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Tú también odiarías a Christian Laettner (y II)

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Tú también odiarías a Christian Laettner (I)

Además de los falsos motivos para odiarle, había otros de verdad. Algo ineludible de su ser es que era un matón, todo un abusón en la cancha. Y si a este factor del odio tan apreciable le sumamos otros más difusos, nos queda un tío de veras insoportable. Codazos, empujones, golpes bajos, trash-talking hasta quedarse sin saliva, desmedidas celebraciones, todo tipo de provocaciones… Laettner llegaba incluso a las agresiones, y sus incidentes más famosos son diversos. En un partido de alta rivalidad contra North Carolina, un codazo suyo partió la ceja de Eric Montross, que estaba realizando su mejor partido del año, y debido a la sangre debió dejar de jugar.

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Foto: NCAA

La no menos íntima Connecticut también tenía un gran pívot haciendo frente a Laettner, Rod Sellers –quien pasó por varios equipos en España: Cáceres, Valencia, Tenerife, Melilla y Murcia-, a quien tendió una trampa en forma de puñetazo que obligaba al de la UConn a volver al banquillo por la sangre. Nada más volver, en un balón suelto, se abalanzó sobre Laettner estrellándole la cabeza contra el parquet. Se la tenía jurada. A diferencia de Sellers, en este intercambio de golpes Laettner controlaba totalmente sus emociones y lo que estaba haciendo. ¿El resultado? Sellers expulsado y partidazo de Laettner.

Agresión sin castigo

Pero su más famoso incidente llegaría en el partido que daba acceso a la Final Four de 1992, en el Elite Eight. Tal vez el mejor partido de baloncesto de la historia, y con seguridad, el mejor del baloncesto universitario. Los Kentucky Wildcats de Rick Pitino contra los vigentes campeones, más odiados que nunca, de Laettner y Duke. Un partido tan extremadamente bueno que lo ganaría quien llegase con el balón a la última posesión.

Ya sabemos que a todo matón lo que menos le gusta es que le den de su propia medicina. Es lo que le pasó a Laettner en aquel partido. En la lucha por cerrar un rebote, alguien le empujó por detrás, haciéndole caer al suelo. Por error, Laettner pensaría que había sido Aminu Timberlake, que, aprovechando que estaba cerca, se burlaba de su caída. Un minuto más tarde, Laettner chocaría con Timberlake anotando un dos más uno, y era él quien ahora caía al suelo. Laettner, de pie, no dudaría en darle un pisotón en el estómago.

¡Un pisotón a un jugador rival que está en el suelo! Ni había sido sin querer, ni Laettner se había molestado en disimularlo. Debía ser automáticamente expulsado del partido. Pero por alguna razón no lo fue. El propio Timberlake, pensando que habían cambiado las tornas, creía haber sacado de quicio a Laettner y se levantaba del suelo entre risas e irónicos aplausos. La sanción por una simple técnica hacía a Pitino tirarse de los pelos y la incredulidad se extendía por toda la nación, convencida de que a cualquier otro jugador que no se llamara Christian Laettner y estudiase en Duke se le habría castigado con una expulsión inmediata.

Pero Laettner siguió jugando, moviéndose como pez en el agua dentro de ese odio que generaba y que tanto le gustaba abrazar. Siempre se salía con la suya, y esta vez de una manera más injusta que nunca, recibiendo el mismo castigo por un pisotón al estómago que por una protesta más vehemente de lo habitual: una simple técnica.

Su grandeza, otra de las cinco puntas del odio hacia Laettner, era tal que, sabiéndose en aquel rato el foco del odio de todo aficionado al baloncesto en Estados Unidos, hacía el mejor partido de su vida. Era imposible que ni si quiera él mismo justificase su permanencia en la cancha, pero allí estaba. ¡10 de 10 en tiros de campo y otro 10 de 10 en tiros libres! Aquel malnacido sabía jugar al baloncesto. Estaba tocado por una varita mágica.

‘The Shot’

En un partido tan sumamente emocionante, la penúltima jugada del partido había acabado con una canasta en los mismos morros de Laettner a falta de 2’1 segundos para el final. 102-103 en el marcador a favor de Kentucky y tiempo muerto de Duke, que sacaba desde debajo de su canasta.

Tras un enorme pase de béisbol de Grant Hill, Laettner recogería el balón a unos seis metros del aro. Sin ser presa de los nervios, fintaría girarse para un lado para voltearse sobre el otro, elevarse, soltar el balón… y ganar el partido. El partido perfecto. El mejor partido de la historia terminaba con una canasta sobre la bocina del tipo más odiado de América para firmar su perfecto 10/10. Los campeones volvían a acceder por cuarto años consecutivo a la Final Four, cuatro de cuatro en el ciclo universitario de Laettner.

Ese tío tan odiado acababa de firmar un partido perfecto, pisar a un rival y meter el tiro decisivo en, tal vez, el partido de baloncesto más épico de la historia. El cénit del odio que generaba, ya en su cuarto año en Duke y más que consolidado como bellaco del baloncesto. Fue la guinda al pastel. El mejor final posible.

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Foto: NCAA

O casi final, mejor dicho. Nueve días más tarde Duke y Laettner ganarían su segundo campeonato nacional universitario ante los Fab Five de Michigan, su última antítesis.

