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Costa a costa

Tú también odiarías a Christian Laettner (y II)

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Tú también odiarías a Christian Laettner (I)

Además de los falsos motivos para odiarle, había otros de verdad. Algo ineludible de su ser es que era un matón, todo un abusón en la cancha. Y si a este factor del odio tan apreciable le sumamos otros más difusos, nos queda un tío de veras insoportable. Codazos, empujones, golpes bajos, trash-talking hasta quedarse sin saliva, desmedidas celebraciones, todo tipo de provocaciones… Laettner llegaba incluso a las agresiones, y sus incidentes más famosos son diversos. En un partido de alta rivalidad contra North Carolina, un codazo suyo partió la ceja de Eric Montross, que estaba realizando su mejor partido del año, y debido a la sangre debió dejar de jugar.

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Foto: NCAA

La no menos íntima Connecticut también tenía un gran pívot haciendo frente a Laettner, Rod Sellers –quien pasó por varios equipos en España: Cáceres, Valencia, Tenerife, Melilla y Murcia-, a quien tendió una trampa en forma de puñetazo que obligaba al de la UConn a volver al banquillo por la sangre. Nada más volver, en un balón suelto, se abalanzó sobre Laettner estrellándole la cabeza contra el parquet. Se la tenía jurada. A diferencia de Sellers, en este intercambio de golpes Laettner controlaba totalmente sus emociones y lo que estaba haciendo. ¿El resultado? Sellers expulsado y partidazo de Laettner.

Agresión sin castigo

Pero su más famoso incidente llegaría en el partido que daba acceso a la Final Four de 1992, en el Elite Eight. Tal vez el mejor partido de baloncesto de la historia, y con seguridad, el mejor del baloncesto universitario. Los Kentucky Wildcats de Rick Pitino contra los vigentes campeones, más odiados que nunca, de Laettner y Duke. Un partido tan extremadamente bueno que lo ganaría quien llegase con el balón a la última posesión.

Ya sabemos que a todo matón lo que menos le gusta es que le den de su propia medicina. Es lo que le pasó a Laettner en aquel partido. En la lucha por cerrar un rebote, alguien le empujó por detrás, haciéndole caer al suelo. Por error, Laettner pensaría que había sido Aminu Timberlake, que, aprovechando que estaba cerca, se burlaba de su caída. Un minuto más tarde, Laettner chocaría con Timberlake anotando un dos más uno, y era él quien ahora caía al suelo. Laettner, de pie, no dudaría en darle un pisotón en el estómago.

¡Un pisotón a un jugador rival que está en el suelo! Ni había sido sin querer, ni Laettner se había molestado en disimularlo. Debía ser automáticamente expulsado del partido. Pero por alguna razón no lo fue. El propio Timberlake, pensando que habían cambiado las tornas, creía haber sacado de quicio a Laettner y se levantaba del suelo entre risas e irónicos aplausos. La sanción por una simple técnica hacía a Pitino tirarse de los pelos y la incredulidad se extendía por toda la nación, convencida de que a cualquier otro jugador que no se llamara Christian Laettner y estudiase en Duke se le habría castigado con una expulsión inmediata.

Pero Laettner siguió jugando, moviéndose como pez en el agua dentro de ese odio que generaba y que tanto le gustaba abrazar. Siempre se salía con la suya, y esta vez de una manera más injusta que nunca, recibiendo el mismo castigo por un pisotón al estómago que por una protesta más vehemente de lo habitual: una simple técnica.

Su grandeza, otra de las cinco puntas del odio hacia Laettner, era tal que, sabiéndose en aquel rato el foco del odio de todo aficionado al baloncesto en Estados Unidos, hacía el mejor partido de su vida. Era imposible que ni si quiera él mismo justificase su permanencia en la cancha, pero allí estaba. ¡10 de 10 en tiros de campo y otro 10 de 10 en tiros libres! Aquel malnacido sabía jugar al baloncesto. Estaba tocado por una varita mágica.

‘The Shot’

En un partido tan sumamente emocionante, la penúltima jugada del partido había acabado con una canasta en los mismos morros de Laettner a falta de 2’1 segundos para el final. 102-103 en el marcador a favor de Kentucky y tiempo muerto de Duke, que sacaba desde debajo de su canasta.

Tras un enorme pase de béisbol de Grant Hill, Laettner recogería el balón a unos seis metros del aro. Sin ser presa de los nervios, fintaría girarse para un lado para voltearse sobre el otro, elevarse, soltar el balón… y ganar el partido. El partido perfecto. El mejor partido de la historia terminaba con una canasta sobre la bocina del tipo más odiado de América para firmar su perfecto 10/10. Los campeones volvían a acceder por cuarto años consecutivo a la Final Four, cuatro de cuatro en el ciclo universitario de Laettner.

Ese tío tan odiado acababa de firmar un partido perfecto, pisar a un rival y meter el tiro decisivo en, tal vez, el partido de baloncesto más épico de la historia. El cénit del odio que generaba, ya en su cuarto año en Duke y más que consolidado como bellaco del baloncesto. Fue la guinda al pastel. El mejor final posible.

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Foto: NCAA

O casi final, mejor dicho. Nueve días más tarde Duke y Laettner ganarían su segundo campeonato nacional universitario ante los Fab Five de Michigan, su última antítesis.

¿Y qué haría Laettner muchos años más tarde? Seguir trolleando, como hasta ahora vendría haciendo, a los fans de Kentucky. Si uno entra en su cuenta de Twitter, verá una foto de portada con el famoso Haters gonna hate, una foto de perfil del mítico tiro, una escueta biografía con “The Shot” y una ubicación que indica “Al corazón de Kentucky”.

El villano perfecto.

No era el único bocinazo de su carrera universitaria, con otro tiro milagroso bajo la bocina en el Elite Eight de 1990 ante la UConn de Sellers. Aquella vez era Laettner quien ponía el balón en juego desde la banda en campo atacante. En un tuya-mía con Davis lanzaría un tiro con rectificado en el aire que hacía que Sellers, uno de sus enemigos favoritos, se rindiese diciendo que jamás le quemaba el balón. Duke se metía así en su segunda Final Four consecutiva, justo antes de toparse con la UNLV. Los Rebels les machacarían en la final de 1990, pero un año más tarde sucumbirían en la semifinal, su única derrota en todo el año, tras esos tiros libres de ser superior de Laettner.

Era el mejor. Y eso que al Sur del país, en la salvaje Louisiana State, había un tal Shaquille O’Neal que dominaba con pavor los tableros. Laettner, sin embargo, se crecía ante él. Ante él y ante todo jugador de entidad que pudiese poner en discusión su título oficioso de mejor jugador universitario de la época. Y uno de los mejores de siempre, con récords que, con la actual tendencia del one and done, prometen quedarse en los libros de historia de la NCAA por muchos años más:

  • Mayor número de puntos anotados.
  • Mayor número de tiros libres anotados.
  • Mayor número de tiros libres intentados.
  • Mayor número de partidos jugados.

