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“The Big Red Head”, un luchador incansable

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“Cuando estaba tumbado en el suelo, sin poder moverme, me habría suicidado de haber tenido una pistola en la mano. No quería seguir viviendo. Al menos no de esa manera”. Estas desgarradoras palabras salían de la boca de toda una leyenda del baloncesto en la NBA. Uno de los 50 más grandes jugadores de toda la historia según la propia Liga. Eran demasiadas dolencias a lo largo de una vida con casi cuarenta intervenciones quirúrgicas. No es otro que Bill Walton, un luchador incansable.

William Theodore Walton III nació en La Mesa, California. Hijo de unos padres que le inculcaron que nada se consigue sin esfuerzo y que hay que luchar por aquello que uno quiere. De su padre Ted heredó la afición por la cultura y el arte, pero ni mucho menos el baloncesto. De hecho el propio Bill le definiría años más tarde como la persona menos atlética que había visto en su vida. De su madre, ese gen competitivo y esas ganas de luchar que siempre le han acompañado.

El pequeño Bill se inició en el baloncesto a los siete años, y el hecho que con tan solo catorce superara los dos metros de altura le animó a seguir adelante con este deporte. Dio sus primeros pasos por el Helix High School, en el cual ya empezó a despuntar. Dos campeonatos de distrito y conseguir un récord de 44 victorias consecutivas dan muestra de ello.

Bill creció a pasos agigantados y no sólo en tamaño, sino en todos los aspectos. Un rebelde insatisfecho con el sistema, como el mismo se había autodefinido. Muy unido al movimiento hippie, participaba en todas las manifestaciones en contra de la guerra de Vietnam y las políticas de Nixon. Seguía una dieta vegetariana muy estricta y su larga cabellera y poblada barba pelirroja (de ahí su apodo “The Big Red Head”, el gran pelirrojo), unido a su corpulento cuerpo, le hacían parecer un ermitaño.

Walton, tras terminar su paso por la escuela ingresó en la universidad de UCLA. Una universidad que apenas dos años antes había tenido a un jugador de la talla de Lew Alcindor (Kareem Abdul-Jabbar) y en la que Bill estaba dispuesto a ser un pívot dominante y referente. Y he aquí, en la Universidad de UCLA, donde conoció a una persona muy influyente en él a lo largo de los años, el entrenador John Wooden.

Wooden, un entrenador de carácter muy conservador y con el que viviría (sobre todo al principio) una tormentosa relación. Un ejemplo de ello se vivió cuando el joven jugador se presentó a entrenar con su melena y su barba pelirroja, a sabiendas que a su entrenador no le iba a gustar demasiado. Wooden insistió en que se la quitara, el californiano se negó. John le miró y le respondió: “Está bien, Bill. Admiro a la gente que tiene firmes convicciones y pelea por ellas. Yo también soy uno de ellos, así que, lo siento, te voy a echar de menos”. Ante semejante órdago, Walton no tuvo más remedio que afeitarse para poder volver al entrenamiento.

Sus múltiples enfrentamientos terminaron en unión. Walton acabó por agradecerle sus mejoras en el juego y su ayuda fuera de la cancha, pues Wooden incluso llegó a sacar de la cárcel a Walton por entrar a la fuerza en un edificio público.

Entre 1972 y 1974 UCLA encadenó 88 victorias consecutivas y conquistó dos campeonatos de la NCAA, convirtiéndose Walton en el completo dominador de la liga universitaria. Aún hoy se le considera por muchos como uno de los mejores jugadores de baloncesto universtarios de la historia.

Sin embargo, los problemas físicos comenzaron a hacer acto de presencia, perjuicio que le seguiría el resto de su carrera deportiva. Tras perderse partidos en su última temporada en UCLA dio el salto a la NBA de la mano de los Portland Trail Blazers, que no dudaron en seleccionarle con el número 1 en el Draft de 1974.

En su primer año en la NBA, pese a un inicio de temporada prometedor, las lesiones marcaron su presencia a tan solo 35 partidos. Sus más de 12 puntos y 12 rebotes de media en su año de rookie son dignos de mención. Su segunda temporada fue prácticamente un calco que la primera. Buenos números estadísticos, pero mala a nivel de lesiones y en conjunto para los de Oregon.

La tercera sería la de su consagración. Lideró a los Blazers a conquistar el anillo, a pesar de que las lesiones siguieron haciendo mella en su cuerpo. Tras una final apasionante ante los Philadelphia 76ers del Doctor J, Portland se llevó el gato al agua al ganar la serie por 4 a 2. Gracias a sus acciones logró ser MVP de las Finales de 1977, en plena Blazermanía.

Foto: Oreg. Hist. Soc. Research Library

Al año siguiente se comenzó a ver incluso a un mejor Bill, el cual logró el MVP de la temporada regular, hasta que su pie izquierdo dijo basta. Y aquí empezó su calvario, que le obligó a parar y tomarse un periodo sabático. Un tiempo a la postre fue definitivo, ya que aunque su entrenador Jack Ramsay le definió como “el mejor jugador, el mejor competidor y la mejor persona que he conocido” cuando ganaron el campeonato, su desencanto con los médicos de los Blazers hizo que Walton abandonase Portland, después de una temporada 1979/80 en blanco. The Big Red Head se convirtió en agente libre, y decidió jugar con los Clippers, por aquel entonces recién ubicados en San Diego.

