En una calurosa noche de agosto de 1994, un grupo de doctores y enfermeras se adentró en Goma, Zaire (actualmente República Democrática del Congo), durante una misión humanitaria en busca de uno de los tantos campos de refugiados hutus huidos del genocidio que asolaba Ruanda. El hedor de los cuerpos yaciendo en el suelo se podía percibir durante kilómetros. Cadáveres alineados a lo largo de sucias carreteras y campos de cultivo. Los árboles habían desaparecido por los continuos bombardeos y miles de refugiados deambulaban en busca de un puñado de comida y de algún tipo de esperanza. En todo caso eran los más afortunados, los que habían conseguido escapar de un genocidio masivo que mató a un 20% de la población del país. Un hombre acompañaba a aquel equipo médico, un hombre que huía también de algo, de su pasado, de un error que cometió unos años atrás y que le marcaría el resto de su vida y el de otra persona. Nadie allí sabía quién era, nadie sabía que había jugado 10 temporadas en la NBA y nadie le juzgaba por lo que había hecho la noche del 9 de diciembre de 1977.

Y es que desde sus primeros años, Kermit Washington ya sabía que su vida no iba a ser un camino de rosas. Porque crecer en la década de los 50 en Washington D.C. ya era suficientemente duro y peligroso, pero a ello se le añadía la difícil situación familiar. Con su madre aquejada de una enfermedad mental, tuvo que enfrentarse al divorcio de sus padres y a deambular junto a su hermano mayor Chris por las casas de varios de sus familiares, los cuales se encargaban de su educación y manutención. Esas penurias marcaron su carácter, haciendo de él un chico tímido y silencioso, sin sentir ningún tipo de afecto de casi nadie. Incluso la situación no mejoró cuando su padre se volvió a casar, en lo que parecía la salida a aquella vida complicada. La relación  con su madrastra no existía, nunca recibió ningún abrazo y todas sus conversaciones se limitaban a “Buenos días o Buenas noches”.

Kermit encontró su motivación y su refugio en las canchas de baloncesto del Rudolph Park cercanas a su domicilio, donde empezó a fraguarse sus sueños, los cuales consistían únicamente en escapar de aquel lúgubre lugar donde había visto a muchos de sus amigos y vecinos caer en los brazos de las drogas o el alcohol, amigos que pasarían muchos años de sus vidas entre rejas. Decidido a cambiar su destino, empezó a trabajar duro su técnica y, sobre todo, su cuerpo, lo que le hizo ganarse un puesto en el equipo de su instituto, aunque su relevancia se limitaba a unos pobres 4 puntos por partido saliendo del banquillo. Con una altura respetable en torno al 1.90, su escuálido peso (apenas llegaba a los 70 kilos) era su gran lastre. Encontró la solución leyendo sobre las técnicas de entrenamiento llevadas a cabo por Jim Brown, estrella de la NFL, el cual se machacaba en el gimnasio a base de saltos. Kermit empezó a imitarlo y acababa cada noche exhausto a base de miles de saltos que fueron esculpiendo su cuerpo. Todo lo que necesitaba ahora era una oportunidad, la cual llegó presentándose por iniciativa propia a un campus donde estaban los mejores jugadores colegiales de la zona. Allí, la única persona que se fijó en él fue Tom Young, entrenador de American University para quien era “un jugador muy agresivo, el típico que a pesar de sus defectos piensas que con un buen trabajo podrías conseguir de él un jugador respetable”. La Universidad le concedió una beca y su sueño de poder ser un atleta como todos los que aparecían en los posters que empapelaban su habitación estaba a punto de iniciarse.

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Cuando se presentó en el primer entrenamiento en el verano de 1969, muchas dudas planeaban sobre aquel enclenque cuerpo y sus habilidades, pero demostró desde el primer día un tremendo deseo por llegar a ser un buen jugador, machacándose en el gimnasio para ser más fuerte, más rápido y estar en la mejor forma posible. Pronto la prensa se hizo eco de sus números en su primera temporada, 19.4 puntos y 22.3 rebotes, el segundo máximo reboteador de la NCAA tras Artis Gilmore, y su vida empezó a cambiar al conocer a su futura esposa en un partido de baloncesto. Los Nets de la ABA le ofrecieron un contrato profesional pero decidió permanecer en la Universidad para su último año, cuando ya era el máximo reboteador del país, lo que le hizo ganarse un lugar para las pruebas de selección del equipo olímpico que representaría a EE.UU en Munich ´72. En Denver se encontraría con algunos de los entrenadores más prestigiosos del país, como Joe B. Hall, Dean Smith o Bobby Knight, quienes buscaban inculcar disciplina a aquellos jóvenes a base de gritos en cada entrenamiento. “Eran el grupo de entrenadores más locos del país. Gente muy desagradable, más desagradables aún que mi madrastra”. Y Kermit renunció, volviendo a casa y viéndose fuera del equipo final que acabaría perdiendo el oro en el último segundo ante la URSS.

