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Reflejos

El MVP más triste de la historia

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“Cuando pienso en esos playoffs contra los Celtics, siento mucha frustración. Fueron demasiados años dándolo todo para quedarnos a las puertas porque no éramos lo suficientemente buenos. Pero lo del 69 fue diferente. Éramos mejores”. – Jerry West

El trasiego del maravilloso Forum de Inglewood era continuo. Construido apenas dos años antes, aquel 5 de mayo era la fecha que durante todo ese tiempo había soñado su mecenas, el empresario canadiense Jack Kent Cooke. Una fecha que se había hecho de rogar y que significaría el comienzo de una nueva era en el baloncesto norteamericano. Cooke quería dejar claro a la NBA, y también al mundo, que el momento de los Boston Celtis y su dominio incontestable era cosa del pasado, y que sus Lakers, construidos a lomos de tres figuras legendarias – West, Baylor, Chamberlain – era el futuro de la competición.

Los miles de globos de color púrpura y dorado con la palabra “campeones” que se sostenían en las vigas del Forum, listos para descender una vez comenzaran los faustos de la celebración por el anillo, eran sólo el comienzo, tal y como rezaba el folleto que Cooke había mandado imprimir. La banda de música de la Universidad de California del Sur ensayaba en las entrañas del pabellón el ‘Happy Days Are Here Again’ (‘Vuelven los días felices’), mientras el vestuario local se llenaba hasta arriba del champán más caro de la ciudad. Esa noche hablarían al público Baylor, luego West y finalmente Chamberlain.

Y después… después la noche sería muy larga.

En otro universo, Jerry West estaba librando un combate. Luchaba contra los fantasmas que se le han ido sumando a lo largo de su formidable -pero incompleta- carrera. Fantasmas de color verde que le recuerdan que todavía le falta algo. Tumbado en el techo de su habitación, rememora las anteriores batallas perdidas. Piensa, sin saber muy bien por qué, en su padre y en su correa, a la que tanto temía de pequeño. Y en su hermano David, muerto en la ya lejana Guerra de Corea. David sí que era un héroe, y no él. Cuánto le había echado de menos aquellos años tan duros, durante todas esa derrotas ante los Celtics. Los malditos Boston Celtics.

John Havlicek miró al techo, y a continuación observó la cara de Em Bryant. Al base se le había borrado de repente la sonrisa de su rostro.  No conocía demasiado a Em, pero desde que llegó de New York hacía unos meses lo tenía por un tipo afable y dicharachero. Esa expresión en él era un registro absolutamente inaudito. A la escena se le sumó Russell, que también levantó la cabeza hacia la nube de globos de color púrpura y oro que colgaban del techo. Contempló el espectáculo durante unos segundos, absorto. Bajó la cabeza, y apretó con fuerza su puño derecho.

– Vamos a ganar a esos hijos de puta.

Aquellos Boston Celtics de 1969 conservaban poco más que su orgullo con respecto al equipo que había dominado la década de los sesenta con mano de hierro. Sam Jones tenía 36 años por entonces y se retiraría al acabar la temporada, y Bill Russell 35. El pívot además había sufrido lesiones muy severas ese año en ambas piernas, que le llevaron incluso a ser hospitalizado. Luchando contra los médicos, había conseguido no retirase en un hospital y volver a la pista para ayudar una vez más a unos Celtics que se clasificaron con un discreto récord de 48-34, el último lugar entre los equipos de Playoffs de la Conferencia Este y su peor registro desde 1950.

Por eso, y pese a que los Celtics había crecido durante las eliminatorias por el título, eliminando a los Sixers y a los Knicks -que les habían ganado en seis de los siete enfrentamientos de la fase regular- los Lakers parecían más favoritos que nunca aquella noche.

Bill Russell

Foto: NBA

La última gran noche de los orgullosos verdes

“Me temo que esas cosas se van a quedar ahí arriba por mucho tiempo”. Auerbach ya no era el entrenador de los Celtics – esa temporada ejercía ya como mánager general en exclusiva -, pero no pudo contener su legendaria verborrea cuando contempló el espectáculo que había preparado Cooke, minutos antes de comenzar el partido. Tampoco a West le gustó nada aquello –“Nunca lo olvidaré. Fue una de las cosas más vergonzosas que he visto en mi vida. Lo único que consiguió fue hacernos daño” -. Chamberlain y Baylor lanzaban a canasta, en compañía de un sentimiento que les era trágicamente familiar. Un sentimiento que se hacía tangible cuando se acercaron al centro del campo para saludar a sus rivales, y observaron los ojos inyectados en sangre de Russell. Aquellos ojos. Aquella mirada. Otra vez.