La vuelta al Oeste no fue todo lo bien que Bill hubiera deseado. Aunque jugaba un partido por semana, para evitar su desgaste físico, las lesiones se siguieron cebando con él y pasó otras dos temporadas más inédito (1980/81 y 1981/82). En su última temporada, ya en Los Ángeles, consigue participar en 67 partidos, aunque sus promedios han descendido y ya no son los de antaño.

Walton ve que a sus 32 años necesita un cambio de aires e intenta recalar en un equipo con aspiraciones a ganar el anillo de la NBA. Su llamada a Boston fue recibida con recelo, pero Larry Bird, la estrella de los Celtics, no dudó en abrir las puertas del Garden a Bill, que se unió a un equipo conjuntado y claro favorito a ganar el anillo.

Y ese cambio al Este fue como volver a nacer para Walton. Se unió a los Celtics y fue tal la confianza depositada en él, que decidió jugar como nunca e ignorar el dolor. Formando parte de la segunda unidad del equipo (Dennis Johnson, Danny Ainge, Larry Bird, Kevin McHale y Robert Parish eran un cinco inicial exquisito e inamovible), se pudo volver a ver la mejor versión del gran pelirrojo. Tanto, que fue nombrado Mejor Sexto Hombre de la temporada.

Era tal la ilusión que tenía Walton que supuso un estímulo extra para Bird y compañía, un grupo con ya dos conquistas al anillo a cuestas. De hecho, las palabras de las estrellas de los Celtics dan fe de ello. El mismo Larry, tiempo después, declaró que durante toda la temporada habían jugado tan duro como habían podido, y en gran parte había sido por Bill. O Kevin McHale, ése ala-pívot versátil como pocos, confirmaba la admiración que todos le profesaban: “Ves a un tipo tan viejo como él, con el cuerpo más machacado de entre todos los deportistas, actuando como si fuera un chaval de instituto, y es algo divertido e inspirador al mismo tiempo. Cada partido era un desafío, y nunca dejó que olvidáramos eso”. En definitiva, la admiración por este viejo rockero fue unánime.

Walton demostró años más tarde que esa admiración había sido recíproca. En su autobiografía, llegó a proclamar a esa plantilla como la mejor plantilla de la historia para salvar no solo su carrera, sino su vida, o a comparar a Larry Bird con Mozart o Miguel Ángel.

El paso de Walton en Boston fue breve pero intenso. Las anécdotas estaban a la orden del día. Un día, entrenando en el Garden, Walton se presentó sin avisar con el grupo de rock psicodélico Grateful Dead. Grupo del cual el bueno de Bill era un declarado fan. De hecho, llegó a verles actuar más de 650 veces. Incluso, en una gira del grupo por Egipto, llegó a tocar la batería con ellos. Las caras de Bird, Parish y compañía debieron ser un poema, al ver aparecer a todo el grupo sin saber quiénes eran. Todo este episodio, terminó con la invitación de la banda al concierto que daban esa misma noche y con una pachanga de baloncesto, al día siguiente en el Garden.

Pero lo que todo era alegría, se convirtió en tristeza justo al año siguiente. Su cuerpo dijo basta y con tan sólo 10 partidos, tuvo que retirarse del baloncesto.

Tras la retirada, Walton pasó a ser  un excelente comentarista de la cadena ESPN, labor recompensada en 2001 al recibir un premio al mejor comentarista deportivo. Si bien cara a la galería su vida parecía ser de color de rosas, lo cierto es que era un auténtico infierno. Años y años en los que el dolor era lo único que le acompañaba. Los intensos dolores no le dejaban dormir, tenía que comer tumbado y a duras penas era capaz de moverse. En 2009 no aguantó más y dejó el trabajo por sus problemas de espalda. Tal era el sufrimiento que así llegó a describir su dolor: “Piensa en ser sumergido en una tinaja electrificada con ácido hirviendo en su interior… eso no sería nada con el dolor que he sufrido”.  Y fue en ese preciso momento en el que se le pasó la cabeza dejar de luchar. Pensó que si no vivía dejaría de sufrir y el suicidio rondó su cabeza, pero una vez más, no se rindió y siguió hacía adelante.

Afortunadamente y tras una última operación en 2010, Walton dejó de sufrir y sus dolores desaparecieron, y con ello su vida volvió a la normalidad. Es la historia de un luchador incansable.

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Análisis

Elfrid Payton: El regreso a casa

A menudo, los cambios de look no sólo entrañan un cambio físico, sino también emocional. Payton, a diferencia de Sansón, se cortó el matojo de pelo como símbolo de madurez y fuerza.

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Prácticamente todo el mundo hemos pasado por esa etapa de jóvenes, cuando hacemos cosas solo porque no es lo que se supone que tenemos que hacer. Un jugador de baloncesto profesional no debería tener el pelo golpeándole y cubriéndole la cara constantemente, pero Elfrid Payton, en la veintena, jugó más de 200 partidos en la mejor liga del planeta de esta guisa.

