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Objetivo Europa

Arijan Komazec y sus tres fantasmas

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1989. Bozidar Maljkovic apremia al periodista: “apunta este nombre”, le dice. “Es un chico de las características de Petrovic, se llama Komazec, Arijan Komazec”. El ilustre técnico ya seguía la pista de un chaval de 18 años que jugaba en el Zadar desde los 16. Fue el primero que mentó a Drazen, nombre que persiguió a Arijan hasta el final de sus días como profesional. Uno de ellos, porque Komazec estuvo rodeado de presiones, expectativas y cotas altísimas. Él soñaba con ellas, pero se las impusieron como si de por ley se tratara: le tocaba a él sustituir a Petrovic; después a Danilovic; y Bodiroga triunfaba allí donde él no lo conseguía. Condiciones no le faltaban, pero el camino era harto complicado y nuestro protagonista lo experimentó hasta el extremo, siempre con tres fantasmas a su alrededor.

Ambidiestro, maestro del contraataque y anotador, muy anotador -y mucho anotador-, como el buen canon yugoslavo marcaba. Su facilidad para sumar puntos le hace debutar con 16 años en el primer equipo del Zadar. Genes tampoco le faltaban: su padre fue jugador del mismo conjunto y Arijan llegó a coincidir con Petar Popovic, su tío, en la plantilla. Aunque era él, por condiciones y talento, el que debía llegar más lejos.

Con la mayoría de edad recién cumplida, Komazec lideraba al Zadar en la misma competición donde jugaban Sasha Djordjevic y Toni Kukoc. Metía 40 puntos por partido. Desde Petrovic no se veía un registro ofensivo similar. El camino estaba marcado y Komazec, por ahora, no se salía de él. Para redondear el año fue campeón del mundo con Yugoslavia en Argentina 1990.

Si con la selección disfrutaba de éxitos y medallas (llegarían dos bronces más con Croacia), con el Zadar no llegaban los títulos. Es más, Komazec no alzaría ni un solo trofeo de liga durante toda su carrera. Paradigmático a la vez que cruel. Múltiples circunstancias lo evitaron. Por ejemplo, cuando el Zadar dio un paso adelante y fichó a un tal Dejan Bodiroga, estalló la guerra. Éste huyo a Italia; Komazec se quedó, a pesar de los consejos de sus allegados de que buscara el éxito lejos de su país. Pero él quería triunfar con su equipo y disputó la primera liga croata, fue otra vez el mejor, pero perdió la final contra la Cibona. Otro subcampeonato, otra vez la miel en los labios.

Toca explorar Europa

Zeljko Pavlicevic le terminó convenciendo para su proyecto en el Panathinaikos. Komazec, con 21 años, dejó su casa y salió a conocer el Viejo Continente. Talento yugoslavo para las ligas europeas, como tantos otros jugadores en esa época. La intención del club heleno era ganar el campeonato ante el dominador Aris, que contaba con Nikos Galis en sus filas. Con lo que Komazec ni nadie contaba es que la directiva verde se planteó, y realizó, el fichaje del griego.

Dos anotadores, dos líderes baloncestísticos, dos de los mejores escoltas de Europa, juntos. Pero dos gallos en el mismo corral siempre induce al peligro. Y así fue: Komazec aguantó el duelo anotador a Galis, con 23 puntos por partido. Se fue hasta los 30 en la final de Copa ante el Aris, la misma en que Galis anotó 36. Panathinaikos ganó pero a Arijan no le dejaron celebrarlo. Tras el partido, el presidente del PAO, Pavlos Giannakopuolos, bajó a los vestuarios para poner en advertencia al croata: “Has anotado demasiado; Galis podría enfadarse”.

No se equivocaba el mandamás: días después, Nikos Galis, egoísta como él mismo, exigió a la directiva un ultimátum: o él o Komazec. Y empezó el declive mental de Arijan.

Bajaron sus minutos, sus porcentajes de tiro. No recibía apenas balones y el entrenador ya no confiaba en él. La peculiar grada del Panathinaikos prefería al nacional Galis, y se lo recordaban en cada partido. Imposible adaptarse a un entorno así. Desde Croacia, los acontecimientos bélicos eran aún peores: muerte de amigos del colegio, de conocidos, de vecinos… Zadar estaba siendo destruida y Komazec, lejos de allí, con ella.

Solo y depresivo en Atenas, Arijan optó por la opción más fácil: el suicidio. Dispuesto a lanzarse desde la cornisa de un hotel, Stojan Vrankovic, croata y quizá su único amigo en la capital griega, le agarró en el último momento. La prensa rumoreó después sobre problemas con el alcohol y las drogas, aunque nunca se llegaron a esclarecer esos hechos.

En el plano deportivo, la temporada acabó de manera lamentable, con el millonario presidente retirando al equipo de la última fase del Playoff argumentado un “complot arbitral”. Acto seguido, echó a Komazec por orden de Galis. Como argumentación pública, sugirió que Arijan había fingido lesiones para no jugar.

Varese, amor a primera vista

Mientras sucedía el despido, Komazec fue ofrecido a media Europa. Incluso Real Madrid y Barcelona rechazaron su fichaje. Los recientes problemas anímicos del croata frenaban cualquier avance deportivo.

