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Reflejos

Cuando un puñetazo marcó el curso de dos vidas

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En una calurosa noche de agosto de 1994, un grupo de doctores y enfermeras se adentró en Goma, Zaire (actualmente República Democrática del Congo), durante una misión humanitaria en busca de uno de los tantos campos de refugiados hutus huidos del genocidio que asolaba Ruanda. El hedor de los cuerpos yaciendo en el suelo se podía percibir durante kilómetros. Cadáveres alineados a lo largo de sucias carreteras y campos de cultivo. Los árboles habían desaparecido por los continuos bombardeos y miles de refugiados deambulaban en busca de un puñado de comida y de algún tipo de esperanza. En todo caso eran los más afortunados, los que habían conseguido escapar de un genocidio masivo que mató a un 20% de la población del país. Un hombre acompañaba a aquel equipo médico, un hombre que huía también de algo, de su pasado, de un error que cometió unos años atrás y que le marcaría el resto de su vida y el de otra persona. Nadie allí sabía quién era, nadie sabía que había jugado 10 temporadas en la NBA y nadie le juzgaba por lo que había hecho la noche del 9 de diciembre de 1977.

Y es que desde sus primeros años, Kermit Washington ya sabía que su vida no iba a ser un camino de rosas. Porque crecer en la década de los 50 en Washington D.C. ya era suficientemente duro y peligroso, pero a ello se le añadía la difícil situación familiar. Con su madre aquejada de una enfermedad mental, tuvo que enfrentarse al divorcio de sus padres y a deambular junto a su hermano mayor Chris por las casas de varios de sus familiares, los cuales se encargaban de su educación y manutención. Esas penurias marcaron su carácter, haciendo de él un chico tímido y silencioso, sin sentir ningún tipo de afecto de casi nadie. Incluso la situación no mejoró cuando su padre se volvió a casar, en lo que parecía la salida a aquella vida complicada. La relación  con su madrastra no existía, nunca recibió ningún abrazo y todas sus conversaciones se limitaban a “Buenos días o Buenas noches”.

Kermit encontró su motivación y su refugio en las canchas de baloncesto del Rudolph Park cercanas a su domicilio, donde empezó a fraguarse sus sueños, los cuales consistían únicamente en escapar de aquel lúgubre lugar donde había visto a muchos de sus amigos y vecinos caer en los brazos de las drogas o el alcohol, amigos que pasarían muchos años de sus vidas entre rejas. Decidido a cambiar su destino, empezó a trabajar duro su técnica y, sobre todo, su cuerpo, lo que le hizo ganarse un puesto en el equipo de su instituto, aunque su relevancia se limitaba a unos pobres 4 puntos por partido saliendo del banquillo. Con una altura respetable en torno al 1.90, su escuálido peso (apenas llegaba a los 70 kilos) era su gran lastre. Encontró la solución leyendo sobre las técnicas de entrenamiento llevadas a cabo por Jim Brown, estrella de la NFL, el cual se machacaba en el gimnasio a base de saltos. Kermit empezó a imitarlo y acababa cada noche exhausto a base de miles de saltos que fueron esculpiendo su cuerpo. Todo lo que necesitaba ahora era una oportunidad, la cual llegó presentándose por iniciativa propia a un campus donde estaban los mejores jugadores colegiales de la zona. Allí, la única persona que se fijó en él fue Tom Young, entrenador de American University para quien era “un jugador muy agresivo, el típico que a pesar de sus defectos piensas que con un buen trabajo podrías conseguir de él un jugador respetable”. La Universidad le concedió una beca y su sueño de poder ser un atleta como todos los que aparecían en los posters que empapelaban su habitación estaba a punto de iniciarse.