¿Y qué haría Laettner muchos años más tarde? Seguir trolleando, como hasta ahora vendría haciendo, a los fans de Kentucky. Si uno entra en su cuenta de Twitter, verá una foto de portada con el famoso Haters gonna hate, una foto de perfil del mítico tiro, una escueta biografía con “The Shot” y una ubicación que indica “Al corazón de Kentucky”.

El villano perfecto.

No era el único bocinazo de su carrera universitaria, con otro tiro milagroso bajo la bocina en el Elite Eight de 1990 ante la UConn de Sellers. Aquella vez era Laettner quien ponía el balón en juego desde la banda en campo atacante. En un tuya-mía con Davis lanzaría un tiro con rectificado en el aire que hacía que Sellers, uno de sus enemigos favoritos, se rindiese diciendo que jamás le quemaba el balón. Duke se metía así en su segunda Final Four consecutiva, justo antes de toparse con la UNLV. Los Rebels les machacarían en la final de 1990, pero un año más tarde sucumbirían en la semifinal, su única derrota en todo el año, tras esos tiros libres de ser superior de Laettner.

Era el mejor. Y eso que al Sur del país, en la salvaje Louisiana State, había un tal Shaquille O’Neal que dominaba con pavor los tableros. Laettner, sin embargo, se crecía ante él. Ante él y ante todo jugador de entidad que pudiese poner en discusión su título oficioso de mejor jugador universitario de la época. Y uno de los mejores de siempre, con récords que, con la actual tendencia del one and done, prometen quedarse en los libros de historia de la NCAA por muchos años más:

  • Mayor número de puntos anotados.
  • Mayor número de tiros libres anotados.
  • Mayor número de tiros libres intentados.
  • Mayor número de partidos jugados.

No sólo era el mejor, sino que lo sabía y actuaba como tal. Con una seguridad en sí mismo que intimidaba y generaba animadversión, aceptaba su arrogancia como parte de lo que era Christian Laettner y su éxito. De hecho, era necesario para llegar a lo más alto y mantenerse a ese nivel, tal y como, rendido, reconocía Ariel Helwani, hoy periodista y ayer hater de Duke.

Y, como a todo gran equipo liderado por su gran villano, el mundo permanecía expectante por verles caer. Nadie se perdía ningún partido de Laettner y los Blue Devils porque, entonces, no podrían decir eso de “yo les vi perder”.

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Foto: NCAA

Era portador de todos los componentes que nos hacen odiar, o como mínimo coger manía, a aquellos que van por delante de nosotros. Pero, además, estaba el tema de su indiscutible belleza. No era el típico tío que puede resultar mono, directamente era el más guapo que podías ver sobre una pista de baloncesto. Así, llegamos a la quinta punta de su odio, el aspecto.

Si algo tiene la belleza, es que el propio individuo es el primero en hacerse sabedor de ella. No hace falta ni ser guapo para creérselo y actuar como tal. Y, por supuesto, siempre nos creeremos más guapos de lo que somos. A estas alturas de su andadura universitaria, Laettner era ya famoso en todo el país, y allá donde iba Duke la cobertura mediática era más propia de una banda de estrellas del rock que de un equipo de baloncesto universitario.

Así, y como parte de su arsenal de provocaciones, era cada vez más habitual ver en un partido a Laettner tocándose el pelo, peinándose en mitad de partido y haciendo recreación de ello cuando no podía haber absolutamente nadie en el pabellón, ni delante de la televisión, que no estuviese mirándole en ese momento, como cuando se disponía a tirar tiros libres. Ya no era simplemente el rompecorazones con que las histéricas universitarias forraban sus carpetas, si no que ni si quiera los propios tíos podían ir a disfrutar del partido con sus novias porque los celos no esperaban a aparecer más allá del calentamiento.

Con 21 tiernos años, aquel tío que todo lo tenía y que todo lo podía era incluido por la revista People entre las 50 personas más atractivas del mundo. ¿Se le ocurre a alguien algo más con lo que alimentar el ego de este muchacho? ¿Algo con lo que hacerle rabiar como él hacía que otros rabiaran? Se había probado todo…  o casi todo.

Como se menciona en la primera parte de este artículo, Christian Laettner no era la persona más agradable del mundo, incluso sus compañeros acababan hartos de él en multitud de ocasiones y no se le conocían verdaderos amigos. Salvo Brian Davis, su compañero de habitación y a quien mencionó como una de las únicas tres cosas que le importaban en la vida en un reportaje para Sports Illustrated titulado “Diabólicamente diferentes”.

De repente, los rumores sobre su relación homosexual interracial se dispararon. Unos rumores que eran falsos, pero que ni a Laettner ni a Davis parecieron importar. Al menos en un principio. Uno de esos primeros partidos llegados tras la entrevista fue en Baton Rouge contra la LSU del imponente Shaquille O’Neal, y ante los cánticos de miles de personas la reacción llegó en forma de 22 puntos, canastas en los momentos más calientes, un recital de gestos y miradas a la grada y victoria para Duke en un partido que el New York Times tituló en su crónica “O’Neal is hot but Duke is hotter”.

Pero el interés que ponían medios y aficionados en este asunto llegó a ser enfermizo, y a Laettner le terminó por afectar. En una época en la que el sida comenzaba su expansión en medio del desconcierto y la desinformación, la contracción del VIH estaba popularmente ligada a la homosexualidad, y viceversa.