Solo un club mostró interés en su incorporación: el Varese. Comenzó el idilio entre Komazec y el histórico equipo italiano. Lejos de su máximo nivel -cinco Copas de Europa en su haber-, el Varase deambulaba por la segunda división. Dieron a Komazec el mando del equipo, confiados en su ascenso. El entrenador americano Joe Isaac le ofreció la confianza necesaria para explotar su potencial, ayudándole no solo en su vida deportiva, sino también en la personal: organizaba barbacoas y reuniones entre sus jugadores. Fue un psicólogo para Arijan, como un padre en Europa. Así, el ambiente en Varese fue diametralmente opuesto del que Komazec vivió en Atenas.

Y claro, el apestado en Grecia recuperó su mejor versión. No había rival en la liga que parara al croata: 69% en tiros de dos, 53% en triples y 32 puntos de media por partido (¿es todo esto legal?) certificaron el sobrado ascenso del Varase a la serie A-1. En la máxima división, Komazec experimentó más mejoras en su juego, sobre todo en el plano defensivo. Se transformó en un baloncestista más completo, logrando una intensidad atrás no vista antes. Recuperó el nombre en el Viejo Continente, y volvió a estar entre los grandes balcánicos de aquellos años.

Ese segundo año con Varase fue brutal: máximo anotador con 33’7 puntos de media por partido (siete encuentros por encima de los 40), cuarto en asistencias, segundo en balones robados, segundo en porcentaje en tiros de dos y sexto en tiros de tres. Sus porcentajes, de época: 68% desde dentro del aro y 47% más allá de la línea de 6’25.

En total, Komazec promedió un estratosférico registro de 37’94 de valoración media por partido, récord que aún hoy sigue vigente y probablemente no se bata nunca.

Pero una vez más, los números individuales no vinieron acompañados de títulos colectivos: el Varese era un ‘one-man team’ y cayó en los playoffs frente al Stefanel de Milan de Bodiroga. El equipo italiano se tuvo que conformar con un quinto puesto.

Danilovic a escena

El destino quiso que Komazec se encontrara con viejos fantasmas, y uno nuevo. Varase se le quedaba pequeño, y el croata buscó nuevos retos. Recuperado de sus desdichas mentales, ahora sí llovían las ofertas. Incluso del otro lado del charco. Raptors y Suns mostraron interés, pero fueron los Nets quienes llamaron a su puerta tras la trágica muerte de Petrovic. Le veían un perfil similar. Drazen, otra vez. Komazec llegó a decir: “Estoy orgulloso de que los Nets tengan interés en mí. Drazen Petrovic es mi ídolo y Drazen fue una gran parte de los Nets. Siento que puedo jugar en la NBA y veo esa oportunidad con con los Nets“.

Pero Arijan no quería dejar Europa sin el ansiado título. Por eso aceptó la oferta de última hora de la Virtus de Bolonia, campeón italiano las dos últimas temporadas.

En Bolonia se enfrentó a una nueva comparación que le terminaría desquiciando. Si en sus primeros años la losa se llamaba Petrovic, ahora era la de Predrag Danilovic. El serbio, otro escolta impresionante, se había apuntado a la NBA gracias a Pat Riley y sus Miami Heat. El campeón italiano necesitaba un nuevo líder, y Komazec había sido el mejor jugador en Italia la pasada campaña.

La Virtus contaba con grandes opciones de repetir título doméstico y de lograr grandes cosas en la Euroliga. Komazec lo sabía. Lo que no vio venir fue la sombra de Danilovic, presente en cada partido como local. Su propio público añoraba al serbio y nunca apoyó la llegada de Arijan. No le pasaban una. En la primera temporada, la Virtus cayó en semifinales de Lega frente, otra vez, el Stefanel de Dejan Bodiroga. Por supuesto, las críticas se volcaron en Komazec, a pesar de los 22’5 puntos de promedio.

El segundo año en Bolonia fue aún peor, ya que nuestro protagonista fue golpeado por las lesiones. Como en Atenas, la prensa le acusó de fingirlas. Komazec, presionado por todos los frentes, respondió jugando lesionado y rozó los 18 puntos de media. La Virtus volvió a caer en semifinales, esta vez ante el gran rival de la ciudad, la Fortituto. Arijan se fue de Bolonia con la etiqueta de culpable de acabar con la supremacía que Danilovic les había otorgado. Y con el tobillo roto. Por ello, la Supercopa de Italia en 1995 y la Copa de Italia en 1997 no significaron nada para él.

Marcha atrás

Varese volvió a acoger al croata cuando peor estaba, pero ya nunca volvió a ser el mismo. No se recuperó de su lesión de tobillo y jugaba cojo muchos partidos. Sus registros bajaron hasta los 17 puntos por partido. Quién los firmaría, pero Komazec tenía -o tuvo- talento para mucho más. Además, el azar le seguía provocando malos tragos: el Varese perdió ese año en semifinales ante su exequipo, la Virtus, que gana el campeonato con Danilovic de vuelta.

