Hay multitud de momentos definitorios en la carrera de todo jugador que ha pasado por la NBA. A veces, el mundo te recordará por un partido, unos Playoffs, o una temporada. Hay unos pocos elegidos que han tenido una trayectoria inmaculada; esos que llamamos leyendas. Otros se han dedicado a hacer dinero. Simple y llanamente. Por ello, la oportunidad de hacerse un nombre pasaba por el último año de contrato.

Puedes haber sido un cero a la izquierda desde que te plantas en el baloncesto profesional. Puedes haber demostrado que, a la larga, el físico puede acabar siendo un problema muy gordo. Puede que no andes sobrado de talento. Todo eso no importa. Una serie de buenos partidos, unos números bastante dignos en esa franja y un General Manager que no sabe por dónde le vienen los tiros y todo resuelto. Algunos no lo sabrán todavía, pero el protagonista de esta historia se llama Jerome James.

Poco conocido para el gran público (hizo todo lo posible para no destacar), el caso del jugador nativo de Tampa es digno de mención. Quizás, si son aficionados a los New York Knicks sí que guarden un fausto recuerdo. Hablando en plata, la contratación de James por el equipo de La Gran Manzana está considerada como uno de los peores movimientos de la historia en la NBA. Ahí es nada. El baloncesto americano ha sido testigo de miles y miles de traspasos y firmas, pero en muy pocas situaciones el dinero se ha ido por el váter tan claramente. Empecemos por el principio.

Fascinado por lo que hacía Shaquille O’Neal a pocos kilómetros de su casa, James decidió probar suerte con el baloncesto. En su Estado natal, el pívot vistió los colores de la Universidad de Florida A&M donde comenzó a captar las miradas de la NBA. Escogido en el puesto 36 del Draft de 1998 por los Sacramento Kings, Jerome se dio de bruces con el lockout antes de poder debutar en el baloncesto profesional, pero lejos de hundirse, prefirió darse un homenaje. Durante el parón, firmó con los míticos Harlem Globetrotters para, al menos, sacar algunos billetes y no perder la forma (ya veremos la importancia de esto). La experiencia fue sin duda bonita, pero el jefe llamó y había que volver a California.

Tras la friolera de 16 partidos en Sacramento, los Kings le pusieron las maletas en la puerta. El billete era de destino a Europa; solo ida. Yugoslavia y Francia no pudieron gozar de sus virtudes, y cuando todo parecía abocado al fracaso, una llamada desde Seattle cambió su vida. Los añorados Supersonics le dieron la confianza y los minutos que el pívot de Florida necesitaba para echar a volar, pero sus pies no se despegaron nunca un palmo del suelo. Con promedios alrededor de los cinco puntos y tres rebotes, James encaró su último año de contrato con la titularidad bajo el brazo en un equipo claramente competitivo. Todo siguió igual, no obstante los Playoffs del 2005 lo cambiaron todo.

El buen hacer de los Sonics en la postemporada fue parado en seco por los Spurs. Hasta ahí, poca sorpresa. Lo raro se encontraba en la tabla estadística, y es que contra todo pronóstico, James fue una de las grandes figuras triplicando sus números de la temporada regular. Este punto álgido de su carrera pudo quedar en algo meramente anecdótico. Unos buenos partidos no cambian años y años de mediocridad, aunque alguien en la otra punta del país no estaba de acuerdo con esta afirmación.

No vamos a descubrir en este artículo la infame etapa de Isiah Thomas como General Manager de los New York Knicks. Eso daría para escribir un libro. Sus decisiones en la oficina, al contrario que en la pista, eran y aún son difíciles de entender, y puede que la firma de James en la agencia libre de 2005 esté en su top personal. 30 millones de dólares por cinco temporadas a un jugador que solo ha jugado 11 partidos decentes. No parece la decisión más sabia.

Con el dinero ya a buen recaudo en sus bolsillos, el ex de los Sonics decidió, por cuenta propia, que era el momento para dejar de ser un jugador de baloncesto. Apenas un mes después de su firma, James apareció en sus primeros entrenamientos como knickerbocker en una forma física que distaba mucho a la de un deportista profesional. Hay que dar mucho mérito al pívot de Tampa, y es que redefinir el concepto de “comerse los beneficios” fue una jugada maestra por su parte. A los aficionados de los Knicks no les hizo tanta gracia.

La intención de Isiah Thomas era la de traerse un pívot titular, y para su desgracia se encontró con un jugador que en ninguno de sus dos primeros cursos en Manhattan disputó la mitad de encuentros en la temporada regular. Quizás no se hiciera con el puesto de center, pero sin duda fue un excepcional calentador del banquillo del Madison Square Garden. Obviamente, las críticas hacia James fueron implacables y merecidas, y hasta su ex entrenador en Seattle Nate McMillan aprovechó la oportunidad para tildarlo de egoísta. La respuesta de Jerome es, para este humilde servidor, digna de alabanzas: “No sé de quién está hablando, yo solo me preocupo de Jerome”. Sinceramente, bravo.

Jerome James

Foto: Complex

El tiempo siguió adelante, como así los kilos de James ante la desesperación de los Knicks, que estaban firmando un cheque a un jugador al que todo le importaba un comino. Tal era su implicación con el equipo que hasta se dormía en las sesiones de vídeo. Una joyita. Cuatro partidos en las siguientes dos campañas acabaron resumiendo a la perfección el periplo de James por La Gran Manzana. 30 millones de dólares por 90 partidos. 333.333 dólares por encuentro. 43.227 por cada minuto que estuvo en cancha. Díganme si Isiah Thomas no es Santa Claus.

Después de tan maravilloso rendimiento, los Knicks consiguieron deshacerse de Jerome en un trade con los Chicago Bulls, que no tardaron en cortarlo para poner punto y final a su carrera NBA. Sus deseos e intentos de volver no funcionaron, ya que tras tamaña estafa ninguna franquicia iba a cometer el mismo error. James alivió el gusanillo jugando en Puerto Rico, donde parece que no les importaba el excesivo peso del pívot de Florida.

La historia de Jerome James podía haber pasado sin pena ni gloria, pero años después del golazo que metió en el Madison su nombre aparece en rankings de dudoso honor. Peor contratación, jugador más vago, peor hombre alto,… su nombre es un habitual. Éste no es un relato de fracaso individual (o éxito, según se mire), sino que también aborda gracias a este ejemplo tan claro el total desastre en una gestión y una franquicia. No podemos obviar que este artículo sería calcado si cambiáramos el nombre de Jerome James por el de Eddy Curry. Isiah Thomas fue uno de los mejores bases de la historia, pero más vale que no vuelva a pisar un despacho.