Durante su época en los Magic de Orlando, equipo en el que recaló después de ser traspasado por los 76ers la noche del Draft de 2014, estuvo envuelto en esa aura tan familiar con los deportistas de élite que nos hace pensar en lo que podrían llegar a ser y por un motivo desconocido no consiguen alcanzar.

Sin embargo, cuando toca volver a casa y uno ya ha crecido y madurado un poco, las formas son importantes. A mediados de mayo de 2018, como si alguien le hubiese chivado desde el futuro lo que iba a ocurrir, el base de Louisiana anunció a través de su cuenta de Instagram que por fin se había quitado el impedimento en forma de flequillo gigantesco que hasta entonces lucía.

Tras cuatro temporadas en Florida, había sido traspasado a Phoenix por apenas una segunda ronda del Draft, ya que terminaba contrato ese verano y los Magic querían sacar algún rédito por él. Allí solamente jugó 19 partidos, y sufrió la primera lesión relevante en su carrera: una tendinopatía en su rodilla izquierda. A pesar de ello, y tal vez por el ambiente distendido que reina en la franquicia desde hace ya varios años, promedió el máximo de puntos por encuentro de su carrera, 11’8, además de mejorar sustancialmente su faceta reboteadora.

Este episodio de transición en Arizona no hacía más que preparar al joven Payton para lo que tendría que afrontar en la temporada 2018/19. En la agencia libre de verano llegó la oferta que más deseaba: un hueco en la plantilla de su ciudad, donde había crecido con su madre y había visto volver a su padre, jugador profesional de fútbol americano en la liga canadiense.

En el suburbio de Gretna, New Orleans, Elfrid Payton Jr. había crecido siendo de los más pequeños del colegio y de las canchas. De complexión muy delgada, había probado varios deportes, pero en el instituto decidió que quería ir a por todas con el baloncesto. Entonces, Payton Sr. empezó a prepararlo para el camino del profesional y, según cuentan ambos en una entrevista para “The Undefeated”, el padre fue bastante duro con el hijo.

A pesar de que al salir del instituto nadie del mundo del baloncesto universitario americano se fijó especialmente en él, tuvo una oferta de la universidad de Louisiana-Lafayette para estudiar becado y así poder jugar a baloncesto en la División I, la más alta de la NCAA. En su segundo año explotó, y fue elegido en el mejor quinteto de la Conferencia Sun Belt, pero eso no era más que el principio.

La extraordinaria temporada que había cuajado lo llevó a ser seleccionado para el combinado americano Sub-19 que disputaría el mundial, y fue titular en todos y cada uno de los partidos hasta conseguir el oro, destacando junto a grandes estrellas universitarias como Aaron Gordon, Marcus Smart o Jahlil Okafor. En ese momento, como remarca su padre, “las cosas se volvieron locas”.

En el tercer año como universitario dejó unas estadísticas admirables, con más de 19 puntos por partido junto con 6 rebotes y otras 6 asistencias. El Lefty Driessel Award, premio al mejor defensor de la NCAA, completaba una carta de presentación extraordinaria que lo llevó a cerrar el top 10 de su camada de Draft.

Y después del viaje que hemos recorrido por fin volvió a su casa, pero esta vez como profesional, de la mano de los New Orleans Pelicans. Firmó un contrato con los de Louisiana por tres millones de dólares para la presente temporada, y ahora ve cada día el barrio que su familia tuvo que abandonar tras el huracán Katrina para recuperarlo después, el barrio donde creció en la ciudad en la que se siente orgulloso de jugar.

Un nuevo comienzo en casa, con un nuevo corte de pelo en una franquicia que a principio de temporada tenía un proyecto prometedor. El arranque de temporada con Anthony Davis, Nikola Mirotic, Julius Randle y Jrue Holiday a niveles extraordinarios parecía indicar que este era su año, que por fin podría disputar su primera serie de Playoffs y competir como siempre ha querido hacer, máxime en su ciudad natal.

Por desgracia, después de unos extraordinarios cinco primeros partidos, un dedo de la mano lo traicionó en la que empezó siendo su temporada de ensueño. Después de romperse el dedo, encadenó otra lesión en el tobillo derecho que ya tenía tocado, y no pudo volver a competir a pleno rendimiento hasta el mes de marzo.

El pelo despejado parecía haber despejado también las incógnitas sobre su juego. Mejoró significativamente su porcentaje de tiros libres, desde el 62% en Orlando hasta el 74% en New Orleans, y al inicio de temporada tiraba con un 42% de acierto desde el triple. Estaba redondeando su juego, y sus compañeros lo alababan como pasador y ayudante de dirección junto a Jrue Holiday.

A pesar de lidiar con las lesiones, en el mes de marzo volvió dejando una estadística para el recuerdo: consiguió cinco triples-dobles consecutivos, una marca solo al alcance de jugadores históricos como Wilt Chamberlain, Oscar Robertson y Michael Jordan, además del hombre que va a pulverizar todas las marcas en este aspecto: Russell Westbrook.