Y si salir del armario aún está lejos de ser recibido con una tolerancia total en los días que corren, hace veinticinco años pueden imaginarse su concepción de absoluto tabú. Así pues, que te llamaran maricón era el peor insulto que podías recibir. A Laettner empezó a caerle en forma de diluvio allá donde iba y sin excepción. El hombre que era capaz de hacer oídos sordos a todo tipo de descalificaciones personales –que hasta le motivaban- hacia él mismo o su familia ahora sufría por una acusación que en 2016 se escucha en todo estadio y ante la que el deportista actúa como quien oye llover. Normalización del desprecio.

La situación era insostenible desde hacía tiempo, pero ahora afectaba directamente a su familia también, e incluso su hermana de doce años recibía los graves insultos que uno puede imaginar por vestir una cazadora de Duke con su apellido. La forma en que Laettner lidiaba con todo aquello para que no le afectara más de la cuenta, no hacía sino encender la animadversión rival. A más desprecio, su respuesta era más chulería.

Seguía siendo un jugador tremendo, pero su carácter se iba agriando y a veces era inevitable hacer caso omiso. Es lo que le pasó el día que más importaba, nueve días más tarde de “The Shot”, en la final por el campeonato universitario en su último partido antes de ser profesional. Enfrente, sus enemigos íntimos, los Michigan Wolverines de Webber y compañía que se sentían ante su gran oportunidad, servida en bandeja de plata por la peor versión jamás vista de Christian Laettner: siete balones perdidos en la primera parte para el 31-30 favorable a Michigan.

Su último partido como universitario tendría lugar precisamente allá donde recalase como jugador NBA, la fría Minneapolis. Antes del partido, gracioso detalle del choque cultural anteriormente tratado que suponían los duelos de Duke contra universidades como la de Nevadas-Las Vegas o Michigan. La presentación de los jugadores era realizada por posiciones, introduciendo al jugador que la ocupaba de un equipo y seguidamente al del otro, los cuales debían acudir al centro de  la pista para saludarse. Llegado el momento del pívot, eran Juwan Howard y Christian Laettner quienes debían acudir a saludarse. Uno lo haría con el puño cerrado para el genuino fist bump y otro con la palma de la mano abierta. Sobra decir quién era cada cual.

Volviendo a lo que nos ocupa, Michigan ganaba al descanso y el jugador de baloncesto universitario más mediático y exitoso del momento parecía despedirse con su peor partido de siempre. Coach K lo intentaba todo con el muchacho y nada funcionaba.

Cambio de tornas

Laettner era el típico bocazas de vestuario, que se ampara en la búsqueda de motivación de sus compañeros para al mismo tiempo gritarles e intentar hacerles caer en todo tipo de provocaciones. El bueno de Bobby Hurley siempre caía. Pero aquel día, Laettner no podía decirle nada a nadie. Así que Hurley decidió aprovechar su gran oportunidad para desahogarse contra su matón particular, y con una arenga que mezclaba acicates como “te necesitamos” con reproches del tipo “¿qué coño estás haciendo?”, Laettner respondió.

19 puntos y 7 rebotes, después de una primera parte horripilante, para ser el diferencial que hiciese saltar por los aires el sueño de los Wolverines y lograr su segundo campeonato consecutivo, haciendo a Duke la primera universidad en repetir triunfo dos años seguidos desde la UCLA de John Wooden.

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Foto: NCAA

Hecha historia en la NCAA, la NBA esperaba. Su destino, unos Minnesota Timberwolves aún cachorros –tres temporadas de vida- que le escogían en la tercera posición de un Draft de 1992 –en el que encontramos viejos conocidos como Elmer Bennett en el número 38 o Pedrag Danilovic en el 43- que dejaba por encima de Laettner a dos de sus grandes rivales universitarios, Shaquille O’Neal y Alonzo Mourning, impecables con su traje en una ceremonia en la que Laettner no estaba… porque se encontraba en Europa preparando los Juegos Olímpicos de Barcelona como miembro del Dream Team, cubriendo el cupo obligatorio de jugador universitario de cada selección. El hateo no cesaba.

El favorito de todos, jugadores incluidos, para ser el representante universitario, era Shaquille O’Neal, pese a haber sido Laettner elegido jugador del año, el cual defiende en su propio documental haber aceptado a la perfección ser el jugador número doce del equipo, generándole dudas que O’Neal lo hubiese hecho a ese mismo nivel.

Es prácticamente imposible desprenderse de una etiqueta en la vida una vez te ha sido colgada, y ese fue de partida el problema de Laettner en el Dream Team, en el que la mayoría de miembros le trataron peor que a un rookie, y en la NBA, donde su gen competitivo no aceptó recalar en los perdedores Timberwolves ni jugar para un entrenador con tan poca mano izquierda como Sidney Lowe (primer entrenador de Pau Gasol en la NBA), que entre risas hablaba a la prensa de lo “muy mimado” que estaba, y que “si él dice otra cosa, no estará diciendo la verdad”.

Diálogo entre Sidney Lowe y Mike Krzyzewski:

Tío, ese Laettner es un poco complicado.

Sidney, tienes que ver a Christian como si fuera un fuego, y tú la caldera de un edificio. Si usas el fuego correctamente, dará calor a todos los apartamentos. Pero si no, quemará todo el bloque. Yo prefiero tener a un tipo con ese fuego.