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Cuando se presentó en el primer entrenamiento en el verano de 1969, muchas dudas planeaban sobre aquel enclenque cuerpo y sus habilidades, pero demostró desde el primer día un tremendo deseo por llegar a ser un buen jugador, machacándose en el gimnasio para ser más fuerte, más rápido y estar en la mejor forma posible. Pronto la prensa se hizo eco de sus números en su primera temporada, 19.4 puntos y 22.3 rebotes, el segundo máximo reboteador de la NCAA tras Artis Gilmore, y su vida empezó a cambiar al conocer a su futura esposa en un partido de baloncesto. Los Nets de la ABA le ofrecieron un contrato profesional pero decidió permanecer en la Universidad para su último año, cuando ya era el máximo reboteador del país, lo que le hizo ganarse un lugar para las pruebas de selección del equipo olímpico que representaría a EE.UU en Munich ´72. En Denver se encontraría con algunos de los entrenadores más prestigiosos del país, como Joe B. Hall, Dean Smith o Bobby Knight, quienes buscaban inculcar disciplina a aquellos jóvenes a base de gritos en cada entrenamiento. “Eran el grupo de entrenadores más locos del país. Gente muy desagradable, más desagradables aún que mi madrastra”. Y Kermit renunció, volviendo a casa y viéndose fuera del equipo final que acabaría perdiendo el oro en el último segundo ante la URSS.

Estaba donde quería estar, siendo el mejor reboteador de la nación y logrando formar parte de un selecto club de solo siete jugadores en promediar al menos 20 puntos y 20 rebotes en toda su carrera universitaria, un club del que formaban parte jugadores como Bill Russell, Julius Erving, Elgin Baylor o Spencer Haywood. Para lograrlo necesitaba anotar 40 puntos y capturar 19 rebotes en el último partido ante Georgetown. Lo logró a 10 minutos del final. “Fueron los mejores años de mi vida”. Convertido en All-American, su sueño de ser jugador profesional se hizo realidad cuando Los Angeles Lakers le escogieron en el número 5 del draft de 1973.

Formando parte de una plantilla con talentos como Jerry West, Gail Goodrich o Connie Hawkins, la decepción pronto se apoderó de Kermit al no encontrar minutos de juego. Todo lo que había conseguido en su etapa universitaria ahora no valía para nada, pero lejos de venirse abajo siguió trabajando duramente su cuerpo, primero por su cuenta, y más tarde a las órdenes de Pete Newell, gurú del baloncesto estadounidense, el cual dirigía un campus de entrenamiento para jugadores interiores. Así, tras unas primeras temporadas relegado al banquillo, Kermit obtuvo su recompensa al formar parte del cinco titular de los angelinos a comienzos de 1976, ayudando al equipo a conseguir el título de la Pacific Division con un récord de 53-29, el mejor de toda la NBA, pero se vieron sorprendidos por los Blazers de Bill Walton en las Finales del Oeste. Su ética de trabajo y su dedicación le habían llevado donde él quería, a ser titular en un equipo con aspiraciones al anillo. Pero todo estaba a punto de venirse abajo.

Era el tipo de jugador que encajaba a la perfección en aquella NBA oscura de la década de los 70, donde se practicaba un juego muy físico, brutal en muchas ocasiones y donde los jugadores demostraban su superioridad a base de intimidar al contrario con acciones al límite del reglamento. Jugadores como Bob Lanier, Wes Unseld, Nate Thurmond, Maurice Lucas, Dave Cowens o Spencer Haywood eran los que reinaban en aquel ambiente y Kermit no les andaba a la zaga. Todos los equipos buscaban jugadores duros que protegiesen a sus principales estrellas y Kermit era el escudero de Kareem, ganándose pronto la etiqueta de jugador agresivo. Esa dureza instaurada en el campeonato se reflejó en el primer partido de la temporada cuando Kent Benson, pivot de los Bucks, propinó un codazo en el estómago a Kareem al que éste respondió con un puñetazo a la cara de su adversario. El precio, 20 partidos suspendido y su muñeca rota. Dos meses después, los Rockets visitaban a los Lakers en el Forum y la violencia iba a aparecer de nuevo sin previo aviso.