No es común que la temporada de despegue de un jugador y en la que más sufre con las lesiones coincidan, pero Elfrid Payton Jr. ha encontrado en New Orleans el hogar perfecto para su juego. Tal vez los planes de la dirección de la franquicia no pasen por mantener el bloque, sino que parecen más encaminados a empezar una reconstrucción a partir del traspaso de Anthony Davis.

No en vano se armó todo el revuelo días antes de la fecha límite de traspasos en el culebrón con Los Angeles Lakers, que al final resultó fallido. Además, Mirotic abandonó el equipo en su mejor temporada como profesional rumbo a los Milwaukee Bucks, de modo que la franquicia ya dejaba entrever sus intenciones de no ir a por todas, al menos en esta temporada. Sea como fuere, Payton espera una nueva oferta para quedarse un año más en casa y preparar de nuevo la cabeza (por dentro y por fuera, ya sin el matojo de pelo) para continuar creciendo y enorgulleciendo a la ciudad de los pelícanos.

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Objetivo Europa

Milos Teodosic, el ilusionista de Valjevo

Un genio controvertido como pocos. Su actitud siempre ha sido un asterisco en su carrera, al igual que las derrotas en la F4. Pero Teodosic ha sido uno de los mejores bases del continente de la era moderna.

jon@skyhook.es'

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Mayo de 2005. Rondas eliminatorias de la Liga del Adriático. Realmente, nadie esperaba ver a aquel chico disputar ningún minuto. No obstante, en su fugaz participación los congregados pudieron vislumbrar destellos del talento que aquel cuerpo de 1,95 de altura atesoraba, siendo uno de los puntos positivos del torneo de cara al futuro más próximo.

Contra todo pronóstico, Bosko Djokic, entrenador del  BC Reflex, había decidido dar algunos minutos a un base canterano con 18 años recién cumplidos. Pudo haberlo hecho meramente por ver cómo respondía el joven ante su primera gran competición profesional, pero la actuación de aquel adolescente callado y de semblante inexpresivo dejó atónito al público.

La forma en la que cuidaba el balón, un excelso tiro exterior y su innata facilidad a la hora crear juego para sus compañeros era algo fuera de lo común. Además, su desparpajo para buscar la canasta quedó patente: 17 puntos en apenas 15 de minutos de juego repartidos en dos noches. “Juega como un veterano, se ve que tiene una gran confianza en sí mismo”, apuntaban algunos scouts por aquel entonces. Los ojeadores ya seguían los pasos del nuevo diamante del baloncesto serbio de cara al Draft de la NBA.

“No debería estar antes de 2007, pero conviene recordar su nombre. Muestra un equilibrio especial en su juego, como si tuviera todo bajo control”.

DraftExpress

No era otro que Milos Teodosic.

Los orígenes

Nacido el 19 de marzo de 1987 en Valjevo (República Federativa Socialista de Yugoslavia), una de las casas tradicionales del baloncesto serbio, Milos estaba destinado a convertirse en un jugador de renombre. Aquella era una pequeña ciudad ubicada en el distrito de Kolubara, y como en el resto del estado yugoslavo, la canasta estaba a la orden del día.

Ya desde muy joven estaría en contacto con la pelota, dada la influencia de su hermano mayor Jovan, también jugador profesional. De esta forma, sus progenitores, Miodrag y Zorana, decidieron apuntar al menor de sus hijos en un equipo local, a la edad de seis años. Milos iría quemando etapas, mostrando unas aptitudes de las que el resto de compañeros carecían. Su ídolo de la infancia: Pedrag Danilovic, de quien admiraba “su forma de pensar en la pista y su gran deseo por ganar”.

“A diferencia de muchos guards, es más un distribuidor de perímetro que otra cosa. No es particularmente atlético, no muestra gran rapidez y, a pesar de tener buen manejo de balón, le cuesta superar las defensas. Por lo general, trata de aprovechar las pantallas o situaciones en las que su defensor está desequilibrado, lo que consigue con la simple amenaza de su tiro exterior. Este es uno de sus déficits más grandes cuando se habla de su potencial para la NBA”.

15 de agosto de 2005

Su carrera echó a andar cuando el modesto Vujic Metalac se fijó en él. Valjevo estaba viendo nacer a su hijo pródigo, alguien que tuviese la proyección como para colocar a la ciudad en el mapa. Siguió superando categorías a la vez que cursaba sus estudios. No sería hasta el año 2001 cuando su vida cambiaría para siempre. El FMP de Belgrado no perdía la pista a un base emergente que apuntaba maneras. Milos se vería obligado a abandonar su hogar por primera vez para emprender un viaje que a día de hoy no ha terminado. En la capital, alejado del núcleo familiar, continúo formándose como estudiante a la vez que dominaba las categorías inferiores del baloncesto serbio. Por otro lado, su condición de deportista de élite le facilitó el acceso a la universidad privada John Naisbitt. Había llegado el momento de firmar su primer contrato profesional. Lo tenía todo de su parte, en especial la confianza del entrenador.

