes una oportunidad, especialmente si tienes jugadores con talento como yo los tenía”. “Respetaba a los jugadores, no veía diferentes colores”, recordaba Frazier. “Había las mismas reglas para Reed, para Frazier y para el último del banquillo. Respetaba a todos los jugadores y eso hizo que nosotros diésemos el 100%”.

La ultima y necesaria pieza llegaría el 19 de diciembre de 1968, cuando los Knicks traspasaron a Walt Bellamy y Howard Komives a los Pistons a cambio de Dave DeBusschere, uno de los aleros más fuertes y, a la vez, más infravalorados del campeonato, siendo uno de los traspasos más importantes en la historia de la NBA a la hora de cambiar por completo el futuro de un equipo. Era el ingrediente que faltaba y los resultados se vieron inmediatamente. Al mismo tiempo, la salida de Walt Bellamy, propició que Reed pasase de jugar de ala-pivot a jugar como pivot, posición en la que se sentía más cómodo, mientras que DeBusschere pasaría a ocupar la posición de alero alto.

Aquella temporada el equipo alcanzaría las 54 victorias, cayendo en las Finales del Este ante los Celtics en 6 partidos, a pesar de las diferentes lesiones que asolaron a la plantilla. Russell se perdería 32 partidos, mientras que Jackson se perdería la mitad de la temporada y la siguiente en su totalidad debido a una operación en su columna vertebral, con lo que Bradley pasaría a jugar de alero, su posición natural. El equipo había cambiado radicalmente y también su hogar. El nuevo Madison Square Garden estaba listo para albergar una nueva era para los Knicks y la NBA bajo la mirada diaria de espectadores como Robert Redford, Dustin Hoffman o Woody Allen.

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Con la retirada de Bill Russell se abría una posibilidad para Knicks, Lakers, Bullets o 76ers, que hasta entonces no habían podido sobrevivir a la dinastía de Boston. Aquellos Knicks, ganarían 18 partidos consecutivos para un récord final de 60-22, con Reed como MVP del All-Star Game y de la temporada y con Holzman elegido Mejor Entrenador. Después de una primera ronda de playoffs decidida en el séptimo partido ante los Bullets de Unseld y Monroe, los Bucks pronto quedaron atrás en las Finales del Este. Quedaba el último escoyo y, posiblemente, el más duro, los Lakers de Jerry West, Elgin Baylor y Wilt Chamberlain.

Con Chamberlain y Reed compitiendo ferozmente, ambos equipos se repartieron los cuatro primeros partidos de las Finales para llegar al quinto empatados. Al poco de comenzado el encuentro y con los Lakers en ventaja, la tragedia apareció para los Knicks. Reed recibió el balón de Bradley en lo alto de la zona y trató de engañar a Chamberlain amagando el lanzamiento para penetrar a canasta por el lado izquierdo. A mitad de la penetración cayó al suelo con signos de dolor en uno de sus muslos. Parecía el fin del mundo para los Knicks. Con cerca de 30 minutos por jugar y con el MVP de la liga fuera del partido, los Knicks se vieron pronto 20 puntos abajo en el marcador, pero en una gran segunda parte lograron remontar y llevarse el partido, colocando a DeBusschere sobre Chamberlain y con una gran defensa presionante y lanzamientos exteriores. Fue el partido clave de la serie.

La ausencia de Reed en el sexto permitió a Chamberlain campar a sus anchas y sus 45 puntos y 27 rebotes mandaron la serie de vuelta a New York para el decisivo partido. Y la gran pregunta era ¿podrá jugar Willis? Todo eran especulaciones y dudas en las horas previas al partido y más cuando los Knicks salieron a calentar y el capitán se quedaba en el vestuario. Con algo más de 3 minutos para presentar a los quintetos titulares, Jack Twyman, antiguo jugador de los Royals y en ese momento comentarista del partido para la ABC, dijo “¡Me parece que estoy viendo a Willis salir a la pista!” Había recibido 200 cc de cortisona en su muslo y los 19.000 aficionados hacían temblar los cimientos del Madison. “Recuerdo haberle dicho solo unos instantes antes de salir que solo le necesitábamos un par de minutos”, recordaba DeBusschere. Según Reed “lo vi como una oportunidad y para mi, el no salir a la pista sería como dejarles tirados. No iba a permitir que pasara”. Tras una primera posesión fallada por los Lakers, Frazier asistía a Reed en la línea de tiros libres para anotar en suspensión los primeros puntos del partido. La siguiente canasta en juego la haría con otro tiro abierto junto al banquillo de los Lakers. Pero cojeando y mostrando gestos de dolor, Reed no volvería a anotar ningún punto más y ahora Red Holzman necesitaba al resto del equipo para acabar lo que el capitán había empezado. Se encargó de ello Walt Frazier, quien con sus 36 puntos, 19 asistencias, 7 rebotes y 4 robos, firmó una de las actuaciones más memorables de la historia de las Finales, guiando a los Knicks a la victoria y al título por 113-99.

Instalados en la cima del baloncesto NBA y con una popularidad semejante a la de cualquier banda de rock, los Knicks iniciaron la defensa del anillo con la misma plantilla que lo había conseguido unos meses antes. Lograron 52 victorias, pero se dejaron sorprender por los Bullets en el séptimo partido de las Finales del Este. Jugando en casa, un último lanzamiento de Bradley no pudo mandar el choque a la prórroga y los Knicks caían 91-93.

