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Reflejos

El MVP más triste de la historia

“Cuando pienso en esos playoffs contra los Celtics, siento mucha frustración. Fueron demasiados años dándolo todo para quedarnos a las puertas porque no éramos lo suficientemente buenos. Pero lo del 69 fue diferente. Éramos mejores”. – Jerry West

El trasiego del maravilloso Forum de Inglewood era continuo. Construido apenas dos años antes, aquel 5 de mayo era la fecha que durante todo ese tiempo había soñado su mecenas, el empresario canadiense Jack Kent Cooke. Una fecha que se había hecho de rogar y que significaría el comienzo de una nueva era en el baloncesto norteamericano. Cooke quería dejar claro a la NBA, y también al mundo, que el momento de los Boston Celtis y su dominio incontestable era cosa del pasado, y que sus Lakers, construidos a lomos de tres figuras legendarias – West, Baylor, Chamberlain – era el futuro de la competición.

Los miles de globos de color púrpura y dorado con la palabra “campeones” que se sostenían en las vigas del Forum, listos para descender una vez comenzaran los faustos de la celebración por el anillo, eran sólo el comienzo, tal y como rezaba el folleto que Cooke había mandado imprimir. La banda de música de la Universidad de California del Sur ensayaba en las entrañas del pabellón el ‘Happy Days Are Here Again’ (‘Vuelven los días felices’), mientras el vestuario local se llenaba hasta arriba del champán más caro de la ciudad. Esa noche hablarían al público Baylor, luego West y finalmente Chamberlain.

Y después… después la noche sería muy larga.

En otro universo, Jerry West estaba librando un combate. Luchaba contra los fantasmas que se le han ido sumando a lo largo de su formidable -pero incompleta- carrera. Fantasmas de color verde que le recuerdan que todavía le falta algo. Tumbado en el techo de su habitación, rememora las anteriores batallas perdidas. Piensa, sin saber muy bien por qué, en su padre y en su correa, a la que tanto temía de pequeño. Y en su hermano David, muerto en la ya lejana Guerra de Corea. David sí que era un héroe, y no él. Cuánto le había echado de menos aquellos años tan duros, durante todas esa derrotas ante los Celtics. Los malditos Boston Celtics.

John Havlicek miró al techo, y a continuación observó la cara de Em Bryant. Al base se le había borrado de repente la sonrisa de su rostro.  No conocía demasiado a Em, pero desde que llegó de New York hacía unos meses lo tenía por un tipo afable y dicharachero. Esa expresión en él era un registro absolutamente inaudito. A la escena se le sumó Russell, que también levantó la cabeza hacia la nube de globos de color púrpura y oro que colgaban del techo. Contempló el espectáculo durante unos segundos, absorto. Bajó la cabeza, y apretó con fuerza su puño derecho.

– Vamos a ganar a esos hijos de puta.

Aquellos Boston Celtics de 1969 conservaban poco más que su orgullo con respecto al equipo que había dominado la década de los sesenta con mano de hierro. Sam Jones tenía 36 años por entonces y se retiraría al acabar la temporada, y Bill Russell 35. El pívot además había sufrido lesiones muy severas ese año en ambas piernas, que le llevaron incluso a ser hospitalizado. Luchando contra los médicos, había conseguido no retirase en un hospital y volver a la pista para ayudar una vez más a unos Celtics que se clasificaron con un discreto récord de 48-34, el último lugar entre los equipos de Playoffs de la Conferencia Este y su peor registro desde 1950.

Por eso, y pese a que los Celtics había crecido durante las eliminatorias por el título, eliminando a los Sixers y a los Knicks -que les habían ganado en seis de los siete enfrentamientos de la fase regular- los Lakers parecían más favoritos que nunca aquella noche.

Bill Russell

Foto: NBA

La última gran noche de los orgullosos verdes

“Me temo que esas cosas se van a quedar ahí arriba por mucho tiempo”. Auerbach ya no era el entrenador de los Celtics – esa temporada ejercía ya como mánager general en exclusiva -, pero no pudo contener su legendaria verborrea cuando contempló el espectáculo que había preparado Cooke, minutos antes de comenzar el partido. Tampoco a West le gustó nada aquello –“Nunca lo olvidaré. Fue una de las cosas más vergonzosas que he visto en mi vida. Lo único que consiguió fue hacernos daño” -. Chamberlain y Baylor lanzaban a canasta, en compañía de un sentimiento que les era trágicamente familiar. Un sentimiento que se hacía tangible cuando se acercaron al centro del campo para saludar a sus rivales, y observaron los ojos inyectados en sangre de Russell. Aquellos ojos. Aquella mirada. Otra vez.