“No lo vi, pero sí que pude oírlo”, recordaba Kareem. “Espero no volver a ver o escuchar algo similar en toda mi vida. Fue terrorífico, como el ruido de un melón cayendo y quebrándose”. Lakers y Rockets habían llegados empatados a 55 al descanso y Rudy Tomjanovich estaba cuajando un buen partido con 18 puntos hasta ese momento. A sus 29 años, se había instalado entre los aleros más sólidos, siendo 4 veces All-Star y con uno de los mejores lanzamientos en suspensión de todo el campeonato. Al minuto de reanudarse el partido hubo un lanzamiento fallado por los Lakers y Kevin Kunnert, pívot de los Rockets, capturó el rebote. Tomjanovich comenzó a correr por el lado derecho esperando el pase en el contraataque, pero escuchó el silbato de uno de los árbitros. Kunnert y Kareem estaban enzarzados a mitad de cancha. “Todo lo que sabía era que uno de mis compañeros estaba en apuros”, relataba Tomjanovich, “y corrí hacia la pelea sin saber muy bien qué iba a hacer cuando llegase”. Unos segundos después yacía en el parquet en medio de un charco de sangre preguntando a Dick Vandervoort, trainer de los Rockets “Tricky ¿qué ha pasado?”. “Sigue en el suelo Rudy”, le contestó éste. Washington, que había ido a ajustar cuentas con Kunnert, le había propinado un tremendo puñetazo en el medio del campo cuando le vio acercarse. La vida de ambos había cambiado ya para siempre.

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A pesar del charco de sangre y del tremendo silencio que se instauró en el Forum, Tomjanovich quería continuar jugando, pero fue trasladado al vestuario. Allí un diagnóstico más preciso hizo ver lo aterrador del caso: fractura de mandíbula, de cráneo, de tabique nasal y conmoción cerebral severa, acompañado todo de una pérdida de fluido espinal que requería de una intervención inmediata. “Estaba aterrorizado cuando me dijeron todas las cosas que tenía dentro de mí”, recordaba Rudy, “Estuve sin dormir tres días porque pensaba que no me volvería a despertar”.  La vida de Tomjanovich estaba en peligro. “Ojala pudiera volver atrás”, recuerda Washington, “dame una máquina del tiempo y jamás empezaría aquella pelea. Pero no puedo. Mientras iba a mi coche después del partido todo el mundo me decía que todo iba a ir bien, pero yo sabía que eso no iba a ser así. No sabía de la gravedad de su lesión pero podía percibir que algo iba a suceder”. Larry O´Brien, comisionado de la NBA, tras dos días deliberando, impuso una multa de 10.000 dólares y una suspensión de 60 días, la sanción más dura en la historia del deporte estadounidense, dejando claro que aquel tipo de juego ya no iba a campar a sus anchas sin ser penalizado. Dos semanas después del incidente, Kermit fue traspasado a los Celtics. “No recibí ninguna llamada de los Lakers, me enteré a través de Chick Hearn (comentarista de los partidos de los Lakers). Estábamos aislados, como si no existiésemos, como parias”. Pero estar al margen del juego que amaba fue solo una parte del castigo que Kermit recibió. Se encontraba en su buzón a diario con decenas de cartas con insultos racistas o amenazas de muerte, la policía le recomendó no pedir nada al servicio de habitaciones cuando estuviese en algún hotel por miedo a que la comida pudiese ser envenenada, e incluso su mujer, embarazada de ocho meses, se encontró con la negativa de su médico a verla simplemente por el hecho de ser la esposa de Kermit Washington.

Cuatro meses después Tomjanovich estaba recuperado y dispuesto a pasar página, mientras que la estancia de Kermit en Boston sería breve, a pesar de jugar a un buen nivel. Sería traspasado a San Diego y después a Portland. “Estaba cansado de probarme a mí mismo porque el puñetazo me acompañaba a todos sitios. Ya no era Kermit Washington, era el tipo que casi mata a Rudy Tomjanovich”. Aún así, tuvo la oportunidad de disputar el All-Star de 1980, debido a las ausencias por lesión de algunos jugadores, pero decidió poner fin a su carrera en 1982 tras dos temporadas aquejado de dolores en su espalda. Podía haber hecho una carrera larga con los Lakers o haber formado parte de los Celtics campeones en el 81, pero no fue así. Decidido a empezar una carrera como entrenador, llamó a todas las puertas de todos los equipos NBA y envió unos 700 curriculums para poder entrenar a cualquier nivel, pero no pudo conseguir ni tan siquiera una entrevista. “Escribí a todos los equipos diciéndoles que trabajaría para ellos gratis para demostrarles lo que sabía, que si no me querían al final de la temporada que no me pagasen, que me despidiesen simplemente. No quería hacerlo por dinero. Me gusta trabajar con los jugadores, más que ninguna otra cosa. Podía ganar más dinero limpiando calles. Nadie me contestó”