Lowe quemó el edificio entero y Laettner, fuera del especial entorno que le protegía en Duke y lejos de los brazos de Mike Krzyzewski, se convirtió en el típico jugador moneda de cambio como parte de otros grandes traspasos, no alcanzado nunca el estatus que su etapa universitaria prometía. La única vez que pareció en el camino correcto en la NBA fue en los Hawks, llegando a ser All-Star en el 97 (18’1 puntos y 8’8 rebotes de media), pero un traspaso de tantos cortó su progresión. Nunca llegaría a permanecer más de tres temporadas en un mismo equipo y en su penúltima temporada en la NBA, en los Wizards pos-Jordan, fue suspendido varios partidos por fumar marihuana.

Uno de los mejores jugadores universitarios de siempre, juguete roto en la NBA. Sin embargo, su legado permanecerá por siempre en la NCAA, y es que con la poca paciencia que tienen los grandes prospects para dar el salto, se antoja muy difícil que nadie pueda alcanzar sus récords ni todo el odio generado durante cuatro gloriosos años en Duke.

El inicio de la grandeza de Coach K

En el contexto actual del baloncesto, revolucionado de forma global en una tendencia que da cada vez más importancia al tiro de tres puntos a partir del baloncesto desplegado en los tres últimos Juegos por el equipo estadounidense, bien vale la pena glorificar la figura de Mike Krzyzewski. Sin embargo, Coach K no se hizo grande hasta la generación de Blue Devils de Laettner. Para él siempre fue un jugador especial, alguien a quien trató de manera diferente al resto, con cierto favoritismo tal vez aunque dentro de los requerimientos de cada jugador.

“Sacó lo mejor de Mike”, decía Mickie Krzyzewski, esposa del entrenador, entre elogios. Y agradecido se mostraba el propio Coach K en el discurso de despedida del curso universitario de 1992, reconociendo a Laettner, entre problemas para contener las lágrimas de emoción, haberle dado “todo lo que un chaval puede ofrecer, y quiero que sepa que yo he hecho lo mismo”.

Hoy día

En 2013, el ya clausurado portal deportivo y de cultura pop Grantland –joder, ¿por qué lo cerraron?- jugó a establecer un bracket eliminatorio entre los jugadores más odiados de los últimos treinta años en la NCAA: competían, a modo de conferencias, las décadas de los 80, 90, 00… y Duke. Por supuesto, el campeón no podía ser otro que Christian Laettner, que derrotaba en la final a Tyler Hansbrough, quien jugó para North Carolina entre 2005 y 2009.

En el momento de airearse el documental, su nombre podía ser encontrado en Twitter una media de 72 veces por día, y hasta 380 cuando está el campeonato de la NCAA en juego. El odio que generaba es ya parte de la cultura popular baloncestística americana, más concretamente de la universitaria, que puede convertirse en una locura.

Laettner se lo toma con un gran sentido del humor –vamos, que le sigue dando igual, pero de otra manera a cuando jugaba-, y excepcional fue su posado tirado en el suelo con Anthony Davis pisándole. Mejor todavía siendo la preparación de los Juegos Olímpicos de Londres, a los que Davis acudía aún como jugador universitario… de Kentucky.

También de aplauso fue su aparición en un partido benéfico en el Rupp Arena, cancha de los Kentucky Wildcats, en que, vestido de traje, salió a la cancha con una toalla para limpiar el suelo de rodillas. En aquel partido se popularizó la venta de unas camisetas que decían “Todavía odio a Christian Laettner”, que le dio la idea de crear otras que rezaran “Todavía quiero a Christian Laettner”, que vende para beneficio de su academia de baloncesto en Ponte Vedra Beach, Florida, donde actualmente reside.

De una personalidad fascinante y digna de estudio, el odio que Laettner desprendía era pura moda o diversión. Poco a poco se fue conociendo lo falso de algunos factores que incitaban a su odio, pero no era sino otro aliciente más con el que tomarse el deporte. A diferencia de otros deportistas caídos en desgracia, nunca dio motivos severos como para generar un sentimiento tan extremo como el odio, pero tal vez por eso fue por lo que se convirtió en algo divertido y en todo un fenómeno a seguir durante sus cuatros años en Duke.

Era un chico privilegiado desde su nacimiento, blanco en una universidad de pijos, un abusón provocador para compañeros y rivales, mejor que nadie y guapo como ninguno. Puede que no todo fuese verdad, pero era la imagen que daba. Y para cargar contra un icono del deporte, eso es más que suficiente. Siempre el protagonista del escenario perfecto para dejar alguna genialidad que pasara a la historia. El jugador más odioso jamás imaginado, como creado por obra y gracia de un ser superior para poner a prueba al resto de mortales.

No puedes gustar a todo el mundo, así que no pierdas ni un milisegundo en preguntarte por qué.

Foto: Amy Sancetta / Associated Press

Foto: Amy Sancetta / Associated Press

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A las puertas de lo imposible

sergiconcha@skyhook.es'

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El 22 de junio de 2017, el CB Prat anunció la contratación de Arturo Álvarez como entrenador principal. Un técnico con experiencia incluso en Brasil y Portugal que llegaba con una gran temporada en Araberri bajo el brazo. Ese 22 de junio, aunque nadie lo podría suponer, cambió la historia reciente de un club con 86 años a sus espaldas y que ha llegado en este curso a su cénit deportivo.