Uno de los escasos documentos visuales del paso de Teodosic por Belgrado

Tras el primer contacto con Djokic su progresión se dispararía. Sin embargo, debido a su corta edad y a la competencia dentro de la plantilla, se decidió ceder a Teodosic por una temporada al KK Borac Čačak, donde el jugador podría curtirse antes de regresar a las filas del club que lo formó. En aquellos momentos, se antojaba complicado que el jugador pudiese continuar progresando sin apenas gozar de minutos. Pese a su juventud, este cumplió con las expectativas y el cuadro belgradense decidió reclamar sus servicios.

2007 sería el año de su eclosión profesional. Si bien su debut en la Copa ULEB fue en la campaña 2004-05 (14 minutos frente al Vertical Vision Cantu italiano), fue entonces cuando Milos empezó a fraguarse un nombre en las plazas europeas. Con Aleksandar Rasic como base titular, Teodosic sería un combo-guard de lujo en aquella plantilla. Tanto fue así, que a sus 20 primaveras atrajo el interés de varios clubes de renombre en Euroliga. Finalmente, el atractivo de Olympiacos lo sedujo, firmando un contrato de cinco temporadas por valor de 2,8 millones de euros.

“No es lo suficientemente rápido. Sufre en defensa. Esto no supone nada que no supiéramos de antemano, es probablemente el jugador al que menos favorece el juego de la NBA entre los jugadores internacionales de gran talento. Alguien podría estar interesado en él en segunda ronda, pero eso no es un hecho”.


4 de abril de 2007

Ante las aguas del Egeo

Eran años difíciles en el Pireo. Pese a sus buenos jugadores, todavía permanecían a la sombra del gran gigante heleno, Panathinaikos. Durante la década de los 2000, Grecia y Europa estuvieron bajo el yugo del equipo de Zeljko Obradovic y Dimitris Diamantidis. Nada más aterrizar en Atenas, Milos empezaría a sufrir las consecuencias de jugar en uno de los equipos pudientes del continente. No siempre hay espacio para los jóvenes al más alto nivel. Olympiacos, en su ansia por equipararse a los más grandes de la competición, firmó al anotador Lynn Greer. Pésima noticia para Teodosic, ya que el norteamericano sería el puntal ofensivo del equipo. Sin embargo, y pese a la competencia con Roderick Blackney, el técnico Pini Gershon utilizó eventualmente al serbio como escolta, aprovechando su tamaño y rango de tiro. Fue una campaña en la que no careció de minutos, pero tuvo menos peso creativo de lo habitual.

Por el momento, el balance positivo. No fue fácil aclimatarse a la actividad en Grecia tras toda una vida en los Balcanes. La incorporación de Yotam Halperin, proveniente del Maccabi, y la sobrepoblación en líneas exteriores restaron protagonismo a Teodosic. Fue un año muy duro para él, pero le sirvió para madurar y ver realmente cual era el coste del éxito. Por tercer curso consecutivo, Olympiacos se tendría que conformar con el subcampeonato liguero, para mayor gloria de su eterno rival. No obstante, una derrota por 82-84 en semifinales de Euroliga, también ante Panathinaikos, fue lo que realmente hizo daño en el Estadio de la Paz y la Amistad. Era hora de cambiar la tendencia. En 2009 se presentaría al Draft de la NBA, sin ser elegido por ningún equipo. Su estilo de juego no gustaba en demasía en la liga norteamericana y las franquicias eran muy escépticas sobre su hipotética adaptación.

Año 2010. Al fin, con 22 años, el mando era suyo. Milos adquirió las riendas de aquella plantilla desde el primer de día de pretemporada. Bajo las órdenes de Panagiotis Giannakis y formando un trío demoledor con Linas Kleiza y Josh Childress, Olympiacos ya provocaba miedo en sus contrarios. Cuajaron una Euroliga casi perfecta, pero tras una gran campaña faltó el broche final. Teodosic no pudo celebrar su MVP de la temporada, ya que en la final de la Euroliga se encontraron con un FC Barcelona muy superior (86-68). Asimismo, fue elegido ‘Jugador del Año Europeo de la FIBA’, por delante de Pau Gasol y Dirk Nowitzki. Su estrellato era una realidad, si bien no faltaban detractores que lo tachaban de ser excesivamente frío, poco menos que indolente a la trascendencia de los partidos.

Milos Teodosic nunca ha renunciado a la selección | FIBA Photo

Aquel verano, Milos grabaría una marca a fuego en la piel de la parroquia española. Copa Mundial de Baloncesto de la FIBA, Turquía. 89-89 en el marcador con 25 segundos por jugarse. Las indicaciones de Dusan Ivkovic no dejan cabos sueltos. Hay que agotar el reloj de posesión. El balón, en manos de la estrella, quema. Llull aprieta, pero un bloqueo de Velickovic permite que Teodosic y Jorge Garbajosa queden emparejados. No hará falta acercarse a canasta.