No sólo era el mejor, sino que lo sabía y actuaba como tal. Con una seguridad en sí mismo que intimidaba y generaba animadversión, aceptaba su arrogancia como parte de lo que era Christian Laettner y su éxito. De hecho, era necesario para llegar a lo más alto y mantenerse a ese nivel, tal y como, rendido, reconocía Ariel Helwani, hoy periodista y ayer hater de Duke.

Y, como a todo gran equipo liderado por su gran villano, el mundo permanecía expectante por verles caer. Nadie se perdía ningún partido de Laettner y los Blue Devils porque, entonces, no podrían decir eso de “yo les vi perder”.

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Foto: NCAA

Era portador de todos los componentes que nos hacen odiar, o como mínimo coger manía, a aquellos que van por delante de nosotros. Pero, además, estaba el tema de su indiscutible belleza. No era el típico tío que puede resultar mono, directamente era el más guapo que podías ver sobre una pista de baloncesto. Así, llegamos a la quinta punta de su odio, el aspecto.

Si algo tiene la belleza, es que el propio individuo es el primero en hacerse sabedor de ella. No hace falta ni ser guapo para creérselo y actuar como tal. Y, por supuesto, siempre nos creeremos más guapos de lo que somos. A estas alturas de su andadura universitaria, Laettner era ya famoso en todo el país, y allá donde iba Duke la cobertura mediática era más propia de una banda de estrellas del rock que de un equipo de baloncesto universitario.

Así, y como parte de su arsenal de provocaciones, era cada vez más habitual ver en un partido a Laettner tocándose el pelo, peinándose en mitad de partido y haciendo recreación de ello cuando no podía haber absolutamente nadie en el pabellón, ni delante de la televisión, que no estuviese mirándole en ese momento, como cuando se disponía a tirar tiros libres. Ya no era simplemente el rompecorazones con que las histéricas universitarias forraban sus carpetas, si no que ni si quiera los propios tíos podían ir a disfrutar del partido con sus novias porque los celos no esperaban a aparecer más allá del calentamiento.

Con 21 tiernos años, aquel tío que todo lo tenía y que todo lo podía era incluido por la revista People entre las 50 personas más atractivas del mundo. ¿Se le ocurre a alguien algo más con lo que alimentar el ego de este muchacho? ¿Algo con lo que hacerle rabiar como él hacía que otros rabiaran? Se había probado todo…  o casi todo.

Como se menciona en la primera parte de este artículo, Christian Laettner no era la persona más agradable del mundo, incluso sus compañeros acababan hartos de él en multitud de ocasiones y no se le conocían verdaderos amigos. Salvo Brian Davis, su compañero de habitación y a quien mencionó como una de las únicas tres cosas que le importaban en la vida en un reportaje para Sports Illustrated titulado “Diabólicamente diferentes”.

De repente, los rumores sobre su relación homosexual interracial se dispararon. Unos rumores que eran falsos, pero que ni a Laettner ni a Davis parecieron importar. Al menos en un principio. Uno de esos primeros partidos llegados tras la entrevista fue en Baton Rouge contra la LSU del imponente Shaquille O’Neal, y ante los cánticos de miles de personas la reacción llegó en forma de 22 puntos, canastas en los momentos más calientes, un recital de gestos y miradas a la grada y victoria para Duke en un partido que el New York Times tituló en su crónica “O’Neal is hot but Duke is hotter”.

Pero el interés que ponían medios y aficionados en este asunto llegó a ser enfermizo, y a Laettner le terminó por afectar. En una época en la que el sida comenzaba su expansión en medio del desconcierto y la desinformación, la contracción del VIH estaba popularmente ligada a la homosexualidad, y viceversa.

Y si salir del armario aún está lejos de ser recibido con una tolerancia total en los días que corren, hace veinticinco años pueden imaginarse su concepción de absoluto tabú. Así pues, que te llamaran maricón era el peor insulto que podías recibir. A Laettner empezó a caerle en forma de diluvio allá donde iba y sin excepción. El hombre que era capaz de hacer oídos sordos a todo tipo de descalificaciones personales –que hasta le motivaban- hacia él mismo o su familia ahora sufría por una acusación que en 2016 se escucha en todo estadio y ante la que el deportista actúa como quien oye llover. Normalización del desprecio.

La situación era insostenible desde hacía tiempo, pero ahora afectaba directamente a su familia también, e incluso su hermana de doce años recibía los graves insultos que uno puede imaginar por vestir una cazadora de Duke con su apellido. La forma en que Laettner lidiaba con todo aquello para que no le afectara más de la cuenta, no hacía sino encender la animadversión rival. A más desprecio, su respuesta era más chulería.

Seguía siendo un jugador tremendo, pero su carácter se iba agriando y a veces era inevitable hacer caso omiso. Es lo que le pasó el día que más importaba, nueve días más tarde de “The Shot”, en la final por el campeonato universitario en su último partido antes de ser profesional. Enfrente, sus enemigos íntimos, los Michigan Wolverines de Webber y compañía que se sentían ante su gran oportunidad, servida en bandeja de plata por la peor versión jamás vista de Christian Laettner: siete balones perdidos en la primera parte para el 31-30 favorable a Michigan.

Su último partido como universitario tendría lugar precisamente allá donde recalase como jugador NBA, la fría Minneapolis. Antes del partido, gracioso detalle del choque cultural anteriormente tratado que suponían los duelos de Duke contra universidades como la de Nevadas-Las Vegas o Michigan. La presentación de los jugadores era realizada por posiciones, introduciendo al jugador que la ocupaba de un equipo y seguidamente al del otro, los cuales debían acudir al centro de  la pista para saludarse. Llegado el momento del pívot, eran Juwan Howard y Christian Laettner quienes debían acudir a saludarse. Uno lo haría con el puño cerrado para el genuino fist bump y otro con la palma de la mano abierta. Sobra decir quién era cada cual.

Volviendo a lo que nos ocupa, Michigan ganaba al descanso y el jugador de baloncesto universitario más mediático y exitoso del momento parecía despedirse con su peor partido de siempre. Coach K lo intentaba todo con el muchacho y nada funcionaba.

Cambio de tornas

Laettner era el típico bocazas de vestuario, que se ampara en la búsqueda de motivación de sus compañeros para al mismo tiempo gritarles e intentar hacerles caer en todo tipo de provocaciones. El bueno de Bobby Hurley siempre caía. Pero aquel día, Laettner no podía decirle nada a nadie. Así que Hurley decidió aprovechar su gran oportunidad para desahogarse contra su matón particular, y con una arenga que mezclaba acicates como “te necesitamos” con reproches del tipo “¿qué coño estás haciendo?”, Laettner respondió.