Esta era la cuarta temporada consecutiva del equipo en LEB Oro, una competición exigente con un gran nivel de jugadores ilustres como Jordi Trias, Dani Rodríguez, Ricardo Úriz o Nacho Martín, junto a jóvenes promesas que esperan un trampolín para alcanzar la ACB. Hasta la fecha, el mejor resultado obtenido por el conjunto potablava (nombre de un ave muy común en el Prat) había sido un decimotercer puesto, logrado el pasado curso todavía bajo el paraguas de una estrecha colaboración con el Joventut de Badalona, una colaboración que este año se puso en stand-by con miras a retomarla en un futuro cercano. La realidad de la entidad, con el presupuesto más bajo de la competición, era luchar por salvar la categoría, como lo ha venido haciendo desde que consumaron el ascenso en 2014, pero Arturo ha catapultado al equipo a un nivel jamás visto que les ha situado en el foco del baloncesto español y a estar a un paso de disputar la gran final por el ascenso a la mejor competición europea de clubes.

Dentro de unos parámetros muy marcados y unas pretensiones muy ajustadas, el técnico asturiano, junto a la directiva, confeccionó una plantilla de nivel con una mezcla entre jugadores jóvenes y veteranos que ha resultado decisiva. Al proyecto se unieron nombres del calibre de: Josep Pérez, Marc Blanch, Emanuel Cate y Martynas Andriuskevicius, ya con experiencia en España o jugadores que aterrizaban aquí por primera vez como: Alex Campbell, Marlon Johnson y Caleb Agada. El inicio de curso fue fulgurante y aúpo al equipo catalán a la primera plaza con once victorias en los primeros doce encuentros.

A medida que la temporada avanzaba y el objetivo de mantener la categoría ya parecía encaminado, era cuestión de batir récords. A mediados de enero el equipo ya había superado los 13 triunfos cosechados en la 16/17, justo antes de quedar apeados, solo por el basket average, de disputar la Copa Princesa, que enfrentó casualmente a los dos equipos que han logrado el ascenso: Breogán y Manresa. En vistas que los playoffs eran un hito alcanzable, el club se reforzó en miras de un crecimiento inesperado con Saúl Blanco y Pep Ortega, que cumplía su tercera etapa en el equipo.

Foto: Luiggi García

La temporada regular acabó con 25 victorias y solo 9 derrotas, doce más que la anterior y un segundo puesto histórico que les otorgaba el factor cancha a favor en todas las eliminatorias por el ascenso. “Es algo irrepetible”, se escuchaba entre los aficionados que acudían al pabellón Joan Busquets a animar a su equipo. Una cancha, que con una capacidad cercana a las 600 personas, era la más pequeña de la categoría. Desde su humilde morada, el equipo liderado en la cancha por Agada y Cate, dos jugadores que veremos en categorías superiores muy pronto, se impuso 3-0 a Carramimbre Valladolid y compraba así su ticket para semifinales.

Allí esperaba todo un portentoso Melilla Baloncesto, uno de los equipos históricos de la LEB Oro que disputaba su sexta semifinal con Mamadou Samb, Diego Kapelan, Fran Guerra o Dani Rodríguez en sus filas. Tras ganar cada uno un partido en casa y a domicilio, el decisivo encuentro se iba a disputar en un Busquets que prácticamente doblaba su aforo permitido, registrando la mejor entrada de su historia por encima de las 800 personas. Caprichoso el destino, el partido iba a decidirse en los últimos segundos a favor de un Melilla que fue perdiendo durante más de 39 minutos, pero que tuvo la suerte y experiencia necesaria para darle la vuelta al marcador y apear del sueño a un Prat que había obrado por encima de sus expectativas.

Pese a quedar a las puertas de disputar la final por el ascenso a ACB, las posibilidades eran remotas. “No tenemos ninguna opción de jugar en ACB, es imposible. Si acabamos subiendo, renunciaremos”. Declaraba el presidente del club, Arseni Conde, cuando todavía se estaban disputando las semifinales al Diari Ara. Para la temporada que viene, el club deberá volver a reinventarse una vez despertados del sueño. Arturo Álvarez ya ha hecho oficial que no seguirá en el club, en parte debido a un presupuesto que debe ajustarse más si cabe tras el esfuerzo presente. Además, muchos de los jugadores importantes cuentan con ofertas muy superiores tras brillar en un Prat que ha escrito una de las páginas más bonitas del baloncesto español este año.

“Hay que hacer un paréntesis en la historia del club para valorar este año”, decía Arturo en su última rueda de prensa. Una historia que ha llevado a jugadores como: Guillem Vives, Pau Ribas, Henk Norel o Christian Eyenga, a defender los colores del CB Prat gracias a un vínculo con la Penya que empezó en 2004. Curiosidades del baloncesto, ha sido el año de la desvinculación cuando el proyecto ha tocado techo para ahora quedar en un futuro incierto, donde al menos ya se han ganado el respeto de toda la competición y donde ahora los aficionados esperan poder seguir celebrando victorias hasta que algún día, quien sabe, puedan derrumbar la barrera imposible de jugar en ACB.

