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Reflejos

Cuando un puñetazo marcó el curso de dos vidas

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En una calurosa noche de agosto de 1994, un grupo de doctores y enfermeras se adentró en Goma, Zaire (actualmente República Democrática del Congo), durante una misión humanitaria en busca de uno de los tantos campos de refugiados hutus huidos del genocidio que asolaba Ruanda. El hedor de los cuerpos yaciendo en el suelo se podía percibir durante kilómetros. Cadáveres alineados a lo largo de sucias carreteras y campos de cultivo. Los árboles habían desaparecido por los continuos bombardeos y miles de refugiados deambulaban en busca de un puñado de comida y de algún tipo de esperanza. En todo caso eran los más afortunados, los que habían conseguido escapar de un genocidio masivo que mató a un 20% de la población del país. Un hombre acompañaba a aquel equipo médico, un hombre que huía también de algo, de su pasado, de un error que cometió unos años atrás y que le marcaría el resto de su vida y el de otra persona. Nadie allí sabía quién era, nadie sabía que había jugado 10 temporadas en la NBA y nadie le juzgaba por lo que había hecho la noche del 9 de diciembre de 1977.

Y es que desde sus primeros años, Kermit Washington ya sabía que su vida no iba a ser un camino de rosas. Porque crecer en la década de los 50 en Washington D.C. ya era suficientemente duro y peligroso, pero a ello se le añadía la difícil situación familiar. Con su madre aquejada de una enfermedad mental, tuvo que enfrentarse al divorcio de sus padres y a deambular junto a su hermano mayor Chris por las casas de varios de sus familiares, los cuales se encargaban de su educación y manutención. Esas penurias marcaron su carácter, haciendo de él un chico tímido y silencioso, sin sentir ningún tipo de afecto de casi nadie. Incluso la situación no mejoró cuando su padre se volvió a casar, en lo que parecía la salida a aquella vida complicada. La relación  con su madrastra no existía, nunca recibió ningún abrazo y todas sus conversaciones se limitaban a “Buenos días o Buenas noches”.

Kermit encontró su motivación y su refugio en las canchas de baloncesto del Rudolph Park cercanas a su domicilio, donde empezó a fraguarse sus sueños, los cuales consistían únicamente en escapar de aquel lúgubre lugar donde había visto a muchos de sus amigos y vecinos caer en los brazos de las drogas o el alcohol, amigos que pasarían muchos años de sus vidas entre rejas. Decidido a cambiar su destino, empezó a trabajar duro su técnica y, sobre todo, su cuerpo, lo que le hizo ganarse un puesto en el equipo de su instituto, aunque su relevancia se limitaba a unos pobres 4 puntos por partido saliendo del banquillo. Con una altura respetable en torno al 1.90, su escuálido peso (apenas llegaba a los 70 kilos) era su gran lastre. Encontró la solución leyendo sobre las técnicas de entrenamiento llevadas a cabo por Jim Brown, estrella de la NFL, el cual se machacaba en el gimnasio a base de saltos. Kermit empezó a imitarlo y acababa cada noche exhausto a base de miles de saltos que fueron esculpiendo su cuerpo. Todo lo que necesitaba ahora era una oportunidad, la cual llegó presentándose por iniciativa propia a un campus donde estaban los mejores jugadores colegiales de la zona. Allí, la única persona que se fijó en él fue Tom Young, entrenador de American University para quien era “un jugador muy agresivo, el típico que a pesar de sus defectos piensas que con un buen trabajo podrías conseguir de él un jugador respetable”. La Universidad le concedió una beca y su sueño de poder ser un atleta como todos los que aparecían en los posters que empapelaban su habitación estaba a punto de iniciarse.

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Cuando se presentó en el primer entrenamiento en el verano de 1969, muchas dudas planeaban sobre aquel enclenque cuerpo y sus habilidades, pero demostró desde el primer día un tremendo deseo por llegar a ser un buen jugador, machacándose en el gimnasio para ser más fuerte, más rápido y estar en la mejor forma posible. Pronto la prensa se hizo eco de sus números en su primera temporada, 19.4 puntos y 22.3 rebotes, el segundo máximo reboteador de la NCAA tras Artis Gilmore, y su vida empezó a cambiar al conocer a su futura esposa en un partido de baloncesto. Los Nets de la ABA le ofrecieron un contrato profesional pero decidió permanecer en la Universidad para su último año, cuando ya era el máximo reboteador del país, lo que le hizo ganarse un lugar para las pruebas de selección del equipo olímpico que representaría a EE.UU en Munich ´72. En Denver se encontraría con algunos de los entrenadores más prestigiosos del país, como Joe B. Hall, Dean Smith o Bobby Knight, quienes buscaban inculcar disciplina a aquellos jóvenes a base de gritos en cada entrenamiento. “Eran el grupo de entrenadores más locos del país. Gente muy desagradable, más desagradables aún que mi madrastra”. Y Kermit renunció, volviendo a casa y viéndose fuera del equipo final que acabaría perdiendo el oro en el último segundo ante la URSS.