19 puntos y 7 rebotes, después de una primera parte horripilante, para ser el diferencial que hiciese saltar por los aires el sueño de los Wolverines y lograr su segundo campeonato consecutivo, haciendo a Duke la primera universidad en repetir triunfo dos años seguidos desde la UCLA de John Wooden.

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Foto: NCAA

Hecha historia en la NCAA, la NBA esperaba. Su destino, unos Minnesota Timberwolves aún cachorros –tres temporadas de vida- que le escogían en la tercera posición de un Draft de 1992 –en el que encontramos viejos conocidos como Elmer Bennett en el número 38 o Pedrag Danilovic en el 43- que dejaba por encima de Laettner a dos de sus grandes rivales universitarios, Shaquille O’Neal y Alonzo Mourning, impecables con su traje en una ceremonia en la que Laettner no estaba… porque se encontraba en Europa preparando los Juegos Olímpicos de Barcelona como miembro del Dream Team, cubriendo el cupo obligatorio de jugador universitario de cada selección. El hateo no cesaba.

El favorito de todos, jugadores incluidos, para ser el representante universitario, era Shaquille O’Neal, pese a haber sido Laettner elegido jugador del año, el cual defiende en su propio documental haber aceptado a la perfección ser el jugador número doce del equipo, generándole dudas que O’Neal lo hubiese hecho a ese mismo nivel.

Es prácticamente imposible desprenderse de una etiqueta en la vida una vez te ha sido colgada, y ese fue de partida el problema de Laettner en el Dream Team, en el que la mayoría de miembros le trataron peor que a un rookie, y en la NBA, donde su gen competitivo no aceptó recalar en los perdedores Timberwolves ni jugar para un entrenador con tan poca mano izquierda como Sidney Lowe (primer entrenador de Pau Gasol en la NBA), que entre risas hablaba a la prensa de lo “muy mimado” que estaba, y que “si él dice otra cosa, no estará diciendo la verdad”.

Diálogo entre Sidney Lowe y Mike Krzyzewski:

Tío, ese Laettner es un poco complicado.

Sidney, tienes que ver a Christian como si fuera un fuego, y tú la caldera de un edificio. Si usas el fuego correctamente, dará calor a todos los apartamentos. Pero si no, quemará todo el bloque. Yo prefiero tener a un tipo con ese fuego.

Lowe quemó el edificio entero y Laettner, fuera del especial entorno que le protegía en Duke y lejos de los brazos de Mike Krzyzewski, se convirtió en el típico jugador moneda de cambio como parte de otros grandes traspasos, no alcanzado nunca el estatus que su etapa universitaria prometía. La única vez que pareció en el camino correcto en la NBA fue en los Hawks, llegando a ser All-Star en el 97 (18’1 puntos y 8’8 rebotes de media), pero un traspaso de tantos cortó su progresión. Nunca llegaría a permanecer más de tres temporadas en un mismo equipo y en su penúltima temporada en la NBA, en los Wizards pos-Jordan, fue suspendido varios partidos por fumar marihuana.

Uno de los mejores jugadores universitarios de siempre, juguete roto en la NBA. Sin embargo, su legado permanecerá por siempre en la NCAA, y es que con la poca paciencia que tienen los grandes prospects para dar el salto, se antoja muy difícil que nadie pueda alcanzar sus récords ni todo el odio generado durante cuatro gloriosos años en Duke.

El inicio de la grandeza de Coach K

En el contexto actual del baloncesto, revolucionado de forma global en una tendencia que da cada vez más importancia al tiro de tres puntos a partir del baloncesto desplegado en los tres últimos Juegos por el equipo estadounidense, bien vale la pena glorificar la figura de Mike Krzyzewski. Sin embargo, Coach K no se hizo grande hasta la generación de Blue Devils de Laettner. Para él siempre fue un jugador especial, alguien a quien trató de manera diferente al resto, con cierto favoritismo tal vez aunque dentro de los requerimientos de cada jugador.

“Sacó lo mejor de Mike”, decía Mickie Krzyzewski, esposa del entrenador, entre elogios. Y agradecido se mostraba el propio Coach K en el discurso de despedida del curso universitario de 1992, reconociendo a Laettner, entre problemas para contener las lágrimas de emoción, haberle dado “todo lo que un chaval puede ofrecer, y quiero que sepa que yo he hecho lo mismo”.

Hoy día

En 2013, el ya clausurado portal deportivo y de cultura pop Grantland –joder, ¿por qué lo cerraron?- jugó a establecer un bracket eliminatorio entre los jugadores más odiados de los últimos treinta años en la NCAA: competían, a modo de conferencias, las décadas de los 80, 90, 00… y Duke. Por supuesto, el campeón no podía ser otro que Christian Laettner, que derrotaba en la final a Tyler Hansbrough, quien jugó para North Carolina entre 2005 y 2009.

En el momento de airearse el documental, su nombre podía ser encontrado en Twitter una media de 72 veces por día, y hasta 380 cuando está el campeonato de la NCAA en juego. El odio que generaba es ya parte de la cultura popular baloncestística americana, más concretamente de la universitaria, que puede convertirse en una locura.

Laettner se lo toma con un gran sentido del humor –vamos, que le sigue dando igual, pero de otra manera a cuando jugaba-, y excepcional fue su posado tirado en el suelo con Anthony Davis pisándole. Mejor todavía siendo la preparación de los Juegos Olímpicos de Londres, a los que Davis acudía aún como jugador universitario… de Kentucky.

También de aplauso fue su aparición en un partido benéfico en el Rupp Arena, cancha de los Kentucky Wildcats, en que, vestido de traje, salió a la cancha con una toalla para limpiar el suelo de rodillas. En aquel partido se popularizó la venta de unas camisetas que decían “Todavía odio a Christian Laettner”, que le dio la idea de crear otras que rezaran “Todavía quiero a Christian Laettner”, que vende para beneficio de su academia de baloncesto en Ponte Vedra Beach, Florida, donde actualmente reside.

De una personalidad fascinante y digna de estudio, el odio que Laettner desprendía era pura moda o diversión. Poco a poco se fue conociendo lo falso de algunos factores que incitaban a su odio, pero no era sino otro aliciente más con el que tomarse el deporte. A diferencia de otros deportistas caídos en desgracia, nunca dio motivos severos como para generar un sentimiento tan extremo como el odio, pero tal vez por eso fue por lo que se convirtió en algo divertido y en todo un fenómeno a seguir durante sus cuatros años en Duke.

Era un chico privilegiado desde su nacimiento, blanco en una universidad de pijos, un abusón provocador para compañeros y rivales, mejor que nadie y guapo como ninguno. Puede que no todo fuese verdad, pero era la imagen que daba. Y para cargar contra un icono del deporte, eso es más que suficiente. Siempre el protagonista del escenario perfecto para dejar alguna genialidad que pasara a la historia. El jugador más odioso jamás imaginado, como creado por obra y gracia de un ser superior para poner a prueba al resto de mortales.