En 1998 deja Varese para recalar en el Olympiacos de Ivkovic, en la que es su última gran opción de ganar un título liguero. Sin embargo, el regreso a Grecia no trajo buenas noticias. Perdió en la Final Four de la Euroliga y el título heleno lo gana Bodiroga, su tercer fantasma, con el Panathinaikos. Por si fuera poco, el Varese ficha a otro croata, Veljko Mrsic, y se alza con el Scudetto. El equipo italiano vuelve al trono sin el mejor jugador en sus filas. Como si no le echaran de menos. Como si el talento de Komazec espantara a los trofeos. De ciencia ficción.

Al año siguiente, Komazec vuelve a su Zadar natal, al que se une Dino Radja. Ni por esas, la maldición continua: la liga croata es para la Cibona con diferencia. Es entonces cuando el escolta decide probar una última experiencia, la NBA.

Como es evidente, tampoco sale bien. Los Vancouver Grizzlies habían firmado una horrible temporada de 22-60 y decidieron firmar un contrato al escolta croata para cortarlo cuatro días antes de empezar la temporada. Komazec jugó siete minutos de pretemporada, todos en suelo canadiense. El jugador que promediaba entre 20 y 30 puntos en Europa solo anotó 1 con un equipo NBA.

Sus últimos tres años como profesional los pasa en Atenas, con el AEK (10’9 puntos), en Polonia, con el Śląsk Wrocław, y cierra su carrera en Italia, en las filas del Avellino. Con 35 años mantuvo su talento anotador, ya que promedió 18 puntos con un 60% de acierto en el modesto equipo italiano, pero con una desmotivación evidente que terminó imponiéndose.

Incluso en sus primeros años de su retirada tuvo problemas donde menos lo hubiera pensado, en Zadar. En una ocasión, los ultras del equipo que le tenía como un ídolo le acusaron de ser serbio e intentaron lincharle. Komazec pasaría esa noche en los calabozos.

Después, su pista se pierde. Nadie sabe dónde vive, aunque podemos intuir la ubicación.

Marzo de 2015. Tintinean las campanas al abrirse la puerta. El propietario de la tienda de zapatillas de baloncesto las ha colocado a propósito. Asoma una figura de dos metros de altura. El dueño le reconoce al instante; es toda una celebridad allí en Varese, la cuna del baloncesto italiano. Arijan Komazec acepta una foto con el sonriente vendedor y con unos cuantos clientes. Compra un par y sale de local, no sin antes despedirse en un casi perfecto italiano. No ha olvidado dónde vivió sus mejores años como profesional de la canasta. Desde entonces no se le ha vuelto a ver, alejado de ese deporte que amó y le consumió al mismo tiempo. Un pasado truculento del que ya solo quedan recuerdos.

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Objetivo Europa

El inframundo del baloncesto

Tras los Juegos Olímpicos, Londres se ha convertido en la capital mundial del deporte, la ciudad en la que todas las competiciones quieren estar. Y ni siquiera la falta de tradición en baloncesto va a detener los planes.

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John Gichigi / AllSport

¿Qué tendrá el infierno que llama tanto la atención?

1990, una tarde cualquiera, instalaciones de entrenamiento del Derby Storm, Inglaterra.

La plantilla del Derby Storm, undécimo clasificado, trabaja para escalar posiciones en la British Basketball League. La temporada no marcha bien y el equipo, como buena parte de sus rivales domésticos, anda sumido en graves problemas económicos. El campo de entrenamiento es el gimnasio de un colegio, por lo que el primer equipo tiene que esperar a que los niños acaben su clase para comenzar la sesión.

El Derby Storm es un equipo semi profesional, en el que destaca un chaval, Nick Nurse. Tiene un talento especial, y ese mismo año logra un rol poco común en el baloncesto: el del entrenador-jugador. El actual campeón de la NBA vive su primera experiencia como coach, entrenando a jugadores hasta diez años mayor que él, y en un lugar tan inhóspito como la ciudad de Derby. Nick Nurse definiría, años después, al país británico como el inframundo del baloncesto.
Con toda la razón del mundo.

12 de mayo de 2013, Londres

Olympiakos y Real Madrid se dan cita en la gran final de la Euroliga en el imponente O2 Arena, a orillas del Támesis. 15.100 espectadores serán los afortunados de vivir el partido en directo, todo un récord de público en Inglaterra. Antes, tanto en las semifinales como en el partido por el tercer puesto entre CSKA yBarcelona, se superaron los 10.000 aficionados.

Unas calles más allá, la fiesta del baloncesto acaba. Transeúntes, turistas y gente ajena a la mejor competición continental de la canasta. Allí no interesa. Ni rastro de carteles por toda la ciudad anunciando la F4. Solo una publicidad en la estación de North Greenwich, la más cercana al estadio. Incluso en él, la decepción local es evidente. Más de la mitad de los aficionados son fervientes seguidores del Olympiacos. Hay casi 1.000 del Real Madrid, y cientos de rusos. A los londinenses con entrada se les puede contar con los dedos de una mano.

La city no tiene cultura baloncestística. Nunca la ha tenido. Ni siquiera la enorme exposición de organizar unos JJOO (2012), relanzó la pasión por la pelota naranja. Es un país peculiar en muchísimas cuestiones, y el baloncesto no iba a ser menos. Cuesta encontrar canastas por las calles y, en consecuencia, jugadores y equipos de un nivel aceptable.