Foto: Luiggi García

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Michael Porter y el dilema del Draft

periz.oscar@gmail.com'

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Nuevo entrenador, equipo renovado y con el mejor prospect de la nación. Eran los primeros instantes de una nueva e ilusionante era en Columbia, Missouri. Los Tigers empezaban un año esperanzador y con objetivos diferentes y opuestos a lo que estaban acostumbrados en los últimos años. Esa reconstrucción sin rumbo, con la llegada de Cuonzo Martin al banquillo, en Mizzou se empezó a ver algo de luz al final del túnel, pero aquello no sería lo único que cambiaría el programa de Columbia en verano.

Michael Porter Jr, considerado el mejor jugador de su generación, rompía su compromiso con la Universidad de Washington una vez conocida la noticia de que Lorenzo Romar era despedido como entrenador de los Huskies después de 15 temporadas en el cargo. Unos últimos años en la intemperie y más bien discretos pasaron factura. A la vez, con el despido de Romar, Michael Porter Sr, padre de Michael Jr. y miembro del staff técnico, tampoco continuaría en el proyecto de Washington. Ese sería un movimiento decisivo, porque con Michael Sr. uniéndose al staff de Cuonzo Martin, la posibilidad de que la estrella del instituto Nathan Hale recalara en Mizzou era una posibilidad más que real.

El siguiente paso de Porter ya estaba marcado. Regresaba a su tierra, Columbia, para unirse a los Tigers tal y como se especulaba una vez sabido que no acudiría a Washington. Todo quedaba en familia y en casa. Michael Jr coincidiría en Mizzou con su padre (Michael Sr), hermanas (Bri y Cierra) y también con su hermano menor (Jontay), que se comprometería con los Tigers un poco después de hacerlo Michael.

La llegada de un recruit de la talla de Michael Porter Jr catapultaba hacia arriba las aspiraciones de Missouri a corto plazo, porque todos –incluso él mismo- sabían que esa etapa no iba a durar mucho. Las cualidades de MPJ estaban muy bien consideradas por los scouts NBA incluso desde mucho antes de pisar la universidad, y su potencial, algo que se valora al alza en estos tiempos, ya era de súperestrella. Su dominio y sus números en Nathan Hale HS no hacían más que confirmarlo.

Llegó el día del gran estreno de los Tigers ante su afición. Missouri pasó por encima de una endeble Iowa State que no pasa sus mejores días, pero el triunfo de los de Cuonzo Martin quedó en un segundo plano. ¿El motivo? Michael Porter Jr, tras dos minutos de partido en los que anotó un mate, se sentó en el banquillo y no volvió a jugar. Sintió unas molestias que, por precaución, le dejaron sin jugar los siguientes partidos a la espera de obtener más pruebas.

Foto: NCAA.com

La peor de las noticias llegó: Michael Porter Jr. no jugaría más en su primer (y posiblemente último) año con Missouri. Se le diagnosticó un problema en dos vértebras que le dejarían en el dique seco hasta final de temporada, y dicha lesión requería pasar por el quirófano. La lesión de MPJ dejó, por otro lado, algunos frentes abiertos y libres para la especulación, como el de cómo habría sido su etapa en Mizzou o, por otra parte, cómo afectaría esta situación a su futuro más cercano: el Draft.

Un caso familiar

Esta situación tiene sus paralelismos con el caso reciente de Ben Simmons en LSU, incluso como el de Markelle Fultz en Washington. Jugador TOP de la Class se compromete con una universidad fuera del universo de las powerhouse del estilo de Kentucky, Duke, Kansas o Arizona.

Estaba claro que el australiano iba a ser el jugador por el que iban a pasar prácticamente todos los balones, y el plan de juego tampoco sugería un cambio hacia otra dirección. En resumidas cuentas: un gameplan limitado y previsible centrado en la gran estrella. La falta de un ‘plan B’ y ‘plan C’ de Johnny Jones, entonces técnico de LSU, mermó seriamente a unos Tigers que, salvando a Simmons, ni siquiera pisaron el March Madness cuando las previsiones les situaban arriba. La realidad era otra.

Algo que nunca sabremos con Porter Jr bajo la batuta de Cuonzo Martin. Si jugamos a especular, es cierto que entre esa LSU y la actual Missouri existen ciertas similitudes justo antes de conocer el alcance de la lesión de Porter, pero la lesión del jugador distorsiona tal relato. Ambos casos contaban como objetivo llegar al March Madness, pero también es verdad que Mizzou cuenta con mejor presencia y reputación en el banquillo y, por inri, más (y mejor) talento en la plantilla que esa LSU, carente de otras figuras trascendentes.

Ser o no ser pick #1

Con Porter estando en plenitud de condiciones, el próximo número 1 del Draft no tenía color, fuese cual fuese el primer equipo en elegir. Michael Porter Jr representa el tipo de prospect ideal para el baloncesto moderno: gran técnica para jugar por fuera, con la altura y movilidad de un alero y con la envergadura de un pívot. Porter, junto a Ayton, es considerado el mejor proyecto de estrella de la próxima generación y es probable que su lesión afecte a su stock en el Draft, aunque de hacerlo, afectará mínimamente. Y en un escenario excepcional como este, Porter caería como mucho uno o dos puestos en el Draft.