No puedes gustar a todo el mundo, así que no pierdas ni un milisegundo en preguntarte por qué.

Foto: Amy Sancetta / Associated Press

Foto: Amy Sancetta / Associated Press

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El angolazo… tierra quemada

Antes de ser dobles campeones del mundo, España estaba lejos de ser una potencia mundial. De hecho, si hay un lunar que ha quedado para la historia ha sido, sin duda, el Angolazo.

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Aquí el problema es que estáis muy mal acostumbrados.

Dos veces campeones del mundo, dos.

Tres campeonatos europeos.

Dos platas históricas, osando alterar el sistema nervioso de un par de “dream teams” (entre comillas; el único que se merece su ausencia es el original) durante ambas finales.

Chorrocientas medallas de diverso pelaje en cualquier competición oficial que se os ocurra. Solo les ha faltado un Globo de Oro, Miss Universo y Gran Hermano VIP.

Por encima del mero factor generacional, las dos últimas décadas de la selección española conforman el legado del que, con bastante probabilidad, es el equipo nacional más competitivo de la historia FIBA, y a quien pretenda discutirlo, bien, le ampara el derecho constitucional de estar equivocado. Esta última Copa del Mundo es un reflejo cristalino de la exasperante, contumaz competitividad de un núcleo de jugadores cuyo modelo de gestión, posiblemente, no sea el más adecuado para enseñar en las escuelas, pero que ha funcionado clamorosa e indiscutiblemente durante los últimos veinte años. Con o sin Navarro, con o sin Pau Gasol (no ha estado en ninguna de las dos finales mundialistas conquistadas), con o sin Scariolo. Siendo favoritos y sin serlo. Siempre ahí arriba. Up, up and away.

No siempre, por supuesto, ha sido así.

Cuando (no) éramos los mejores

Pensadlo de nuevo. Quedaos con esa horquilla de tiempo: veinte años. Comparadla con el periodo que transcurrió entre aquellos JJOO de Los Angeles, históricamente considerados como el punto de implosión de lo que se denominó, snif, el boom del baloncesto español, hasta el espectacular descenso a los infiernos que supuso el torneo olímpico de Barcelona: apenas ocho añitos de nada. Una visita a los aposentos de Satán que fue bautizada con un término que hizo singular suerte en su momento y que aún hoy en día es capaz de reconocer y asociar cualquier españolito de a pie: el angolazo.

Hagamos camino al andar. La final olímpica angelina acabó siendo el canto del cisne de un colectivo histórico; colectivo que abrió los cielos baloncestísticos a toda una generación (aquí un representante de la susodicha: hola) de jóvenes y menos jóvenes ávidos de una alternativa al rudo, omnipotente y más bien rijoso fútbol hispano, absolutamente intrascendente a nivel de selecciones, esposado aún a la carpetovetónica “furia”.

Después del cuarto puesto del mundial del 82 en Cali y del exuberante subcampeonato del europeo del 83 en Francia, nadie podía prever que desde la plata de Los Angeles no se iba a tocar chapa hasta el europeo de 1991 en Italia, el de la última victoria de Yugoslavia como país unificado (recuerde el querido lector la espantada de Jure Zdovc en pleno torneo). Fue un bronce agridulce, empero; vista la composición de los grupos, se daba por sentada la clasificación entre los cuatro primeros, así que la medalla no sirvió para calmar los encorajinados ánimos de la prensa contra Díaz-Miguel*, cada vez más enrocado en su pedestal, cada vez más devorado por su ego.

*Curioso lo de Díaz Miguel. En apenas 6-8 años había pasado de ser un innovador, gracias a sus contactos americanos, a ser adelantado por la derecha por toda la élite europea de técnicos. Nadie en la FEB supo verlo, o si lo vieron, carecían del poder necesario para moverle la silla al bueno de Antonio, convertido en todo un poder fáctico en el deporte español, entre otras cosas gracias a su amistad íntima con José María García. Ese poder fáctico.

El malrollismo crónico que arrastraba la selección se multiplicó exponencialmente durante las semanas previas a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Mientras la ciudad, y el país, se engalanaban disfrazados de jolgorio y modernidad, y el baloncesto mundial chillaba cual fan adolescente de Harry Styles ante lo que se avecinaba con ese circo itinerante llamado Dream Team; mientras, digo, el equipo nacional, sus técnicos, sus directivos, y cualquiera que vistiese alguna prenda con escudo de la FEB, se dedicaban a pisar todo charco disponible en los alrededores.

Por si no fuesen suficientes las guerrillas que Antonio mantenía contra (casi toda la) prensa, (algunos) directivos o (algunos) jugadores, agudizadas por una polémica lista de seleccionados a la que le faltaban centímetros (Antonio Martín, el mejor del europeo anterior, estaba lesionado, al igual que Juanan Morales; se descartó a Fernando Romay y a Ferran Martínez en beneficio de Santi Aldama), talento y suerte (Epi y Biriukov se lesionaron con la lista cerrada y sin posibilidad de sustituciones); y por una esperpéntica huelga de jugadores a cuenta de la aprobación del tercer extranjero en ACB. Por si fuera poco, el sorteo nos había situado en un grupo bastante complicado, en el que se encontraban, sin ir más lejos, los dos equipos que acabarían siendo finalistas del torneo. Aquello no podía acabar bien de ninguna manera.

Spoiler: no lo hizo.

La huelga acabó siendo un simple amago, pero el rastro de malas vibraciones fue el único camino que siguió el combinado nacional; Thelma y Louise y Díaz Miguel y doce jugadores, sin frenos ni atajos hacia el acantilado. Como un vallista que se tropieza en todos y cada uno de los obstáculos, así fue la absurda andadura del equipo español durante los Juegos Olímpicos de Barcelona.

La primera valla que no supimos saltar fue la alemana. Una selección limitada en talento pero con la garantía de Schrempf en la pista y la de, atención, Svetislav Pesic fuera de ella, fue capaz de dejar a la española en paños menores en la primera jornada de grupos, y dejarnos ya, así de entrada, con la soga al cuello. Era un partido que, teniendo en cuenta que las citas con Croacia y USA se daban por perdidas, había que ganar. Perdón: HABÍA QUE GANAR.

Pero a los alemanes les bastó con una actuación aseada del jugador de los Pacers, la astuta dirección del zorro serbio, y 20 rebotes de Hansi Gnad (hurgando en la herida de nuestra falta de centímetros), para imponerse (74-83) y desesperar a un pabellón badalonés que se pasó buena parte del encuentro exigiendo a golpe de cántico a Tomás Jofresa, al que Díaz Miguel le dio… los últimos tres minutos. Al técnico de Ciudad Real le iba la marcha, no me lo negaréis.