Estaba donde quería estar, siendo el mejor reboteador de la nación y logrando formar parte de un selecto club de solo siete jugadores en promediar al menos 20 puntos y 20 rebotes en toda su carrera universitaria, un club del que formaban parte jugadores como Bill Russell, Julius Erving, Elgin Baylor o Spencer Haywood. Para lograrlo necesitaba anotar 40 puntos y capturar 19 rebotes en el último partido ante Georgetown. Lo logró a 10 minutos del final. “Fueron los mejores años de mi vida”. Convertido en All-American, su sueño de ser jugador profesional se hizo realidad cuando Los Angeles Lakers le escogieron en el número 5 del draft de 1973.

Formando parte de una plantilla con talentos como Jerry West, Gail Goodrich o Connie Hawkins, la decepción pronto se apoderó de Kermit al no encontrar minutos de juego. Todo lo que había conseguido en su etapa universitaria ahora no valía para nada, pero lejos de venirse abajo siguió trabajando duramente su cuerpo, primero por su cuenta, y más tarde a las órdenes de Pete Newell, gurú del baloncesto estadounidense, el cual dirigía un campus de entrenamiento para jugadores interiores. Así, tras unas primeras temporadas relegado al banquillo, Kermit obtuvo su recompensa al formar parte del cinco titular de los angelinos a comienzos de 1976, ayudando al equipo a conseguir el título de la Pacific Division con un récord de 53-29, el mejor de toda la NBA, pero se vieron sorprendidos por los Blazers de Bill Walton en las Finales del Oeste. Su ética de trabajo y su dedicación le habían llevado donde él quería, a ser titular en un equipo con aspiraciones al anillo. Pero todo estaba a punto de venirse abajo.

Era el tipo de jugador que encajaba a la perfección en aquella NBA oscura de la década de los 70, donde se practicaba un juego muy físico, brutal en muchas ocasiones y donde los jugadores demostraban su superioridad a base de intimidar al contrario con acciones al límite del reglamento. Jugadores como Bob Lanier, Wes Unseld, Nate Thurmond, Maurice Lucas, Dave Cowens o Spencer Haywood eran los que reinaban en aquel ambiente y Kermit no les andaba a la zaga. Todos los equipos buscaban jugadores duros que protegiesen a sus principales estrellas y Kermit era el escudero de Kareem, ganándose pronto la etiqueta de jugador agresivo. Esa dureza instaurada en el campeonato se reflejó en el primer partido de la temporada cuando Kent Benson, pivot de los Bucks, propinó un codazo en el estómago a Kareem al que éste respondió con un puñetazo a la cara de su adversario. El precio, 20 partidos suspendido y su muñeca rota. Dos meses después, los Rockets visitaban a los Lakers en el Forum y la violencia iba a aparecer de nuevo sin previo aviso.

“No lo vi, pero sí que pude oírlo”, recordaba Kareem. “Espero no volver a ver o escuchar algo similar en toda mi vida. Fue terrorífico, como el ruido de un melón cayendo y quebrándose”. Lakers y Rockets habían llegados empatados a 55 al descanso y Rudy Tomjanovich estaba cuajando un buen partido con 18 puntos hasta ese momento. A sus 29 años, se había instalado entre los aleros más sólidos, siendo 4 veces All-Star y con uno de los mejores lanzamientos en suspensión de todo el campeonato. Al minuto de reanudarse el partido hubo un lanzamiento fallado por los Lakers y Kevin Kunnert, pívot de los Rockets, capturó el rebote. Tomjanovich comenzó a correr por el lado derecho esperando el pase en el contraataque, pero escuchó el silbato de uno de los árbitros. Kunnert y Kareem estaban enzarzados a mitad de cancha. “Todo lo que sabía era que uno de mis compañeros estaba en apuros”, relataba Tomjanovich, “y corrí hacia la pelea sin saber muy bien qué iba a hacer cuando llegase”. Unos segundos después yacía en el parquet en medio de un charco de sangre preguntando a Dick Vandervoort, trainer de los Rockets “Tricky ¿qué ha pasado?”. “Sigue en el suelo Rudy”, le contestó éste. Washington, que había ido a ajustar cuentas con Kunnert, le había propinado un tremendo puñetazo en el medio del campo cuando le vio acercarse. La vida de ambos había cambiado ya para siempre.