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Cansado y decidido a emprender otro camino, lo encontró una tarde sentado en el salón de su casa en Portland mientras veía por la televisión la lamentable situación de los campos de refugiados hutus. Sin comida, sin agua potable, sin baños, hacinados como animales, Kermit pensó “esto es absurdo, puedo ayudar”. Y así, de repente, tomó un avión desde Portland a África para comenzar un nuevo propósito al que se dedicaría con el mismo empeño que un día dedicó al baloncesto. Fundó Project Contact Africa, una organización con sede en Nairobi, Kenia, que se ha convertido en su pasión y a la que dedica una gran cantidad de tiempo, sudor y dinero para mejorar la vida de otras personas a miles de kilómetros de su hogar. Ha realizado cerca de 50 viajes a Nairobi donde ha fundado un centro médico, una escuela y centros de alimentación. “Al principio tenía miedo de morir porque veía a la gente caminar alrededor tuyo con grandes machetes. No querías dormir por las noches porque sabías que el 90% de la gente que andaba fuera estaba desesperada, no tenían nada y te preguntabas si te iban a cortar la garganta por algo de comida. Pero ellos son buen gente, solo necesitan ayuda”. Al mismo tiempo que abría las puertas a la esperanza de miles de personas, también se le abrían a él las puertas que una vez encontró cerradas. Fue nombrado entrenador asistente de los Asheville Altitude de la Liga de Desarrollo, con los que consiguió ganar el título en 2005, y también sería entrenador asistente de George Karl en los Nuggets.

Rudy Tomjanovich, retirado en 1981, superó cinco operaciones en la cara y años de alcoholismo para convertirse en el entrenador de los Rockets campeones en 1994 y 1995, además de conseguir el oro olímpico en 2000. La publicación por parte de John Feinstein del libro “The Punch” le acercó a Kermit, con quien no había tenido ninguna conversación sustancial desde el incidente. Durante años, ambos habían estado marcados por aquella noche y ambos habían atravesado difíciles caminos. Era el momento de dejarlo todo atrás. “Tengo que desear lo mejor para él, no me gusta ver a la gente sufriendo. Él cometió un error y todo el mundo merece otra oportunidad. Dijo que lo sentía y, en lo que a mí respecta, tiene mi perdón”. Para Kermit “Rudy es un buen tío y no lo sabía antes. Siempre que él necesite algo, allí estaré. Estoy encantado de que él me perdonase. No lo digo para que la gente tenga otra opinión de mí, sino porque de verdad es lo que siento, y quizá cuando yo muera nadie escribirá en mi lápida ‘El tipo que golpeó a Rudy Tomjanovich’”.

Foto: USA Today

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Reflejos

Hijos de un mismo padre

Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las puertas a la América más chovinista. Olajuwon demostró que podía ser el mejor. Y, desde entonces, la historia se escribe sola.

nachoanayac2@gmail.com'

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Para cualquier entendido de la historia de la NBA, la de los 80 es una década prodigiosa, capaz de resucitar una liga medio muerta y de refinar el baloncesto hasta hacer de él un espectáculo nunca visto antes. De lo que pocos se percataron fue que, al mismo tiempo, la liga abría sus puertas de forma gradual a un mundo nuevo, sentando las bases de lo que hoy es un espectáculo global en el que participan agentes de todos los rincones del planeta.

Si hablamos sobre la “vía africana”, la apertura de puertas de la liga a los jugadores de este continente, probablemente el primer nombre que se nos venga a la cabeza sea el de Manute Bol. Aquel dinka más largo que un día sin pan, delgado como un alfiler y que pasó en unos pocos años de empuñar una lanza en el sur de Sudán a sudar la camiseta de los Washington Bullets. Y sin embargo, no fue el primer africano en la liga. Un año antes de su debut, en 1984, el primer puesto del Draft había extendido la relación de larga duración entre la ciudad de Houston y un nigeriano de nombre Akeem, luego Hakeem Olajuwon. Primero en los Cougars, luego en los Rockets.

Son importantes ambos casos, a pesar de todas sus diferencias de forma y fondo. La llegada de Hakeem a Houston, en 1981, no fue más que una invitación para probar con los Cougars. Incluso, el propio jugador reconocería que nadie de la organización fue a buscarle al aeropuerto y tuvo que coger un taxi. Eran tiempos de un scouting primigenio, cuyo alcance rara vez traspasaba el Atlántico. Las palabras de un amigo o compañero entrenador bastaban para conseguir al chaval en cuestión poco más que eso, una prueba. El resto habría que ganárselo. Y Hakeem lo haría en la pista.