Los Celtics no dudaron. Con un juego rapidísimo, que recordaba al de tiempos más felices – ¿se habrían inspirado en el tema de la banda de música? – el legendario ‘fast-breaking’ que había dominado la década se hizo presente una vez más, con toda la fuerza posible. Chamberlain no anotaba, anulado por la sombra de Russell. Los Lakers se mantenían gracias al acierto de West, que asumía un tiro tras otro con un acierto increíble – acabaría con 42 puntos -. Al descanso la ventaja tan solo era de tres puntos para los Celtics, y el partido seguía vivo.

Se reanudó la batalla y Boston intensificó la defensa sobre el base, intentando obstruir la única vía anotadora de los Lakers. West comenzaba a tener problemas para anotar, y los Celtics lo aprovecharon. La ventaja se disparó a los ocho puntos. Luego a doce. Más tarde a diecisiete. La final se marchaba de nuevo, inexorablemente. El espectáculo del Forum se tornaba en drama cuando los Celtics consiguieron la mayor diferencia del todo el partido, unos 21 puntos que prácticamente cerraban la final. Hasta que por fin acabó el hechizo.

Wilt, estamos jugando mejor sin ti

De repente, los jugadores de los Celtics recordaron que no estaban en 1960, y que eran unos tipos a lo que hacía pocas semanas la prensa les daba poco menos que por muertos. La ventaja, hace poco definitiva, comenzó a desinflarse. Un gancho de Wilt, una penetración de Baylor, una transición de West… Quedan más de cinco minutos y amaina la tormenta. La distancia se reduce a tan solo nueve puntos.

Y entonces, una acción lo cambia todo. Chambelain captura un rebote y se hace daño en el tobillo. Estamos en una época en la que ése no parece un motivo para pedir el cambio, y mucho menos en el séptimo partido de una Finales de la NBA, pero The Big Dipper lo hace. Su entrenador, Butch Van Breda Kolff, le lanza una mirada asesina. Recordemos que a pocos metros se sienta Auerbach, un tipo para el que una lesión solo es tal si se pierde una extremidad. Y, sin embargo, Chamberlain se ha refugiado en el banquillo de motu propio por una torcedura, y además en plena remontada. Detalles que cambian la historia.

Se reanuda el juego y los Celtics parece que han cogido un poco de aire. Abren ligeramente su defensa sin la amenaza del pívot y consiguen incomodar todavía más a West. Pero a la estrella de los Lakers no le importa. No está dispuesto a que se le escape el título. Otra vez no. Con la sorprendente ayuda de Mel Counts, que ha salido a reemplazar a Chamberlain, prosigue con la remontada, que alcanza su punto álgido cuando los Lakers se acercan a solo tres puntos. Es entonces cuando una enorme figura se mueve en el banquillo angelino. Wilt Chamberlain se acerca a Van Breda Kolff y le comunica que ya está listo para volver a la pista. El técnico de origen holandés es contundente.

– “No te voy a poner de nuevo. Estamos jugando mejor sin ti”.

El MVP más triste de la historia

Chamberlain entra en cólera. Le exige de nuevo a Kolff regresar a la pista, pero este se mantiene firme. Incomprensiblemente, la atención de un partido histórico ha virado al banquillo local, que se encuentra en plena ebullición. Los Celtics a lo suyo, cada vez más cerca de otro milagro.

Mientras prosigue el incendio en el banquillo de los Lakers, nos encaminamos al punto álgido de las Finales. Quedan dos minutos y casi cada canasta significa la victoria. Los Lakers están un punto abajo y Mel Counts tiene la oportunidad de lograr la primera ventaja para su equipo, pero falla. Atacan los Celtics, West roba momentáneamente la pelota a Havlicek, pero el rechace le llega a Don Nelson, que lanza de forma inverosímil y anota dos puntos que significan una puñalada trapera al corazón de los Lakers.

Acaba el partido. 108-106. Es el décimo título de los Celtics en once años legendarios. Jerry West es nombrado MVP de las Finales pese a la derrota, en un caso único en la historia de la NBA. En el vestuario local se escuchan gritos. Van Breda Kolff acusa a Chamberlain de traidor. El gigante llama mentiroso a su entrenador. La temperatura de la disputa sube y casi llegan a las manos, hasta que – afortunadamente para Kolff – son separados.

Pasan unos pocos días y Red Auerbach vuelve al trabajo en su oficina de Boston. Queda media hora para que llegue el primer empleado, pero él aprovecha esos minutos para saborear el silencio y el periódico de la mañana. Una rutina inalterable, que no cumple años, igual que la de sumar títulos. Pasa poco a poco, recreándose, las hojas del ejemplar, hasta que se encuentra con una pequeña nota en la sección de deportes, que le saca una sonrisa. “Los Ángeles Lakers donarán los globos de la celebración a un hospital infantil”.

Cierra el periódico y se levanta. Borra de inmediato su sonrisa cuando ve entrar al primer trabajador por la puerta. Vuelta al trabajo. Vuelta al orgullo. Hay que seguir siendo un Celtic.

Bill Russel y Red Auerbach

Foto: NBA

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