2011-2019: primeros meses del año, Londres

Otra vez de gala. No es para menos. La NBA ha vuelto a elegir Londres y el O2 como escenario de su noveno partido de liga regular en Europa. Wizards y Knicks aterrizan en la capital británica. Unas horas antes del inicio del partido, las redes sociales del pabellón informan: “Todo vendido. No quedan entradas”. El tirón de la NBA derriba fronteras, hasta las más tozudas. El pabellón se llena de aficionados. En su mayoría, ése será el único partido de baloncesto que vean en directo en todo el año.

El viejo recuerdo de los London Towers

La Final Four de la Euroliga y los partidos de NBA en la capital británica son las excepciones que confirman la regla: el baloncesto está marginado en Inglaterra. Solo los eventos proclives al gran espectáculo llaman la atención, lejos de la competitividad y la profesionalidad de un deporte global. Incluso la propia NBA ya ha confirmado que en 2020 cambia Londres por París en su tradicional partido en Europa.

Existió en la última década del siglo pasado un equipo referencia de Inglaterra en el panorama continental. No fue un conjunto creado de la nada a golpe de talonario, sino un proyecto duradero, con notable éxito en la BBL pero que pasó de puntillas y con mucha discreción por Europa. Aunque pasar ya es algo.

Los London Towers, llamados inicialmente Tower Hamlets, dominaron la competición local (BBL) durante la década de los 90, logrando el primer título en la temporada 95/96. Un año antes, el equipo había disfrutado de su primera aparición en Europa, concretamente en la Copa Korac, donde lograron alcanzar la segunda fase. Por aquel entonces, toda una gesta dentro de un deporte desconocido, obsoleto y minoritario. Años después, la Copa Saporta también fue escenario de batalla para el London Towers, con diversas participaciones en la segunda mitad de los 90.

El punto álgido del equipo llegó a principios de los 2000, cuando la Euroliga refundó su estructura y creó el torneo que conocemos ahora. La competición invitó al London Towers, que figuró como integrante de su primera edición, en la temporada 00/01. El conjunto británico fue encuadrado en el grupo D, junto con Barcelona, PAOK, Buducnost, Verona y Skyliners Frankfurt. Precisamente ante los alemanes, y en la primera jornada, llegó la única victoria de su historia en Euroliga. Con poco más de mil personas en las gradas, el Haribo -así se patrocinaba- aplastó al equipo germano por un claro 86-61.

Ese inicio fue un simple espejismo: el London Towers perdería sus siguientes nueve encuentros, aunque fueron el convidado de piedra en los últimos minutos de Seikaly como pívot del Barça (diciembre de 2000). O dicho de otra manera, fueron testigos de los últimos instantes antes de que Pau Gasol iniciase su leyenda.

La historia no mejoró a la temporada siguiente: los London Towers perdieron los 14 de la primera fase, siendo con diferencia el peor equipo de la edición de la Euroliga 01/02. Ese mismo año, el conjunto inglés puso el punto y final a su existencia, sumido en graves problemas económicos, una circunstancia recurrente en el baloncesto británico.

La del London Towers fue la última participación de un equipo inglés en competiciones europeas, aunque no la única. Antes, otros seis equipos anglosajones disputaron el máximo torneo internacional, conocido entonces como Copa de Europa: el Central YMCA (64/65), el Vauxhall Motors (67/68), el Epping Avenue de Leyton (72/73), el Embassy (75/76), el Sutton & Cristal Palace (75-83) y el Kingston BC (86/87).

La Euroliga mira a las islas

A día de hoy no existe ningún club inglés entre los 74 equipos europeos que disputan una competición internacional (18 en Euroliga, 24 en Eurocup y 32 en Champions). Y no será por la insistencia y el deseo de la Euroliga, consciente del gran mercado que supone Londres a nivel global, con sus más de 9 millones de habitantes-66 en todo el país-. La máxima competición europea, en plena y sana expansión, sueña con establecer un equipo allí, lo que supondría un importante mercado en términos audiovisuales y de patrocinio.

El director ejecutivo de la Euroliga, Jordi Bertomeu, no cesa en los continuos guiños al público inglés: “los propietarios de la competición, que son los clubes, han entendido que Reino Unido es un mercado estratégico para la Euroliga, pero también para ellos”. En la actualidad, los derechos de televisión en el país están en manos de Eurosport y no de Sky o BT Sport, que son las dos grandes cadenas audiovisuales del Reino Unido.

“El club de Reino Unido que jugara en la Euroliga no podría estar en una liga nacional, porque la diferencia de competitividad es muy alta. Ahora sí tenemos un producto interesante, nos llega mucha inversión americana, por eso es el momento de que empecemos a trabajar en serio”.

Jordi Bertomeu, presidente de la euroliga

Por posibilidades y recursos del país no será. Suena irónico que la mayor plataforma de contenido deportivo, DAZN, con más de 2.600 empleados en 24 países, tenga su sede en la misma city y, por el contrario, no opere en Inglaterra.