Con Manute, la historia era distinta. Su carta de presentación eran sus 2.31 de estatura, haciendo de él un ejemplar único por el que merecía la pena apostar. Sin conocerle de nada y con solo unos meses de baloncesto organizado a sus espaldas, los Clippers mordieron el anzuelo en 1983. La NBA echó atrás aquella elección en el Draft, que se tomó poco menos que a broma (era la primera vez que el mundo baloncestístico escuchaba ese nombre, altura y peso).

Tuvo que esperar hasta 1985, pero para entonces Manute ya era todo un precursor. Aterrizaba en una liga en la que la llegada de jugadores del otro lado del charco se limitaba al holandés Swen Nater y el islandés Petur Gudmunsson. Ambos, pese a su origen foráneo, de formación americana. Y, para el caso, tampoco contaremos como extranjeros a los nacidos fuera de Estados Unidos, pero criados en el país (Ernie Grunfeld, Kiki Vandeweghe, Dominique Wilkins, Tom Meschery, etc.).

Huelga decir que el experimento africano saldría bien. Olajuwon ganaría dos anillos con los Rockets, a lo que añadir un MVP en la deliciosa temporada de 1994. Bol estiraría al máximo una carrera para la que parecía estar destinado. Porque cuando apareció en escena, vestido de corto, quedó claro que aquel hombre eterno nació para taponar.

A Manute no le enseñó nadie. Solo unos años después de descubrir el baloncesto, lideraba la NBA con 5 tapones por partido, en su primera temporada en la NBA. Y todo lo divertido y carismático de su personalidad, la de un niño grande (muy grande) que a través del baloncesto descubría un mundo donde todo era posible, calaría hondo entre el público americano. Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las mentes de la América más chovinista. Mostró que había jugadores por descubrir más allá del Atlántico. Y por eso el imaginario colectivo le sitúa a él como el primero. Porque lo fue.

Durante la siguiente década, la liga fue extendiendo sus tentáculos. Sobre todo hacia Europa, aunque el continente africano también dejaría el hallazgo de un estudiante de medicina en Georgetown, nacido en la República Democrática del Congo y de 2.18 de estatura. En los años de apogeo del fenómeno Manute Bol, John Thompson quiso hacer de Dikembe Mutombo su propio Manute. Y en 1988 arrancaría una carrera que duraría hasta 2009, cumplidos los 43. Mutombo refinaría el rol de especialista defensivo, hasta el punto de ser cuatro veces el mejor defensor de la liga. Pero el congoleño iría un paso más adelante que Manute, siendo también un jugador altamente efectivo en ataque, lo que le valió para participar hasta en 8 ocasiones en el All-Star.

La historia de ‘Los Otros’

También habría proyectos fallidos. Michael Olowakandi, Mamadou N’Diaye, Ruben Boumtje-Boumtje, Pape Sow, DJ Mbenga… Jugadores que, de no ser por aquel NBA Live viejo al que de vez en cuando quitamos el polvo, ni sabríamos de su existencia. Pero el mero hecho de que aquellos jugadores no tan preparados tuvieran su oportunidad constituye un capítulo más de esta historia. Una historia que también dejaría una categoría intermedia entre los Olajuwon o Mutombo y el resto. Porque sí hubo jugadores de cierto éxito.

DeSagana Diop sería el center titular de los Mavericks en sus primeras Finales (2006), codo con codo con Dirk Nowitzki. Ime Udoka (nigeriano, aunque nacido y criado en EE.UU) alargaría siete años su carrera, antes de pasar por España y convertirse en uno de los asistentes más cotizados de la liga. Kelenna Azubuike dejaría ramalazos de anotador total en los Warriors.

Luol Deng, Luc Mbah a Moute, Al-Farouq Aminu, Bismack Biyombo, Gorgui Dieng, el propio Ibaka…los últimos 10 años nos dejan multitud de ejemplos de africanos que se hacen sitio en la liga. Son, en muchos casos, jugadores de formación americana, como prueba de que cada vez hay menos secretos y el talento se capta antes. Pero en la actualidad, incluso, hemos vivido un paso adelante marcado por Embiid y Siakam.