Ante un proyecto de futuro de ese calibre, resulta improbable que Porter caiga más allá del ‘Top 3’ incluso a sabiendas de que ha jugado solamente dos minutos en toda la temporada y de las temporadas que están realizando DeAndre Ayton, Marvin Bagley, Luka Doncic o Mo Bamba, que son los otros candidatos que van a estar en las quinielas para estar entre los tres primeros. Cualquier otra cosa que no sea figurar entre los tres primeros picks sería una sorpresa mayúscula, y también un regalo.

Otra variante decisiva será la de si Porter se ha recuperado plenamente de su lesión o no, pero todo hace indicar que MPJ estará 100% recuperado una vez lleguen las fechas para realizar workouts con franquicias NBA.

Tampoco está descartado el frente en el que MPJ decida seguir un año más en Missouri, pero a día de hoy es un escenario que parece difícil que se cumpla. Aunque su falta de ritmo competitivo puede ser un inconveniente en sus primeros días como profesional, su cartel en la NBA es elevado y será difícil dejar pasar ese tren.

Cualquier cosa que acabe sucediendo, una cosa es cierta: Michael Porter Jr. ya es, al igual que Kyrie Irving en su día o incluso Joel Embiid, uno de los grandes “qué hubiera pasado si…” de los últimos años en la NCAA. En una class tan abierta como la que se presenta próximamente, va a ser difícil dejar pasar a tal talento debido a una lesión.

La presión será para el primero en elegir. Y mientras, el resto ya se está frotando las manos.

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Collin Sexton, el mundo a su merced

bryangn@gmail.com'

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Hay un popular dicho que dice que «donde menos se piensa, salta la liebre», algo que le viene como anillo a esta competición, y que nos podría valer para identificar la llegada a la liga de Collin Sexton. El de Atlanta se ha convertido en uno de los grandes atractivos de esta nueva temporada universitaria, y con apenas 18 años tiene todo lo necesario para triunfar al nivel que él mismo se exija.

Sexton no es el modelo de base anotador empedernido que buscar desquiciar a su rival para la canasta fácil, ni el típico jugador que busca destacar a base de highlights, y ni mucho menos un base sensato y sosegado que busca gestionar la distribución de balones a sus compañeros en ataque. Es más, no existe a día de hoy un modelo predeterminado para encasillar a Sexton como base. Es un artista con el balón en su poder, uno de esos jugadores anárquicos que parece que deambulan como pollo sin cabeza, pero con altas dosis de creatividad y talento en vena. Es, sencillamente, un jugador diferente a los demás.

Desde los suburbios de Atlanta a ser considerado uno de los grandes nombres del próximo draft de rookies. La historia de Collin Sexton comenzó a forjarse en su Pebblebrook High School, donde ya comenzaba a llamar la atención de muchos ojeadores de todo el país con apenas 16 años, un pequeño y rápido base de gran ética de trabajo y un físico demoledor que resultaba imparable para la defensa rival, y que ya había liderado con maestría a su High School a cotas importantes a nivel estatal. Pero fue una llamada la que realmente le hizo ver que podía aspirar a ser alguien relevante para su comunidad, su instituto y también para sí mismo.

La vida le dio un giro de 180 grados después de que la mismísima USA Basketball le invitase a formar parte del campus de entrenamiento para el próximo Mundial U17 que se iba a celebrar en España en 2016. Una oportunidad única a la que sólo unos pocos privilegiados tenían acceso, y que a diferencia de otros compañeros de generación que ya habían hecho sus pinitos con el uniforme nacional, para Sexton era algo totalmente novedoso. Esto le motivó notablemente, y cambió su actitud y su forma de trabajar.


«Quería estar en ese equipo costase lo que costase», aseguraba su entrenador en el instituto, George Washington. «Muchos de esos jugadores ya eran conocidos, y tenían mucho ganado. Yo le decía a Collin: ‘tu trabajo es ser el más duro de todos, trabajar más que nadie, y así nadie te puede negar estar en ese equipo’».

Su duro entrenamiento personal para estar en Colorado Springs, lugar designado para el campus, fue tremendamente exigente. Su jornada constaba de tres entrenamientos diarios, comenzando el primero a las seis de la mañana con un trabajo específico en la cancha con un asistente del equipo de baloncesto, para retomarlo por la tarde para trabajar en el gimnasio con pesas y cardio y finalizar por la noche con ejercicios de tiro a canasta. Un menú que se repitió durante varios meses y al que Sexton no falló ni un solo día. Recordemos, todo esto viniendo de un chaval de 16 años que aún estaba en su año junior de instituto, y al que le había tocado madurar a la velocidad de la luz.

Cuando llegó a Colorado Springs, vio que todo el esfuerzo había merecido la pena, y su nombre era uno de los elegidos para defender a su país en Zaragoza ese mismo verano. Pero esto no iba a ser más que el comienzo de un ascenso en el que –a día de hoy– no ha visualizado todavía la cima.

Ese número 8 del combinado USA no pasó inadvertido para nadie en Zaragoza. Ese equipo orquestado por Donald Showalter estaba hecho a la medida de Sexton: jugadores muy abiertos con muchísimo espacio para correr, un ritmo de juego altísimo, una agresividad e intensidad en ataque y defensa inusitada y muchísimo poderío físico. Y hay que decirlo, un grupo de jugadores que también formaban una cohesión de grupo y una fuerza coral dignas de mención.