Los Celtics no dudaron. Con un juego rapidísimo, que recordaba al de tiempos más felices – ¿se habrían inspirado en el tema de la banda de música? – el legendario ‘fast-breaking’ que había dominado la década se hizo presente una vez más, con toda la fuerza posible. Chamberlain no anotaba, anulado por la sombra de Russell. Los Lakers se mantenían gracias al acierto de West, que asumía un tiro tras otro con un acierto increíble – acabaría con 42 puntos -. Al descanso la ventaja tan solo era de tres puntos para los Celtics, y el partido seguía vivo.

Se reanudó la batalla y Boston intensificó la defensa sobre el base, intentando obstruir la única vía anotadora de los Lakers. West comenzaba a tener problemas para anotar, y los Celtics lo aprovecharon. La ventaja se disparó a los ocho puntos. Luego a doce. Más tarde a diecisiete. La final se marchaba de nuevo, inexorablemente. El espectáculo del Forum se tornaba en drama cuando los Celtics consiguieron la mayor diferencia del todo el partido, unos 21 puntos que prácticamente cerraban la final. Hasta que por fin acabó el hechizo.

Wilt, estamos jugando mejor sin ti

De repente, los jugadores de los Celtics recordaron que no estaban en 1960, y que eran unos tipos a lo que hacía pocas semanas la prensa les daba poco menos que por muertos. La ventaja, hace poco definitiva, comenzó a desinflarse. Un gancho de Wilt, una penetración de Baylor, una transición de West… Quedan más de cinco minutos y amaina la tormenta. La distancia se reduce a tan solo nueve puntos.

Y entonces, una acción lo cambia todo. Chambelain captura un rebote y se hace daño en el tobillo. Estamos en una época en la que ése no parece un motivo para pedir el cambio, y mucho menos en el séptimo partido de una Finales de la NBA, pero The Big Dipper lo hace. Su entrenador, Butch Van Breda Kolff, le lanza una mirada asesina. Recordemos que a pocos metros se sienta Auerbach, un tipo para el que una lesión solo es tal si se pierde una extremidad. Y, sin embargo, Chamberlain se ha refugiado en el banquillo de motu propio por una torcedura, y además en plena remontada. Detalles que cambian la historia.

Se reanuda el juego y los Celtics parece que han cogido un poco de aire. Abren ligeramente su defensa sin la amenaza del pívot y consiguen incomodar todavía más a West. Pero a la estrella de los Lakers no le importa. No está dispuesto a que se le escape el título. Otra vez no. Con la sorprendente ayuda de Mel Counts, que ha salido a reemplazar a Chamberlain, prosigue con la remontada, que alcanza su punto álgido cuando los Lakers se acercan a solo tres puntos. Es entonces cuando una enorme figura se mueve en el banquillo angelino. Wilt Chamberlain se acerca a Van Breda Kolff y le comunica que ya está listo para volver a la pista. El técnico de origen holandés es contundente.

– “No te voy a poner de nuevo. Estamos jugando mejor sin ti”.

El MVP más triste de la historia

Chamberlain entra en cólera. Le exige de nuevo a Kolff regresar a la pista, pero este se mantiene firme. Incomprensiblemente, la atención de un partido histórico ha virado al banquillo local, que se encuentra en plena ebullición. Los Celtics a lo suyo, cada vez más cerca de otro milagro.

Mientras prosigue el incendio en el banquillo de los Lakers, nos encaminamos al punto álgido de las Finales. Quedan dos minutos y casi cada canasta significa la victoria. Los Lakers están un punto abajo y Mel Counts tiene la oportunidad de lograr la primera ventaja para su equipo, pero falla. Atacan los Celtics, West roba momentáneamente la pelota a Havlicek, pero el rechace le llega a Don Nelson, que lanza de forma inverosímil y anota dos puntos que significan una puñalada trapera al corazón de los Lakers.

Acaba el partido. 108-106. Es el décimo título de los Celtics en once años legendarios. Jerry West es nombrado MVP de las Finales pese a la derrota, en un caso único en la historia de la NBA. En el vestuario local se escuchan gritos. Van Breda Kolff acusa a Chamberlain de traidor. El gigante llama mentiroso a su entrenador. La temperatura de la disputa sube y casi llegan a las manos, hasta que – afortunadamente para Kolff – son separados.

Pasan unos pocos días y Red Auerbach vuelve al trabajo en su oficina de Boston. Queda media hora para que llegue el primer empleado, pero él aprovecha esos minutos para saborear el silencio y el periódico de la mañana. Una rutina inalterable, que no cumple años, igual que la de sumar títulos. Pasa poco a poco, recreándose, las hojas del ejemplar, hasta que se encuentra con una pequeña nota en la sección de deportes, que le saca una sonrisa. “Los Ángeles Lakers donarán los globos de la celebración a un hospital infantil”.

Cierra el periódico y se levanta. Borra de inmediato su sonrisa cuando ve entrar al primer trabajador por la puerta. Vuelta al trabajo. Vuelta al orgullo. Hay que seguir siendo un Celtic.

Bill Russel y Red Auerbach

Foto: NBA

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Wikimedia

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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