Y es que, si el jugador africano se veía normalmente asociado a un rol de especialista defensivo, o de su potencial se destacaban sus habilidades físicas, los dos cameruneses no van tampoco cortos de capacidades atléticas. Pero hay mucho más. Las tres temporadas de Embiid en la liga son las de una superestrella, capaz de combinar la movilidad de Olajuwon con el rango de tiro de la era moderna, algo imprescindible para jugar en la NBA de hoy día. A Embiid le falta el anillo que ya logró Siakam, aunque de este último aún no se conoce el techo. Su arranque de temporada no deja dudas: es el líder de estos Raptors y así lo atesora su extensión de contrato.

Para cuando llegue la temporada 2023-24, Siakam se embolsará casi 36 millones de dólares. Embiid estrenará ese año un nuevo contrato, quizá superior a los 33 que ganará en la 2022-23. Cifras a las que nunca se acercó Olajuwon y con las que Manute ni siquiera soñó. El sudanés, ya fallecido, cobró un total de 6 millones de dólares en sus 9 años en la liga. Y de entre los muchos africanos que tocan la puerta de la liga destaca hoy su propio hijo. Bol Bol le debe a su padre ese premio genético que le ha llevado a alcanzar los 2.18 de estatura. Pero también esa formación americana que le ha enseñado a jugar como un alero.

La carrera de Bol Bol arrancará en la G-League, una competición de por sí inimaginable en la época de su padre. Competición donde se medirá seguramente a Tacko Fall, el último ejemplar de 2.26 de estatura atado por los Celtics. La figura del senegalés, a pesar de su formación americana, sigue evocando el recuerdo del primer Manute, aquel cuya sola presencia era capaz de encender un pabellón. Y el que ya está en la NBA y disfruta de minutos en los Hawks es Bruno Fernando, el primer jugador de Angola que debuta en la NBA. Quizá ahora Charles Barkley sea capaz de ubicar el país africano en el mapa.

Las puertas de la liga nunca estuvieron tan abiertas. Y la última temporada, donde Siakam (Camerún) logró el premio a Jugador más Mejorado, añadido al anillo que compartió con Masai Ujiri (Nigeria) y Serge Ibaka (Congo) invitan a la apertura. Una apertura iniciada por aquel dinka interminable, que sigue sujetando la puerta desde lo más alto de sus 2.31 de estatura.

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Reflejos

Redención en púrpura y oro

A Magic Johnson aún le quedaba una última bala. La amarga derrota contra los Rockets el año anterior había puesto en jaque un proyecto que parecía acercarse a su fin.

juanluis_num7@hotmail.com'

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El planeta basket aguardaba ansioso la anticipada revancha entre los grandes rivales de toda una era, un choque entre dos potencias baloncestísticas que se extendía a confrontación entre dos ciudades cultural y climatológicamente antagónicas. Los Lakers del Showtime se impusieron en la última batalla por el anillo el 9 de junio de 1985, con Kareem Abdul-Jabbar dominando el sexto partido en el Boston Garden a sus 38 primaveras, y los Celtics de Larry Bird rumiaron su venganza durante todo el periodo estival y fueron plantando semillas de cara a su materialización. Con 67 arrolladoras victorias durante la temporada regular (MVP incluido para el Pájaro) y apenas una derrota en las eliminatorias de playoffs en la Conferencia Este, los Orgullosos Verdes aseguraron su plaza en la final de 1986.

Pero los otros invitados acabarían por no presentarse a la cita.

El colosal Hakeem Olajuwon (31 puntos, 11.2 rebotes, 4 tapones y 2.2 robos de balón como promedios en la serie) y Ralph Sampson (20.4 puntos, 8.8 rebotes y 2.2 tapones) dominaron la final de la Conferencia Oeste ante unos Lakers que cayeron con estrépito tras imponerse en el primer duelo: las 16.2 asistencias por partido firmadas por Magic Johnson no evitarían 4 derrotas consecutivas de los angelinos. Y la penitencia en Hollywood consistiría en presenciar por televisión la victoria de sus archienemigos.