El Brexit, enésimo obstáculo

Existen dos grandes barreras para el crecimiento del baloncesto en Inglaterra. La primera es cultural. Reino Unido es tierra adversa para los deportes extranjeros. Los ingleses inventan pero no compran. El fútbol ocupa la gran mayoría del foco mediático, y otros deportes como el rugby o el críquet ocupan el lugar que el baloncesto tiene en España como segundo deporte.
Eso se traslada a una barrera social y económica. No existe una federación adecuada, ni instalaciones, ni clubes que sostengan el peso de una liga competitiva, ni demanda suficiente. Si la Euroliga ha decidido lanzarse al mercado británico, lo ha hecho en mal momento. El Brexit representa de todo menos seguridad y estabilidad.

Por eso, si hace unos años la opción de conseguir un equipo inglés en la Euroliga era más factible (“Nuestros objetivos no han cambiado y estamos más cerca de conseguirlo”, llegó a decir Berotmeu en 2017), ahora cunde la prudencia cada vez que el tema sale a relucir: “Estamos intentando encontrar los socios correctos, las instituciones que creemos que deben involucrarse en este proyecto. Es un proceso de hablar con mucha gente”. Y añade una fecha: “no antes de las próximas tres temporadas”. Habrá que esperar, por tanto, para conocer si se hará realidad la inclusión de un mercado tan grande como en londinense en una competición tan en crecimiento como la Euroliga. Están condenados a entenderse.

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Objetivo Europa

El Rey de Amarillo

El Gran Chamán. Un base polvorilla, callejero, con cinta de pelo, tan irregular como talentoso, siempre ligado a la gloria en Europa.

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“Cada tebeo tiene una media de 35 páginas y 124 ilustraciones. El precio de un único número oscila entre un dólar y 140.000. En Estados Unidos se venden 172.000 cómics al día. Unos 62.780.000 al año. Un coleccionista de tebeos posee una media de 3.312 números y pasaría aproximadamente un año de su vida leyéndolos”

Texto inicial en “Unbreakable”, de M. Night Shyamalan.

PRÓLOGO (IN MEDIAS RES)

18 de mayo de 2014, Milano, capital del diseño y del bunga bunga. Yogev Oyahon se dirige sin oposición a la canasta contraria y realiza uno de los mates más sencillos de su carrera, lo que no va a impedir su entrada en la historia. Maccabi acaba de presentar su candidatura a campeón de Euroliga más insospechado de la década, en dura pugna con ese Olympiakos que dos años antes, de la mano de un agonístico Printezis, tumbó a aquel aparentemente intratable CSKA de Kirilenko. Tan inaccesible como aquella constelación moscovita se suponía al Real Madrid 2013-2014 de Pablo Laso, y más contra un underdog cuya única superioridad se manifestaba en el alienante color pajizo de las gradas, y a manos de un invitado sorpresa que por un día se metamorfoseó en el rey amarillo.

Aquello no debería haber ocurrido.

PLANTEAMIENTO

Octubre de 2013, Vitoria. Un Real Madrid que luce galardón de campeón ACB de la temporada anterior se impone con dificultades en la final de la Supercopa al Barcelona, clavando la primera pica de la que promete ser una temporada histórica. La plantilla madridista, enhebrada con tino y especificidad por Juan Carlos Sánchez, Alberto Herreros y Pablo Laso, estaba construida para ganar y enamorar. Un par de cambios en el juego interior (Hettsheimeir y Begic out, Bourousis y Mejhri in) no alteraban el ecosistema Laso, cuyo sistema nervioso pasaba por la electricidad que generaban dos dinamos: los Sergios, capaces de trasladar el concepto de hipervelocidad al baloncesto europeo. Conectados a ellos, un Rudy Fernández en plenitud de facultades, que, cuando la espalda se lo permitía, era el exterior más completo de Europa en aquel momento; y un Nikola Mirotic que con apenas 22 años podía ya presumir de un MVP de liga ACB, y cuya inteligencia, versatilidad y lectura de espacios encajaban en aquella maquinaria cual nivel uno de Tetris.

Febrero de 2014, Madrid. El Palacio de Deportes de la Comunidad era ocupado en cada partido por una afición merengue entusiasmada con el espectáculo que ofrecía su equipo, quizás el mejor, o como mínimo el más vistoso, baloncesto visto en Europa durante muchísimo tiempo. Show tras show, vapuleo tras vapuleo, el Madrid se paseó por la Liga Regular con apenas la oposición de un resiliente Valencia Basket. En la Euroliga, imbatidos durante la primera fase. En la Copa, tres cuartos de lo mismo… excepto que en una sorpresivamente igualada final contra el Barcelona necesitó un triple en el último segundo de Sergio Llull para levantar el trofeo. No había motivo de alarma, empero, sino de jolgorio: del showtime al triplete solo les separaban un par de pasos. El Maccabi de Tel Aviv, por señalar un equipo cualquiera, estaba haciendo una buena Euroliga pero nadie les tomaba como aspirantes a nada serio.