La segunda valla sí se superó: a fin de cuentas, incluso un reloj estropeado etcétera. Una victoria afanosa y agónica contra Brasil, 101-100, recargaba un poco las pilas de la esperanza, gracias a un tiro libre de Santi Aldama a falta de 7 segundos. El buen partido de Villacampa y Jiménez y la defensa coherentemente carnavalesca de los brasileños se combinaron para contrarrestar, a duras penas, los 44 puntazos de Oscar Schmidt, el antebrazo de dios. La clasificación para los cruces aún era posible.

La tercera valla era casi insuperable, pero se tropezó con dignidad. Fue, posiblemente, el mejor partido de la selección en aquellos juegos, pero Croacia era un obstáculo demasiado ampuloso: Petrovic, Kukoc, Radja, Perasovic, Vrankovic, Komazec… España aguantó 35 minutos antes de entregar la cuchara (79-88), pero había combinaciones de resultados que posibilitaban la clasificación para la siguiente fase, dando por sentada la derrota en la última jornada contra el Dream Team… y la victoria contra la cenicienta del grupo, esa Angola de la que Charles Barkley había dejado una de sus múltiples perlas antes de su enfrentamiento: “No conozco a Angola, pero Angola tiene un problema”. Pero no, el problema lo tuvo España.

¡Que viene el lobo!

Una de las recurrentes armas arrojadizas que se le echaban en cara a Antonio Díaz Miguel era su insistencia en hiperbolizar las virtudes de sus rivales hasta lo casi ridículo. Daba igual si se iba a enfrentar a Estados Unidos o a el equipo de la orquesta sinfónica de Liechtenstein, Antonio pintaba al adversario de turno como un rival temible, de excelsos tiradores y poderoso rebote, y cada potencial victoria como una gesta digna de ser relatada por Homero.

Si a esta característica del técnico español le aplicamos el factor corrector “Pedro y el lobo”, entenderá el lector que nadie hiciera caso a sus voces de alerta: “los angoleños no son mancos ni cojos, tienen una defensa muy dura y buen tiro”. Todo el mundo pensaba que la Angola liderada por un tal Jean-Jacques Conceiçao (nombre enquistado en la cultura popular desde entonces) era una fruslería, incluso a pesar de sus derrotas por la mínima ante Alemania, Brasil y Croacia, y su status de multicampeona africana. Pero no lo era.

En la cuarta valla la selección española se dejó las rodillas, los tobillos y la mayor parte de su dignidad. El partido es legendario por lo que significó y no tanto por su desarrollo, así que probablemente pocos recuerden que al descanso solo se perdía por un punto (36-37), jugando mal pero con la sensación de que la victoria no era más que cuestión de tiempo. Y era cierto: en concreto, el que transcurrió desde la reanudación hasta el 41-61 a falta de 7 minutos, durante el cual el combinado hispano fue incapaz de anotar una sola canasta de campo.

Ese último tramo, con todo ya resuelto (hasta el 63-83 definitivo), fue un festival africano de mates, triples y pases jaleados por un público que, falto de alegrías propias, decidió volcar en el escarnio de sus jugadores las frustraciones de los últimos ocho años. De poco sirvió la pizca de decoro recobrado en el histórico partido contra USA (81-122): la atmósfera, como prueba esta entrevista a cuchillo de Quique Guasch al pobre Epi, o esta portada de “Gigantes” a la semana siguiente, estaba cargada de radioactividad tóxica. A su lado, “Chernobyl” era un parque temático.

Las consecuencias no se hicieron esperar, más allá del remate del torneo en un partido con el noveno puesto en juego… contra Angola, una pírrica victoria (78-75) que acabó a puñetazos, más cerca de una precuela de “John Wick” que de un encuentro de baloncesto, porque era lo que a esas alturas le pedía el cuerpo a todos. Juan Antonio San Epifanio se retiraba (o eso creía él: aún volvería para un par de campeonatos más) de la selección con el sabor agridulce del descalabro después de ser el último relevista de la antorcha olímpica. Antonio Díaz Miguel, que en la rueda de prensa posterior al angolazo negaba rotundamente la posibilidad de dimitir, fue obligado a no emborronar más su legendaria carrera por la FEB, no renovándole y designando seleccionador a otro tótem, de similar casta pero mucho mejor pelo: Lolo Sáinz. El mítico técnico de Tetuán fue el encargado de portear al baloncesto español durante su etapa de transición hasta la generación del 99.

No sin disfrutar, en primera persona y con asiento premium, de la secuela “El angolazo 2: ahora, con China”.

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Los tres segundos que pararon la Guerra Fría

Un atentado terrorista, un escenario sociopolítico de posguerra al borde del abismo nuclear y una jugada final que, al más puro estilo Simpsons, se repitió hasta tres veces.

Andres.weiss99@gmail.com'

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Hay lugares en el mundo que, por estar donde están, cuentan con un privilegio inesperado. Comunicación, recursos, disponibilidad y facilidad de movimiento. “Vecinos” que, en caso de necesidad, acuden a tu rescate. Aunque también lo harán en caso de necedad, sirviendo de rescate para el resto del continente. Y Alemania es uno de ellos, aunque no necesariamente en un escenario positivo, pues puedes estar en un lugar privilegiado, pero usar esta situación geográfica de forma incorrecta, equívoca o, simplemente, con maldad.

La historia de las Guerras Mundiales nos la sabemos todos. La de la unificación, quizá algunos menos. Pero el dominio que durante gran parte de la historia contemporánea ha ejercido Alemania, en lo militar, lo político y lo económico, ha marcado el devenir de Europa, tanto en los años de conflicto armado, con en la etapa de relaciones diplomáticas actual, en la que no gana quien más tanques tiene, sino quien mejor despliega sus influencias. En el caso del país bávaro, es un “don” que, además, se extiende a lo deportivo.

Se suele decir que el fútbol es ese deporte en el que se enfrentan 11 contra 11 y siempre gana Alemania. Y el baloncesto es ese deporte en el que se enfrentan 5 contra 5 y suele suceder lo contrario. Estas son reglas no escritas que, a pesar de todo, llevan confirmándose desde que fueron impuestas con la creación del propio deporte. Y esta capacidad casual con la que cuenta Alemania no es innata del baloncesto o del fútbol, sino que toca todos los palos de la sociedad deportiva. A todos los atletas. Algo que las Olimpiadas del 72, que tuvieron lugar en Munich, dejaron ver con mucha facilidad. Y es que el contexto estaba ya creado, y la oportunidad servida.