Así pues, la temporada 1986/87 comenzaba con muchos interrogantes a despejar para el imperio púrpura y oro, y la derrota en el partido inaugural de nuevo ante los Rockets (112-102) distaba mucho de ser la mejor manera de arrancar. Pero las dudas del grupo comandado por Riley murieron junto a aquellos primeros 48 minutos, que dieron inicio a una racha de 9 victorias consecutivas. Kareem Abdul-Jabbar resultaría capital (14 puntos en el último cuarto) para acabar con imbatibilidad casera de unos Celtics que sumaban 48 duelos invictos en su guarida del Boston Garden, y, ante los problemas oculares del veterano gigante (inflamación de la córnea de su ojo derecho), Magic asumió el mando anotador de la tropa con 38 puntos en Houston o 46 ante los Sacramento Kings.

Tres representantes en el All Star Game (Jabbar, Johnson y Worthy), Kareem alcanzando los 36.000 puntos totales en el Chicago Stadium, 4 triples-dobles consecutivos con la firma de Earving en otra arrolladora racha de 11 victorias, el primer y único triple anotado por el gigante neoyorquino en toda su carrera (en Phoenix)… Las 65 victorias abrochaban una temporada regular para el recuerdo. Pero la prueba definitiva llegaría, como siempre, en el tránsito por la jungla de los playoffs.

Los Denver Nuggets de Doug Moe y su apuesta fanática por el baloncesto ofensivo no generarían problemas reales a los Lakers, con Worthy dominando a Alex English, y los Golden State Warriors de George Karl únicamente serían capaces de infringirles una derrota en la 2ª ronda, gracias a la colosal actuación de Sleepy Floyd (51 puntos en el 4º partido de la serie, 29 de ellos en el último cuarto). Las primeras dificultades serias aparecerían en la final de la Conferencia Oeste, con los Seattle Supersonics desafiando a los angelinos.

Que el aplastante resultado de la serie (4-0 para los Lakers) no nos lleve a equívocos: el trío formado por Xavier McDaniel, Tom Chambers y el tirador Dale Ellis planteó una dura resistencia a la tropa de Riley hasta venirse abajo en el cuarto partido. En el tercero fue necesario un milagroso tapón de Michael Cooper a un triple de Ellis para ganar in extremis (122-121), y James Worthy sometió a los Sonics ejerciendo de martillo pilón de la ofensiva californiana durante toda la final de conferencia (30.5 puntos de promedio, con un excelente 59.8% de acierto en sus tiros de campo).

Y así, con una única derrota en su aventura por el Salvaje Oeste, llegaba la hora de la redención. Con la némesis verde fiel a la cita.

Los Lakers jamás cedieron el control de la final (2-0 de inicio, 3-1 tras una emocionante cuarta velada resuelta por un mísero punto con los visitantes remontando hasta 16 de desventaja en el Boston Garden) y sentenciaron a los de Larry Bird en el sexto gracias a un extraordinario ejercicio defensivo (apenas 93 puntos anotados por el equipo de Boston) a mayor gloria de un bloque más conocido por su vertiente lúdica y de ataque en transición. La multitudinaria pelea desatada durante el igualado cuarto partido, con el trío arbitral separando a los contendientes para impedir que la cosa fuera a mayores tras el puñetazo de Worthy a un batallador Greg Kite, en respuesta a una dura falta ejecutada a la limón entre Dennis Johnson y el pívot procedente de la universidad de Brigham Young en pleno contraataque visitante, fue el único borrón de una cita para el recuerdo.

“Jugué en los Lakers del año 72, pero éste es el mejor equipo de la historia de la franquicia porque tiene corazón, a Magic y a Kareem”.

Pat RILEY

Y un magnífico Magic (26.2 puntos, 8 rebotes, 13 asistencias y 2.3 robos de balón, MVP de la final) se impuso en este capítulo de su eterno duelo con el Pájaro (24.2 puntos, 10 rebotes, 5.5 asistencias y 1.2 tapones como promedios para el de French Lick en la final), gracias a la ayuda de Worthy (33 puntos en el primer partido) y del eterno Jabbar (21.7 puntos y 2.5 tapones en la final, rozando ya los 40).

Las palabras de Pat Riley que sirven como broche de oro (y púrpura) a un equipo que culminó su redención como parte del camino hacia la leyenda.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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