Con Willis Reed limitado a solo 11 partidos en la temporada 71-72, los Knicks decidieron traspasar a Cazzie Russell a cambio de Jerry Lucas, uno de los personajes más surrealistas del deporte estadounidense. Campeón universitario y olímpico, Lucas era capaz de memorizar las 500 primeras páginas del listín telefónico de Manhattan, hacer trucos de magia o juegos de palabras, además de escribir varios libros. “Estaba tan encantado cuando me traspasaron a los Knicks”, recordaba. “Teníamos más jugadas que cualquier otro equipo porque éramos mucho más listos y podíamos recordar más cosas. Y si mis compañeros no podían recordarlo, les enseñaba cómo”. Incluso desarrolló un lenguaje junto a Bradley que usaban entre ellos cuando estaban en la pista. “Nos gustaba jugar con nuestras mentes y nuestros oponentes no tenían ni idea de qué estábamos haciendo. Bill podría decir algo como ‘Innie gotcha walka deeky bongo’ y yo le contestaba ‘Shaniya vooto saweeka sata’ y eso significaba algo para nosotros. Nadie más lo sabía, ni siquiera nuestros propios compañeros”.

En noviembre de esa misma temporada se produjo también la llegada de un fichaje impactante a la ciudad, de uno de los mejores jugadores exteriores del campeonato, Earl “The Pearl” Monroe. Aunque en principio no encajaba con Frazier de la misma manera que los había hecho Barnett, la compenetración fue muy buena y el resultado serían unos Knicks distintos. Alcanzando 48 victorias al final de la temporada regular, lograron llegar a las Finales, pero esta vez el resultado sería diferente. Sin poder contar con Reed en ningún partido y con Monroe muy limitado, fueron superados claramente por Los Angeles a pesar de haber conseguido la victoria en el primer duelo. La conjura para el siguiente año era clara: volver a disputar las Finales.

A pesar de acabar la temporada con un récord de 57-25, los Knicks quedaron en el Este por detrás de unos Celtics que consiguieron 68 victorias, con Cowens, Havlicek y Jo Jo White al mando. Sin embargo, los Knicks sorprendieron adelantándose 3-1 en la serie, pero se dejaron empatar para dar paso a un séptimo y definitivo partido en Boston. Allí, los Knicks se sobrepusieron a la presión y, guiados por los 25 puntos de Frazier y un sorprendente Dean Meminger, reserva habitual del equipo, se convirtieron en el primer equipo de la historia en ganar un séptimo partido en Boston, consiguiendo otro billete para las Finales.

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Tras derrotar a Boston un domingo, el equipo viajó a Los Ángeles para empezar las Finales el martes. Agotados, no pudieron hacer frente a los 30 puntos de Gail Goodrich y cayeron 115-112. Después de eso, todo fue diferente, y New York conseguiría ganar los cuatro siguientes partidos para alcanzar el segundo y, hasta ahora, último anillo de su historia. Lastrado por sus rodillas en las dos últimas temporadas, Willis Reed estaba lejos del jugador que había sido. Sin embargo, sabía que cuando llegase el momento oportuno estaría preparado y, tras una temporada regular donde promedió apenas 11 puntos, elevaría su rendimiento en las Finales, promediando 16.6 puntos y 7.2 rebotes para alcanzar un nuevo galardón de MVP. En medio de la celebración en el vestuario del Forum, Bill Bradley aseguraba que “había olvidado lo bueno que es Willis. Ha estado realmente asombroso”.

La temporada siguiente Reed dijo basta tras 19 partidos y decidió retirarse a una edad bastante temprana (31 años). Al final de la temporada, eliminados por los Celtics en las Finales del Este, Lucas y DeBusschere también decidieron decir adiós, mientras que Bradley, Frazier, Monroe y Jackson aguantarían hasta finales de la década. Era el final de uno de los mejores equipos de la historia, cinco tipos trabajando como uno solo, para muchas puristas y entendidos, lo que el baloncesto debería ser. “Teníamos confianza en nuestra capacidad y sabíamos que éramos un equipo único”, recordaba Jackson. “Pequeños, rápidos y grandes manejadores del balón y un gran juego colectivo…Jugábamos con un estilo que he intentado inculcar a los jugadores que he entrenado todos estos años”.

Más de 40 años después aquellos Knicks siguen frescos en la retina de los aficionados, quizá porque la franquicia no ha vuelto a lograr ningún anillo más. Salvando los 90, con la llegada a dos Finales ante Rockets y Spurs, los Knicks han deambulado por un largo barbecho, estableciéndose como una de las franquicias que más derrotas acumula en las últimas décadas. De hecho, solo Patrick Ewing y Dick McGuire acompañan a aquel grupo de jugadores en el techo del Madison Square Garden. Reed, Frazier, Bradley, DeBusschere, Monroe y Lucas alcanzaron el Hall of Fame como jugadores y Holzman y Jackson lo hicieron como entrenadores. Según Lucas, “es muy posible que fuésemos el equipo más inteligente que haya existido en el baloncesto profesional”. Para Jackson “todos recordamos aspectos de nosotros mismos como individuos y  como equipo pero, por lo que a mí respecta, esos años fueron decisivos en mi carrera deportiva y también en la del equipo. Hubo una gran armonía y creo que se debía a la manera en que jugábamos. Éramos doce jugadores con personalidad propia y estilos diferentes pero, a la hora de jugar, funcionábamos como un reloj”. En un deporte dominado por anotadores y estrellas individuales, los Knicks también demostraron que había un lugar para un baloncesto altruista y colectivo en el círculo de los campeones.

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