Lo más sorprendente de todo, es que Collin Sexton se había coronado en lo más alto de esa pirámide de talento y fama internacional en la que se había convertido este combinado USA. Su habilidad para romper la defensa rival a base de potencia de piernas, de transiciones donde tardaba nanosegundos en llegar a la pintura rival desde su propio campo, de intensidad en defensa para robar balones y también para lanzar desde cualquier punto de la pista. Pero, sobre todo, magia con el balón entre las manos y auténtico espectáculo destrozando el aro rival. Un MVP más que merecido.

Sin lugar a dudas, Zaragoza fue la ciudad que encumbró definitivamente a Sexton y lo hizo saltar a la palestra de los nombres más destacado de la próxima clase de 2017, y su gran actuación posterior en el circuito EYBL –donde rompió el récord anotador del mismo de ese mismo año– no hizo más que confirmar que estábamos ante un talento en ciernes. Collin Sexton había pasado de ser un pequeño base unranked del que pocos habían oído hablar a ser un prodigioso base de cinco estrellas por el que las universidades se iban a dar golpes, todo en apenas doce meses.

«Nada ha cambiado», dijo Sexton en una entrevista el pasado verano. «Solo tenía que ponerme en frente de las personas adecuadas para mostrar mis talentos y hacer lo que mejor hago: jugar duro todo el tiempo».

Como era de esperar, muchas fueron las universidades que llamaron a su puerta, restringiendo su interés en seis programas: Alabama, Georgia, Georgia Tech, Kansas, North Carolina State y Oklahoma State, para finalmente decantarse entre los Crimson Tide y los Jayhawks en un programa especial de televisión emitido a nivel nacional por ESPNU, donde finalmente Sexton sorprendería escogiendo al conjunto de Avery Johnson.

«Son geniales y tienen un gran ambiente“, dijo Sexton en una entrevista a 247Sports. “El entrenador Avery Johnson es un entrenador muy bueno, me dijo cómo podía encajar en el programa y cómo podía ayudarme. Heredó el equipo el año pasado, por lo que no pudo traer a sus jugadores, pero fue capaz de convertir a los jugadores que no lo estaban haciendo bien en buenos jugadores. Es algo especial».

El compromiso de Sexton siguió ipso facto el de John Petty, otro talentazo exterior de la clase de 2017 al que John Calipari ya tenía echado el lazo desde hace tiempo. Así, Alabama volvería a resurgir a nivel nacional con estas dos pequeñas perlas comprometidas bajo el estricto Avery Johnson.

Foto: www.hoopseen.com

El último año de Collin en el instituto con Pebblebrook High School fue un paseo militar en lo personal, promediando casi 30 puntos por encuentro y guiando a su instituto al campeonato estatal, donde finalmente acabaría perdiendo. Pero eso sí, conseguiría ese pasado verano sus tres grandes objetivos que se había marcado: liderar la EYBL en anotación, volver a ser invitado por la USA Basketball para defender la camiseta nacional y ser nombrado McDonald’s All-American. Sexton ya lo tenía todo para ir al siguiente nivel.

Sin embargo, la reciente investigación del FBI por corrupción en varios programas universitarios de la NCAA Division I acabó afectando también a su debut como freshman en la competición. El ya ex-administrador de la universidad, Kobie Baker, fue acusado por el FBI de tener un trato ilegal con un asesor financiero para ayudar a ciertos jugadores económicamente a cambio de que éstos firmasen con dicho asesor durante su travesía universitaria y profesional. Según los documentos del FBI, se produjo una cena en un restaurante del área de Atlanta –de donde es Sexton– entre Baker, el asesor financiero y «el padre de un gran jugador de esta clase de reclutamiento», aunque nunca fue probado públicamente que fuese el padre de Collin Sexton.

La NCAA no lo dudó un instante, y suspendió la elegibilidad de Sexton indefinidamente hasta que se esclareciese este hecho.

Por fortuna para los fans de Sexton y de la NCAA, el prometedor base de Atlanta únicamente se perdió el debut oficial ante la universidad de Memphis, además de todos los encuentros de pretemporada, y este año estamos disfrutando de él a pleno interés.

Su paso por los Tide está siendo de todo menos previsible. Promediando más de 20 puntos por noche, su gran actuación personal la tuvo en un partido de locos ante la universidad de Minnesota, donde Alabama acabó jugando durante muchísimos minutos con solo tres jugadores en pista –uno de ellos Sexton– por diversas expulsiones que dejaron en cuadro a los Tide. Sexton se echó el equipo a sus espaldas y mantuvo la tensión del encuentro hasta pocos segundos antes del final, donde finalmente cedió la victoria.

Pero Sexton hizo historia esa noche, ya que sus 40 puntos –31 de ellos en la segunda mitad– son ahora el récord anotador de un jugador de Alabama de primer año desde los 43 de todo un Reggie King en 1973. Y, sobre todo, ha dejado constancia a toda la competición de que este año va en serio en la búsqueda del Bob Cousy Award y de una plaza de privilegio en el próximo draft de rookies.

Su agresividad con el balón, su pasión por el juego y su determinación en la pista son impropias de un jugador de su edad. Su instinto ganador y de superación le puede catapultar entre los cinco mejores de su generación, y la ausencia de bases de gran nivel en este draft puede hacerle subir algún puesto extra en el ranking. Sin techo en el horizonte, es una de las grandes perlas que la NBA explotará en los próximos meses.

 

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