El serbio se levanta desde nueve metros y anota. La derrota en la final del EuroBasket de 2009 estaba vengada. En semifinales el plantel serbio caería ante la selección anfitriona, pero todavía hay quien sueña con aquella suspensión imposible. “Pensar mientras juegas no te sirve para nada. Todo sale solo. Eso me pasa a mí. Simplemente, vi la canasta enfrente y decidí tirar. Así, sin más. En ese momento es lo que se suponía que debía hacer”, declaró el propio jugador en una entrevista.

La siguiente campaña tocaría reponerse, con la llegada del que, a la postre, sería el mejor jugador de la historia del club: Vassilis Spanoulis, proveniente del mismísimo Panathinaikos. Teodosic compartiría el liderazgo con el heleno, mucho más idolatrado por la parroquia ateniense. La temporada resultó decepcionante, con una Copa griega que supo a poco. Milos bajó sus prestaciones al mismo tiempo que Kill Bill se erigía como la gran estrella del roster. El dúo de bases, por muy atractivo que sonase, no funcionó.

En las filas del Ejército Rojo 

Algunos rumores apuntaban a cierto interés por parte de San Antonio Spurs, que no habían dejado de seguir la pista del jugador balcánico. No parecía un mal momento para cambiar de aires. Con todo, tras cuatro cursos en el Ática, en Moscú se estaba fraguando un proyecto para volver a dominar Europa. Andrei Kirilenko, Alexey Shved, Sasha Kaun, Victor Khryapa, Ramunas Siskauskas o Nenad Krstic. Núcleo soviético rodeado de algunos los mejores nombres del torneo continental. Escuela lituana en el banco con Jonas Kazlauskas. El plan era claro. Revalidar la Euroliga. Cetro que no levantaban desde el año 2008, perdiéndose tan solo la Final Four del año anterior.

El recorrido era un cuento de hadas. Tras eliminar en playoffs a Bilbao Basket (3-1), después se deshicieron de un correoso Panathinaikos. El destino quiso que Milos se enfrentase a su amado Olympiacos en la gran final. Los rusos eran claros favoritos e hicieron gala de ello. Todo eran risas con 53-34 a dos minutos de concluir el tercer cuarto. Pero nunca subestimes el corazón de Olympiacos. Punto a punto, el equipo griego fue acercándose en el luminoso, hasta que Giorgios Printezis convirtió una especie de bomba que es historia del baloncesto contemporáneo (funesto Siskauskas desde la personal). La eventualidad quiso que el conjunto del Pireo volviese a reinar, y lo hiciese sin Teodosic en sus filas.

El propio Milos, denotando una excesiva prisa en su juego cuando debía imperar la calma, fue uno de los grandes señalados en aquella derrota. Además, con 61-58 y 20 segundo por jugarse, erró un tiro libre que hubiera sido decisivo. Los años venideros serían un dejà vú continuo en el seno del equipo ruso.

2013, 2014 y 2015. Las semifinales fueron lo máximo. Aquel equipo que durante los meses que duraba la temporada era una apisonadora ofensiva, se hacía pequeño a la hora de la verdad. Los automatismos colapsaban, las cabezas se nublaban y el nerviosismo ante otro fracaso se apoderaba de los jugadores. Se fichaba a las máximas estrellas para remediarlos, pero en el torneo del K.O. siempre había quien lograba tumbarlos. Su bestia negra en la historia reciente: el Olympiacos de Spanoulis. Aquel que tantas pesadillas ha provocado a Andrey Vatutin, presidente del club ruso.

Multitud de decepciones, éxitos en la VTB United League aparte, hasta que llegó el 15 de mayo de 2016. El día que cumplió su misión. CSKA y Fenerbache se enfrentaron en una noche histórica. Los moscovitas llegaron a liderar el marcador por 23 puntos en el tercer periodo, pero hizo falta una heroica canasta de su capitán, Khryapa, para forzar la prórroga y por fin a tantos años de maleficio. Moscú dominaba Europa ocho temporadas después. Milos fue el jugador más valorado de aquel partido (29), pero el MVP fue a parar a manos de su compañero Nando De Colo. No le hacía falta. Su valía estaba demostrada.

Destino L.A.

Una nueva derrota en semifinales frente a Olympiacos en 2017 supondría el adiós de Teodosic a la disciplina rusa. Lo había conseguido casi todo a nivel europeo y la NBA seguía llamando a su puerta. ¿Por qué no intentarlo en plena madurez deportiva? Varios equipos tentaron al serbio con sumas de lo más atractivas, pero se decidió por Los Ángeles Clippers.

La franquicia angelina esperaba ocupar la ausencia de Chris Paul con el IQ baloncestístico del ex del CSKA. Tremenda amenaza desde el triple en pleno auge de la larga distancia, además la mejor capacidad de pase de toda Europa. La NBA, aquella competición que le fue negada desde su eclosión, era un sueño hecho realidad.

Su desembarco en California generó todo tipo de sensaciones. La expectación era alta. Patrick Beverly, antiguo compañero suyo en Olympiacos, dijo que se trataba del “mejor pasador del mundo”. Matadores del calibre de DeAndre Jordan y Blake Griffin estaban deseosos de poder disfrutar de las asistencias imposibles de Milos. Mientras estuvo sano, disfrutó de minutos, siendo titular en 36 (22 victorias) de los 45 partidos que disputó en la 2017-18. Compartió labores de dirección con Austin Rivers y Lou Williams, pero para su desgracia, una fascitis plantar empañaría el primer año bajo los focos del Staples Center.