La Guerra Fría en tiempos del cólera

Alemania, uno de los países que más sucesos catastróficos había protagonizado en toda Europa en lo que se llevaba de centuria, sería la anfitriona de un torneo deportivo internacional en el fulgor de la Guerra Fría. La ciudad escogida sería Munich, donde ambas potencias medirían sus fuerzas en un nuevo campo de batalla, el rectángulo del baloncesto, al que ambas llegaban como las dos selecciones más grandes del mundo, aunque con evidentes limitaciones que las diferenciaban.

Estados Unidos, siguiendo las normas de las federaciones, no podía llevar atletas profesionales. Especialmente, en el baloncesto, cabría añadir. Y es que más allá de ser los “divulgadores” del deporte ideado por John Naismith, tenían -y tienen- la liga más poderosa y a los mejores jugadores de todos los continentes. Y cada cuatro años enviaban a los mejores jugadores NCAA, es decir, amateurs, que aceptaban la invitación y se unían a un combinado que estaba siempre en constante reconstrucción. Pero la Unión Soviética había ideado la forma de ir un paso más allá.

Incluyendo a sus jugadores en el registro como soldados o obreros, podían mantener virgen su vitola de no-profesionales y continuar acudiendo a los torneos que se disputaban. Y así acababan acumulando internacionalidades, experiencias conjuntas y química, formando un vestuario unido y que había aprendido a jugar “de memoria”, pues la continuidad de un proyecto permitía que esto sucediera. Así habían vencido a los norteamericanos en los World University Games 2 años antes, y 8 de 9 partidos que disputaron en una gira por el país inglés durante 1971 con el combinado que disputaría las Olimpiadas.

Aún así, USA llegaba como favorita al torneo baloncestístico, pues en pocas cosas podía superar a una URSS que dominaba física -y burocráticamente- cada aspecto de la competición, y que buscaba alcanzar las 50 medallas en el torneo para conmemorar los 50 años de existencia del país comunista. Y por eso había hecho todo lo posible para que los regidores del torneo estuvieran de su parte. Sobornos, amenazas, chantajes… todo lo que estaba en su mano había sido pulsado para que los astros se alinearan y lograran su objetivo.

Y es que la competición estaba salpicada, manchada, corrompida en definitiva. Y entre toda la corrupción, se alzaba Renato Williams Jones. Inglés nacido en Italia, Jones había sido uno de los fundadores de la FIBA, el que había ideado la creación de una competición Mundial de baloncesto y el que había logrado que se creara un torneo ubicado dentro de la realización de los Juegos Olímpicos por primera vez en 1936 en Berlín. Otra ciudad alemana, aunque con diferencias sustanciales en su dominio, poder, control y funcionamiento.

Y 36 años después, el baloncesto había vuelto a Alemania. Bajo el lema del torneo, Die Heiteren Spiele -Los Juegos Joviales-, el gobierno de la República Federal Alemana (FDR), quería mostrar una Alemania democrática, controlada y optimista, por así decirlo, y con buenas perspectivas de futuro. Pero no fueron capaces, ya que la localización de la capital bávara, en la región inferior al territorio dominado por la DDR, pero perteneciente a la otra facción que controlaba el país, permitía a los soviéticos influir en ella sin necesidad de tener el control gubernamental de la misma.

Esto, unido al hecho de estar en el lugar -menos- adecuado en el momento -menos- oportuno tuvo consecuencias negativas para el baloncesto, el resto de atletas allí presentes y, en definitiva, el correcto devenir de la competición. Y es que el deporte es parte de la vida, y como tal, la vida afecta al deporte. Y cuando hay un conflicto de magnitudes considerables la actividad deportiva es tocada inevitablemente. Tal y como sucedió el día 5 de septiembre de 1972, en el Olympic Village de Munich.

Ocho miembros del grupo terrorista palestino Black September entraron en los apartamentos de los representantes israelíes, encontrando once miembros entre jugadores, oficiales y entrenadores, llevándose nueve con ellos al dejar a dos fallecidos que se resistieron a ser capturados. Entonces comenzó un absoluto infierno que terminó a la tarde en el aeropuerto de Fürstenfeldbruck con los nueve israelís restantes asesinados junto a cinco de los terroristas. Los otros tres fueron capturados y usados como moneda de cambio en el rescate.

La decisión de cancelar los Juegos fue prácticamente unánime. Salvo Avery Brundage, el ambiente que rodeaba lo que restaba de competición se había enrarecido y entristecido. Pero al igual que Freddie Mercury, el presidente del COI alzó su voz y dictaminó que el show debía continuar.

Aquellos nueve segundos

Cuatro días después, cerca de la medianoche, el misticismo sería citado para una noche que pasaría a la historia. La Guerra Fría, la eterna pelea de la Unión Soviética por ser mejor que nadie, su objetivo personal, la juventud de los estadounidenses, el trágico fallecimiento de los 11 israelís, y una grada que parecía estar en contra de los Estados Unidos eran el aderezo que llevaría este partido durante 40 minutos que, verdaderamente, parecerían 3 segundos. tres segundos que, en este caso, acabarían siendo nueve.

La URSS comenzó muy fuerte, sorprendiendo a un equipo entrenado por el exitoso pero “atrasado” Hank Iba, que no había conseguido adaptarse a las nuevas tácticas de los años 70. Y por eso los constantes cambios de ritmo de sus rivales les mantuvieron a distancia todo el partido. Hasta que en un esfuerzo mayúsculo en el último cuarto, donde Iba dio una vuelta de tuerca a su sistema estableciendo una presión a toda cancha y un juego veloz y sorprendente, se acercaron en el marcador. Y, a falta de tres segundos, se pusieron un punto por encima en el electrónico.

Aleksandr Belov, estrella y líder de los soviéticos, se disponía a recibir un balón cuando Doug Collins se hizo con el mismo, recibió una falta que le hizo lesionarse la muñeca, y acudió a la línea de personal. Estaban uno abajo, quedaban tres segundos, y tenía el oro, la cima de su carrera, a 4,60 metros. Tal y como había soñado cuando entrenaba en el patio de su casa, en Benton, Illinois. Imaginándose leyenda y salvador de su equipo, y sabiéndose un campeón. Algo más que un simple vencedor.

Olvidándose del dolor, siguió el mismo ritual que le había acompañado desde que comenzara a jugar al baloncesto, y certificó la momentánea victoria de su equipo. Y entonces comenzaron cinco minutos de desazón, rabia, desconcierto y dolor que terminaron con una decisión dictatorial, y con una historia de venganza.

La Unión Soviética puso en marcha el balón, fue robado y entonces el partido terminó, pero volvió a recibir tres segundos y un nuevo saque de fondo porque no se les había concedido un tiempo muerto. Nadie entendió aquella decisión, pero se reintentó la jugada. El balón voló de las manos de Ivan Edeshko a las de Modestas Paulaskas, que trató de dárselo a Belov, pero no le fue posible llegar y capturarlo, perdiendo así la posibilidad de efectuar un último lanzamiento. La URSS había perdido. Estados Unidos había certificado la remontada.