NUDO/CONFLICTO

Abril de 2014, Europa. Nos encontramos en plena vorágine de playoffs de Euroliga. Aunque nadie parece querer admitirlo, el Madrid está empezando a boquear. Sus resultados no son ya tan contundentes, o lo son con menos frecuencia. En algunos partidos se embarrancan en exceso; su defensa de anticipación (muchas veces con Slaughter defendiendo al base rival), la que le permite salir trescientas veces por partido al toque de corneta, parece algo menos exuberante.

La serie contra el siempre roqueño, pedregoso Olympiakos no se resuelve hasta el quinto partido, pero a fin de cuentas, aunque el juego ya no sea siempre tan fluido, se ha conseguido el objetivo. En otro lado del cuadro, el Maccabi le roba la ventaja de campo al Emporio Armani en el primer choque, después de remontarle 13 puntos en apenas 3 minutos, y le impide participar en una Final Four en casa. A ella los acompañarán el otro gran favorito, el sempiterno semifinalista y legendario choker CSKA de Moscú, y un Barcelona en ascenso después de una temporada dubitativa.

16 de mayo de 2014, Milán. El Mediolanum Forum di Assago, el recinto donde se celebra la Final Four de ese año, transmite una iluminación extraña, casi tenebrista, como si Caravaggio hubiera descubierto las posibilidades claroscuristas (es tu turno, RAE) del baloncesto. La luz se focaliza en la pista de juego de tal manera que contrasta poderosamente con la lobreguez de la grada; lobreguez que se empeña en objetar, embriagada de utopía, la marea amarilla de la afición macabea, muy superior en número y entusiasmo a las demás.

Un empuje que no se difumina ni cuando, a 40 segundos del final del tercer cuarto, el favoritísimo CSKA se distancia 15 puntos por encima, 55-40. Tampoco cuando, a pesar de los esfuerzos de Tyrese Rice, el equipo moscovita domina por 67-63 a falta de 19 segundos: hacen bien. Triple de David Blu. Pérdida absurda de Khryapa. Canasta de Rice. Sonny Weems yerra un triple al límite de la bocina incluso antes de lanzarlo. Maccabi se impone 67-68 ante el delirio generalizado, y no solo de la afición israelita: de repente, la otra semifinal se ha convertido en una final anticipada.

16 de mayo de 2014, un par de horas más tarde, Milán. El Barcelona de Xavi Pascual entra al partido cuatro minutos antes que el Real Madrid y lo aprovecha para situar un 12-4 en el marcador. Pablo Laso se ve obligado a despertar a sus jugadores con un tiempo muerto y vaya si los despierta. El descanso acaba con un aún discreto 37-45 que no es en absoluto espoiler de lo que va a ocurrir a continuación: la más inmisericorde masacre acontecida en un encuentro de Final Four, y yo diría que en la historia de la Euroliga.

Hay un instante, a mediados del tercer cuarto, en el que el partido implosiona; es como ver al equipo de 5º de EGB contra los de 2ª (sí, soy TAN mayor, gracias por preguntar). Un Madrid en versión 2014 optimizada (que ya se estaba viendo con menos asiduidad, pero tal) y un Barcelona de brazos caídos que no era la primera vez que asomaba esa temporada, pero nunca de manera tan manifiesta. 68-100 es el resultado final, que muchos de los aficionados barcelonistas desplazados a Milán acaban (acabamos, snif) conociendo vía móvil porque no pueden soportar el bochorno. El metro de la ciudad, durante unos minutos, alberga un dominante pero mortuorio color azulgrana. La historia funde a blanco.

DESENLACE

18 de mayo de 2014, yasabeisdónde. Todo parece apuntar a un noveno entorchado europeo madridista, 19 años después del octavo, cortesía de Zeljko & Arvydas, S.L. Ni siquiera el abrumador quórum amarillo en las gradas (que incluía a los aficionados del Barça y los asientos revendidos de los moscovitas) alteraba la sensación imperante de que el partido iba a quedar resuelto al descanso. A falta de dos minutos y medio para el mismo, y a pesar de que el encuentro se desarrollaba de manera más embarrada de lo esperado, un 33-24 confirmaba, más o menos, las expectativas. Pero siete puntos consecutivos del veterano David Blu cierran la primera parte con un abierto 35-33.

18 de mayo de 2014, una hora después. A falta de cuatro segundos y con empate a 73 en el marcador, un más bien fallón pero bullicioso Tyrese Rice, que poco a poco ha ido asumiendo las riendas macabeas, lanza un triple más o menos abierto que solo encuentra aro, al igual que el palmeo de Alex Tyus. La final se va a la prórroga en medio de una atmósfera David-le-está-tocando-lo-que-no-suena-a-Goliath (y nunca mejor traída la alegoría), pero la fiesta se ha acabado, Maccabi ha arrojado su oportunidad por el desagüe. Es cierto que Llull no ha conseguido anotar aún ni un solo punto, a Mirotic parece habérselo tragado la tierra, el banquillo está narcotizado y el equipo blanco, en general, apelmazado por la responsabilidad, quizás con la excepción del Chacho, el único que más o menos se mantiene a su nivel. Pero es el Madrid, es demasiado superior y bastante se ha alargado ya la broma.