“En el pasado sentí que jugar en la NBA no era algo muy cercano a mí.  Tal vez ahora esté más listo mentalmente. Sé lo que puedo hacer. Quiero sentirme importante y ver que un equipo tiene un proyecto para mí. No pienso ir a la NBA solamente para decir que he estado allí, quiero ir y contribuir”.

Milos Teodosic, 2017

Las lesiones tampoco desaparecieron el siguiente curso, todavía por concluir. Desde el comienzo de la temporada, Teodosic arrastró molestias en los isquiotibiales, que le dificultaron tener mayor presencia en la rotación del equipo. Con Patrick Beverly recuperado, la adquisición de Shai Gilgeous-Alexander relegaba al serbio a un rol residual. Además, su carencias defensivas provocaban notorios desajustes ante los bases más físicos de la competición. Bagaje final: 15 escasos partidos, en los que apenas fue protagonista.

“Llegué, vi lo que había y de alguna manera me di cuenta de que disfruto más en Europa”.

El propio jugador lo veía con nitidez. Su lugar era otro. Finalmente, tras su completa ausencia en la distribución de minutos, los Clippers cortaron a Teodosic, el 7 de febrero de 2019. Adiós a un sueño de lo más efímero.

LOS ANGELES, CA – OCTOBER 09: Los Angeles Clippers Guard Milos Teodosic (4) looks on during an NBA preseason game between the Denver Nuggets and the Los Angeles Clippers on October 9, 2018 at STAPLES Center in Los Angeles, CA.

Cuando la prensa apuntaba a un inminente retorno a Europa de la mano de un aspirante, el de Valjevo sorprendió a propios y extraños diciendo que no jugaría en ningún club en lo que resta de calendario. Lo hará, en cambio, con su selección en el Mundial de China. Una Serbia capaz de todo: platas en el EuroBasket 2009, Mundial 2014 y Juegos Olímpicos 2016. Solo España y Estados Unidos han evitado que esta generación se cuelgue una medalla de oro. Mientras tanto, Teodosic se dedicará a entrenar por su cuenta, meditando sobre qué hacer la siguiente campaña. Le lloverán las ofertas, pero tiene claro que quiere un compromiso competitivo y a medio plazo.

Después de sacarse la espina de la Euroliga, Milos ya no volverá a jugar con aquella losa que recayó sobre sus hombros durante tanto tiempo. Había cumplido su tarea. Tras aquello, la opinión pública era clara: un jugador de su talento no podía quedarse sin probar suerte en la NBA. Al igual que continúa sucediendo con Sergio Llull, expertos y aficionados querían ver qué tal se desenvolvía en la liga norteamericana. Sin embargo, la realidad ha vuelto a dejar claro que hay tipos hechos para el baloncesto FIBA, como Nando De Colo, Aleksandar Djordjevic, Sarunas Jasikevicius, Sergio Rodríguez o el propio Vassilis Spanoulis. Auténticas estrellas que no brillaron al otro lado del Atlántico.

Lo decían los scouts cuando apenas era mayor de edad. Se trataba de un jugador que podía sufrir mucho contra los exuberantes físicos de la NBA, más de lo proyectado incluso en la actualidad. El caso es que Milos Teodosic ya jugaba por aquel entonces como un auténtico veterano. Pausado, leyendo el juego, amasando balón y sin correr más de lo debido. Su sitio era Europa. Un genio con un don especial para leer el juego, para ver huecos que nadie más percibe. Siguen apareciendo críticos con su estilo de juego. Es cierto, puede pecar de frialdad en ocasiones. Cuando salta al parquet parece recién levantado de la siesta. Pero es lo que tienen los genios, a veces sus mentes son inescrutables.

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Objetivo Europa

Un ogro viene a verme

Un talento capaz de romper una barrera infranqueable hasta entonces: el de la NBA.

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18 de enero de 1950. El frío invierno azota con fuerza al pequeño pueblo de Alano di Piave, situado en un valle en los aledaños de las Dolomitas.

Mientras los acerca de 3.000 habitantes del recóndito lugar luchan contra la resaca propia de las fiestas mayores –celebradas en torno a mediados de mes- y las bajas temperaturas, una humilde familia celebra con júbilo y regocijo el nacimiento de un nuevo miembro. Lo que nadie sabía –y ni siquiera, remotamente, imaginaban- es que aquella diminuta criatura se encargaría de poner aquella pequeña localidad de la provincia de Belluno en el mapa y de conectar, de manera inquebrantable y para siempre, el apellido ‘Meneghin’ con el mundo del baloncesto.

Una unión completamente inexistente hasta la irrupción de Dino en la legendaria Varese de la década de los 70. Tan solo la altura de sus dos ascendientes masculinos más próximos -190 centímetros de su padre que quedan difuminados por los 206 que alcanzó su bisabuelo- puede ser considerada una herencia generacional real aprovechada en el mundo de la canasta.