La locura, entonces, se abrió paso en el Rudi-Sedlmayer-Halle, con los 6.500 aficionados que estaban en las gradas ocupando lo que podían de pista y los jugadores americanos celebrando su victoria en el centro de la misma. Camisetas fueron robadas, lágrimas de felicidad brotaban de sus ojos y parecía que todo el sufrimiento había llegado a su fin. Pero no era así. Y es que en un supuesto error, el encargado del marcador, Andre Chopard, había colocado 50 segundos restantes, cuando la cifra correcta debía haber sido 3.

Por ello, Renato William Jones, que ya se había puesto de parte de la Unión Soviética con la resolución de su tiempo muerto fallido previo, y se encontraba a pie de cancha, ordenó que se volviera a repetir la jugada por tercera vez. Saltándose, de esta forma, las reglas del Comité Olímpico, pues no tenía el poder ni la potestad para hacer algo de este calibre.

Se recobró el control de la cancha, los jugadores se dispusieron y Edeshko ejecutó un pase que, esta vez sí, pudo encontrar directamente a Belov, pues McMillen, su defensor en el saque anterior, había interpretado un gesto del árbitro como una orden de darle espacio a Edeshko. Algo que, en teoría, no podían hacer, pero no quería arriesgarse a recibir una técnica.

Belov, tras atrapar el balón y dejar atrás a la intensa defensa americana, estaba libre de marcajes, y anotó a placer una bandeja histórica y, ahora sí, absolutamente definitiva. La victoria americana había sido un sueño, la Unión Soviética sería galardonada con la medalla de oro.

La Federación estadounidense, incrédula y verdaderamente dolida, emitió una queja formal y un jurado de cinco miembros decretó, finalmente, la victoria soviética. Eran las tres de la mañana, y ya todo hacía sospechar. Aunque había motivos para ello. Y es que de estos 5 jueces, 3 eran de la URSS. El resultado podía haber sido amañado. Y Jones también había tenido algo que ver en ello.

Por tanto, la plata nunca sería aceptada por parte de los 12 jugadores, y sus técnicos, que conformaron la expedición estadounidense a Munich, y que aún a día de hoy, aguardan una resolución del asunto, en el Museo Olímpico de Suiza. Y así seguirá, hasta que el error sea solventado. Al fin y al cabo, sólo quieren descansar de una lucha que ha alargado 3 segundos a toda una vida, a toda una eternidad. Y que nunca les dejará estar en paz.

Fuentes: LA Times, NY Times, ESPN Classic, Bleacher Report, Huffington Post

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Costa a costa

Todo lo que nos dejó el Mundial de China

Dos semanas de baloncesto dan para mucho. Repasamos lo que nos han dejado los treinta y dos participantes del Mundial de Baloncesto de China 2019

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El mundial más numeroso de la historia también ha sido el que más sorpresas por metro cuadrado ha deparado, fruto de un sistema de competición que apenas permitía los errores y los partidos para administrar el desgaste de otras ediciones. España sumó trece año después su segundo título, Argentina tomó una máquina del tiempo para revivir los sentimientos olvidados de la Generación Dorada, mientras que Estados Unidos se veía fuera del torneo en cuartos tras reunir al equipo más vulgar de los últimos quince años. Esto fue todo lo que pasó en el Mundial de China 2019

Alemania (18º)

Batacazo del baloncesto teutón en la cita asiática. Con una plantilla con a priori que contaba con buenos mimbres, y un grupo no excesivamente complicado, quedaron eliminados el segundo día, dando serias muestras de ser un equipo poco trabajado y dependiente de la inspiración de Dennis Schroder, principal foco de las críticas (40% en tiros de campo). Estarán en el Preolímpico.

Angola (27º)

Tenía muy complicado pasar de ronda en un grupo con Serbia e Italia, y al menos pudo llevarse una honorífica victoria ante Filipinas, aunque eso sí, se echó en falta que pudiera competir ante los favoritos. El objetivo era ser el mejor africano y tampoco estuvo cerca de conseguirlo. Urge un relevo de garantías para una generación agotada.

Argentina (Subcampeones)

Un milagro. Los argentinos retrocedieron una década atrás en el tiempo y se volvieron a mostrar como un equipo bravo… que además jugaba al baloncesto de forma maravillosa. Un inconmensurable Scola guió a los suyos en unos cuartos de final históricos ante Serbia. Después eliminarían a Francia de forma brillante para llegar desfondados a la gran final. Histórico.

Australia (4º)

Puede que estemos ante la gran perdedora del Mundial de China. Se plantaron en semifinales sin sufrimiento, y en un duelo a vida o muerte contra España, perdieron tras dos prorrogas. Posiblemente sean la mayor amenaza a día de hoy para un Estados Unidos de primer nivel, pero siguen dejando dudas de su capacidad de sufrimiento en los partidos de pierde paga.

Brasil (13º)

Dejaron una buena imagen, ofreciendo un buen nivel competitivo durante gran parte del torneo. Esa es la buena noticia, la mala, es que lo hicieron tirando de un equipo envejecido y que necesita una renovación urgente. Tendrá complicado estar en la cita olímpica el verano que viene.


Canadá (21º)

Estarán en el Preolímpico, y si para entonces logran reunir a todo el talento que su suponen atesoran, será un equipo distinto completamente. Con todas sus bajas, nadie esperaba nada de ellos, aún así, pobre rendimiento siendo apalizados porLituania y Australia en la primera fase.

China (24º)

Otra decepción. En un grupo hecho a su medida, naufragaron en los partidos clave de Venezuela y Nigeria, perdiendo sus opciones de Juegos. Toca reflexionar en un país del que se esperaba fuera la gran potencia asiática, y que solo ha conseguido tapar el talento nacional en su liga a base de jugadores extranjeros pagados a precio de oro.

Corea del Sur (26º) y Costa de Marfil (29º)

Dos de esos equipos intrascendentes que demuestran el error deportivo de un mundial de treinta y dos equipos.

España (Campeones del Mundo)

Nadie contaba con esto. Trece años después, campeones del mundo. La transición desde los Juniors de Oro se ha culminado de la forma más sorprendente y grandiosa imaginable. Ricky Rubio (MVP), Marc Gasol (partido clave ante Australia) y las labores de intendencia de Llull, Rudy y Víctor Claver, indispensables. Lección de planteamiento y scouting de Sergio Scariolo, que -parece mentira- queda consagrado como una leyenda de nuestro baloncesto tras el mundial. Enormes.