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A pesar del charco de sangre y del tremendo silencio que se instauró en el Forum, Tomjanovich quería continuar jugando, pero fue trasladado al vestuario. Allí un diagnóstico más preciso hizo ver lo aterrador del caso: fractura de mandíbula, de cráneo, de tabique nasal y conmoción cerebral severa, acompañado todo de una pérdida de fluido espinal que requería de una intervención inmediata. “Estaba aterrorizado cuando me dijeron todas las cosas que tenía dentro de mí”, recordaba Rudy, “Estuve sin dormir tres días porque pensaba que no me volvería a despertar”.  La vida de Tomjanovich estaba en peligro. “Ojala pudiera volver atrás”, recuerda Washington, “dame una máquina del tiempo y jamás empezaría aquella pelea. Pero no puedo. Mientras iba a mi coche después del partido todo el mundo me decía que todo iba a ir bien, pero yo sabía que eso no iba a ser así. No sabía de la gravedad de su lesión pero podía percibir que algo iba a suceder”. Larry O´Brien, comisionado de la NBA, tras dos días deliberando, impuso una multa de 10.000 dólares y una suspensión de 60 días, la sanción más dura en la historia del deporte estadounidense, dejando claro que aquel tipo de juego ya no iba a campar a sus anchas sin ser penalizado. Dos semanas después del incidente, Kermit fue traspasado a los Celtics. “No recibí ninguna llamada de los Lakers, me enteré a través de Chick Hearn (comentarista de los partidos de los Lakers). Estábamos aislados, como si no existiésemos, como parias”. Pero estar al margen del juego que amaba fue solo una parte del castigo que Kermit recibió. Se encontraba en su buzón a diario con decenas de cartas con insultos racistas o amenazas de muerte, la policía le recomendó no pedir nada al servicio de habitaciones cuando estuviese en algún hotel por miedo a que la comida pudiese ser envenenada, e incluso su mujer, embarazada de ocho meses, se encontró con la negativa de su médico a verla simplemente por el hecho de ser la esposa de Kermit Washington.

Cuatro meses después Tomjanovich estaba recuperado y dispuesto a pasar página, mientras que la estancia de Kermit en Boston sería breve, a pesar de jugar a un buen nivel. Sería traspasado a San Diego y después a Portland. “Estaba cansado de probarme a mí mismo porque el puñetazo me acompañaba a todos sitios. Ya no era Kermit Washington, era el tipo que casi mata a Rudy Tomjanovich”. Aún así, tuvo la oportunidad de disputar el All-Star de 1980, debido a las ausencias por lesión de algunos jugadores, pero decidió poner fin a su carrera en 1982 tras dos temporadas aquejado de dolores en su espalda. Podía haber hecho una carrera larga con los Lakers o haber formado parte de los Celtics campeones en el 81, pero no fue así. Decidido a empezar una carrera como entrenador, llamó a todas las puertas de todos los equipos NBA y envió unos 700 curriculums para poder entrenar a cualquier nivel, pero no pudo conseguir ni tan siquiera una entrevista. “Escribí a todos los equipos diciéndoles que trabajaría para ellos gratis para demostrarles lo que sabía, que si no me querían al final de la temporada que no me pagasen, que me despidiesen simplemente. No quería hacerlo por dinero. Me gusta trabajar con los jugadores, más que ninguna otra cosa. Podía ganar más dinero limpiando calles. Nadie me contestó”

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Cansado y decidido a emprender otro camino, lo encontró una tarde sentado en el salón de su casa en Portland mientras veía por la televisión la lamentable situación de los campos de refugiados hutus. Sin comida, sin agua potable, sin baños, hacinados como animales, Kermit pensó “esto es absurdo, puedo ayudar”. Y así, de repente, tomó un avión desde Portland a África para comenzar un nuevo propósito al que se dedicaría con el mismo empeño que un día dedicó al baloncesto. Fundó Project Contact Africa, una organización con sede en Nairobi, Kenia, que se ha convertido en su pasión y a la que dedica una gran cantidad de tiempo, sudor y dinero para mejorar la vida de otras personas a miles de kilómetros de su hogar. Ha realizado cerca de 50 viajes a Nairobi donde ha fundado un centro médico, una escuela y centros de alimentación. “Al principio tenía miedo de morir porque veía a la gente caminar alrededor tuyo con grandes machetes. No querías dormir por las noches porque sabías que el 90% de la gente que andaba fuera estaba desesperada, no tenían nada y te preguntabas si te iban a cortar la garganta por algo de comida. Pero ellos son buen gente, solo necesitan ayuda”. Al mismo tiempo que abría las puertas a la esperanza de miles de personas, también se le abrían a él las puertas que una vez encontró cerradas. Fue nombrado entrenador asistente de los Asheville Altitude de la Liga de Desarrollo, con los que consiguió ganar el título en 2005, y también sería entrenador asistente de George Karl en los Nuggets.

Rudy Tomjanovich, retirado en 1981, superó cinco operaciones en la cara y años de alcoholismo para convertirse en el entrenador de los Rockets campeones en 1994 y 1995, además de conseguir el oro olímpico en 2000. La publicación por parte de John Feinstein del libro “The Punch” le acercó a Kermit, con quien no había tenido ninguna conversación sustancial desde el incidente. Durante años, ambos habían estado marcados por aquella noche y ambos habían atravesado difíciles caminos. Era el momento de dejarlo todo atrás. “Tengo que desear lo mejor para él, no me gusta ver a la gente sufriendo. Él cometió un error y todo el mundo merece otra oportunidad. Dijo que lo sentía y, en lo que a mí respecta, tiene mi perdón”. Para Kermit “Rudy es un buen tío y no lo sabía antes. Siempre que él necesite algo, allí estaré. Estoy encantado de que él me perdonase. No lo digo para que la gente tenga otra opinión de mí, sino porque de verdad es lo que siento, y quizá cuando yo muera nadie escribirá en mi lápida ‘El tipo que golpeó a Rudy Tomjanovich’”.

Foto: USA Today

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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