Tal era el nivel de desconocimiento en el seno familiar, que su madre le preguntó a un bisoño Dino “¿qué es eso del baloncesto?” cuando regresó a casa tras su primer entrenamiento con el Varese, ciudad en la que recaló con apenas ocho años por motivos laborales de su padre.

Así, el pequeño Dino completó un meteórico ascenso por las categorías inferiores del club italiano hasta que Vittorio Tracuzzi sorprendía a todos haciéndolo debutar en primera división con apenas 16 años de edad. Previamente, había sido Nico Messina el encargado de ‘rescatarlo’ de las garras de la natación y el atletismo, disciplinas en las que su profesor de educación física se empeñó en introducirlo obviando su destacada altura.

Pese a estar catalogado como un diamante en bruto y una de las mayores promesas del continente, lo que no esperaba el técnico era el gran impacto que tendría aquel imberbe chaval en el baloncesto europeo, en el que el Varese comenzaba a despuntar con dos títulos de liga y una Recopa de Europa, en una antesala del insultante dominio que implantarían en la siguiente década.

Dino Meneghin

Los irrepetibles años setenta

Después de varios años de adaptación en los que fue ganando peso en la plantilla de forma paulatina, los años 70 dieron comienzo con Dino Meneghin completamente asentado en el quinteto inicial con apenas 20 años de edad y un triplete histórico adornado con la primera Copa de Europa.

Un pívot muy físico, duro y belicoso, pero con un talento tan desorbitado que fue capaz de romper una barrera infranqueable hasta entonces: el de la NBA. Aunque nunca llegó a jugar en la mejor liga de baloncesto del mundo, Meneghin se convirtió en el segundo jugador procedente de una liga europea cuyo nombre aparecía en una ceremonia del Draft (1970) después de ser escogido en la undécima ronda por Atlanta Hawks. Curiosamente, Manuel Raga, jugador mexicano y compañero de Meneghin en el Varese, sería elegido una ronda antes por la propia franquicia de Georgia.

Sin embargo, nunca recibiría la llamada del General Manager de los Hawks –Dino se enteraría de su selección en el Draft por los periódicos- y enterró la posibilidad de una NBA que, por aquel entonces, era “otro mundo”, inaccesible para el jugador europeo.

Un callejón sin salida que llevó a Meneghin a continuar en el Viejo Continente y cruzar una puerta que lo convertiría en uno de los mejores jugadores de Europa de todos los tiempos. La final ganada de 1970 dio paso a una década gloriosa en la que el Ignis Varese de Ossola, Zanatta, Raga, Rusconi, Meneghin y compañía alcanzó la gran final de la Copa Europa en todas y cada una de sus ediciones. Un total de cinco campeonatos en diez finales, con duelos legendarios ante el Real Madrid de Corbalán, Brabender y Lluyk y el CSKA de Gomelsky.

El dominio continental también tenía su equivalente en la Lega A, competición que conquistó en seis ocasiones a lo largo de la década, amén de tres copas de Italia de manera casi consecutiva.

Nueva década, nueva vida en Milán

Pero como todo en esta vida, aquel glorioso matrimonio entre Varese y Meneghin llegó a su fin en 1980, cuando el astro italiano se mudó a la ciudad transalpina para fichar por el Olimpia Milano, después de tres finales consecutivas de Copa de Europa perdidas ante Maccabi, Real Madrid y K.K.Bosna, respectivamente.

El Varese se despedía de su hegemonía europea, mientras que Dino aterrizaba en Milán en uno de los mejores momentos de su carrera tras ser elegir Mejor Jugador Europeo del Año y liderar a la selección de Italia a una histórica medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Moscú, en una final en la que serían derrotados por la potente Yugoslavia de Cosic, Slavnic, Dalipagic, Delibasic y Kikanovic, un combinado que acabaría la competición con un inmaculado 8-0 en su haber.

En la urbe italiana, Meneghin prolongaría su leyenda y su consecución masiva de títulos y galardones. Junto a Mike D’Antoni, actual entrenador de Houston Rockets, ‘el ogro’ conquistaría cinco títulos ligueros más, amén de dos copas de Italia, una Copa Korac y, principalmente, dos Copas de Europa de forma consecutiva (1987 y 1988) ante idéntico rival, el Maccabi, para terminar de poner el broche de oro a un palmarés de ensueño. De hecho, los siete entorchados europeos de Dino suponen el tope histórico para un jugador, como lo son los doce títulos de Bill Russell con los Celtics. Tan solo Zeljko Obradovic posee más títulos que el italiano.

El campeonato liguero de 1989 supuso el último título de Meneghin, aunque no sería hasta 1994, con 44 años y después de haber compartido cancha con su propio hijo, Andrea, cuando el astro colgó sus botas tras más de 1.000 partidos a sus espaldas entre clubes y selección y más de 30 títulos en su haber.

Dino Meneghin. Una leyenda irrepetible. Magia, calidad, fortaleza, ímpetu y espíritu ganador. Querido por sus compañeros de equipo y temido por sus rivales. Un jugador que elevó el baloncesto europeo a un nivel superior.

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