Estados Unidos (7º)

Eran, pese a las innumerables bajas, el máximo favorito al oro. Sin embargo, y pese a que no se atisbó poco trabajo o prepotencia, los americanos vieron enormemente penalizadas sus carencias interiores en el choque de cuartos de final ante Francia, con Rudy Gobert como verdugo. La duda de qué equipo podrán reunir de cara a Tokio condicionará el torneo.

Filipinas (32º)

Paso atrás del baloncesto filipino. Con un Andray Blatche ya muy lejos de su mejor versión, el estilo de juego del combinado asiático demostró ser poco trasladable a una competición de alto nivel. Pese a todo, deberían seguir creciendo si logran una buena política de nacionalizados.

Francia (medalla de bronce)

Irregulares. Ofrecieron su mejor cara en el histórico partido ante Estados Unidos de cuartos, para después volver al suelo en semifinales, donde mostraron las mismas carencias de los últimos años: escaso acierto en el tiro y pobre capacidad de sufrimiento. Evan Fournier realizó su mejor torneo con la selección gala, mientras que Batum certificó su defunción como élite, anunciada previamente en la NBA.

Grecia (11º)

Siguen sin tener ni la más remota idea de como aprovechar todo el potencial de Giannis Antetokounmpo. Da la impresión de que hay dos estilos de juego en la selección helena que luchan por imponerse, y hasta que no se de respuesta a eso llevando un equipo hecho a la medida de su estrella, no llegarán a ninguna parte. Por favor, que Nick Calathes y Giannis no vuelvan a coincidir nunca más sobre una pista de baloncesto.


Irán (23º)

Premio gordo para Irán, que consigue billete olímpico como mejor equipo asiático, donde posiblemente sean el rival más asequible de todo el torneo de lejos. Los de Hamed Haddadi practican un baloncesto arcaico, casi entrañable, pero saben disimular sus carencias ante equipos de similar nivel. Y eso en un torneo un tanto flojo como este tiene mucho valor.

Italia (10º)

La generación de los Belinelli, Gallinari y Datome se nos han hecho mayores sin apenas ningún indicio de evolución en su nivel competitivo. Se cruzaron con dos rivales importantes -Serbia y España- y antes los dos naufragaron. Especialmente hiriente resultó con los que campeones, con los que empataban a tres minutos para el final del partido y acabaron sin competir. Pocas opciones de estar en Tokio 2020

Japón (31º)

Mucho que progresar y poco tiempo para hacerlo. Los nipones perdieron todos sus partidos, algunos de forma escandalosa, y dejaron pocas notas para el optimismo, a excepción del NBA Hachimura. Será interesante comprobar el plan que hay de cara a la cita olímpica, si es que existe alguno.

Jordania (28º)

Consiguieron una histórica victoria ante Senegal en un partidazo de Dar Tucker. Básicamente eso es lo único reseñable de uno de los equipos más débiles de los presentes en China, y que debería tardar en volver a asomarse en una cita de primer nivel.

Lituania (9º)

De acuerdo, los echaron del Mundial en parte a un fallo arbitral ridículo, pero eso no debería servir como obstáculo para advertir que el nivel del baloncesto lituano sigue descendiendo inexorablemente desde hace años. Decepcionante torneo de Sabonis en su primera gran cita internacional con galones de jugador importante.

Montenegro (25º)

Vucevic en torneos FIBA es un jugador mucho mejor que el que solemos ver en la NBA, y el segundo hombre de mayor nivel es su suplente, lo cual es un serio problema. Poca brillantez y menos acierto, justo lo que no necesitaban en un grupo complicado.

Nigeria (17º)

Billete olímpico para un grupo que llegó con problemas extra deportivos a China y sale con una sonrisa. Brillante torneo del joven Josh Okogie, que será la gran referencia ofensiva en Tokio.

Nueva Zelanda (19º)

Lejos queda ya la edad dorada de los kiwis, sin embargo, siguen siendo un grupo de guerreros al que hay que matar mil veces. Estuvieron a centímetros de dar la sorpresa del torneo dejando a Grecia fuera en la primera fase, en uno de los mejores partidos de toda la primera fase.

Polonia (8º)

Una de las sensaciones del torneo, si no por juego, sí por resultado. El equipo polaco mostró un gran sentido del juego colectivo y alcanzó unos sorprendentes cuartos de final con un equipo sin apenas individualidades. El objetivo (complicado) será refrendar la hazaña llegando a los Juegos.

Puerto Rico (15º)

Talento e irregularidad. Puerto Rico cumplió llegando a segunda fase, el máximo que por nivel podían alcanzar. Estupenda actuación de David Huertas, un anotador que ha alcanzado el punto más alto de su carrera a los 32 años. Sería interesante ver que papel asume en un equipo europeo.

República Checa (6º)

La gran sorpresa. Los de Tomas Satoranski se cargaron en su camino a Turquí y Grecia, alcanzado un histórico sexto puesto. Atentos a este equipo si sigue su progresión y logran añadir a Jan Vesely a la plantilla, tienen capacidad de dar un susto en los cruces de un gran torneo.

República Dominicana (16º)

La gran pregunta del torneo. ¿Hasta dónde podría llegar los del Ché Guevara Dominicana con sus NBA en pista? Quizás- o quizás no- lo comprobemos en el torneo PreOlímpico del próximo verano. Por lo pronto, alcanzaron de forma brillante la segunda fase, muro natural para sus limitaciones en el juego interior.

Rusia (12º)

Salvaron los muebles llegando a la segunda fase, que viendo el nivel mostrado, no está nada mal. La travesía por el desierto del baloncesto ruso se antoja todavía muy larga, sin que la nueva generación haya dado un paso adelante… ni parezca que lo vaya a dar.

Senegal (30º)

Otra de esas selecciones que por nivel, jamás debería pisar nada parecido a una competición que se llame Copa del Mundo. Relleno.

Serbia (5º)

En Serbia iba todo bien… hasta que se cruzaron con España. Arrasaron en la primera fase, pero el sistema de dos interiores grandes se estrelló a la hora de la verdad. Djordjevic, muy señalado, dejará de ser seleccionador de un equipo al que se le intuyen serios problemas de carácter y competitividad en los momentos claves.

Túnez (20º)

Al menos sacaron billete para el Preolímpico, premio de consolación para el que quizás sea el equipo más sólido del continente africano. Su falta de talento exterior les penaliza demasiado en torneos de primer nivel.

Turquía (22º)

De estar a punto de tocar la gloria con cuatro tiros libres fallados ante Estados Unidos, a volverse a casa tras caer con la República Checa en un partido depresivo. Turquía ha resultado una de las grandes perdedoras de este mundial. Tocará revolución si no hay billete a Tokio.

Venezuela (14º)

Aceptable papel de la vino tinto, a la que le faltó un poco más de suerte en la segunda fase. Tienen calidad y sobre todo un estilo. Notable torneo del interior Michael Carrera, otro jugador al que sería interesante volver a tener por Europa de nuevo.

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