Estaba donde quería estar, siendo el mejor reboteador de la nación y logrando formar parte de un selecto club de solo siete jugadores en promediar al menos 20 puntos y 20 rebotes en toda su carrera universitaria, un club del que formaban parte jugadores como Bill Russell, Julius Erving, Elgin Baylor o Spencer Haywood. Para lograrlo necesitaba anotar 40 puntos y capturar 19 rebotes en el último partido ante Georgetown. Lo logró a 10 minutos del final. “Fueron los mejores años de mi vida”. Convertido en All-American, su sueño de ser jugador profesional se hizo realidad cuando Los Angeles Lakers le escogieron en el número 5 del draft de 1973.

Formando parte de una plantilla con talentos como Jerry West, Gail Goodrich o Connie Hawkins, la decepción pronto se apoderó de Kermit al no encontrar minutos de juego. Todo lo que había conseguido en su etapa universitaria ahora no valía para nada, pero lejos de venirse abajo siguió trabajando duramente su cuerpo, primero por su cuenta, y más tarde a las órdenes de Pete Newell, gurú del baloncesto estadounidense, el cual dirigía un campus de entrenamiento para jugadores interiores. Así, tras unas primeras temporadas relegado al banquillo, Kermit obtuvo su recompensa al formar parte del cinco titular de los angelinos a comienzos de 1976, ayudando al equipo a conseguir el título de la Pacific Division con un récord de 53-29, el mejor de toda la NBA, pero se vieron sorprendidos por los Blazers de Bill Walton en las Finales del Oeste. Su ética de trabajo y su dedicación le habían llevado donde él quería, a ser titular en un equipo con aspiraciones al anillo. Pero todo estaba a punto de venirse abajo.

Era el tipo de jugador que encajaba a la perfección en aquella NBA oscura de la década de los 70, donde se practicaba un juego muy físico, brutal en muchas ocasiones y donde los jugadores demostraban su superioridad a base de intimidar al contrario con acciones al límite del reglamento. Jugadores como Bob Lanier, Wes Unseld, Nate Thurmond, Maurice Lucas, Dave Cowens o Spencer Haywood eran los que reinaban en aquel ambiente y Kermit no les andaba a la zaga. Todos los equipos buscaban jugadores duros que protegiesen a sus principales estrellas y Kermit era el escudero de Kareem, ganándose pronto la etiqueta de jugador agresivo. Esa dureza instaurada en el campeonato se reflejó en el primer partido de la temporada cuando Kent Benson, pivot de los Bucks, propinó un codazo en el estómago a Kareem al que éste respondió con un puñetazo a la cara de su adversario. El precio, 20 partidos suspendido y su muñeca rota. Dos meses después, los Rockets visitaban a los Lakers en el Forum y la violencia iba a aparecer de nuevo sin previo aviso.

“No lo vi, pero sí que pude oírlo”, recordaba Kareem. “Espero no volver a ver o escuchar algo similar en toda mi vida. Fue terrorífico, como el ruido de un melón cayendo y quebrándose”. Lakers y Rockets habían llegados empatados a 55 al descanso y Rudy Tomjanovich estaba cuajando un buen partido con 18 puntos hasta ese momento. A sus 29 años, se había instalado entre los aleros más sólidos, siendo 4 veces All-Star y con uno de los mejores lanzamientos en suspensión de todo el campeonato. Al minuto de reanudarse el partido hubo un lanzamiento fallado por los Lakers y Kevin Kunnert, pívot de los Rockets, capturó el rebote. Tomjanovich comenzó a correr por el lado derecho esperando el pase en el contraataque, pero escuchó el silbato de uno de los árbitros. Kunnert y Kareem estaban enzarzados a mitad de cancha. “Todo lo que sabía era que uno de mis compañeros estaba en apuros”, relataba Tomjanovich, “y corrí hacia la pelea sin saber muy bien qué iba a hacer cuando llegase”. Unos segundos después yacía en el parquet en medio de un charco de sangre preguntando a Dick Vandervoort, trainer de los Rockets “Tricky ¿qué ha pasado?”. “Sigue en el suelo Rudy”, le contestó éste. Washington, que había ido a ajustar cuentas con Kunnert, le había propinado un tremendo puñetazo en el medio del campo cuando le vio acercarse. La vida de ambos había cambiado ya para siempre.