18 de mayo de etcétera. Volvemos al arranque del artículo. Tyrese Rice, un base polvorilla, callejero-con-cinta-de-pelo, de primer paso desbordante y tiro irregular, sexto e incluso séptimo hombre en la rotación de David Blatt, ha ido asomando la cabeza (y la cinta) de manera progresiva pero imparable durante los cuarenta minutos, hasta ser el máximo protagonista. En la prórroga no es que asome la cabeza, es que es el jodido Juggernaut.

Los 14 puntos que añade a sus 12 anteriores no explican el efecto centrifugador que ejerce sobre la final: todo, absolutamente todo, gira sobre él, como si todos los involucrados en el partido entraran en una fase mística colectiva en la que Rice es el Gran Chamán. Tal es el seísmo causado que incluso le sobra un minuto a la prórroga, al que se entra ya con todo resuelto, para acabar con un inopinado 86-98. El Maccabi enriquecía su palmarés con su sexta Copa de Europa, Tyrese Rice multiplicaba exponencialmente su caché para el siguiente lustro, y el Madrid entraba en una espiral de dudas internas, perplejidad y vacilación que le costaría incluso la liga ACB un mes después, ante el mismo Barcelona al que había atomizado en Milán.

El año siguiente, Tyrese Rice ni siquiera apareció por la Euroliga (fichó por el Khimki, que ese año jugaba la Eurocup), el Maccabi transitó por una de las peores temporadas de su historia (eliminado en cuartos de Euroliga, ni siquiera supo clasificarse para la final de la Superliga israelí), y el Real Madrid abrochó un triplete histórico que premiaba su apuesta por el continuismo. La gloria y el fracaso, queridos padawanes, son efímeros.

THE END

CREDIT ROLL

OJO, SE PARA LA MÚSICA

ESCENA POST-CRÉDITOS

Ese verano fue el de la marcha de Nikola Mirotic a los Bulls, después de un final de temporada, justo a partir de la final de Milán (de la que acabó resultando ser uno de los grandes señalados, a pesar de que casi nadie estuvo a su nivel), en el que mostró un rendimiento de cauce vertiginosamente descendente. Con el tiempo, se han generalizado los rumores de un deterioro de su relación con Pablo Laso (al que ni si quiera nombró en su carta de despedida) y con los gestores del club, al que tuvo que pagar la cláusula íntegra de salida… pero gracias a lo que, cinco años después, se encontró con vía libre de derechos para retornar a Europa y firmar por el Barcelona…

… lo que nos lleva al sentido real y hasta ahora oculto de este artículo: aquella Final Four, su intrahistoria, y la de las semanas siguientes, definieron la semilla de lo que, a los ojos de cualquier avezado lector de cómics, es la historia de orígenes de un ¿superhéroe? ¿supervillano? ¿antihéroe? (si es David Dunn o Mr. Glass queda en manos de vuestras filias y fobias, estimados lectores), el constructo seminal de un personaje de cuyo éxito deportivo dependerá si acaba siendo Batman o el Hombre Cometa.

Esta es, en realidad, la historia de origen del Nikola Mirotic barcelonista.

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Objetivo Europa

La hora cero del CSKA

El campeón de la Euroliga afronta una revolución inesperada. A la marcha de Nando de Colo y Corey Higgins se le puede sumar alguna más. Tocará mover ficha en Moscú.

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Han vuelto a ser el primer equipo en Rusia un año más, lo que ciertamente no es bueno para el baloncesto ruso, pero no deja de ser una realidad inapelable: ganan porque son de largo el mejor equipo y porque disponen de un colchón de más de diez millones de euros en relación al presupuesto del resto de “contenders”. Hasta ahí todo bien. Sergio Rodriguez, nos contaba en Skyhook #14 que “hay que quitarse de la cabeza la palabra fracaso por no ser campeones de la Euroliga” palabras comprensibles cuando vienen de un jugador….pero que se lo vaya a decir a Vatutin. Hace ya mucho tiempo que en las oficinas de la Leningradsky no basta con ganar la VTB. Tampoco con caer en semifinales de la F4 ante el Olympiakos o el Real Madrid de turno.

La derrota en Belgrado en la Final Four de 2018 supuso un punto de inflexión. Tras la derrota ante el Real Madrid muchos pidieron abiertamente el despido de Itoudis, de quien podemos decir que ese verano tuvo pie y medio fuera del club. Sin embargo, la figura salvadora de Andrei  Vatutin , presidente del club. hace que Itoudis se queda en Moscú, diseñe una campaña con una minipretemporada incorporada en los meses de enero y febrero, y posibilita que el CSKA llegue en plena forma a Vitoria para alzarse con la segunda Copa de Europa en cinco años para Itoudis.

El Buesa Arena supuso el punto de inflexión. Vatutin e Itoudis se abrazaban en un estado de éxtasis en el medio de pista mientras Vatutin le dice al griego: “.Me prometiste que me iba a sentir orgulloso de ti”. Parece que Itoudis es un hombre de los que respaldas las palabras con hechos, pero en Vitoria comenzaba el día uno de la nueva realidad del CSKA.  Nueve jugadores terminaban contratos, Itoudis también y ni siquiera la continuidad de Vatutin estaba asegurada si nos atenemos a las declaraciones que recoge el portal “CSKA.news”: Prometo que terminare la temporada y en ese momento me parare a pensar en el futuro. Después de una gran victoria como esta, siempre se pueden extraer muchas conclusiones positivas, pero tampoco hay que olvidar que conllevan mucho sacrificio y mucho “stress” personal”. No es un trabajo sencillo”.  Desde ese momento, no se ha oído nada más al respecto, por lo que la continuidad del hombre fuerte en los despachos parece probable y este es un hecho importante de por sí, por que pase lo que pase este verano en Moscú, “el factor Vatutin”, influirá en ello.

Con 9 jugadores de los 14 de la primera plantilla finalizando contrato, se sabía que el verano iba a ser movido en Moscú. Tradicionalmente el CSKA trata de cambiar dos o tres piezas anualmente, intentando evitar de esta forma tanto las revoluciones drásticas como los estancamientos en la plantilla.  Tan solo De Colo, Vorontsevich, Kurbanov, Higgins y Kyle Hines, campeones en 2016 en Berlin, sobrevivían en la plantilla campeona este año .

Parece lógico que la primera piedra angular del CSKA fuese la renovación de Itoudis tras proclamarse campeón de Europa. A la hora de valorar la plantilla, la cosa tiene innumerables matices. Todos los extranjeros a excepción de Daniel Hackett terminan contrato y dos de ellos, Corey Higgins y Nando de Colo han anunciado su salida. Dos piezas claves que pierde el equipo del ejército en el perímetro y que obligan a la dirección del club a  buscar reemplazos de entidad. Ambas salidas se llevaban meses especulando en distintos medios, y finalmente se han confirmado. Dos hombres que acumulaban nueve temporadas entre los dos en el CSKA y que en decisiones personales han decidido no renovar con el club. Higgins, una apuesta personal de Itoudis tras su paso por la liga turca, llegó al CSKA procedente del Royal Gaziantep turco. Fue un fichaje que llegó sin hacer demasiado ruido y creció de forma exponencial en Moscú. En su caso se sabe que vestirá la camiseta del Barca Lassa la próxima temporada, algo que a día de hoy se desconoce en el caso de Nando de Colo.

Han sonado varios destinos para el genial escolta francés, pero a día de hoy su futuro parece más cercano a Valencia más que a ningún otro punto del mapamundi. Razones familiares parecen pesar en un hombre que acumula cinco inviernos con su familia viviendo las particularmente crueles heladas y nevadas  con las que el implacable invierno ruso obsequia a los residentes en la antigua URSS. Nada que ver los inviernos de Moscú con los de Madrid, Barcelona o Valencia.

A pesar de que el CSKA es un equipo relativamente joven donde nadie supera los 32 años de edad, va a ser dificil que tras estas dos salidas el CSKA pueda seguir apostando por su política de no cambiar demasiadas piezas. A pesar de ser las dos salidas confirmadas y de llevar su nombre meses sonando en los mentideros, ni Higgins ni De Colo eran las dos salidas que se planteaban más inmediatas. Otros dos nombres sonaban con fuerza : Alex Peters…..y Sergio Rodríguez.

Alex Peters llegó a Moscú con el cartel de joven y prometedor jugador. Mostró un aceptable rendimiento en el primer tramo de competición, revelándose como un buen lanzador exterior, pero lo cierto es que su rendimiento ha ido de menos a más , reduciéndose sus minutos  hasta pasar prácticamente inadvertido. La Final Four puso de manifiestos sus limitaciones defensivas en el poste, siendo uno de los pocos jugadores del equipo campeón que salió devaluado. Itoudis está bastante decepcionado con su rendimiento por lo que no Peters tiene todas las papeletas para salir del equipo también.

Si bien en España la presencia del “ Chacho”, es habitual en los hightlights de diversos portales, su rendimiento bien merece un análisis más profundo. Hay ciertos sectores donde su desempeño no termina de convencer.  El publico moscovita disfruta del “Chacho”, de su desenfadado juego, de sus gestos a la grada, de su manera de vivir el baloncesto….pero en la prensa escrita se le acusa de ser demasiado irregular y representar el lado más débil en el escalón defensivo del CSKA. Más allá de todo eso, a nadie en Moscú de mis colegas de prensa a los que he preguntado les consta que Itoudis le haya dicho al base canario que quiere que se quede en el equipo, lo que invita a pensar que el griego está buscando otro tipo de jugador. En este punto, todo indica que el “Chacho”, será el siguiente  en salir del CSKA.

Daniel Hackett, Nikita Kurbanov, Joel Bolomboy, Ivan Ukhov y Andrei Vorontsevich son los cinco jugadores con contrato en vigor. Will Clyburn , Semen Antonov y Kyle Hines han estampado su renovación. Andrei Lopatin, el prometedor prospecto ruso debería tener ficha con el primer equipo la próxima temporada. Su brillante progresión lo demanda. A expensas de concretarse el futuro  de Peters, Othello Hunter  y Sergio Rodríguez, se espera el verano más movido en las oficinas del CSKA desde hace muchos años.        

Será el verano de la hora cero del CSKA. Un momento  crucial : algo muy concreto llega a su fin , y algo nuevo comenzará. A partir de Vitoria mucha gente piensa que todo va a ser diferente. Y así parece que va a ser.

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