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A pesar del charco de sangre y del tremendo silencio que se instauró en el Forum, Tomjanovich quería continuar jugando, pero fue trasladado al vestuario. Allí un diagnóstico más preciso hizo ver lo aterrador del caso: fractura de mandíbula, de cráneo, de tabique nasal y conmoción cerebral severa, acompañado todo de una pérdida de fluido espinal que requería de una intervención inmediata. “Estaba aterrorizado cuando me dijeron todas las cosas que tenía dentro de mí”, recordaba Rudy, “Estuve sin dormir tres días porque pensaba que no me volvería a despertar”.  La vida de Tomjanovich estaba en peligro. “Ojala pudiera volver atrás”, recuerda Washington, “dame una máquina del tiempo y jamás empezaría aquella pelea. Pero no puedo. Mientras iba a mi coche después del partido todo el mundo me decía que todo iba a ir bien, pero yo sabía que eso no iba a ser así. No sabía de la gravedad de su lesión pero podía percibir que algo iba a suceder”. Larry O´Brien, comisionado de la NBA, tras dos días deliberando, impuso una multa de 10.000 dólares y una suspensión de 60 días, la sanción más dura en la historia del deporte estadounidense, dejando claro que aquel tipo de juego ya no iba a campar a sus anchas sin ser penalizado. Dos semanas después del incidente, Kermit fue traspasado a los Celtics. “No recibí ninguna llamada de los Lakers, me enteré a través de Chick Hearn (comentarista de los partidos de los Lakers). Estábamos aislados, como si no existiésemos, como parias”. Pero estar al margen del juego que amaba fue solo una parte del castigo que Kermit recibió. Se encontraba en su buzón a diario con decenas de cartas con insultos racistas o amenazas de muerte, la policía le recomendó no pedir nada al servicio de habitaciones cuando estuviese en algún hotel por miedo a que la comida pudiese ser envenenada, e incluso su mujer, embarazada de ocho meses, se encontró con la negativa de su médico a verla simplemente por el hecho de ser la esposa de Kermit Washington.

Cuatro meses después Tomjanovich estaba recuperado y dispuesto a pasar página, mientras que la estancia de Kermit en Boston sería breve, a pesar de jugar a un buen nivel. Sería traspasado a San Diego y después a Portland. “Estaba cansado de probarme a mí mismo porque el puñetazo me acompañaba a todos sitios. Ya no era Kermit Washington, era el tipo que casi mata a Rudy Tomjanovich”. Aún así, tuvo la oportunidad de disputar el All-Star de 1980, debido a las ausencias por lesión de algunos jugadores, pero decidió poner fin a su carrera en 1982 tras dos temporadas aquejado de dolores en su espalda. Podía haber hecho una carrera larga con los Lakers o haber formado parte de los Celtics campeones en el 81, pero no fue así. Decidido a empezar una carrera como entrenador, llamó a todas las puertas de todos los equipos NBA y envió unos 700 curriculums para poder entrenar a cualquier nivel, pero no pudo conseguir ni tan siquiera una entrevista. “Escribí a todos los equipos diciéndoles que trabajaría para ellos gratis para demostrarles lo que sabía, que si no me querían al final de la temporada que no me pagasen, que me despidiesen simplemente. No quería hacerlo por dinero. Me gusta trabajar con los jugadores, más que ninguna otra cosa. Podía ganar más dinero limpiando calles. Nadie me contestó”

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Cansado y decidido a emprender otro camino, lo encontró una tarde sentado en el salón de su casa en Portland mientras veía por la televisión la lamentable situación de los campos de refugiados hutus. Sin comida, sin agua potable, sin baños, hacinados como animales, Kermit pensó “esto es absurdo, puedo ayudar”. Y así, de repente, tomó un avión desde Portland a África para comenzar un nuevo propósito al que se dedicaría con el mismo empeño que un día dedicó al baloncesto. Fundó Project Contact Africa, una organización con sede en Nairobi, Kenia, que se ha convertido en su pasión y a la que dedica una gran cantidad de tiempo, sudor y dinero para mejorar la vida de otras personas a miles de kilómetros de su hogar. Ha realizado cerca de 50 viajes a Nairobi donde ha fundado un centro médico, una escuela y centros de alimentación. “Al principio tenía miedo de morir porque veía a la gente caminar alrededor tuyo con grandes machetes. No querías dormir por las noches porque sabías que el 90% de la gente que andaba fuera estaba desesperada, no tenían nada y te preguntabas si te iban a cortar la garganta por algo de comida. Pero ellos son buen gente, solo necesitan ayuda”. Al mismo tiempo que abría las puertas a la esperanza de miles de personas, también se le abrían a él las puertas que una vez encontró cerradas. Fue nombrado entrenador asistente de los Asheville Altitude de la Liga de Desarrollo, con los que consiguió ganar el título en 2005, y también sería entrenador asistente de George Karl en los Nuggets.

Rudy Tomjanovich, retirado en 1981, superó cinco operaciones en la cara y años de alcoholismo para convertirse en el entrenador de los Rockets campeones en 1994 y 1995, además de conseguir el oro olímpico en 2000. La publicación por parte de John Feinstein del libro “The Punch” le acercó a Kermit, con quien no había tenido ninguna conversación sustancial desde el incidente. Durante años, ambos habían estado marcados por aquella noche y ambos habían atravesado difíciles caminos. Era el momento de dejarlo todo atrás. “Tengo que desear lo mejor para él, no me gusta ver a la gente sufriendo. Él cometió un error y todo el mundo merece otra oportunidad. Dijo que lo sentía y, en lo que a mí respecta, tiene mi perdón”. Para Kermit “Rudy es un buen tío y no lo sabía antes. Siempre que él necesite algo, allí estaré. Estoy encantado de que él me perdonase. No lo digo para que la gente tenga otra opinión de mí, sino porque de verdad es lo que siento, y quizá cuando yo muera nadie escribirá en mi lápida ‘El tipo que golpeó a Rudy Tomjanovich’”.

Foto: USA Today